La vida de cazador
El amanecer en la propiedad Van Helsing no traía pájaros ni esperanza. Solo el silbido de las lanzas y el golpe seco del acero entrenando en la tierra.
Anthony Zarce Van Helsing ya había sudado tres camisetas esa semana y apenas era martes.
El campo de entrenamiento era una prisión al aire libre: tierra seca, estacas con cabezas falsas de criaturas mitológicas, y un silencio incómodo entre él y su hermano mayor, John. O bueno... medio hermano. Pero eso nadie lo decía en voz alta.
-Pierdes el ritmo otra vez -dijo John, dando un paso hacia él y girando la lanza con facilidad insultante-. No puedes dejar que tu mente se nuble. Si una criatura se te lanza, no espera a que pienses.
Anthony apretó la mandíbula. Cada movimiento de su cuerpo parecía obedecer por obligación, no por convicción.
No era que no pudiera pelear. Lo hacía bien. Tal vez demasiado bien. Pero no lo disfrutaba.
Cada golpe, cada orden, cada "mata antes de preguntar"... lo alejaban más de sí mismo.
-Sí, sí, no debo pensar. Solo matar -repitió con tono ácido.
John frunció el ceño, pero no respondió. No era su culpa. Él había nacido para liderar a los cazadores.
Anthony... no estaba tan seguro de haber nacido para eso.
La casa Van Helsing estaba construida como un fuerte moderno. Techos altos, paredes de piedra, cámaras ocultas. En las paredes, retratos en blanco y negro de generaciones pasadas, todos con la misma mirada: severa, afilada, sin perdón.
El padre de Anthony, Daniel Orten Van Helsing, caminaba con las manos detrás de la espalda como si estuviera inspeccionando tropas. Jamás sonreía.
No después de la desaparición de Margarett, la madre de ambos chicos.
-John, acompáñame. Quiero que veas los registros de ataques del este -ordenó el hombre, ignorando por completo a Anthony.
El chico fingió no importarle.
Estaba acostumbrado a ser invisible.
Aprovechó el silencio para escabullirse al ala oeste. Su rincón favorito no era un lugar, sino un viejo ventanal que daba al bosque. Allí se sentaba por las tardes, sin ser visto, y leía libros que no debía leer.
No libros mágicos. No todavía.
Sino de historia, leyendas, criaturas de otras culturas. Le fascinaba aprender cómo diferentes pueblos habían creado mitos que se parecían entre sí, incluso sin conocerse.
Eso era lo que su padre llamaba "curiosidad peligrosa".
Anthony lo llamaba... ser humano.
Esa noche cenaron en completo silencio.
Su padre bebía vino.
John comía como si pudiera absorber disciplina masticando carne.
Anthony solo movía el tenedor.
-¿Ya terminaste de jugar con tus libritos de fábulas? -preguntó Daniel sin mirarlo.
Anthony no respondió.
-Te estás volviendo blando -añadió su padre-. Demasiado pensativo. La empatía no te salvará cuando un Wendigo te arranque la garganta.
-Tal vez si escucháramos a las criaturas, no habría Wendigos matando gente -murmuró Anthony.
John lo miró como si hubiera dicho una blasfemia.
Daniel, por su parte, apoyó el vaso de vino con tanta fuerza que la mesa tembló.
-Basta. A la cama.
Esa noche, Anthony se encerró en su cuarto. El fuego dentro de él no era magia. Aún no.
Era rabia.
Era duda.
Era esa sensación de no pertenecer al apellido que llevaba.
Afuera, el viento movía las ramas del bosque como si quisieran decirle algo.
Y por dentro, algo ardía. No podía explicarlo. No podía apagarlo. Solo sabía que cada día era más fuerte.
Se quedó dormido con el ceño fruncido, los puños apretados y un pensamiento solitario:
No quiero ser como ellos.
No quiero cazar lo que no entiendo.
Quiero saber qué hay detrás del fuego.
Esa noche Anthony se quedó profundamente dormido y escucho unas voces misteriosas
-¡Anthony! ¡Anthony! No los caces tu debes terminar esto ¡anthony!
La mañana comenzó con un peso en el pecho. Anthony se despertó antes de que el sol se alzara, con la sensación de que algo lo había observado durante la noche. Su respiración era superficial, y una gota de sudor le bajaba por la nuca, a pesar del frío que reinaba en la habitación. Se sentó en la cama y, por un momento, no pudo moverse. Había tenido un sueño, eso estaba claro, pero no lograba recordar nada salvo fuego, mucho fuego... y un par de ojos que no eran humanos.
Al mirarse en el espejo, notó algo raro en su reflejo. Nada concreto. Su rostro era el mismo de siempre, con el cabello desordenado y las ojeras que se negaban a irse desde hacía meses. Pero había algo en su mirada, un destello apenas perceptible, como si una chispa viviera dentro de sus pupilas. Parpadeó varias veces y se echó agua en la cara. "Estás cansado, eso es todo", se dijo.
Ese día, el entrenamiento fue más brutal que nunca. Su padre había decidido enseñarles rastreo avanzado. Los llevó a una zona del bosque cercana a la propiedad, donde la niebla era espesa y el aire olía a humedad y musgo. Daniel marcaba el paso como un general y no aceptaba errores.
-¡Observa las ramas rotas! ¡Lee la tierra! Cada criatura deja un rastro, por mágico que sea. No hay excepciones -gruñó mientras John asentía con atención.
Anthony, por su parte, sentía el corazón desbocado. No por la presión de fallar, sino porque podía oler cosas que antes no notaba. Tierra húmeda, corteza desgarrada, incluso la sangre seca de un animal que había muerto ahí semanas atrás. Se agachó y tocó una rama rota. Sintó un calor leve subirle por el brazo. La soltó al instante.
John lo miró, curioso.
-Estás raro -dijo.
Anthony se encogió de hombros.
-Solo cansado.
Pero no era verdad. Y lo sabía.
Al regresar a casa, pasaron por el salón de trofeos, un lugar donde los Van Helsing guardaban armas antiguas, objetos de caza y reliquias recolectadas de generaciones pasadas. A Anthony nunca le había interesado ese lugar, pero ese día, algo lo atrajo. Se detuvo frente a una lanza con inscripciones grabadas.
Cuando la tocó, un chispazo le recorrió la palma. No fue una descarga eléctrica. Fue como si la lanza reaccionara a su contacto. Como si lo reconociera. Retrocedió, frotándose la mano.
-¿Todo bien? -preguntó John desde la puerta.
Anthony asintió rápido y siguió caminando, sin decir nada.
Al mediodía, su padre los llamó a la biblioteca principal. No era común que Daniel Van Helsing interrumpiera el entrenamiento para dar clases de historia, así que el ambiente se volvió tenso.
-Es momento de que recuerden quiénes somos -dijo Daniel, caminando entre estanterías antiguas con el porte de un predicador de guerra-. Hace siglos, cuando las criaturas dominaban los bosques y los mares, los humanos vivían con miedo. Los mitos no eran cuentos: eran amenazas.
Sacó un libro viejo, encuadernado en cuero y con bordes quemados. Lo abrió con cuidado, dejando ver ilustraciones antiguas de hombres enfrentando bestias aladas y ojos brillantes en la oscuridad.
-Nuestro ansestro Abraham Van Helsing, nuestro antepasado más legendario, unificó el conocimiento de las cazas antiguas. Separó el caos de la civilización. Salvo a la humanidad de la extinción... Y a ustedes les toca continuar con ese deber sagrado.
John asintió con convicción. Anthony, en cambio, sintió un peso extraño en el pecho. Cada palabra de su padre le sonaba a dogma, no a verdad.
Más tarde, fueron enviados al bosque para practicar rastreo real. La niebla colgaba entre los árboles como un velo fantasmal. Las sombras parecían moverse con vida propia. Anthony sentía cada hoja bajo sus botas, cada crujido de rama, cada latido fuera de ritmo.
Y entonces lo vieron.
A través de la neblina, una silueta majestuosa se recortaba contra los troncos. Un ciervo enorme, imponente, cuya cornamenta era tan amplia como las alas de un cuervo. Pero no era un ciervo cualquiera.
Un Zip.
Rey de los venados míticos. En su cornamenta, colgaba un panal translúcido con abejas de fuego revoloteando entre los cuernos. La miel que producían, según las leyendas, podía regenerar una ciudad entera.
-¡Ahí! -gritó John, y sin pensar dos veces, lanzó una daga.
El Zip se giró con un bramido profundo y escapó entre la niebla.
-¡John, espera! -gritó Anthony, siguiéndolo a toda velocidad.
Se separaron entre los árboles. El bosque se volvió un laberinto. Anthony tropezó, cayó de rodillas, y cuando levantó la vista... el Zip estaba frente a él.
Sus ojos brillaban como brasas. Las abejas revoloteaban en silencio. Respiraba con dificultad, y el fuego que salía de su cornamenta era tenue. Estaba herido, pero no atacaba. Solo temblaba.
Anthony levantó las manos, sin moverse.
-No voy a hacerte daño -susurró-. No soy como ellos.
El Zip parpadeó. Dio un paso atrás. Luego se acercó y bajó la cabeza. Una de las abejas de fuego se posó sobre su brazo, y dejó caer una gota de miel sobre su piel.
La herida de su rodilla, hecha al caer, se cerró al instante.
Anthony lo miró, atónito.
-Tú... hablas, ¿verdad?
El Zip inclinó la cabeza como si asintiera. Su voz no fue un sonido. Fue un pensamiento directo en la mente del chico:
"Gracias, hijo de fuego. Recuerda que no todo lo antiguo es enemigo."
Y desapareció entre los árboles.
John llegó segundos después, jadeando.
-¿¡Lo viste!? ¿¡Lo atrapaste!? ¡Estaba herido!
Anthony negó con la cabeza.
-Me tropecé. No lo encontré -mintió, guardando la pequeña perla de miel en un pañuelo.
John bufó, frustrado.
-Padre se va a enfurecer.
Y tenía razón.
Al regresar a casa, Daniel los esperaba en el salón de trofeos. No dijo una palabra. Solo los miró con esos ojos de hielo que no perdonaban.
Anthony sintió que el fuego en su interior, por primera vez... no era rabia.
Era la chispa de una verdad distinta.
Una que no iba a apagarse tan fácilmente.
Daniel no se movía. Estaba de pie frente a la pared donde colgaba la lanza de Suancestrov Van Helsing, observándola como si aún llevara sangre fresca. El salón estaba en penumbra, iluminado solo por la luz de una lámpara de aceite y el reflejo rojo de la chimenea.
—John me dijo que lo perdiste de vista —dijo sin girarse.
Anthony se quedó en la entrada, sintiendo el frío del mármol bajo sus botas húmedas.
—Sí, me tropecé —repitió sin emoción.
Daniel respiró hondo.
Luego habló, más bajo.
—Tu madre... Margarett, odiaba este lugar.
Anthony levantó la mirada.
—¿Qué?
Daniel asintió, sin apartar la vista de la lanza.
—Decía que aquí el tiempo no pasaba. Que todo estaba atrapado en piedra. Ella tenía... otra forma de ver la vida. Más suave. Más... humana, supongo.
Anthony sintió que el corazón le latía más fuerte.
—Yo la recuerdo riendo —dijo, como si esas palabras hubieran estado esperando desde hacía años—. Cantaba cuando cocinaba. Le gustaba contar historias.
Daniel dejó escapar una risa seca.
—Sí. Historias que no servían para nada. Hablaba de fábulas como si fueran ciencia. A veces pienso que por eso te volviste así.
—¿Así cómo?
El hombre se giró por fin. Su sombra se alargaba como una estatua rota.
—Dudoso. Blando. Soñador. No como un Van Helsing.
Anthony apretó los puños.
—¿Y qué es ser un Van Helsing? ¿Matar sin pensar? ¿Olvidar sentir?
Daniel se acercó un paso. No gritó. Pero su voz era más dura que cualquier grito.
—Ser un Van Helsing es sacrificar todo por el mundo. Ser el muro entre la humanidad y el caos. Tu madre lo entendió demasiado tarde.
—¿Por eso se fue?
Daniel no respondió. Solo bajó la mirada un segundo. Luego la endureció de nuevo.
—Tú llevas su luz. Lo sé. Pero también llevas mi apellido. Y si alguna vez quieres honrarla, deberías recordar que ella eligió quedarse con un Van Helsing. No con una criatura.
Anthony sintió un calor brutal bajo la piel. No fuego mágico. Fuego emocional. Una mezcla de orgullo, rabia y tristeza que no sabía dónde meter.
—Yo la honro a mi manera —dijo al fin, girándose para salir del salón.
—Entonces más te vale elegir pronto de qué lado estás —le advirtió su padre—. Porque cuando llegue el día… no habrá espacio para las dudas.
Anthony subió las escaleras con pasos firmes, pero al llegar a su cuarto, sus manos temblaban.
No por miedo.
Sino porque en sus venas, el fuego ya no pedía permiso.
Y en su bolsillo, la miel del Zip brillaba con un calor suave.
Una prueba viva de que el mundo no era tan blanco y negro como Daniel lo pintaba.