Prologo
El comienzo...
Camila solo tenía 7 años cuando su papá empezó a viajar por negocios de ciudad en ciudad por todo el territorio donde vivían. Manuel, su padre, era un hombre ejemplar que siempre quería lo mejor para su familia, por eso trabajaba tanto. Amaba mucho a Camii. Ella y su madre, Carla, pasaban largas temporadas solas. Vivían en un pequeño pueblo algo alejado de la gran ciudad. Si lo buscamos en el mapa, es muy difícil de encontrar, pero es muy pacífico vivir allí. Para la pequeña Camii era todo lo que ella deseaba; pasaba las tardes jugando con su amiga Eliza, casi de su misma edad, y sus madres también eran muy amigas.
Era época de verano cuando las lluvias terminaban y el sol brillaba desde muy temprano, marcando el inicio de la temporada escolar. Muy aplicada en sus estudios, Camii tenía las mejores notas de su salón y recibía reconocimientos por su desempeño, pero nunca faltaban los niños malos que hablaban mal de ella por siempre estar sola con su mamá.
Camii era una niña muy risueña a la que le gustaba compartir con todos en su salón, pero en especial con su amiga de la escuela, su nombre era Tatiana.
Tatiana era un poco menos cariñosa y algo testaruda; siempre metía a Camii en problemas, pero a pesar de ello se querían mucho. Todo era felicidad con su familia y amigos.
Pero algo sucedió que cambiaría la vida de la pequeña Cami, una mañana alguien tocó a su puerta. Era el mensajero con una carta. Su padre se había ido a otro país por negocios y no tuvo tiempo de avisar, solo escribió estas palabras:
“A las dos chicas que amo, deseo que se cuiden y prosperen en todo. El dinero no les faltará. Estoy en Italia, no sé cuánto tiempo estaré acá. Yo las amo.”
Esas fueron las palabras de Don Manuel.
5 años después
Durante todos estos años, Camii se convertía en toda una adolescente: cabello oscuro, ojos claros, piel suave. Ella y su madre quedaron solas en casa después de que su papá se fuera al extranjero. Él siempre llamaba, enviaba regalos y dinero, además cada año regresaba, pero nuevamente se iba.
Donde vivía Camii, todos se llevaban muy bien. Había muchos niños con los que Camii jugaba. Su madre compartía recetas con las vecinas y les gustaba salir de viaje los fines de semana.
Vivían las dos solas, pero de vez en cuando alguien les hacía compañía por las noches. Era como un hermano para Camii; siempre cenaba con ellas y compartía tiempo en familia. Lo querían mucho y él cuidaba la casa cuando ellas no estaban.
Una noche, Camii se despertó en medio de la madrugada y fue por un vaso de agua a la cocina, que quedaba muy cerca del cuarto del chico. Entró en su habitación y lo observó por varios minutos. A Camii le brillaban los ojos; al parecer, se había enamorado de él, su primer amor.