Capítulo 1
Mistmoor Bay era un basurero de casas hechas mierda y callejones torcidos, pegado a la costa como borracho que no suelta el trago. Verde pino y rocoso hasta el orto, un lugar jodido y triste, atrapado en el tiempo, cayendo desde la carretera en una curva maldita hacia el mar. Olía a marea podrida y madera comida por el salitre, un tufo que se te metía en los pulmones y te quemaba la piel. Las gaviotas chillaban como navajas arriba, y el viento rugía desde los acantilados, escupiendo mierda que el océano no soltaba salvo en críptico.
La calle principal era un circo de perdedores: vagos tirados en la acera, chupando resaca; la ferretería del negro Pete Leland, una melcocha de herramientas oxidadas, cemento viejo y pintura rancia; el taller de Sam Scoffield, un muladar de carros jodidos para clientes quebrados o muertos que nunca pagarían; el bar de Burt Sanders, un nido de pescadores curtidos, con el letrero borrado y la madera comida por las termitas; y la iglesia de madera húmeda y mohosa, con menos éxito que un manco pidiendo limosna, y con una misa sólo los domingos. Todos se conocían de sobra, se miraban con odio y se soportaban como perros viejos demasiado cansados para morderse. Las farolas, comida por la sal, tiraban sombras rotas al atardecer, y en los acantilados, el faro de Steep Reef estaba ahí, abandonado y jodido, cubierto de musgo y lama, con su luz inútil contra la niebla desde hacía años.
La niebla era el alma del pueblo: un manto gris y pegajoso que subía del mar, ahogándolo todo, pesado como la culpa. Los pordioseros decían que estaba desde que los indios prendían fogatas en la playa hace un siglo. Pero los de manos arrugadas y ojos velados juraban que no era sólo niebla: traía algo, algo que la bahía había enterrado hondo y no podía sacarse de encima.
Esa mañana, el sol apenas rascaba las nubes. La voz de Don “Steeler” Lawson tronaba en la radio RMR, metida en Eagle’s Port entre los últimos pinos, escupiendo rock y chismes a la bruma. Era lo único que mantenía al pueblo en pie, un hilo roído contra el derrumbe. Puso “Fire and Rain” de James Taylor, que salía sangrando por los altavoces, puro dolor, mientras en la playa las olas masticaban un bote encallado y un perro sarnoso ladraba al horizonte. Nadie le hizo caso, pero las campanas de la iglesia martillaron seis putos golpes mientras una niebla más negra y espesa empezaba a arrastrarse desde lejos. Pronto se comería la bahía, y no se vería un carajo más allá del capó del Chevy destrozado de Renato, que traqueteaba junto al letrero medio muerto:
“BIENVENIDOS A MISTMOOR BAY”
El motor echó un último aliento junto a la gasolinera, rindiéndose como si estuviera hasta la madre de tanta porquería. Renato se quedó ahí, agarrando el volante, con el sudor pegándole la camisa a la espalda. No era la gasolina, sino el condenado sensor MAP, jodido hasta el fondo, comido por el óxido. El olor a gasolina y sal le picaba la nariz por la ventana rota, mezclado con el sabor agrio del whisky que se había echado en Seattle, cuando mandó todo al carajo. Por el retrovisor, los ojos de Bárbara —grandes y duros— miraban afuera, cortando la niebla y clavándose en la culpa que él cargaba como un saco de porquerías.
“Lo logramos, Babs,” dijo, sólo para romper el silencio de mierda después del viaje, rascándose la barba hecha un desastre. Ella no contestó. No lo hacía desde el accidente. Solo el chirrido de su silla de ruedas le taladraba la cabeza, gritándole: “La cagaste, cabrón.”
Sacó un cigarro de su chaqueta de cuero rota, lo prendió con mano temblorosa y salió, el humo mezclándose con la niebla que giraba alrededor de los postes. El pueblo era un muladar, más feo de lo que recordaba. La calle era piel hueca de acné, casas hundiéndose en la humedad, farolas chorreando óxido como sangre vieja, y un muelle perdido en la niebla, lleno de barcas pesqueras destartaladas y cascarones grandes, antiguos y hechos polvo.
Había elegido ese agujero maldito para perderse, lejos de las galerías y los críticos que escupían sobre sus pinturas, de los bares donde se había roto los nudillos, del eco de la voz de Clara cortándole el alma antes de que el metal la callara. Aquí, pensó, podría respirar, o al menos dejar de correr. Mientras sacaba la silla de Bárbara del maletero y la ayudaba a bajar, un frío hijo de puta lo golpeó, afilado, sin previo aviso. La gasolinera tenía unas mesas afuera, un lugar para tragar cualquier chuchería que vendieran. Bastaría.
“¿Qué ves por allá, cariño?” preguntó, siguiendo su mirada, fija en el horizonte donde la tierra se moría en el agua, los tejados asomando como dientes podridos. La niebla estaba viva allí, deslizándose sobre el mar como un cabrón al acecho. Renato entrecerró los ojos. Solo gris, pero por un segundo, un destello verde brilló —quizá una linterna, aunque eso era una idea sin sentido. Lo dejó pasar, echándole la culpa al whisky y al cansancio.
Las bombas estaban muertas, o casi, pero un viejo salió arrastrando los pies del taller, con la cara cual cuero quemado, limpiándose las manos con un trapo mugriento.
“No hay nada que valga la pena aquí,” gruñó, con voz de grava. “El pueblo se fue al garete. ¿Pasan o se quedan?”
Renato le lanzó una mirada de reojo —los metiches le sacaban de quicio— pero antes de que pudiera mandarlo al carajo, el viejo soltó:
“A ver si aguantan el climita y la peste del mar. Trae cosas que no ves hasta que te aplastan.”
“Conozco el lugar, gracias,” gruñó Renato, echando humo y aplastando el cigarro con el talón. El viejo lo miró como si hubiera escupido en su tumba, seguro pensando que Renato era un idiota que prendería las bombas.
“Pues entonces te acuerdas una mierda de esta cloaca pútrida”, croó el viejo.
Renato soltó una risa seca. Le valía madre lo que pensara el viejo. Sólo quería un techo y algo de calma, sabiendo que la calma era una mentira que no merecía. Los ojos del viejo pasaron de Bárbara al Chevy, luego se dio la vuelta, imaginando que no venían por gasolina —quizá sólo por unas papas fritas y unas sodas. Pero Renato le gritó:
“¿Sabes de algún lugar para dormir?”
El viejo giró a medias, señalando con un pulgar tembleque por encima del hombro.
“¿Ni el motel junto a la carretera, frente a los pinos, te suena?” gruñó, y se metió al cobertizo, donde un letrero medio borrado decía: Neumáticos usados. Buen estado. Gasolina una vez a la semana. Diésel cada dos. Si no te gusta, deja de joder y vete a Astoria, a cuatro benditas horas de aquí.
Renato miró a Bárbara, perdida en la bruma.
“Los lugareños. Ya te harás a ellos.”
Ella se encogió de hombros, sus ojos buscando algo en el horizonte —quizá un maldito Starbucks en ese muladar, lo cual era un sueño estúpido.
“¿Qué tal si paramos junto al muelle? Estiramos las patas,” dijo. “Antes de meternos a una pieza con tele. La playa no está tan fregada, ¿no?”
Nada. Ni un gesto. A ella le valía madre. Podían irse al diablo y le daba igual.
Pd: Gracias por leer el primer capítulo de mi novela al andar. Si eres nativo anglosajón, también la he escrito en inglés y la llevo ya más avanzada por allá). Podría escribirla en portugués también, ya que soy trilingüe, pero ya me da una hueva indescriptible. Es mucho tiempo... No más una cosa, una advertencia, esta aventura ha empezado suave pero no será suave, dolerá hasta la médula, y si no estás acostumbrado a la literatura de autores como Norman Mailer, James Ellroy o Charles Bukowski (mi maldita educación literaria), mejor ni le entres, porque vas a romperte a las tantas páginas y querrás echarme a la hoguera. En fin, hay obras más sensibles por ahí, echas para ti, pero quedas advertido.








