Prólogo
DAPHNE
Pensar que esta mañana estaba trabajando en mi sofá, como todos los días durante los últimos ocho años, me hace darme cuenta de lo inverosímil que resulta este momento.
Se supone que cuando recogí toda la ropa que pude, mi ordenador y los pocos ahorros que me quedaban, lo hacía con la excusa de un “retiro creativo”. Pero, en el fondo, sabía lo que hacía. Llamé a Rose casi por instinto, y sin dar demasiadas explicaciones, dejé mi teléfono personal junto a una nota para ella. Sabía que, tarde o temprano, iría a mi casa y se encargaría de todo. Aquellos tres minutos al teléfono fueron como ejecutar un plan que nunca habíamos llegado a decir en voz alta, pero que ambas conocíamos.
Supongo que estas últimas semanas han pasado factura a las dos.
Y ahora estoy aquí, perdida en mitad de la madrugada, al volante de un coche viejo y derrotado, tras una travesía interminable. Frente a mí, la espesura de un bosque cubierto de niebla densa. Y ahí está él: ese ser con forma de lobo que me observa desde la oscuridad, decidiendo si acabará con mis últimas esperanzas de libertad.