Chapter 1
Capítulo 1:LA PRINCESA NACE
Prólogo: Los Siete Grandes
En el continente de Auralis, donde las estaciones obedecen a las casas nobles y la luna cambia de rostro según la voluntad de los sabios, existían siete grupos conocidos como los Clanes Primigenios. Eran antiguos, poderosos y temidos. Cada uno controlaba un aspecto esencial del mundo y se les atribuían dones que rozaban la divinidad. No eran simplemente familias: eran linajes con siglos de historia, tradición y secretos.
El primero y más temido de todos era el Clan Gelidus.
Se decía que el solo pronunciar su nombre bastaba para enfriar el aire de una habitación. Gobernaban las regiones del norte, donde los glaciares eran eternos y el cielo apenas mostraba el sol. Su líder, Imperator Caelum Gelidus, era conocido como el Emperador Frío. A sus veintisiete años, ya había unificado los reinos helados bajo una sola bandera, sin apenas necesidad de derramar sangre. Bastaba su presencia para que los enemigos se arrodillaran y sus aliados se alinearan.
Alto, de piel nívea como el hielo de sus tierras, y ojos rojos como brasas congeladas, Caelum no sonreía jamás. Su cabello negro, espeso como la noche sin luna, caía recto sobre su espalda. Era un emperador que inspiraba respeto y temor a partes iguales. Incluso los otros seis clanes —Ignis, Caeli, Silvarum, Umbra, Lux y Tempus— mantenían sus distancias con él. Nadie quería provocar la ira de los Gelidus.
Su esposa, Imperatrix Livia Gelidus, era de linaje noble del Clan Caeli, de cabellos dorados y ojos azul profundo, como cielos despejados tras una tormenta. A diferencia de Caelum, Livia irradiaba calidez y equilibrio. Había conquistado el corazón del emperador sin necesidad de palabras, con una sonrisa serena y una voluntad inquebrantable.
Juntos tenían dos hijos varones. El mayor, Marcus Gelidus, de cuatro años, ya demostraba una inteligencia aguda y una mirada reflexiva que inquietaba a los tutores. El segundo, Lucan Gelidus, apenas con tres años, era más inquieto, siempre buscando explorar los rincones prohibidos del palacio de Niveum.
Pero la historia comienza verdaderamente con el nacimiento de su tercera hija.
En la madrugada del solsticio de invierno, cuando los lobos aullaban a la luna llena y las copas de los árboles estaban cubiertas de escarcha, nació ella. Una niña de cabellos negros como su padre y ojos rojos que brillaban con un fulgor misterioso. No lloró al nacer. Observó, en silencio, como si ya entendiera el mundo al que llegaba.
—Tiene tus ojos, Caelum —susurró Livia, sudorosa pero radiante.
Caelum tomó a la niña en brazos, la miró sin parpadear y asintió con gravedad.
—Y tu corazón. Lo sentirá todo, incluso lo que no debería.
La bebé fue llamada Silena Gelidus.
Desde el primer momento, sus hermanos la rodearon con una adoración insólita.
—Es pequeñita —dijo Marcus, asomándose por encima de las sábanas, con los ojos brillando de emoción.
—Y cálida —añadió Lucan, tocando su manita, sorprendido por el calor que parecía emanar de su piel.
Caelum observaba la escena desde el ventanal, en silencio, con las manos entrelazadas tras la espalda.
—¿Crees que sobrevivirá a este mundo? —preguntó Livia, aún débil en su lecho.
—Será más fuerte que cualquiera de nosotros —respondió él, sin volverse.
Los días pasaron, y la pequeña Silena creció bajo el techo blanco del palacio de Niveum. Allí, las paredes eran de hielo pulido y el silencio era una regla tácita. Pero en la habitación de los niños, las risas florecían como flores en la nieve.
—¡Silena sonrió! —gritaba Lucan, cada vez que la veía mover sus labios rosados.
—Ella nos mira como si supiera que estamos hablando mal —decía Marcus, frunciendo el ceño, divertido.
El emperador, que rara vez dedicaba tiempo a cosas pequeñas, empezó a visitar más seguido la habitación de los niños. No hablaba mucho, pero se quedaba largo rato mirando a Silena dormir, con una expresión imposible de descifrar.
—Tú cambiarás este mundo —murmuró una noche, apenas audible.
Y en esa misma noche, mientras la luna llenaba el cielo como un orbe de hielo, una profecía olvidada resonó en las cámaras subterráneas del Templo de Umbra. Una voz, antigua como las raíces del mundo, habló entre ecos y sombras:
—Cuando la hija del Frío nazca, y sus ojos de fuego abran el cielo helado, los siete clanes temblarán...
Pero en Niveum, todo era quietud. Una familia perfecta, rodeada por nieve perpetua y amor sincero.
Por ahora.