Piso 603
El nuevo apartamento olía a polvo viejo y a madera encerrada, pero era lo suficientemente silencioso para que Jungkook se sintiera seguro.
Un lugar sin ruido. Sin voces graves. Sin ojos que lo sigan.
Sin alfas.
Era un edificio antiguo, de pasillos estrechos y vecinos poco interesados. Perfecto. Ideal.
Lo necesitaba así.
Después de todo, ya había pasado cuatro años rehaciendo su vida. Cuatro años de terapia, de inhibidores, de aprender a fingir que estaba bien.
Había construido murallas tan altas que incluso su instinto omega se había rendido de intentar escalar.
O eso creía.
Hasta que lo escuchó por primera vez.
Pasaron solo unas horas después de instalarse. Eran cerca de las diez de la noche.
Un portazo sordo.
Unas llaves cayendo en el suelo.
Y ese aroma.
Jungkook se congeló junto a la caja que estaba desempaquetando, sus dedos clavándose en el cartón húmedo.
Alfa.
No como cualquiera.
Era intenso. Profundo. Ahumado con un dejo a lluvia y preticor, como tormenta a punto de caer.
Y venía del 604.
—No… —murmuró con la garganta seca.
El 604 era justo al lado.
Pared con pared.
Intentó respirar por la boca, calmar el temblor de sus piernas. No era la primera vez que sentía a un alfa cerca. Lo había logrado antes. Podía hacerlo otra vez.
Pero su cuerpo tenía otros planes.
El estómago se le encogió. La piel le ardía como si algo olvidado se activara.
No era deseo.
Era una mezcla agobiante entre repulsión… y necesidad.
Le llevó media hora volver a moverse. Otra media hora más para bloquear las ranuras de la puerta con toallas y dejar un difusor de lavanda funcionando toda la noche.
El aroma ya no entró.
Pero la sensación, sí.
Y se quedó.
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Al día siguiente lo vio.
Fue en el pasillo, cuando salía a buscar su correspondencia con gorra, gafas oscuras y auriculares, como siempre hacía.
Y entonces la puerta del 604 se abrió.
Salió él.
Alto. Piel dorada. Ojos felinos. Camisa negra arremangada.
Cabello oscuro y desordenado, mandíbula tensa, cuello lleno de marcas antiguas que no supo si eran cicatrices o historia.
Y lo peor fue que no lo miró.
No al principio.
Simplemente cerró su puerta, se colocó un cigarrillo entre los labios y caminó como si el mundo no pudiera alcanzarlo.
Pero justo cuando pasó a su lado… se detuvo.
Jungkook lo supo antes de que el otro hablara.
Lo olió.
El aire se volvió más denso. Cargado. Afilado.Y entonces…
—¿Eres nuevo aquí?
La voz era profunda. Demasiado.
Con ese tono grave que a Jungkook le provocaba náuseas.
—Sí —respondió sin quitarse las gafas ni los auriculares, aunque ni música tenía puesta—. Piso 603.
El alfa asintió una vez.
No preguntó su nombre. No se presentó.
Solo lo miró. Lento. Como quien descifra un idioma olvidado.
Y luego se fue, sin decir una palabra más.
Pero el aroma quedó flotando en el pasillo.
Aferrado a la ropa de Jungkook. A su memoria.
A su miedo.Esa noche soñó con él.
O con el pasado.
Con las manos que lo habían marcado. Con los muros acolchados. Con su propio grito encerrado entre los dientes.
Y despertó empapado en sudor, la espalda tensa, el corazón galopando.
Volvía a estar atrapado.
Aunque ya no había manos sujetándolo, ni puertas cerradas.
Solo un alfa al otro lado de la pared…