La sangre no se lava
La música tronaba entre las paredes de mármol mientras las luces parpadeaban en tonos dorados y púrpura. Gente rica. Ropa cara. Risas falsas. Todo olía a dinero y champaña derramada.
Blake Vale cruzaba entre los cuerpos, bandeja en mano, vestido de negro de pies a cabeza. Camisa ajustada, mirada afilada. Era un camarero más en una fiesta privada de clase alta, en algún rincón oculto de Gravemont. Nadie lo notaba. Nadie se fijaba en él. Y eso le convenía.
—Cuidado, muñeco —dijo una chica al tropezar con él, apenas manteniéndose en pie con sus tacones de diseñador.
—Perdón… muñeca —respondió Blake con una sonrisa ácida, sin detenerse.
Se movía con agilidad, pero con la mente en otro sitio. Algo le olía raro. Demasiada seguridad. Demasiadas puertas cerradas. La gente de verdad importante no estaba bailando.
Pasó cerca del salón trasero, donde un guardia se alejaba para hablar por radio. La puerta quedó entreabierta.
No debió mirar... Pero lo hizo.
Y entonces lo vio.
Una habitación de paredes oscuras. Tres hombres. Uno de rodillas. Dos de pie. Y uno de ellos tenía una pistola.
¡Bang!
El disparo fue seco. El cuerpo del hombre arrodillado se desplomó al suelo como un saco de carne sin alma. Sangre, mucha sangre. Blake dio un paso atrás, pero no lo suficientemente rápido.
Uno de los hombres alzó la vista. Unos ojos negros. Fríos. Penetrantes.
Rowan Ashford.
El heredero de La Sangre del Lobo, una organización secreta, peligrosa, despiadada. Y ahora… lo había visto.
Blake intentó huir. Corrió entre los invitados, dejando caer la bandeja. Alguien gritó. Él empujó a un tipo borracho. Saltó una baranda. No iba a dejar que lo atraparan.
Pero alguien lo alcanzó.
Un brazo lo tomó por la espalda, una fuerza brutal lo empujó contra la pared. Todo fue rápido. Una inyección. Un ardor en el cuello, y al segundo siguiente... Oscuridad.
El frío lo despertó.
Sus párpados pesaban. La luz era tenue, azulada. El suelo era de cemento. Estaba encadenado de pies y manos a un banco fijo.
Una celda. Una celda real. Sin ventanas. Sin relojes. Solo una puerta metálica frente a él.
—Genial —murmuró con ironía—. ¿Así tratan a todos los camareros por tirar el vino?
La puerta se abrió con un chillido metálico. Entró Rowan, impecable como siempre. Camisa blanca, sin una arruga. Mirada como cuchillas de hielo.
—Estás despierto.
—Qué perspicaz. ¿Eres tú el que dispara o solo limpias los cadáveres?
Rowan no reaccionó. Caminó hacia él, deteniéndose justo fuera de su alcance.
—¿Por qué estabas en esa fiesta?
—¿Y tú? ¿Siempre matas a gente con trajes caros los fines de semana? No vi nada —continuó Blake, con tono seco—. Bueno… nada que me importe. Solo un asesinato. Sinceramente, he visto peores cosas en Internet.
—No puedes irte.
—¿Ah, no? Qué sorpresa. Y yo que pensaba pedir Uber desde la celda.
Rowan lo observó un momento más, luego se dio media vuelta y salió sin más.
En otra parte de la mansión, Magnus Ashford esperaba de pie frente a un ventanal enorme. El patriarca. Alto, imponente, con cabello gris cuidadosamente peinado hacia atrás. Parecía un político… hasta que abría la boca.
—¿Por qué no está muerto? —preguntó sin volverse.
—No va a hablar —respondió Rowan con voz neutra.
—Ese no es el punto. No arriesgamos nuestro nombre por un crío con lengua larga.
—No es solo un crío —dijo Rowan—. No ahora.
Magnus giró lentamente, frunciendo el ceño.
—¿Qué sabes que yo no?
—Solo que sería un error matarlo… todavía.
Magnus se le acercó, su voz se volvió más baja, más letal.
—¿Te estás encariñando?
—No.
Magnus lo sostuvo con la mirada por unos segundos, luego asintió con desdén.
—Haz lo que quieras con él. Pero si habla… lo limpias tú mismo.
Rowan entró a una sala amplia, donde Nadia lo esperaba. Sentada con una copa de vino, cruzada de piernas, elegante y letal.
—Tu padre está perdiendo la paciencia —dijo ella sin saludar.
—Lo sé.
—¿Sabes quién es el chico?
Rowan se detuvo.
—Sí —respondió, mirando hacia la chimenea apagada—. Blake Vale. Huérfano. Un par de arrestos menores. Desapareció del sistema hace tres años. Vive fuera del radar. Demasiado observador para ser ignorado.
Nadia lo miró con una ceja levantada.
—Entonces sabes por qué no puede salir de aquí.
Rowan asintió.
—Mejor tenerlo cerca… que suelto allá afuera.
Más tarde, volvió a la celda con una bandeja de comida. Blake estaba en la misma posición: encadenado, el rostro sucio, los labios resecos.
—Te traje comida —dijo Rowan, dejándola en una mesa metálica.
—¿Y yo qué te traje? Ah, claro… problemas —respondió Blake con sarcasmo.
—No tienes que pasar hambre.
—Prefiero morirme de hambre que aceptar tu hospitalidad.
Rowan lo miró, serio.
—Podrías hacerlo más fácil.
Blake soltó una carcajada seca.
—¿Fácil? Me raptas, me encadenas y me traes sopa como si eso compensara que presencié un asesinato.
—Pudiste haber muerto esa noche.
—Y sin embargo aquí estoy. Debe ser mi encanto.
Rowan se acercó un paso, sin romper el contacto visual.
—No quiero hacerte daño.
—¿Y por qué? ¿Porque soy lindo o porque aún no sabes qué tanto sé?
Rowan apretó la mandíbula.
—Volveré más tarde.
Blake se inclinó hacia él, lo poco que las cadenas le permitían, y escupió con veneno:
—Hazlo. Tal vez la próxima vez traigas un poco de dignidad con esa comida.
La puerta se cerró.
Oscuridad otra vez.