Capítulo 1
La oscuridad de la noche dominaba el bosque. El cielo, un lienzo de ébano sin estrellas, parecía un vacío que absorbía la luz, como si el propio firmamento se hubiera desprendido de su lugar natural. Una tensión palpable persistía en el aire, un eco sombrío del reciente intento de ataque.
Una figura se movió con agilidad felina entre los arbustos, buscando desesperadamente una ventaja contra su perseguidor. Era una sensación inusual, casi ajena; normalmente, la caza era su dominio, él era el depredador que acorralaba a su presa. Pero esta noche, los papeles se habían invertido: él era el animal acosado, y el cazador le pisaba los talones.
Un silbido rápido del viento rasgó el silencio, y los oídos de la criatura se agudizaron al instante, alertándola del peligro inminente. Con un movimiento instintivo, se agazapó y se fundió en la densa maraña de arbustos. Frente a él, una figura se acercaba con paso lento y deliberado, sin prisa, sin la menor señal de impaciencia. Era solo un hombre, un humano común y corriente, y, sin embargo, había logrado invertir los roles, convirtiendo al monstruo en la víctima. Llevaba ya varios días persiguiéndolo, siguiendo su rastro con la implacable determinación de un sabueso.
La figura continuó su avance pausado. Cada crujido de la maleza bajo sus botas resonaba como un trueno ensordecedor para la criatura, sumándose al estruendo de sus propios latidos, que martilleaban en sus oídos como tambores de guerra. Desde su escondite entre los arbustos, lo observó: la imponente silueta, la innegable superioridad que emanaba de su presencia. La criatura ardía, la bilis de la rabia pura burbujeando en su boca. Odiaba, con cada fibra de su ser, sentirse tan débil, tan patéticamente vulnerable ante un ser que consideraba inferior.
La figura se detuvo, escaneando el entorno. Sus ojos se movieron lentamente de un lado a otro, abarcando todas las direcciones, pero nunca, ni por un instante, ofreció su espalda. Los dientes afilados de la criatura rechinaron, un sonido apenas audible, un eco de su furia incontrolable. No pudo evitarlo, y ese leve raspado pareció ser una campana en el silencio. La mirada del cazador se clavó en su dirección, penetrante, como si pudiera ver a través de la densa cortina de hojas. Un escalofrío recorrió a la criatura, y retrocedió un pequeño paso, temblando.
El cazador, con un movimiento fluido, desenvainó su daga. La hoja, de un acero oscuro y pulido, destellaba con una luz fría, revelando la veta de plata pura que recorría su filo, la perdición de casi todo lo sobrenatural.
Pero no moriría sin llevarse, aunque fuera un pedazo de su carne. Solo necesitaba probar el sabor de esta para superarlo; el hambre era su única esperanza. Se movió con sigilo, tratando de flanquear al cazador, quien se acercaba al arbusto, seguro de que al fin atraparía al monstruo. Sin embargo, el cazador estaba confiado, ciego a la astucia de su presa, que creía haber cometido un error.
El monstruo se abalanzó con rapidez, desplegando garras afiladas de sus dedos y saltando desde la oscuridad. Sus dientes pelados brillaron con el pálido reflejo de la luna mientras intentaba un mordisco letal.
—¡Fsss! —El sonido limpio de un corte rápido resonó en el aire.
El cazador fue directo al cuello de la criatura y retrocedió un paso. El monstruo intentó recuperarse; un corte como ese no debería detenerlo, pero la maldita plata impedía que la herida se curara adecuadamente, y el tajo había sido preciso. Intentó un zarpazo para apartarlo y ganar tiempo para sanar, pero el cazador no retrocedió. Usó la daga para frenar el golpe y, al mismo tiempo, herirlo de nuevo.
—¡Maldito! —Trató de hablar, pero el corte en su garganta se lo impedía, y tener que usar una de sus manos para evitar desangrarse lo ponía en una desventaja crítica. Había sido descuidado.
Ambos caminaron lentamente, describiendo un círculo, mirándose fijamente. El rostro del cazador se notaba pesado, y las ojeras eran ya visibles a pesar de su piel morena. Su cabello era corto y encrespado, con un desvanecido alto. La mirada de la criatura se detuvo en la cicatriz que el cazador tenía en su ceja derecha. No parecía diferente a otros humanos; la criatura ya había enfrentado a otros cazadores antes y todos cayeron contra él. Pero, aun así, había algo en este humano, como si fuese algo más.
El monstruo esperó, pero el cazador no lanzó el siguiente ataque. Solo se detuvo en cuanto quedaron en posiciones opuestas. Ese corto tiempo le permitió curarse; la herida comenzó a cerrarse, soltando un vapor a medida que el sangrado se detenía. El cazador sonrió levemente.
—No debiste dejar que me curara —Respondió el monstruo.
—¿Enserio? —El cazador no parecía preocupado. —Honestamente no pareces una amenaza aún. Después de todo, ¿Cuándo fue la última vez que comiste un corazón?, eh lobito
La rabia volvió a notarse en el rostro del monstruo, y su cara se deformó levemente. Sus colmillos se hicieron aún más prominentes al crecer de tamaño, y sus ojos brillaron con una amarillenta luz sobrenatural, mostrando su verdadero rostro. Sus garras negras crecieron de nuevo, alargándose y afilándose. El cazador había estado arruinando sus últimas cacerías, persiguiéndolo durante varios días sin descanso, y ahora entendía por qué su situación era tan crítica: no había devorado un corazón humano en mucho tiempo, lo que lo había debilitado. Su curación era más lenta, sus fuerzas disminuidas y su dificultad para mantener su transformación era evidente.
—Voy a saciar mi hambre una vez que devore tu corazón, y lo voy a disfrutar, cazador.
—Muéstrame de qué estás hecho, perro.
El cazador respondió con enojo en su tono. Para la criatura, esta cacería parecía algo personal, o quizás el cazador estaba loco, como solían estarlo. Se vuelven asesinos con el tiempo, llegando incluso a disfrutar de perseguir y torturar. Se creían por encima de las bestias que cazaban, pero lo cierto es que lo más difícil de ser cazador no era matar monstruos, era asegurarse de no convertirse en uno.
Unos minutos después, solo quedaba la sangre manchando las hierbas. El silencio volvió a reinar en medio del caos, dejando que solo el susurro del viento fuera el protagonista. Un cuervo se posó sobre una rama cercana, observando la escena con una curiosidad sombría.
Un monstruo seguía de pie. Justo bajo él, la presa. Nunca tuvo oportunidad. Su cabeza había sido cercenada con precisión, asegurándose de que no pudiera recuperarse jamás. No habría más víctimas del licántropo que había estado aterrorizando el lugar, matando jóvenes y devorándolas. Aunque el mundo más allá de ese bosque nunca lo sabría, lo sobrenatural sigue siendo un mito, un “quizás”, una historia contada a los niños para obligarles a dormir. Pero el mal está aquí, en cada rincón de este mundo, en cada monstruo fingiendo ser humano y en cada humano que se convence de que no es como ellos.
El cazador limpió su daga con un trapo, luego lo arrojó sobre el cadáver. Procedió a verter un tarro de gasolina sobre los restos, asegurándose de que el fuego no pudiera esparcirse al crear una barrera protectora alrededor. No era una despedida; incluso una cabeza de licántropo podría infectar a otros con sus residuos durante un buen tiempo. Por suerte, el fuego purifica.
Después de terminado el trabajo, se dirigió hacia su camioneta. Guardó la daga en un compartimento oculto y se puso su gabardina, sintiendo el frío de la madrugada que aún no cedía ante la promesa del sol. Se subió al vehículo, sacó un pequeño cuaderno de tapas gastadas y tachó un objetivo de su lista con un trazo firme.
Se miró a través del retrovisor. Su rostro, marcado por el cansancio, parecía impasible, sin una pizca de reacción ante el hecho de haber descuartizado y cremado a un monstruo. Sí, un monstruo, pero que alguna vez fue un hombre. Sin embargo, nada de aquello parecía afectarle. Guardó el cuaderno y se preparó para arrancar el motor.
Al levantar la mirada, en medio de la densa niebla que aún envolvía el bosque, una silueta pareció materializarse frente a él. Algo extrañamente familiar. Un susurro, perfectamente audible a pesar de la distancia y el silencio circundante, se coló en el habitáculo de su camioneta:
—Nazo... vuelve a casa.
La silueta era solo una sombra, imposible de identificar. Nazo intentó encender el auto, sus ojos fijos en la aparición, pero tuvo que desviar la mirada un instante para girar la llave. Al volver a levantar la vista, la figura había desaparecido. Nazo miró a todos lados, pero, aunque aquello se había desvanecido, la punzada en su estómago no lo hizo.
Miró hacia atrás, a los asientos traseros, donde reposaba un paquete que había recibido hacía algunos días. Un paquete con un mensaje que aún no comprendía del todo, pero que ahora, más que nunca, le confirmaba que algo lo esperaba en Rivero Hollow.