Lo que escribí antes de conocerte

All Rights Reserved ©

Summary

"Hay cosas que no se pueden decir en voz alta, y otras que solo se entienden cuando las escribe alguien que también las ha callado." Esas palabras fueron las que me convencieron para participar en lo que llamaban una forma de ayudar a un grupo de chicos con los que realmente ya no sabían qué hacer: un club de escritura terapéutica. Nunca había oído nada parecido, pero al parecer no les quedaban más opciones... o tal vez ya se habían quedado sin ideas. No es que me hiciera especial ilusión participar, pero una parte de mí —la que ya no tenía nada que perder, la que estaba cansada de fingir que no se encontraba atrapada en un bucle del que no podía salir sola— decidió intentarlo. Escribí sin tener muy claro qué esperaba obtener. No sabía si lo que pondría en ese papel serviría de algo, si alguien lo leería o si cambiaría algo. Aun así, doblé la hoja con cuidado y la dejé en aquella bandeja de metal... sin esperar mucho de la persona a la que le tocara leer mi carta.

Genre
Romance
Author
Mitsuki
Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

Capítulo 1: Cartas al vacío

Brisa

Llevaba varios años ya en este centro. En cambio, era la primera vez que entraba en ese aula, y lo primero que pensé al cruzar la puerta fue que todo iba a ser una pérdida de tiempo.

Era un aula pequeña, se notaba que no le daban mucho uso. Olía a libros viejos, a tiza y a tristeza. A una soledad tan inmensa que, aunque estábamos sentados a pocos centímetros unos de otros, se sentía como si hubiera un abismo enorme entre nosotros. Nadie hablaba, nadie miraba a nadie. Éramos cuerpos ocupando espacio, cada uno encerrado en su mundo, sin ganas de adentrarse en el de otro. Cada vez estaba más convencida de que esto no iba a salir bien.

Éramos unas diez personas. Y cuando todos estuvimos sentados, el profesor Rowan entró al aula y cerró la puerta con calma, como si quisiera que sonara más a comienzo que a encierro.

No parecía un profesor de los que se paran a darte una charla moral, sin embargo, alguna vez había escuchado por los pasillos que se implicaba bastante con la salud mental de sus alumnos. Llevaba una bufanda gris que parecía hecha a mano, una libreta cuyas esquinas ya estaban algo dobladas en la mano derecha y una expresión serena, como si ya hubiera visto este tipo de silencio muchas veces antes.

—No voy a hacer que os presentéis —dijo, sin molestarse en pedir atención—. De hecho, cuanto menos sepáis los unos de los otros, mejor os vendrá.— Se paseó por el aula con pasos tranquilos, observándonos con una mezcla de respeto y distancia. Nadie le sostenía la mirada.

—Este es un club de escritura, sí. Pero también es una forma de sacar todo eso que lleváis dentro, lo que calláis. Vais a escribir una carta, una por semana, a alguien que también está participando aquí, en este club. No sabréis a quién va, ni quien os escribe, os pido encarecidamente que esto se mantenga ya que es crucial para que os podáis expresar con libertad. Cuando las tengáis yo me encargaré de repartirlas. La semana que viene vendréis, y en lugar de escribir, leeréis la carta que alguien os ha enviado.— Se detuvo frente a la pizarra. Cogió una tiza, escribió: Martes: se envía; Viernes: se recoge

—Los martes vendréis, con la carta ya escrita y la dejaréis en una bandeja metálica que estará sobre mi escritorio. Los viernes, volveréis, y en vuestro pupitre habrá una carta esperándoos. Vuestra respuesta. O algo parecido. Y así, todas las semanas.— Se apoyó en la mesa como si no tuviera prisa por irse.

—No estáis obligados a contar nada que no queráis. Podéis mentir, inventar, ser poéticos o ser crudos. Pero escribid como si la persona al otro lado pudiera entenderos sin conoceros. Porque probablemente lo hará mejor que nadie. —Hubo un leve murmullo. Gente removiéndose en la silla. Seguíamos sin mirarnos, sin decirnos nada. Todos en la misma sala, pero tan lejos unos de otros que parecía que estuviéramos en planetas distintos. Y entonces nos dio una hoja en blanco y un sobre. Solo eso. Ni una pregunta, ni una consigna. Solo una hoja vacía. Y de alguna forma, en ese silencio tan denso, fue más fácil escribir que hablar.

No sé quién eres ni qué esperas leer aquí. Tampoco sé muy bien qué decirte o por qué estoy escribiendo realmente. Supongo que es más fácil escribir a alguien que no sabe cómo me llamo. Que no me mira. Que no espera nada de mi...

Es que últimamente tengo la sensación de que camino sobre una cuerda floja y que, si alguien me pregunta cómo estoy, me caigo. Pero como nadie pregunta, yo tampoco digo nada, en parte a veces lo espero, tengo esa esperanza de encontrar a ese alguien, pero en realidad creo que es mejor dejarlo así.

Hay cosas que no se cuentan porque no lo entienden. Y otras que no se entienden porque nadie se para a escuchar de verdad. Me pregunto si esto funcionará, si de verdad va a ayudar en algo... No sé que pensarás tú de todo esto...

¿Sabes ? Me gustaría poder decir que estoy bien. No feliz, ni nada de eso. Solo bien. Pero incluso eso suena falso.

¿Tú estás bien? ¿O solo finges que sí?

No hace falta que contestes a eso.

O sí. No sé.

No espero que me arregles. Solo... escribe algo que no suene a mentira.

18/03/25

Levanté la vista del papel y mire a mi alrededor, algunas personas ya se habían ido y otros miraban perdidos la hoja en blanco que tenían delante, no es que yo me haya esmerado mucho, tampoco sabía muy bien como afrontar esta situación, así que lo dejé así, doblé la hoja y la metí en el sobre para luego coger mi mochila y acercarme a la mesa del profesor para dejar la carta sobre la bandeja de metal. Miré al profesor Rowan antes de irme y el me asintió con la cabeza, como si me diera permiso para marchar, no sin antes notar la mirada que me lanzó... no supe descifrar lo que quiso decirme el profesor, pero se quedó grabada en mi.

***

Después de salir de la primera sesión de escritura terapéutica, la cuál no fue ni la mitad de intensa de lo que me esperaba, salí del edificio y me escondí en la parte de atrás de este, de mi mochila saqué un paquete de tabaco. Si, yo tampoco me siento orgullosa del vicio del que dependo, pero es lo que me salva momentáneamente de la ansiedad y el estrés.

Me senté con la espalda pegada a la pared y encendí el cigarrillo para luego llevarlo a mi boca y sentir como el humo inundaba mis pulmones mientras cerraba los ojos, aún quedaban 35 minutos para la siguiente clase, tiempo suficiente para desconectar.

El cigarro se consumía despacio entre mis dedos y yo lo miraba como si fuera lo más interesante del mundo, si tuviera que compararme creo que diría que era como ese cigarro, me consumía poco a poco igual que él. Cada calada era una excusa para no pensar, o para pensar sin orden. Me pregunté si los demás habrían escrito algo sincero o si habían tenido miedo de expresarse.

Yo no quería gustar. Ni sonar interesante. Solo quería que esto que me esta consumiendo tan lentamente, me doliera un poco menos después de escribirlo...

Apreté los ojos un instante, sintiendo el humo picarme por dentro. No lloraba, pensaba con sinceridad que este año ya había agotado toda las lágrimas que podían brotar de mis ojos, y nos encontrábamos a mitad de marzo, había algo que pesaba, como si la tristeza no necesitara lágrimas para doler. Era como una especie de hueco en el pecho que solo se nota cuando te detienes un segundo.

Pensé en volver a entrar, pero todavía no tenía ganas de ver a nadie. Me quedé allí, escuchando el murmullo lejano de las voces y el sonido de una persiana bajando en alguna ventana. Todo parecía ajeno, como si yo estuviera fuera del mundo. O como si el mundo estuviera lejos de mí.

Alguien pasó cerca y no me miró. Mejor así. No sabía qué cara tenía puesta, pero seguro no era una que invitara a hablar. A veces creo que mi silencio grita más de lo que yo quisiera.

Apagué el cigarro contra el suelo, lo pisé con la suela del zapato y me quedé mirando la colilla un segundo, como si de verdad importara. ¿Acabaría yo así? Luego me levanté. Aún tenía que volver a clase. Fingir que estaba, que escuchaba y que entendía.

Pero antes de irme, saqué el móvil del bolsillo solo para mirar la hora. 12:42. Volví a guardarlo sin desbloquearlo siquiera.

No había mensajes nuevos. Seguramente Vicky seguía en clase. La vería al final del día de todas formas.

Me sacudí un poco los pantalones y me puse en marcha. Miré el edificio que estaba igual que siempre, con sus ventanas sucias y las paredes desconchadas, le hacía falta una mano de pintura... pero ese rincón ahí detrás seguía siendo mi sitio favorito para desaparecer unos minutos.

Mientras subía las escaleras, traté de pensar en otra cosa. En cualquier cosa que no fuera la carta o en quién podría leerla, sentía que está primera vez era como entregarle cartas al vacío. Esta clase de nervios... hacía mucho que no los sentía.

Volví al aula justo antes de que sonara el timbre. Me senté en mi sitio de siempre, al fondo, en una esquina. Dejé la mochila a un lado, apoyé los brazos sobre la mesa y solté un suspiro corto, casi imperceptible.

Miré un instante por la ventana.

Ni el día era tan gris, ni yo estaba tan mal. Supongo.

***

Cuando sonó el timbre de salida, recogí mis cosas con calma. No tenía prisa por irme, pero tampoco quería quedarme, esperé a que fueran saliendo todos poco a poco para no tener que enfrentarme a esa aglomeración de chicos y chicas desesperados por salir.

Vicky me esperaba junto a la verja, ya con la mochila colgada de un solo hombro y esa melena negra azabache revuelta por el viento. Me vio de lejos y levantó una mano como saludo mientras me miraba con esos enormes ojos brillantes suyos, recordándome que hay alguien que al final del día, espera a verme con una sonrisa en el rostro.

—¿Sobreviviste? —me preguntó, mientras empezábamos a andar hacia la salida.

—A duras penas—respondí, llevándome una mano exageradamente a la frente y echando la cabeza hacia atrás, como la buena actriz que era.

—¿Y cómo fue?— Preguntó riendo levemente por mi exageración

—Bueno... No sé, raro. Nos sentaron a todos en un aula que parecía casi abandonada y nos dieron una hoja en blanco para escribirle a alguien. Pero sin saber a quién.

—¿Así sin más?

—Sí. Ni nombre, ni tema, ni instrucciones. Solo... "escribe". Como si eso fuera fácil.

—Bueno, a ti se te da bien escribir —dijo con naturalidad mientras se encogía de hombros—. No como a mí, que empiezo una redacción con "Hola, soy Victoria y vivo en un mundo en el que suspendo Literatura cada trimestre".

Me reí. Ella también, con esa risa suave que no necesita esfuerzo y fue un alivio. Me recordó que junta a ella si me salía la risa.

—¿Y qué pusiste? —preguntó después, sin presión.

—No sabía muy bien como empezar así simplemente solté lo primero que salió. —Hice una pequeña mueca ya que no sabía si había sido una buena forma de comenzar.

—¿Y te sentiste mejor?

—No lo sé. Es raro hablarle a alguien que no conoces, sobre todo sin saber como va a responder, si te va a juzgar... pero supongo que como no se quién es no me importará tanto... No sé Vic, supongo que obtendremos las dos una respuesta mejor el viernes cuando reciba la carta de esa persona— Me encogí de hombros mientras miraba al suelo, viendo como mi zapato golpeaba una y otra vez la misma pequeña piedra.

Vicky asintió despacio, como si lo entendiera de verdad. Yo sabía que lo intentaba. Porque al igual que sé que me ha estado observando, yo la he observado a ella, y sé que intenta entenderme, sin agobiarme, sin preguntarme... Yo hablo con ella, sabe que no estoy bien, que muchas veces no encuentro las palabras para plasmar todo lo que siento, que necesito encerrarme en mi, o que por lo contrario a veces soy incapaz de estar sola... y ella, ella siempre está.

—¿Te vienes a mi casa? Mi madre hizo bizcocho de limón, el que nos gusta, con ralladura y todo. Dice que me lo merezco por aprobar mates, pero yo creo que lo hizo porque ya no sabía que hacer con los huevos que le sobraban.— Habló sacándome de mis pensamientos y sonreí.

—¿Tienen té? —pregunté sin pensarlo.

—Obvio. Del de bolsita barata, pero té al fin y al cabo.

—Entonces sí.

Seguimos caminando juntas por la calle principal, cruzando entre coches y saludando a conocidos con el mentón. No hacía frío, el cielo estaba despejado pero sabíamos que en cualquier momento podía nublarse y empezar a llover, lo mencionaron ayer en las noticias. A mí me gustaban los días así, como si el clima hiciera compañía a mi poca estabilidad emocional.

—¿Vas a seguir yendo al club de escritura? —preguntó ella mientras girábamos la esquina.

—Sí... yo creo que sí. Total, los martes no tengo nada mejor que hacer, además siento curiosidad... Si veo que más adelante no me convence pues... lo dejo y ya— Comenté restándole importancia. Ella se detuvo un momento, lo que hizo que me girara confundida

Ella no dijo nada por un momento. Luego añadió:

—Brisa... Yo creo que te va a venir bien. No por la carta, sino porque te hace salir un poco de ti. De lo que no dices nunca. Tu sabes que a mi siempre me tienes para lo que sea, pero a veces no sé cómo ayudarte a soltar todo lo que llevas dentro y si alguien más puede ayudarte...

La miré de reojo y tragué saliva algo nerviosa por sus palabras tan directas e inesperadas. No había reproche en su voz, ni lástima. Solo cariño, y eso lo hacía todavía más difícil de encajar.

—No estoy tan mal —dije interrumpiéndola

—Ya lo sé.—Me dijo, como si me creyera. Pero también sabía que eso no era del todo la verdad.

—No sé si lo estoy haciendo bien a veces, Brisa —confesó de pronto—. A veces no sé si te dejo demasiado espacio, o si debería insistir más. Pero no quiero agobiarte. No quiero perderte.

Me sorprendió. No por lo que dijo, sino porque lo dijera en voz alta.

—No me estás perdiendo, Vicky.— La miré a los ojos intentando transmitirle calma y seguridad

—Vale —dijo ella—. Pero si algún día sientes que te estás cayendo, solo avísame. No me importa si no sé cómo atraparte. Estaré ahí igual.

No supe qué responder, así que no dije nada, pero comencé a notar como me picaban los ojos, sin embargo no cayó lágrima ninguna. Solo le di un leve empujón con el hombro regalándole una pequeña sonrisa, y ella me empujó de vuelta, como si volviéramos a tener doce años, luego nos tomamos de la mano, porque ahora mismo no había nadie en el mundo que pudiera mantenerme más firme que ella.

El cielo comenzó a llenarse de nubes grises, pero esta vez, por dentro sentí algo parecido a la calma. Hoy el cielo no me acompañaba.