A veces me despierta el silencio

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Summary

Cuando era niño, había cosas que me daban miedo y que nadie más parecía notar. Como la muñeca de porcelana en el pasillo. No porque se moviera, no —porque no lo hacía. Solo estaba ahí, siempre igual… pero yo sabía que algo no estaba bien. Con los años, aprendí a callarme. Me decían que imaginaba cosas. Pero el miedo seguía. Cambiaba de forma. Se escondía bajo la cama, en el espejo, en el pasillo oscuro. Y aunque crecí, nunca se fue. Porque hay miedos que no se superan. Solo se aprenden a ocultar. Y lo peor… es que a veces ese miedo también te observa, en silencio, esperando que vuelvas a cerrar los ojos.

Genre
Horror
Author
Leonardo
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo 1

Nunca me gustaron las muñecas. No era solo que no me interesaran. Era otra cosa: había algo en su mirada vacía, en la piel dura y lisa que no se arrugaba ni cambiaba con la luz. Inmóviles, pero siempre vigilantes. Estaban ahí, sentadas o paradas, siempre igual, como si esperaran que uno bajara la guardia para moverse.

En casa había una de porcelana. No era mía, pero siempre estaba sentada. Mi madre insistía en guardarla; la tenía en una vitrina del corredor, como un adorno de cuando era joven. Decía que era delicada, que no se podía tocar ni mover. A mí me parecía una trampa. Estaba sentada, con un vestido azul desteñido, el cabello rubio, ondulado pero tieso por el tiempo, y los párpados entrecerrados, como si estuviera al borde de despertarse.

Cada vez que pasaba por el corredor, la sentía, como una aguja de hielo que se escurre fría y lenta por la espalda. A veces, creía que me miraba. No directamente, pero tenía la sensación de que giraba la cabeza cuando yo pasaba hacia mi habitación, vigilando cada paso que daba.

Mi habitación estaba al final del pasillo, y desde la puerta podía ver de reojo la vitrina. De día no era tan terrible, pero de noche... cada noche era una prueba: una carrera de pasos rápidos, de mirar el suelo, de no alzar la vista, de apagar la luz de un salto, de no mirar atrás, de llegar a la cama y lanzarme bajo las cobijas. Era como un ritual. Con el cuerpo oculto me sentía invisible, protegido, como si lo que fuera que se despertaba en la noche no pudiera verme si no me descubría.

Una vez intenté decirlo: que el pasillo oscuro me daba miedo, que no me gustaba apagar la luz y pasar la puerta a oscuras. Me sentía observado, como si la muñeca supiera cuándo me había quedado solo, como si escuchara ruidos. Ese día, en la cena, mi papá no me miró, pero me dijo, hojeando un libro:

—Ya estás grande para esas cosas.

Que tenía que acostumbrarme y que todo estaba en mi cabeza.

“Ya estás grande” son tres palabras que suenan como una reja cerrándose. Sentí que algo no estaba bien. Me sentí mal por dentro. Como si todo lo que sentía no pudiera ser real. Pero lo era. Para mí, lo era. Y seguía siéndolo cada noche.

Una noche desperté de golpe. No sabía por qué. Tenía más frío de lo normal, y noté que la cobija ya no estaba sobre mi pecho. Se había deslizado. Se seguía deslizando, muy despacio, como si la estuvieran tirando con cuidado, sin que lo notaran. El aire se sentía frío. Me quedé inmóvil. Pensé que quizá había sido el viento, pero las ventanas estaban cerradas. No me atreví a mirar. Solo escuchaba. Pasos. El peso de alguien caminando. Entonces apenas si abrí un ojo, con la cabeza contra la pared. Me quedé quieto. Todo estaba en silencio. No quería que lo que fuera me viera moverme. Entonces abrí un poco más ambos ojos. Solo un poco.

Y la vi.

Una figura, de pie junto a mi cama. Alta. Inmóvil. Como una bailarina con un vestido de tul. No tenía rostro. No tenía expresión. En su cabeza, solo una mancha borrosa. Se podía ver fácilmente: era una sombra más oscura que el resto de la habitación. No hacía nada, solo estaba ahí, de pie. Pero yo sabía que me estaba mirando, que ella era la que había bajado la cobija. Como si quisiera halarme de los pies y llevarme a las sombras.

No podía moverme. Tampoco podía cerrar los ojos. No podía gritar, pero seguía sintiendo cómo la cobija volvía a bajarse y una presión fría me tomó de los tobillos con un movimiento casi imperceptible…

Y entonces la luz del pasillo se encendió.

—¡Arriba, que ya se hace tarde para la escuela! —dijo mi madre desde la puerta.

La figura se deshizo. No desapareció. Fue como si se deslizara, como si se arrastrara hacia el suelo, fundiéndose con las sombras de la cama y desapareciendo debajo de esta.

Me senté. Estaba empapado de sudor, pero aun así, tenía frío. Me temblaban las piernas. Me dolían, como si me hubieran golpeado. Esa mañana, al cambiarme, vi el morado. Oscuro, redondo, perfecto. Solo lo toqué y dolía. Dolía como si hubiera sido un apretón con dedos invisibles. Desde esa noche, empecé a dormir con medias y con una pequeña lámpara encendida. No dormía. Cerraba los ojos y permanecía a la defensiva. El más pequeño ruido me alertaba, me disparaba el corazón, me incapacitaba. Entonces, abría los ojos y los enfocaba en la pequeña luz: mi faro, mi salvavidas.

Días después fuimos a visitar a un familiar. Dormimos allí, y tuve la “suerte” de tener una habitación sola. Éramos muchos en la casa, y las demás camas estaban ocupadas. Tuve que dormir solo, en un cuarto con una cama alta, una lámpara antigua y una puerta que crujía al abrir. Tenía un único adorno en una única pared. No supe qué era, pero hacía sentir el cuarto extenso y al tiempo claustrofóbico.

Esa noche me acosté vestido. No quería apagar la luz, pero la lámpara parpadeaba. Me dije que era peor así, entonces la desconecté. No soportaba verla encendida como un ojo que se abre y cierra.

Era el último cuarto, en el último rincón de la casa. El silencio reinaba, hasta que se interrumpió. Escuché… una respiración. No era mía, pero estaba junto a mí. En la cabecera. Una respiración húmeda, pegada a mi oído, como si alguien estuviera acostado conmigo, muy cerca.

No abrí los ojos. Solo escuchaba. Gorgoteaba, como si se estuviera ahogando. El sonido se intensificaba al tiempo que sentía cómo alguien se movía sobre el colchón de la cama. Sentía el movimiento, la presión.

Y luego… el espaldar de la cama…

Tap… Tap… Tap…

Era lento, constante. Como el sonido de un reloj viejo marcando una cuenta regresiva. Me apreté contra la pared. Lentamente, me tapé los oídos. Después, nada.

Silencio.

Un silencio tan agudo que se sentía como un pitido. No era un sonido, era una pausa. Una espera. Algo dentro de la habitación, esperando inmóvil, aguardando que yo respirara de nuevo.

No volví a dormir igual. No dormí.

De camino a casa, dormí todo el viaje. Cuando llegamos nuevamente, era de noche. Me mandaron a lavarme los dientes y a dormir. Era invierno. El sol se había ido más temprano. El pasillo estaba oscuro. Me quedé de pie en la entrada, sin avanzar. La muñeca en la vitrina me miraba.

Lo sentí. El silencio era como un peso. Y había algo más: un susurro.

No un sonido real. Era un llamado.

Una voz que me decía “Ven”. Yo no quería ir, pero tampoco quería quedarme.

—¡Vamos, apúrate, que también estoy cansada! —me gritó mi madre desde la cocina.

Me obligué a avanzar. Pasé junto a la vitrina sin respirar. Conté los pasos. Uno, dos, tres, cuatro, cincoseissiete... diez… No miré atrás. Corrí hasta el final del pasillo. Cuando llegué al baño, encendí la luz y vi hacia ella. Sentía que parpadeaba. O sonreía.

Cerré la puerta.

En el baño, el espejo estaba empañado. Lo limpié. Me miré. Y me pareció ver a alguien moverse detrás de mí por el rabillo del ojo. Estaba solo. Volteé hacia la cortina de la ducha y con fuerza la abrí. Estaba solo.

Esa noche, no bajé a cenar. No me dijeron nada. Pero haber dormido en el viaje no fue la mejor opción. La pequeña lámpara no daba abasto para todo lo que estaba sintiendo. La veía correr en las sombras por el rabillo del ojo. Sentía sus pasos. Sentía el Tap Tap Tap debajo de la cama. No era necesario verla. Bastaba con estar en casa. Con quedarme solo. Era una presión, una presencia. Algo que estaba donde no debía haber nada.

Un día, en el parque, mientras jugábamos, los perros empezaron a aullar. Uno, luego dos, luego todos. Me paralicé. Me habían dicho que los perros pueden ver o sentir cosas que no se pueden ver. Sentí que el aire se hacía más frío; el bosque al fondo parecía más denso, más cerrado, más oscuro, como si algo se escondiera entre las ramas.

Entonces lo vi.

Un perro negro, enorme, de pelo largo y ojos completamente en blanco. No ladraba, no jadeaba, solo venía hacia mí, como si supiera quién soy. Se abalanzó a toda carrera.

Cerré los ojos con fuerza, esperando el impacto.

—¡Las traes! —gritaron mis amigos.

Abrí los ojos de golpe. Mis vecinos corrían lejos de mí. Me dolía el pecho. Mi corazón golpeaba como si quisiera escaparse. Volví la vista hacia los árboles. El perro ya no estaba.

Traté de seguir jugando, pero la confusión y el miedo no me dejaron reír más. Regresé a casa con temor. Esa noche me desperté porque algo crujía en el pasillo. Un paso. Otro. Pero no eran pasos normales. Era como si algo arrastrara la punta de los pies y apenas rozara el piso. Corrí la cobija hasta taparme por completo. Nuevamente sentí cómo el colchón se hundía, apenas. Como si algo se hubiera apoyado sin terminar de subir. Contuve la respiración. Esperé. Y, de pronto, escuché la puerta del armario abrirse con lentitud. Solo un chirrido. Nada más.

Mis padres dicen que es la madera, que cruje por lo antigua, por el frío, pero yo sé que no es eso. Es ella.

Me desesperé y grité. Mi mamá vino asustada, encendió la luz y solo ahí tuve el valor de abrir los ojos. Me vio molesta, me dijo que no escuchaba nada y que había sido una pesadilla. Vio la lámpara encendida y la sacó de la habitación. Apagó la luz y cerró la puerta.

Entonces, presa del sueño y la vigilia, sucumbí al sueño. Y la vi. Supe que era un sueño, se sentía diferente, pero era ella: la muñeca. No tenía rostro, pero era ella, con su presencia, con sus piernas tiesas, con su andar. En el sueño, ella caminaba por el pasillo. Muy lento. Despacio. Pasos secos sobre la madera. Caminaba desde la vitrina y se dirigía hacia mi cuarto, cada vez más cerca. Este sueño se volvió recurrente, y cada vez ella se acercaba más a mí. Cada vez podía ver su rostro sin expresiones, sin ojos, sin boca, acercarse.

A veces, en la ducha, me da miedo cerrar los ojos. Siento que si me los tapo para enjuagarme, la veré, y que cuando los abra, va a estar allí, en la cortina, detrás del vapor. Una vez me pareció verla. No completamente, pero sí su silueta, estática, detrás del plástico. Me quedé sin moverme, empapado y con el corazón a mil. No desapareció. Solo se disolvió poco a poco entre el vapor, como un suspiro, como una respiración.

La semana pasada me cambiaron de cuarto. Ahora estoy más lejos del corredor. Ya no veo la vitrina desde la cama. Pero, aun cuando apago la luz, tengo que cruzar la habitación corriendo, porque siento su mirada en mi espalda. Ahora el interruptor quedó muy lejos, y siento que si me demoro más de lo necesario, me atrapará por detrás.

No soy tan niño ya. Pero sigo durmiendo con la cobija hasta el cuello y con la lámpara encendida. Me da vergüenza. Me digo que es por el frío. Pero sé que no es por eso.

Hace poco, en la madrugada, sentí que alguien se sentaba en la cama. No hubo pasos. Solo el peso en la cama, muy leve pero exacto, como si alguien muy delgado se hubiera apoyado en el borde, justo a mis pies. No abrí los ojos. No quise moverme. Sentí el colchón hundirse y volví a escuchar el tap... tap... tap..., muy cerca del espaldar.

A veces me despierto con marcas en la piel. Como dedos, como si alguien me hubiera apretado fuerte. Como si me sujetaran. Mi madre dice que son golpes que me doy mientras duermo, que me muevo mucho al dormir, pero yo no lo siento de ese modo. Es como si algo se posara de pie sobre mi cama y se quedara conmigo toda la noche. Como si alguien viviera debajo de mi cama y saliera por las noches.

Sigo soñando con ella. Pero ahora no camina. Solo está, como estatua en el sueño, como un personaje que no es protagonista. No importa de qué trate el sueño, ella siempre está, como escondida en las esquinas, solamente observando, solamente esperando.

Anoche, soñé que volvía a la casa de mi tío, pero todo era más oscuro. Las paredes más largas y la habitación más pequeña, más silenciosa. Soñé que el espaldar de la cama ya no sonaba más: respiraba. Como si la madera tuviera pulmones y estuviera ahogándose. Desperté con los pies fríos. Estaban fuera de la cobija.

Yo nunca duermo con los pies destapados.

Me ardían, como si alguien me los hubiera sujetado con fuerza.

A veces me pregunto si esto va a parar. Si algún día voy a dejar de tenerle miedo al pasillo, o al espejo del baño, o a la idea de que algo duerme bajo mi cama. Pero el miedo no se ha ido. Solo ha aprendido a esconderse mejor, a cambiar de sitio. Se acomoda en otros lugares conmigo, como si también creciera.

Ahora duermo con la puerta cerrada, no porque quiera, sino porque tengo la sensación de que algo la abre en la noche.

A veces, en la madrugada, cuando todo parece en calma, siento que el miedo ya no está fuera...

Sino dentro.