Bajo Control
Zayne llegó al departamento después de las once. Se quitó la bata médica como parte de su rutina después de un ajetreado día de trabajo, colocándola con cuidado en el perchero. Dejó el maletín en la encimera, giró la cabeza hacia el sofá… y lo encontró ahí.
Caleb, su amante.
Sentado, como si llevara horas ahí, como si el silencio y la oscuridad del cuarto fueran parte de él. Llevaba encima su chaqueta negra de siempre, desabrochada, con una pierna cruzada sobre la otra. Lo miraba con esos ojos violetas que parecían devorarlo.
Zayne no dijo nada. Solo lo sintió.
La presión en el aire y un peso invisible. Le recordaba a la sala de presión negativa del hospital, como cuando abrías la puerta y el oxígeno cambiaba.
—Turno largo, ¿eh? —dijo Caleb finalmente, su tono siendo neutral pero inquietante.
Zayne se pasó una mano por el cuello.
—Sí… hubo un ajuste en urgencias. Estuve revisando reportes con Grayson…
La mención del nombre cayó como plomo.
Caleb no se movió. Pero Zayne sintió cómo el ambiente cambiaba de nuevo. Como si el aire comenzara a pesar en su pecho.
—¿Mucho tiempo con él? —preguntó Caleb, sin subir el volumen de su voz.
Zayne bajó la mirada.
—No fue nada fuera de lo común…
—¿No?
Caleb se puso de pie. El gesto fue mínimo, pero el cuerpo de Zayne reaccionó al instante, tenso, como si cada músculo anticipara lo que vendría a continuación. Caleb caminó lento hacia él.
—¿Entonces por qué sonreías?
Zayne lo miró, incómodo.
—Estaba siendo educado. No fue—
—Educado, dices —interrumpió Caleb.
Estaba a un paso de él. No levantaba la voz, no apretaba los puños, no mostraba enojo. Pero, el aire entre ellos vibraba, denso.
—¿Inclinarte sobre la mesa también es protocolo médico?
Zayne abrió la boca, pero no dijo nada.
Caleb empezó a usar su Evol, aumentando la gravedad, no como una explosión, sino como un tirón lento. Como si el cuerpo empezara a ceder sin resistencia. Zayne dio un paso hacia atrás por reflejo, pero Caleb lo atrapó del mentón con los dedos.
Lo sostuvo ahí, como si no hubiera lugar adonde escapar.
—¿Te excitas cuando otros hombres te miran, Zayne?
Zayne negó con la cabeza. La fuerza del Evol de Caleb ya estaba empujando los hombros del médico hacia abajo, algo sutil pero que hacía que sus rodillas comenzaran a perder firmeza.
—¿Es que acaso te gusta olvidarte de a quién perteneces cuando estás fuera?
—No… no es eso.
Caleb no respondió. Bajó la mano del mentón al cuello, con la delicadeza de quien sujeta una copa que va a romper.
Zayne tragó saliva. Su respiración se hizo más corta. La presión en su cuello era exacta, controlada.
—Dímelo —murmuró Caleb contra su oído—. ¿Estabas provocándome?
Zayne cerró los ojos.
—No…
Caleb sonrió.
Zayne fue empujado suavemente hacia la pared. Caleb lo atrapó entre su cuerpo y el concreto, alzó una mano y la apoyó contra el pecho ajeno firmemente.
—Quítate la ropa —ordenó.
Zayne obedeció sin protestar. Bajó el cierre de su pantalón de trabajo, desabrochó la camisa ya arrugada por el movimiento, y se quitó todo en silencio. Su respiración era rápida, su cara ya estaba enrojecida y su piel sensible bajo el tacto del otro.
Cuando estuvo completamente desnudo, Caleb no lo tocó más. Solo lo observó, recorriendo con la mirada cada detalle con precisión. Zayne sintió como si fuera diseccionado solo con los ojos.
—Eres tan obediente cuando estás en casa. Pero afuera sonríes como si te olvidaras de que tienes dueño.
Caleb levantó la mano y usó su Evol para empujar a Zayne hacia el pasillo del dormitorio, sin tocarlo. Lo desplazó con una fuerza suave, invisible.
—Camina, no detengas el paso, no te des la vuelta, y no te atrevas a hablar.
Zayne obedeció. Sus pies se movían automáticamente. Sabía que si se detenía, si giraba la cabeza, Caleb podría intensificar la presión y hacerlo caer al suelo como un peso muerto.
Sabía que podía hacerle todo lo que quisiera. Y aún así… no tenía miedo, el deseo era mayor.
Cuando entraron al cuarto, Caleb le ordenó que se subiera a la cama. No con gritos, ni con gestos, solo una simple palabra.
—Ahí.
Zayne se acostó, de espaldas, temblando.
—Manos arriba —ordenó Caleb—. No las bajes ni una sola vez.
Lo obedeció. Y entonces Caleb se colocó sobre él, con una rodilla apoyada entre sus piernas. Le tomó el cabello de golpe y lo jaló hacia él.
—¿Quieres que te castigue, Zayne?
La voz era baja, áspera. La boca estaba junto a su oído y Zayne gimió en respuesta.
—Dilo.
—Sí… quiero que me castigues.
Caleb lo soltó del cabello solo para sujetarle el cuello de nuevo. Esta vez con más fuerza. Sus dedos se cerraron alrededor de la tráquea de Zayne mientras se inclinaba y comenzaba a lamerle la clavícula.
—¿Te imaginas si Grayson te viera así?
—...
—Tendido, desnudo, temblando… ¿Crees que le darías lástima o se correría solo con verte?
Zayne tragó saliva, pero el aire no entraba del todo a sus pulmones. Su pecho subía y bajaba con esfuerzo.
—Te ves tan hermoso cuando estás al borde —susurró Caleb—. Tan patético, tan perfecto. Todo lo que haces… es mío.
Caleb no se apresuró. Nunca lo hacía. Se estiró para sacar un pequeño frasco de lubricante de la mesita de noche, abriéndolo con calma. Zayne lo miró con los labios entreabiertos, el cuerpo tensándose por lo que venía.
—No pensaste que iba a entrar así, ¿cierto? —murmuró Caleb, empujando sus rodillas—. No mereces que sea suave, pero tampoco quiero que esto acabe rápido.
Su voz se volvió más baja.
—Quiero que sientas cada centímetro, quiero que recuerdes cómo se siente ser abierto por tu dueño.
Zayne tragó saliva—. Sí…
—Mírate —sus dedos se deslizaron hacia abajo, tocándolo apenas—. Ya estás húmedo sin que te haya tocado. ¿Estuviste así todo el camino de regreso a casa? ¿Pensaste en cómo te iba a castigar?
Zayne asintió con un jadeo.
Caleb untó lubricante en sus dedos y metió el primer dedo, fue duro, sin cariño, luego lo siguió un segundo dedo. Lo estaba estirando como quien abre una cerradura mal encajada.
—Tan estrecho —murmuró contra su cuello—. A pesar de que me he corrido dentro de ti tantas veces que ya deberías dejarme pasar sin esfuerzo.
Zayne gimió, el cuerpo agitado por la presión y la vergüenza.
—¿Y si fuera Grayson el que te metiera los dedos? —continuó Caleb, sin parar el movimiento—. ¿Le dirías que pare o te quedarías quieto como ahora, soportando el ardor mientras ruegas con los ojos?
Sus dedos se curvaron en el interior y Zayne jadeó.
—No… solo tú…
—Claro que solo yo —respondió Caleb con una sonrisa venenosa—. Porque solo yo te conozco así. Porque solo yo puedo convertirte en esto. En mi puta obediente, callada y temblorosa…
Zayne se estremecía sin poder hablar.
Caleb retiró los dedos lentamente, disfrutando la forma en que el cuerpo de Zayne se contraía al perder el contacto.
—Perfecto. Ya estás listo —dijo, bajando la cremallera de sus pantalones sin quitarle los ojos de encima al cuerpo frente a él.
Zayne lo vió posicionarse, sintió el peso sobre sus caderas y la mirada fija como una orden silenciosa.
Y cuando Caleb entró, lo hizo sin aviso, de golpe, crudo, brutal.
Zayne sentía el cuerpo entero temblar. No de frío o miedo, sino de deseo, sensaciones que solo Caleb le producía.
Estaba debajo de él, abierto. El Evol de Caleb no lo dejaba moverse, lo mantenía atrapado contra el colchón, con los brazos extendidos y el cuello expuesto.
Caleb seguía dentro, golpeando lento, profundo, usándolo para su placer.
—¿Todavía puedes hablar? —preguntó Caleb entre embestidas, con voz baja.
Zayne abrió la boca, apenas—. S-sí.
—No por mucho, eh —susurró él, empujando más fuerte.
Zayne apretó los dedos contra el colchón, el sudor le corría por el cuello y su cuerpo entero temblaba bajo él, pero no podía moverse.
—Te ves tan jodidamente hermoso así. Callado y tan al borde que con una sola palabra mía te derrites.
Le sujetó del cabello con fuerza y volvió a inclinarse hasta su oído.
—Dime… ¿quién te folla como yo?
—N-nadie…
—¿Quién hace que te corras?
—T… tú…
Caleb sonrió.
—Eso pensé.
Y entonces, sin aviso, aumentó la presión de su Evol. Zayne sintió cómo todo el peso del aire lo empujaba hacia abajo, hacia las sábanas calientes, dejando sus caderas arriba. Era como si su cuerpo respondiera solo, sin voluntad propia.
Caleb comenzó a moverse más rápido. Cada embestida era un golpe directo a sus nervios. Su próstata ardía, su espalda se arqueaba y su miembro, completamente duro, goteaba ansioso por liberarse.
Pero Caleb no lo tocaba ahí, ni siquiera le daba permiso. Lo tenía atrapado justo entre la delgada línea del dolor y el placer.
—No vas a correrte —murmuró—. No hasta que me dé la gana.
Zayne gimió, sus caderas intentaron moverse sin éxito. Se sentía perdido.
Y Caleb, por supuesto, lo sabía.
—¿Te duele?
Zayne asintió—. Sí…
—¿Y qué se dice?
—Gracias… por castigarme…
Caleb soltó una carcajada seca y subió la mano para apretarle la garganta de nuevo—. Qué bien te he entrenado.
Siguió embistiendo, sin pausar ni un minuto.
Zayne jadeaba ya sin ritmo. Sus ojos estaban vidriosos, la boca apenas articulaba unos cuantos gemidos y frases incoherentes. Sentía la piel tan sensible que cada golpe lo deshacía un poco más.
Y entonces, Caleb cambió el ángulo. Lo empujó más arriba, más profundo, hasta que el cuerpo entero de Zayne se sacudió con cada golpe. Lo estaba empujando al límite.
—Vas a correrte.
Zayne asintió débilmente.
—Aunque no te lo mereces.
Caleb bajó una mano hasta su miembro. Lo envolvió apenas con dos dedos, un roce frío.
Y fue suficiente.
Zayne gimió como si algo dentro de él se quebrara. Su cuerpo se arqueó, sus músculos se contrajeron, y se vino fuertemente.
El orgasmo lo sacudió con fuerza, arrancándole un grito ahogado en su propia garganta por la presión del agarre. Fue placentero, pero doloroso.
Y aún así, Caleb no paró.
—Oh no, aún no —dijo en voz baja, casi tierna.
Zayne quiso rogar, pero su cuerpo ya no le obedecía.
El dolor comenzó a mezclarse con el placer, la sobrestimulación doliendo de manera brutal. Cada movimiento de Caleb le arrancaba un jadeo lastimero. Su cuerpo flácido aceptando cada golpe. Y eso, para Caleb, era lo más hermoso de todo.
—Eso es —susurró—. Sigue goteando para mí. Sigue temblando aunque ya no puedas más. Sólo mírate… llorando mientras te sigues abriendo para mí. Eres mi cosa favorita, ¿sabes?
Le besó la mejilla, despacio, como si acabara de decir algo romántico. Y luego empujó una vez más, más fuerte.
Zayne gritó.
—Vas a correrte otra vez —anunció Caleb, como si se tratara de una orden.
—No… no puedo…
—No pregunté si podías. Te dije que lo ibas a hacer.
Zayne gimió, desesperado.
Caleb lo sostuvo del cuello, y con la otra mano aplicaba presión en su cuero cabelludo mientras lo follaba sin compasión. Cada golpe era como una descarga eléctrica. El dolor se había convertido en placer y su cuerpo ya solo obedecía.
Zayne se corrió una segunda vez, más débil. El semen le manchaba el vientre, y su abdomen temblaba mientras su pecho subía y bajaba como si no pudiera respirar.
Caleb no se detuvo de inmediato. Se movió unas veces más hasta vaciarse dentro.
Solo entonces se permitió soltarle el cuello y el cabello. La presión del Evol disminuyó, y el cuerpo de Zayne cayó al colchón como trapo.
Y Caleb lo observó. No solo como un amante, sino como quien mira a un objeto precioso, usado, perfecto.
Durante varios minutos, no hubo sonido. Solo la respiración irregular de Zayne.
—No vuelvas a mirar a otro hombre —dijo Caleb, aún encima de él, sin suavidad en la voz.
Zayne no respondió con palabras, solo asintió con lentitud. Apenas y podía hablar.
Caleb bajó una mano, le acarició el cabello ahora empapado de sudor—. Solo yo puedo destruirte así.
Zayne ya no lloraba. Pero sus ojos tenían ese brillo al borde del colapso emocional.
Y a Caleb eso le encantaba.
Porque Zayne era suyo.