Obsesión // Draco Malfoy

Summary

"Soy hija de un monstruo... y ahora todos lo saben." Hogwarts arde en llamas. Voldemort me busca, no por quién soy... sino por lo que llevo dentro. Fred me amó, pero ahora me teme. Draco me protege, pero su lealtad es un misterio. Y Dumbledore... siempre supo la verdad. Entre la luz y la oscuridad, hay un camino que nadie me contó. Un poder prohibido que podría salvarlos a todos... o destruirlo todo. Cuando el amor, la traición y la magia se mezclan, ¿qué estás dispuesta a sacrificar para sobrevivir?

Status
Ongoing
Chapters
24
Rating
n/a
Age Rating
18+

chapter One (Regreso a hogwarts)


1 de septiembre. Por fin.


Me desperté mucho antes de que sonara la alarma, con esa mezcla de nervios y emoción que solo se siente el primer día de clases en Hogwarts. Después de una ducha larga y relajante, me vestí con cuidado: una falda ajustada que realzaba mis curvas, una camisa blanca atada con un nudo y mi túnica de Slytherin encima. Para completar el look, unas Vans blancas impecables. El maquillaje fue sutil, apenas un poco de rímel y un labial color bordó con un brillo suave. Quería verme bien... pero sin parecer que lo había intentado demasiado.


Cuando terminé, miré el reloj. Era la hora.


Bajé con mi equipaje y mis padres me acompañaron hasta la estación de King's Cross. El viaje en coche fue silencioso, pero sentí sus miradas llenas de expectativa sobre mí. Al llegar, me despedí rápido —no me gustaba ponerme sentimental frente a tanta gente— y caminé hacia la Plataforma 9¾.


Apenas crucé el muro, me recibió la vista del Expreso de Hogwarts, humeante y majestuoso como siempre. El corazón me dio un vuelco. Era imposible no emocionarse, aunque ya no fuera una novata. Vi a un montón de chicos de primer año corriendo de un lado a otro con caras de asombro y sonreí, recordando que yo también había estado igual.


—¡Aurelia! —escuché una voz familiar.


Me giré justo a tiempo para que una melena rubia se abalanzara sobre mí.


—¡Daphne! —le devolví el abrazo con fuerza.


—¡Te ves increíble! —dijo ella, mirándome de arriba abajo con una ceja arqueada—. Este verano te hizo bien, ¿eh?


Solté una risita tímida.

—Tú también estás preciosa.


Antes de que pudiéramos seguir, apareció Millicent y nos envolvió a ambas en un abrazo de oso.


—¡Chicas, las extrañé muchísimo! —exclamó, casi ahogándonos.


Caminamos juntas hasta el tren, pero antes de subir, me separé un momento.

—Voy a buscar a los gemelos, las veo adentro.


Daphne sonrió con picardía.

—Claro, vas a buscar a Fred.


Me sonrojé inevitablemente.

—¡Cállate!


Me adentré por los pasillos del tren, esquivando a estudiantes que iban y venían, hasta que...


¡PUM!


Choqué de lleno contra alguien y terminé en el suelo.


—Cuidado por dónde caminas, Kowalski —dijo una voz cargada de fastidio.


Levanté la vista y vi al oxigenado de siempre.

—Ay, perdón, señor Malfoy. Es que siempre siento la necesidad de mirar tu horrible cara —respondí con sarcasmo.


Él sonrió con esa arrogancia que me sacaba de quicio.

—Vamos, admite que te encanta mirarme.


—Mmm... no. Prefiero mirar a Filch antes que a ti.


Me incorporé para irme, pero Draco me tomó del brazo y me acorraló contra un rincón del pasillo.


—Vamos a ver cuánto tardo en tenerte entre mis piernas, gritando mi nombre —susurró, jugueteando con un mechón de mi cabello.


Me quedé helada por un segundo, odiando que mi cuerpo reaccionara con un leve temblor.

—Suéltame, hurón —escupí con rabia contenida.


—Suéltala, Malfoy.


La voz firme de uno de mis colorados favoritos resonó detrás de él.


Draco giró la cabeza y bufó.

—Mira, uno de los clones vino a rescatarte. Pero no siempre estarán para ayudarte.


Me soltó al fin y se alejó con esa actitud de superioridad tan típica suya.


—Vete al infierno, Malfoy —le grité, y sentí cómo Fred me tomaba de la mano para sacarme de ahí.


—Gracias, Fred —dije, mirándolo con gratitud.


—De nada, linda —respondió con una sonrisa traviesa que me hizo sonrojarme.


Llegamos hasta un vagón donde estaba George esperándonos, y nos sentamos. Enseguida sacaron sus nuevas invenciones y empezaron a mostrármelas.


—¿Qué pasó que tardaron tanto? —preguntó George, curioso.


—Malfoy la estaba molestando otra vez —respondió Fred.


George arqueó una ceja.

—¿Quieres que le hagamos una broma pesada al hurón?


Sonreí con malicia.

—Claro. Se lo tiene bien merecido.


Y empezamos a planear.



Un par de horas después, el tren se detuvo y bajamos al andén de Hogsmeade. Mis amigas me estaban esperando y juntas subimos a los carruajes.


—¿Qué pasó con Malfoy? —preguntó Daphne.


—Nada nuevo. Lo mismo de siempre. No entiendo qué tiene conmigo... con tantas chicas para molestar, siempre me elige a mí.


Millicent bufó.

—Es un idiota.


Daphne sonrió con esa mirada que sabía exactamente qué estaba insinuando.

—O... tal vez le gustas.


—¿Yo? ¿Gustarle al hurón oxigenado? Ja. Ni en chiste.


—¿Y a ti te gusta? —preguntó Millicent.


—¡No! ¡Por supuesto que no! —respondí, quizá demasiado rápido. Y no volvimos a hablar del tema durante el trayecto.



Al llegar al castillo, fui directo a mi habitación. Por suerte, tenía una para mí sola desde que Pansy se cambió. Dejé mis cosas, me refresqué un poco la cara y bajé al Gran Comedor para la cena de bienvenida.


Justo en ese momento aparecieron los gemelos. Fred me sonrió, George me guiñó un ojo, y como siempre terminé caminando entre los dos hacia el Gran Comedor. Les di un beso en la mejilla a cada uno antes de dirigirme a la mesa de Slytherin, donde mis amigas me esperaban.


—¿Qué fue eso? —preguntó Daphne, divertida.


—¿Qué cosa? —respondí con inocencia.


—Nada, nada... —sonrió con misterio.


Cuando todos comenzaron a levantarse de la mesa, Draco se inclinó hacia mí una vez más, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo solo para mis oídos.


—Lo que sigo sin entender, Kowalski, es cómo alguien como vos... —su mirada descendió lentamente desde mis ojos hasta el emblema plateado en mi túnica—, con sangre mestiza, terminó en Slytherin.


Sus palabras me atravesaron como un cuchillo helado. Lo dijo con un dejo de fascinación mezclado con desprecio, como si yo fuera un error que el Sombrero Seleccionador se hubiera negado a corregir.


—¿Y qué se supone que significa eso? —escupí, alzando la barbilla.


Draco ladeó la cabeza, esa media sonrisa arrogante dibujándose en sus labios.


—Que no encajás. No del todo. —Sus ojos grises brillaron con un destello oscuro—. Y sin embargo... aquí estás. En mi casa. A mi lado, quieras o no.


Sentí la tensión crecer en el aire como un lazo invisible que nos asfixiaba a ambos. No había nadie alrededor, solo su voz y la mía resonando en un rincón del Gran Comedor que parecía haberse quedado vacío.


—No necesito tu aprobación, Malfoy —respondí, pero mi voz tembló un poco más de lo que hubiera querido.


Él inclinó la cabeza, casi rozando mi oído.

—No, pero la vas a buscar... tarde o temprano.


Y antes de que pudiera responderle, se levantó con calma y se marchó hacia la salida, dejándome con el corazón latiendo demasiado fuerte y una rabia que no lograba disfrazar lo que realmente sentía: esa maldita atracción que odiaba admitir.

Cuando regresé a la sala común y cerré la puerta de mi habitación con llave, el silencio me envolvió de golpe. Me dejé caer sobre la cama, exhalando con frustración.


Intenté convencerme de que solo estaba enojada. De que lo que Draco había dicho me ardía en el pecho porque había tocado mi punto débil, ese que siempre me perseguía: la duda de si realmente encajaba en Slytherin.


Pero no era solo eso.


La forma en que me había mirado, la seguridad venenosa en sus palabras, el calor de su voz rozando mi oído... todo eso seguía ahí, enredado en mis pensamientos como una serpiente que se negaba a soltarme.


Me odiaba por sentirlo.


Me odiaba porque, aunque lo despreciaba con cada fibra de mi ser, algo en mí reaccionaba cuando estaba cerca suyo. Era como si la tensión entre nosotros se hubiera vuelto un hechizo oscuro del que no podía escapar.


—Maldito oxigenado... —murmuré al techo, apretando los puños contra las sábanas.


Cerré los ojos y, para mi horror, lo último que vi antes de caer en el sueño fue el destello frío de sus ojos grises.