Capítulo 1: Murmullo del Río Luo 《洛水低语》
En las montañas envueltas por neblina, donde el sauce inclina su alma sobre el agua y las garzas callan al amanecer, fluía el antiguo Río Luo. No era un río cualquiera. Sus aguas murmuraban con una voz que sólo los corazones viejos sabían entender.
Dicen los ancianos que el río no siempre fue río, que alguna vez fue un dragón. Y no cualquier dragón, sino el guardián de los cielos del sur: Long Shen (龙神), el que controla las lluvias y hace temblar los truenos con su suspiro. Sin embargo, nadie lo había visto desde hacía siglos… hasta la llegada de una muchacha que hablaba con el agua.
Su nombre era Yin Hua (音花) —“flor del sonido”—, hija de una curandera y un pescador. Era ciega desde su nacimiento, pero su mundo no era oscuro. Para ella, el agua tenía forma, la brisa tenía color, y las voces de los árboles cantaban en matices que ningún ojo podía ver. De niña, pasaba horas sentada junto a las piedras del río, escuchando. Su madre pensaba que cantaba, pero en realidad respondía a una voz invisible, una voz líquida y ancestral que sólo ella podía comprender.
Una mañana de primavera, cuando la neblina era tan espesa que los álamos parecían fantasmas, Yin Hua descendió con su bastón de bambú y su canasto de hierbas al borde del río. Iba en busca de loto azul para una infusión. Se arrodilló, tocó la superficie del agua, y supo que no estaba sola.
No vio, pero sintió una vibración en el aire, como si el propio río contuviera la respiración.
—¿Quién eres? —preguntó sin temor, sus dedos aún sumergidos.
El agua se estremeció. Una figura emergió como un recuerdo hecho cuerpo: un hombre de túnica azul jade, cabello largo como la noche, y ojos como dos soles atrapados en el silencio. Era hermoso, pero no humano.
Él no habló de inmediato. Caminó en la orilla hasta que sus pies tocaron la misma piedra donde ella se sentaba.
—Soy el río que escuchas desde niña. He tomado forma para verte de cerca.
Ella sonrió.
—No puedo verte. Pero reconozco tu voz. Es la misma que escucho cuando el mundo duerme.
Desde ese día, se encontraron en secreto, siempre junto al río, bajo los sauces que sabían guardar secretos. Él no le dijo su verdadero nombre, pero le hablaba de los cielos, de las estrellas que no obedecen a los hombres, de los dioses que castigan el amor. Ella reía, incrédula, aunque algo en su alma lo creía todo.
Yin Hua comenzó a soñar con lugares que nunca había tocado: un templo de jade suspendido sobre nubes, una pagoda sobre un lago congelado, un puente de piedra donde su sombra caía al abismo mientras el dragón gritaba su nombre.
Una noche, tras una lluvia serena, él le ofreció un colgante de escama dorada.
—Llévalo sobre el pecho. Así sabré si tu alma sigue viva cuando el destino intente borrarte.
—¿Por qué habría de borrarme?
Long Shen guardó silencio largo rato. Luego habló:
—Porque el cielo no permite que un dios ame a una mortal. Ya lo intentamos antes… y cada vez el río vuelve a llorar por ti.
Ella no entendió. Pero la tristeza en sus palabras era tan vasta como el mar.
Los aldeanos pronto empezaron a murmurar. Las lluvias caían en pleno invierno. El río crecía sin explicación. Los animales bajaban de la montaña como si huyeran. Algunos decían que el dios dragón estaba enojado. Otros que algo impuro había contaminado el flujo del agua.
Yin Hua comenzó a enfermar. Soñaba con fuego, con alas, con un espejo roto. Su madre temía que estuviera poseída por un espíritu del río. Los monjes fueron llamados, y el incienso no bastó.
—Ella no está enferma —dijo el viejo maestro Li—. Su alma se está recordando.
Una tarde, mientras el río se teñía de sangre por el sol poniente, Yin Hua se desmayó en la orilla. Long Shen apareció, su forma humana temblando. Por primera vez en siglos, su corazón de dragón sentía miedo.
Él la alzó en brazos y la llevó a una gruta oculta bajo el salto de agua. Allí, con sus propias escamas, la envolvió para protegerla del juicio del cielo.
Pero ya era tarde.
Una luz descendió como una lanza: la voz del Emperador de Jade (玉皇大帝) tronó en el firmamento.
—Long Shen, has quebrado la Ley Celestial. Has tocado a la mortal destinada al olvido. Por este crimen, cargarás con el ciclo de la pérdida. Cada vez que intentes amarla, ella morirá. Y tú, oh dragón, deberás esperar cien años para recordarla de nuevo.
Y el cielo lloró.
Cuando Yin Hua despertó, el colgante en su cuello se había vuelto piedra.
No recordaba nada.
Solo el eco del río.
Y unos ojos dorados que lloraban desde las nubes.