Prólogo
3 de septiembre de 1985
Los gritos desgarradores de una madre resonaban por todo el hospital, mientras la policía peinaba las calles en busca de la recién nacida. Pero fue en vano. La niña jamás fue encontrada.
—Los bebés humanos son tan frágiles… —murmuró el rey, observando con una mezcla de fascinación y ternura a la criatura dormida en sus brazos. La acunó con un cuidado inusual en él, como si el más mínimo movimiento pudiera deshacerla.
—Vaya sorpresa… al parecer el invierno ha traído ratas —dijo una voz juvenil desde lo alto de las escaleras. Un joven alto, de cabello castaño y ojos color jade descendió lentamente, con una expresión entre la burla y la alerta. El aroma metálico en el aire, mezcla de hierro y glóbulos rojos, encendió su instinto.
—Ve y trae a tus hermanos —ordenó el rey sin mirarlo. La hostilidad entre ambos era evidente, imposible de disimular. Lucian obedeció a regañadientes, aunque antes se acercó al hombre y fijó la vista en el bulto que sostenía.
—¿Qué es eso? —preguntó, perplejo. El aroma que emanaba del pequeño cuerpo era tan denso, tan delicioso, que luchaba con todas sus fuerzas por no arrebatárselo y beber hasta saciarse.
—Te lo diré cuando estén todos presentes —respondió el rey, conteniendo la sonrisa. Se dirigieron al comedor, donde poco a poco se reunieron los demás hijos.
—No soporto estas reuniones familiares. ¿Qué haces aquí? —gruñó Dacius desde el sofá, recostado con los ojos entrecerrados. Su cabello dorado como el oro y sus ojos azules tan profundos como pozos vacíos lograban intimidar incluso sin esfuerzo.
—Seth, acércate —ordenó el rey. El primer hijo obedeció tras ajustarse los lentes, caminando con cautela hasta su padre. Este, sin decir más, retiró con lentitud la sábana del hospital que cubría a la niña.
—A partir de hoy, ella será su responsabilidad —declaró el rey con voz firme. Los ojos enormes de la pequeña se abrieron, atentos, como si ya comprendiera el peligro que la rodeaba. Seth se quedó inmóvil, paralizado ante aquella mirada.
—¿Qué pretendes con esto? —preguntó Seth con seriedad, sin apartar la vista del rey.
—Ustedes la criarán, la educarán y se harán cargo de ella. Crecerá como su hermana —dijo con una sonrisa burlona mientras colocaba a la bebé en los brazos de Seth.
—Justo lo que nos faltaba… ¿cómo se supone que voy a dormir con una bolsa de sangre llorando todo el día? —se quejó Dacius, aún en el sofá, sin intención de moverse.
—Yo me marcho. Volveré en unos días para ver cómo va todo —anunció el rey, mirando a cada uno de sus hijos con detenimiento—. Y no la maten.
Tras dejar su última orden, se marchó sin decir más, dejando a los seis jóvenes vampiros solos, con su nueva hermana.
—¿Nos podemos alimentar de ella? —preguntó Lucian con la naturalidad de quien pide permiso para servirse vino.
—No —sentenció Seth, manteniéndola firme en sus brazos—. Es solo un bebé, y nuestro padre fue claro: no debe morir. No sé qué está tramando, pero no será nada bueno, eso lo tengo claro.
—Seth, tú no vas a cuidar eso… —dijo Damian, alejándose con indiferencia.
—Dámela —ordenó Lucian, arrebatándole la niña a Seth con un gesto tan brusco que el silencio se apoderó de la sala.
—¿Y cómo te vas a llamar, pequeña? —preguntó el castaño mientras la acercaba a su rostro. La niña, con esfuerzo, apenas lograba mantener los ojos abiertos por el sueño.
—Se llama Selene —intervino Dacius de pronto, ahora de pie junto a su hermano menor. Todos lo miraron, desconcertados.
—¿Y tú cómo lo sabes? —rió Lucian con sorna.
—Lo dice su pulsera —respondió simplemente. Lucian tomó la diminuta manito de la niña y leyó en voz baja lo que decía grabado en la etiqueta. Sostuvo a la niña con torpeza, como si estuviera hecha de cristal y pudiera quebrarse con tan solo mirarla mal. Por un instante, sus ojos jade, siempre ardientes de arrogancia, se suavizaron. Nadie dijo nada. El silencio se hizo espeso, incómodo, casi antinatural.
—Entonces… supongo que tendremos que encargarnos de esto —repitió en voz baja, sin apartar la vista de la criatura.
Seth lo observaba con recelo. A pesar de sus diferencias, conocía cada expresión de su hermano, y esa en particular —esa mezcla entre desconcierto y miedo— no la había visto nunca.
—¿Qué significa esto realmente? —insistió Seth, rompiendo el silencio—. Padre nunca hace nada sin una razón. Esto no es solo una “hermana”. Hay algo más… algo que no nos ha dicho.
—¿Y cuándo nos lo ha dicho todo? —murmuró Dacius, esta vez con una voz más seria. Ya no estaba recostado. Había tomado asiento, los codos apoyados sobre las rodillas y la mirada clavada en Selene como si tratara de adivinar su secreto.
—Tal vez… —intervino Nero, el más reservado de los seis, que hasta entonces había permanecido en una esquina, con los brazos cruzados— …ella no sea para alimentarse. Tal vez sea para otra cosa. Un vínculo. Un experimento. Una ofrenda.
—Una ofrenda ¿a quién? ¿A los viejos? —preguntó Eliot; el menor de todos los hermanos, frunciendo el ceño—. Ya no queda ninguno. Padre los destruyó a todos hace siglos.
—¿Y si ella no es humana? —soltó Seth de pronto. Todos lo miraron, incluso la pequeña pareció tensarse, como si presintiera el peligro tras esa frase.
Lucian bajó la vista y acarició suavemente el cabello de Selene con el dorso de los dedos. No sabía por qué lo hacía. Era un gesto ajeno a él, demasiado delicado. Tal vez por eso le molestó tanto que le saliera de forma tan natural.
—No importa lo que sea —dijo al fin—. Ya no podemos devolverla. Está aquí. Y está bajo nuestra responsabilidad.
—¿Nuestra? —se burló Damian—. Yo no firmé ningún pacto de sangre para criar bebés. Ni siquiera tengo paciencia para cuidar a un gato.
—Entonces no te acerques a ella —le advirtió Lucian, con un tono que ninguno de sus hermanos había escuchado antes.
Damian alzó las manos, sonriendo de medio lado, como si el desafío lo divirtiera.
—Tranquilo, hermano mayor. No tengo interés en probar sangre de cuna.
Seth se acercó de nuevo y le lanzó una mirada severa a Lucian.
—Si vas a cuidarla, hazlo bien. No somos humanos, Lucian. No estamos hechos para esto. Tarde o temprano cometeremos un error, y si padre regresa y algo le ha pasado…
—No le pasará nada —interrumpió Lucian, esta vez con firmeza. Sujetó a la bebé con más seguridad y miró a sus hermanos uno por uno—. Ninguno de nosotros sabe qué está planeando padre. Pero Selene ya está aquí. Y por alguna razón, decidió que debía ser criada por nosotros. Así que eso haremos.
La bebé suspiró entre sueños, una diminuta exhalación apenas audible. Los vampiros, eternos depredadores, quedaron hechizados por la fragilidad que contenía ese aliento.
—Está hambrienta —dijo Nero con un tono inesperadamente cálido.
—No va a beber sangre —añadió Eliot de inmediato.
—No. Pero necesitará algo. Leche. Un corazón latiendo cerca. Algo humano. —La voz de Nero se desvaneció en un murmullo pensativo—. ¿Sabemos siquiera cuánto tiempo puede sobrevivir aquí… entre nosotros?
El aire se volvió denso, casi inmóvil. Los candelabros del comedor parpadeaban con llamas vacilantes, como si las sombras también contuvieran el aliento.
—¿Selene, eh? —repitió Lucian, más para sí mismo que para los demás—. Un nombre bonito para una criatura condenada.