Los Hijos del Pacto

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Summary

Cuando Shaúl Levenstein asciende como nuevo hermano del Pacto, sus convicciones se tambalean entre la obediencia y la duda. Su ascenso marca una grieta en el corazón del imperio: tensiones políticas entre casas nobles, conspiraciones y una amenaza olvidada que aún duerme bajo las ruinas de Terra. Los Hijos del Pacto es una epopeya teocrática sobre fe, control y redención. Un espejo oscuro de nuestro presente, y un presagio de lo que podríamos llegar a ser. Un viaje filosófico a través de la obediencia, el sacrificio, y la duda que nos hace realmente humanos.

Genre
Scifi
Author
Nexus
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo


El ministro Varo Eidenkranz, acompañado de su esposa y sus dos hijos, permanecían en pie junto al gran ventanal reforzado de la nave diplomática Ish Torá. Ante sus ojos se extendía la vasta superficie de Ganimedes, envuelta en un fulgor espectral. Las tormentas eléctricas de la atmósfera artificial trazaban filigranas luminosas sobre las cúpulas protectoras de las ciudades orbitales. Al fondo, el sol asomaba fragmentado por los sistemas de energía suspendida que alimentaban la megalópolis imperial. Era un espectáculo de arquitectura estelar, majestuosa e inabarcable.

El corazón de Varo latía con fuerza. Aquello era más que una luna terraformada: era la manifestación visible del sueño político de todo Ger Toshav —la ciudadanía menor—. Ascender.

Mientras contemplaban el prodigio, un androide de servicio se acercó en silencio. Su chasis brillante se articulaba con precisión, ofreciendo bandejas de plata decoradas con grabados del Tercer Concilio Galáctico. Sirvió con gracia los vasos de cristal a los niños, quienes rieron felices al probar el jugo cítrico concentrado. Los pequeños se bebieron con entusiasmo el refresco, dejando luego los vasos sobre la bandeja aún extendida del androide. Sin demora, echaron a correr hacia el gran ventanal panorámico, donde el esplendor de Ganimedes los absorbió de inmediato. Allí, los anillos defensivos flotaban como colosos metálicos, y las torres de los cañones orbitales se alzaban como lanzas apuntando al infinito. Las luces de las baterías energéticas parpadeaban en la distancia, como luciérnagas de guerra dormidas.

—No se vayan muy lejos, niños —dijo su madre, con una sonrisa serena, mientras los observaba alejarse a la distancia

—. Kaelión, vigila a tu hermana, ¿quieres? El niño, ya a medio camino, se giró con rapidez y asintió con un movimiento de su cabeza, como todo un joven oficial en formación.

—Sí, madre —respondió con solemnidad juguetona, y volvió a girarse para seguir explorando junto a su hermana menor, que reía con las manos apoyadas en el vidrio, embelesada por la sinfonía de luces y estructuras titánicas.

Aret suspiró leve, permitiéndose ese instante de calma. Luego, sin prisa, se recostó con elegancia sobre el brazo de su esposo, posando su cabeza suavemente en el pliegue de su túnica ceremonial. Sus dedos jugaron con la insignia bordada del borde, como quien acaricia la historia. Él la recibió con naturalidad, sin romper la contemplación.

—A veces —murmuró ella, apenas audible— pienso que esto es lo más cerca que estaremos de una vida normal.

Varo Eidenkranz no respondió de inmediato. Sus ojos seguían fijos en la superficie de la luna, donde las sombras de las naves patrulleras danzaban entre torres suspendidas. Finalmente, habló:

—Y sin embargo… incluso este momento ha sido calculado por el protocolo imperial.

Ella sonrió, sin despegarse.

—Entonces, que el protocolo nos permita al menos fingir que somos libres —susurró.

El silencio entre ellos fue, por un instante, una tregua sagrada. Afuera, Ganimedes giraba lentamente sobre su eje, como si el tiempo mismo se inclinara ante la perfección del instante. Aret lo volvió a mirar, esta vez con una sonrisa contenida. Sus ojos reflejaban tanto orgullo como esperanza.

—Me alegra que hayas conseguido esta audiencia, Varo… —dijo en voz baja, tocándole el pecho—. Un encuentro directo con un Hermano Levenstein. ¿Hace cuántos ciclos que un ministro Ger Toshav no llega tan alto?

Varo giró apenas el rostro, aún absorto en la inmensidad de la luna, algo en su interior no lo dejaba tranquilo.

—Doscientos años. Doscientos años de informes y súplicas… ignoradas. Hasta ahora.

Ella lo abrazó más fuerte.

—Tú lo lograste amor. Elevaste los ingresos de producción. Eso no se ignora. Esta reunión es una promesa de recompensa.

Varo sonrió, contenido.

—Es hora de que el Imperio nos vea. Es hora de que sepan que no todos los Ger Toshav somos números. Que también pensamos. Que también sustentamos este mundo.

La voz metálica del altavoz interrumpió el momento:

“Nave de Bel-Afar, acoplamiento completado. Prepárense para el encuentro con los máximos representantes del Pacto.”

Varo giró de inmediato, recobrando su aire diplomático. Con un gesto sobrio, indicó al androide de protocolo que localizara a los niños y los trajera de regreso. La máquina asintió con un leve zumbido y se desplazó hacia el extremo del ventanal, donde los niños aún miraban embelesados los colosos defensivos que rodeaban Ganimedes.

Varo volvió su atención a su esposa. Le ofreció ambas manos. Sus dedos se entrelazaron.

—Nuestro momento ha llegado —le dijo, con una mezcla de certeza y esperanza, gesto que solo reservaba solo para ella.

—Entonces, que lo vivamos juntos —respondió Aret, y besó con delicadeza el dorso de su mano.

Pocos segundos después, el zumbido suave del androide anunció su regreso. Detrás de él corrían Kaelión y Myra, sus mejillas encendidas por la emoción y el ejercicio, sus túnicas ceremoniales ligeramente arrugadas.

—¡Madre, viste esos cañones! —dijo Kaelión, aún sin aliento—. ¡Uno era más grande que la casa del gobernador de Farael!

—Y había una nave que parecía alimentarse de asteroides—añadió Myra, con los ojos como soles.

Aret sonrió, inclinándose a la altura de su hijo. Tomó a Kaelión del brazo y empezó a sacudirle suavemente la túnica, mientras con su pañuelo bordado le secaba el sudor de la frente.

—¿Qué te he dicho yo sobre correr con la ropa de ceremonia? —le preguntó con dulzura, arqueando una ceja.

Kaelión bajó la mirada por un segundo, culpable pero sonriente.

—Lo sé, madre. Pero... nunca había visto algo así. Todo es tan enorme.

—Y eso que aún no has visto el portal —respondió ella, reprimiendo una risa. Terminó de acomodarle la solapa del cuello—. Eres el hijo del ministro de Bel-Afar. Hoy conoceremos a los representantes de El Pacto. Así que, tenemos que dar una mejor impresión. El niño asintió. Aret se giró hacia su hija, que ya la esperaba con los brazos cruzados y una sonrisa traviesa. Con gesto maternal, tomó su pequeño rostro entre las manos.

—Ay, mi niña… ¿Cuántas veces te he dicho que esas travesuras no son propias de una joven de tu categoría?

Myra se encogió de hombros, divertida.

—Pero madre… ¿viste esas naves? Una parecía alterar el espacio. Como si fuera mágica.

—Lo son, en cierta forma —susurró Aret, acariciándole el cabello con ternura—. Pero no están hechas para niñas como tú. Están hechas para protegernos. Entonces Varo se acercó, extendió los brazos hacia su hija y la alzó con facilidad.

—Vamos, mi pequeña. Ya es tiempo de ingresar. Los grandes esperan.

Los niños tomaron la mano libre de su madre, y la familia real de

Bel-Afar se encaminó junta hacia las compuertas automáticas que se abrieron con un siseo de presión liberada. Varo se alzó con gallardía. Su túnica ceremonial ondeaba al avanzar, seguido por su familia y escoltas. Los muros de la estación imperial eran colosales. Todo en ella parecía hecho para dioses. Aun así, ellos lo cruzaron como lo que eran: una familia.

Al otro lado del corredor lo esperaba un grupo de Tzevaot HaBrit, los Soldados del Pacto: figuras inmensas, armadas con lanzas de pulso y cubiertas con armaduras rojas. A su lado, sacerdotes vestidos con telas azafrán. Uno de ellos, de rango superior, se adelantó con gesto solemne.

—Bienvenido, Ministro de Economía y Sostenibilidad de Bel-Afar, Varo Eidenkranz. El Hermano Shmuel Levenstein lo espera. Sígame, por favor.

Varo hizo una reverencia profunda.

—Gracias, mi señor. Es un honor que no olvidaré.

Avanzaron en silencio. El interior de la estación era como un templo esculpido en otra realidad. Todo brillaba con una luz distinta, sutil pero ineludible, como si la atmósfera misma estuviera impregnada de incienso y solemnidad. A cada paso, la familia de Bel-Afar se adentraba más profundamente en un mundo ajeno, consagrado. Allí todo parecía tener un propósito litúrgico: desde las columnas hasta los silencios. Incluso el aire parecía entonado por alguna plegaria invisible.

Myra se apartó ligeramente del grupo, cautivada por un bajorrelieve en la pared: una filigrana de símbolos pre imperiales, con escenas marciales y ofrendas solares. Su mano pequeña se acercó con cautela al metal, sin llegar a tocarlo.

—¿Qué crees que significa, madre? —susurró, sin apartar la mirada.

Aret no respondió de inmediato. Se limitó a posar una mano sobre el hombro de su hija, transmitiéndole con ese gesto la gravedad del lugar. Kaelión, en cambio, mantenía la vista al frente, con la postura recta y los labios apretados. Comprendía ya, aunque no del todo, que estaba pisando un suelo que no le pertenecía.

Varo, por su parte, caminaba con el porte de un estadista, pero en su mirada se leía una antigua inquietud: la conciencia de que estaba cruzando el umbral de lo humano hacia algo más alto, más antiguo… y también más cruel. El eco de sus pasos resonaba en las bóvedas sagradas cuando el sacerdote imperial, que encabezaba la comitiva, se volvió apenas. Su voz era medida y solemne, como si pesara cada palabra antes de entregarla al aire.

—Esta reunión tiene carácter de alta confidencialidad. Su familia no puede acompañarlo al recinto interior.

El tono no era agresivo, ni siquiera autoritario. Era simplemente… absoluto. Como si el anuncio no admitiera réplica porque provenía de una ley anterior al lenguaje. Aret tomó suavemente la mano de Myra, mientras Kaelión, al escuchar la sentencia, alzó la barbilla con una dignidad improvisada. Varo asintió, respirando hondo. El momento había llegado.

—Lo comprendo —respondió, con voz tranquila—. Pensábamos, si era posible, hacer algo de turismo devocional. Visitar Tierra Santa.

El sacerdote lo observó con una mirada inclemente, sin pronunciar palabra por unos segundos. Luego hizo un ademán. De inmediato, dos miembros del Tzevaot se adelantaron.

—Les asignaremos una estancia privada mientras usted cumple con su deber. Su familia estará segura.

Varo asintió y se volvió hacia Aret, tomándole las manos.

—No será mucho tiempo. Luego, nos quedará Ganimedes.

—Te esperaré, mi amor. Tómate tu tiempo. —respondió ella con una sonrisa radiante.

Los niños, ajenos al peso del momento, saludaron con entusiasmo antes de seguir a los soldados por un corredor lateral.

Varo continuó su marcha junto al sacerdote. Los techos se alzaban a diez metros sobre sus cabezas. Ni siquiera los soldados de élite, con sus dos metros y medio de estatura, lograban rozar las molduras superiores. El diseño estaba hecho para recordar que, dentro de aquellas murallas, el ser humano era pequeño.

—Hemos llegado —anunció el monje.

Las compuertas se abrieron con un zumbido lento y ominoso.

El interior era un salón estelar de comando, vasto y silencioso, con un domo transparente que permitía ver el núcleo energético de la estación. Hologramas de mapas galácticos flotaban en columnas de datos, mostrando rutas comerciales, porcentajes de eficiencia, nodos de producción, escalas de rendimiento por planeta. Cada pulso de luz era una cifra. Una vida. Una deuda.

Y allí, al fondo, sentado como una montaña en reposo, estaba él.

Shmuel Levenstein, el segundo Hermano del Pacto. Su silueta superaba con facilidad los tres metros. Apoyaba el rostro sobre una mano, con una expresión entre cansancio y aburrimiento.

—Puedes acercarte, ministro Eidenkranz —dijo sin levantarse—. Has venido a presentar un informe y los resultados de tu avance.

Varo sintió que sus piernas temblaban. Nunca creyó estar tan cerca de un dios vivo. Hizo una reverencia que casi tocó el suelo.

—Así es, gran hermano de El Pacto. He venido a servir… y a demostrar que el crecimiento también puede ser virtud.

La compuerta se cerró detrás de él.

Shmuel Levenstein no dijo palabra al principio. Solo lo miró. Sus ojos, inhumanos en quietud, escrutaban al ministro con la misma frialdad con la que una máquina calcula proyecciones térmicas antes de la ignición. A su alrededor, los mapas estelares flotaban suspendidos, pulsando levemente con datos vivos: tasas de natalidad, niveles de extracción, rutas logísticas, coeficientes de eficiencia energética.

Varo Eidenkranz tragó saliva, tragó años, tragó orgullo. Y habló:

—Mi señor… como podrá ver en el panel a su izquierda, el margen de rentabilidad en las unidades de extracción de Vareth IX y Ulsabarlos ha crecido un 17.2% en los últimos seis ciclos. Este repunte ha permitido acelerar el financiamiento para nuevos desplazadores interplanetarios de carga, además de consolidar una alianza estratégica con la Casa Dervénys, que ha incrementado la transferencia tecnológica y reducido el índice de fricción comercial entre nuestros nodos y los suyos.

Shmuel no respondió de inmediato. Se levantó del tronoy comenzó a caminar lentamente alrededor del holograma central. Su silueta eclipsaba la luz. Su sola presencia reordenaba la atmósfera del salón.

—Entonces… —murmuró con tono pensativo— lo que planteas es que tu arquitectura económica ha fortalecido nuestra posición diplomática entre las casas nobles…

—Así es, gran hermano —respondió Varo con voz firme, aún contenido—. Nuestro control sobre las vetas de uranio sintético, los gases nobles de subsuelo y el silicio ferroconductor ha creado un cuello de botella productivo que nos sitúa como proveedores críticos para más del 48% de las líneas de guerra.

Shmuel acarició el aire. Al instante, el holograma mostró una gráfica ascendente, proyectando la supremacía económica de la Casa Levenstein en rojo carmesí.

—Las casas que antaño competían entre sí —continuó el ministro— han comenzado a fracturarse internamente. El pánico económico genera tensión tribal. No tardaremos en ver escaramuzas por los restos... lo cual nos beneficiará.

—Exacto —afirmó Shmuel con un dejo de satisfacción—. La paz no genera fidelidad. La guerra sí. Y la economía… es su lengua secreta.

Varo se sintió por fin respaldado. Dio un paso al frente.

—He tratado de optimizar cada módulo del sistema. Automatizamos el cálculo de riesgo con IA predictiva, sustituimos a los supervisores humanos con redes de comando de voz, e incluso hemos reducido el ciclo de descomposición del cuerpo obrero mediante técnicas de regeneración básica. Todo esto sin comprometer el flujo de tributos humanos.

Shmuel se detuvo. Ladeó la cabeza.

—¿Estás diciéndome que has estabilizado el nivel de vida de los obreros?

Varo dudó.

—Sí… pero solo lo suficiente como para mantenerlos funcionales, no satisfechos. El acceso a mejoras genéticas de bajo costo los hace más resistentes, más longevos… y más entretenidos en la arena, mi señor.

Hubo un silencio. Shmuel asintió, apenas.

—Ingenioso. Has maximizado utilidad en doble dirección: producción y espectáculo.

Pero entonces, su mirada se endureció.

—Y, sin embargo, sé que todo esto… este brillante despliegue técnico… no nace únicamente de la fidelidad.

Varo sostuvo su mirada.

—Es cierto, mi señor.

—Entonces dilo.

El ministro respiró hondo. Era ahora o nunca.

—Deseo trasladar a mi familia a Ganimedes. He cumplido con mi parte. Creo que es justo… vivir donde viven los pilares del Imperio.

Un silencio sepulcral precedió a la carcajada.

Era Yehoshua Levenstein. Había permanecido oculto hasta entonces, sentado entre las sombras como un animal dormido. Ahora avanzaba.

—¿Escuchaste eso, hermano? —rugió con una sonrisa amplia, inquietante—. Este insecto piensa que puede ascender.

Shmuel levantó una mano, calmándolo.

—Detente, Yehoshua. El ministro nos es útil.

—Útil —repitió con desdén—. Si no lo fuera, yo mismo lo habría devorado.

Pero Yehoshua no se detuvo. Se inclinó lentamente hasta quedar cara a cara con Varo. Su estatura era monstruosa.

—Escucha bien, administrador —susurró con voz rasposa—. No vas a poner un pie en Ganimedes. No tú. No tu estirpe. No importa cuántos informes redactes. No importa cuántas minas optimices. Eres un Ger Toshav. Y aquí arriba, eso significa nada.

Varo temblaba, pero aún resistía. El desprecio lo hacía hervir por dentro.

—He entregado todo por esta causa… —dijo, quebrado, pero de pie—. Ustedes me prometieron reconocimiento. Ascenso. Les he dado hegemonía, y ahora…

—¿Ahora qué? —interrumpió Yehoshua.

Shmuel intervino.

—Puedes quedarte aquí, Varo. Como supervisor del proyecto en la órbita baja. Tendrás tu sala de mando. Tu nombre en los informes. No pidas más de lo que tu nacimiento permite.

El ministro dio un paso atrás.

—No puedo aceptar eso. No después de todo. Les he sido leal. Si no puedo ascender entonces… destruiré mi propio trabajo. Derrumbaré sus rutas, filtraré las estructuras. La Casa Al-Miraj está observando. Y celebraría verlos sangrar.

Fue entonces que Shmuel desapareció del lugar donde estaba.

Apareció detrás del ministro, como si el espacio hubiera cedido ante su voluntad.

—No sabes lo que dices —le susurró al oído—. Estás apostando tu vida por una ilusión.

Yehoshua sonrió. Activó un panel lateral. Una imagen se proyectó: la familia de Varo. Sentados. Riendo y comiendo tranquilamente bajo el resplandor de las lámparas doradas. Inocentes.

—¿Quieres decirles tú mismo que todo fue en vano? —preguntó con cinismo—. O puedo hacerlo yo.

Shmuel no necesitó levantar la voz. Fue un murmullo firme, como un veredicto ya dictado:

—Hemos sido pacientes contigo, ministro. Demasiado, quizás. Pero si no aceptas el lugar que te corresponde… entonces, el hermano Yehoshua tendrá el deleite de ser el primero en profanar sus cuerpos.

Varo cayó de rodillas.

No había elección.

La sangre se le había retirado del rostro. Su cuerpo, invadido por un temblor que no era solo físico.

—Está bien… —murmuró—. Lo haré. Haré lo que me pidan. Solo… no los toquen.

Yehoshua se giró, satisfecho. Shmuel volvió a su trono sin decir nada.

El ministro bajó la cabeza, y con ella, los restos de su dignidad. En silencio, aceptó el rol que se le había permitido desempeñar. Y así, mientras los gráficos volvían a proyectar crecimiento sostenido, una familia seguía comiendo… aún ajena al abismo que se había abierto bajo sus pies.