Estoy muerto querida: pero aun respiro.

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Summary

"Estoy muerto, querida" es un viaje crudo y visceral al interior de un alma fracturada. Un hombre arrastrado por la depresión, el alcohol y la culpa libra una batalla contra su peor enemigo: él mismo. Entre sombras que lo persiguen, voces que lo torturan y un vacío que lo devora, deberá enfrentar el peso de sus demonios para encontrar algo que parece imposible: el perdón. "La depresión no es un monstruo bajo la cama, sino la voz en tu cabeza que te convence de que mereces quedarte ahí. Este es el viaje de un hombre al borde del abismo, donde el único camino para sanar es enfrentar lo que más teme: perdonarse."

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14
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n/a
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18+

Estoy muerto querida

El trago amargo todavía resbala por mi garganta, quemando como ácido, mientras arrastro estos cinco kilómetros que pesan más que los años perdidos. La calle es un caos de motores rugientes y perros que ladran a fantasmas. ¿A qué le ladran?, pienso, mientras esquivo una sombra que se me pega a los talones. A los muertos como yo ni los perros nos huelen.

Las horas se han vuelto cuchillas. Cada minuto que pasa me raja un poco más, y el reloj… ese maldito reloj conspira en mi contra. Su tic-tac es el martilleo de un verdugo cuando mis párpados flaquean. “Maldita rata asquerosa, consigue el puto queso de una vez”. La voz que gruñe dentro de mí no es la mía—o quizá sí lo sea, y eso es lo que más aterra.

La puerta de mi casa cruje, resistiéndose como si yo fuera un intruso. ¿O lo soy? El vodka y ese aguardiente barato de tapa azul me han convertido en un veneno ambulante. Mis labios están agrietados, mis ojeras son cráteres, y el odio me sale por los poros como un sudor tóxico. “¿Lo oyes?“. La voz vuelve, susurrándome al oído mientras las llamas suben por mi esófago. No es el alcohol ardiendo—es lo que queda de mi alma consumiéndose.

Las escaleras crujen bajo mis pies, cada escalón un suplicio. Arriba solo me espera el vacío. No hay abrazos, ni reproches, ni siquiera el eco de un “hola”. Todo se ha desdibujado en recuerdos rotos, imposibles de ordenar. ¿Qué fue primero: el silencio o la bebida? ¿La euforia o el abismo? Ya no importa.

La cama está ahí, fría y hundida como una tumba provisional. Me dejo caer sobre ella, mientras el último destello de euforia alcohólica se apaga. Solo quedan los deseos de morir y el zumbido de la resaca que vendrá… si es que amanezco para sentirla.

—¡Qué ganas de morir que tengo hoy…!

Las palabras salen de mi boca como un suspiro roto al desplomarme sobre la cama. El colchón cruje bajo mi peso, como si también me reprochara volver.

De nuevo, la negatividad me envuelve, más densa que la oscuridad del cuarto. ¿Qué tal si mañana amanezco convertido en un insecto monstruoso, aplastado bajo mi propia miseria? O mejor aún: ¿qué tal si no amanezco?

—¿Será el alcohol lo que me hace desear la muerte más que otros días?

La pregunta flota en el aire, pero la respuesta llega enseguida, clara y amarga: no. El alcohol no es el culpable. Es el único bálsamo que tengo, lo único que tapa estas heridas que siguen sangrando su nombre.

—¡Cállense de una puta vez!

El grito me desgarra la garganta, liberando el nudo de frustración que ardía en mi estómago. El eco rebota en las paredes vacías, pero la voz que responde no viene de fuera.

—Tú eres el ruidoso.

Entonces la veo.

Una figura delicada, espectral, se materializa frente a mí. Su silueta me es familiar, como una canción que no logro recordar. ¿Es otro de mis recuerdos envenenados? ¿O solo mi mente exhausta, aferrándose a cualquier rastro de esperanza?

—Debo dejar de pensar que esto no puede empeorar… antes de tomarme mis medicamentos.

La frase sale teñida de un humor negro, mientras me froto los ojos, como si pudiera borrarla. Pero ella no se va.

—Nunca tendrás suficiente… ya sea felicidad o miseria.

Sus caderas se balancean con una cadencia hipnótica al montarse encima de mí. Su tacto es frío, pero hace arder mi piel.

—Todo lo que importa es que ese dolor te siga convirtiendo en la persona que eres.

—¿Has venido a robar lo poco que me queda de paz? —le digo, acariciando su mejilla con una ternura que duele—. Sabes bien que odio lo que soy.

—Lo haces… —responde, y en su voz hay algo que suena a lástima—. Pero te veneras.

Sus manos, suaves como seda y fuertes como alambre, se cierran alrededor de mi cuello.

—Te admiras… porque ser miserable te hace sentir especial.

Sus manos se tensan, implacables. La presión alrededor de mi cuello se vuelve un collar de espinas, cortando el aire, convirtiendo cada bocanada en un esfuerzo inútil. Pero no me resisto.

Quizás esto sea solo otro ataque de ansiedad, pienso, mientras mi cuerpo se paraliza. O quizás sea el final. Y en el fondo, lo prefiero así. No tengo el valor de ensuciarme las manos, así que dejo que mi propia enfermedad lo haga por mí.

Mi voluntad se ha esfumado. Hoy, más que nunca, quiero que todo termine.

Miro el techo, indiferente, mientras mi instinto de supervivencia se rebela. Mis pulmones arden, mis músculos se contraen, pero yo sigo inmóvil. Déjalo pasar, me digo. Déjala hacerlo.

Ella sigue ahí, estrangulándome con una furia que parece infinita. Pero no es odio lo que la mueve. Nunca lo ha sido. El odio siempre ha sido mío, un veneno que llevo dentro, y ella solo es el espejo que me lo devuelve.

De pronto, algo cambia.

A través de la neblina que difumina su rostro—esa niebla espesa de recuerdos enterrados—algo se aclara. Sus facciones se vuelven reconocibles, familiares. Y entonces las veo: lágrimas.

Lágrimas que resbalan por sus mejillas, brillantes como cristales rotos.

Una punzada de dolor atraviesa mi pecho. ¿En serio aún queda algo en mí que pueda compadecerse?

Extiendo la mano, temblorosa, y acaricio su rostro. Mis dedos secan sus lágrimas, y por un instante, olvido que no es real. Olvido que es solo otra alucinación, otro fantasma nacido de mi falta de medicación y mi exceso de desesperación.

—Estoy harta de solo ver en tus ojos los deseos de morir—, susurra.

Y entonces, como humo arrastrado por el viento, se desvanece.

Me quedo ahí, tendido, con la mano aún suspendida en el aire.

—¿Qué es esto? —, murmuro, mirando mis dedos como si pudieran darme una respuesta.

El temblor en mi cuerpo se disipa poco a poco. El aire vuelve a mis pulmones, frío y áspero.

Fue solo una falsa alarma.

O tal vez un aviso.

Tomo de nuevo mi cuaderno con el boli en mis manos y dejo que me guíe mi necesidad de hablar.

Querido diario:

Todo apesta.

Tratar de culparme porque mis ganas de morir crecen como mi presión arterial es tan inútil como reprocharle a mi corazón que siga latiendo por ella y no por “una zorra barata”. Pero así es este órgano terco: prefiere el dolor, siempre y cuando signifique algo. Nos hemos acostumbrado tanto a la herida que hasta el sufrimiento sabe a consuelo.

—Maldito masoquista— escupo mentalmente, y otra de las voces en mi cabeza ríe, burlona. Ya ni sé cuál es la mía. En un rascacielos de pensamientos, el oído solo sirve para no caerse.

Y yo sé cómo se siente el viento atravesándote, empujándote... aunque nunca hacia donde quieres.

—¿Por qué sigo con vida? — susurra una voz dulce, indiferente a mi agonía.

—No lo sé— respondo, como siempre. Al menos esa respuesta nunca cambia.

Cada día es más difícil lidiar con... todo. Hasta la miseria se ha vuelto rutinaria. —¿No te cansas de hacer lo mismo siempre? — Es la misma pregunta que me hizo ella en el observador aquella vez, la última vez que intenté pedir ayuda.

La sangre en mis venas me estorba. A veces fantaseo con dejarla escapar, pintar las paredes desteñidas de mi cuarto con ese rojo vivo que llevo dentro. Quizás, si lo hiciera recordaría que aún estoy aquí. Porque a veces se me olvida y confundo los latidos de mi corazón con el crujido de una casa vieja, podrida, tan derruida como yo.

—¿Tanto te odias? —

La pregunta resuena, retorcida como mi alma. No tiene respuesta. No tiene sentido. Pero es buena.

¿Tanto me odio?

Tanto que ni siquiera me permito un segundo de piedad. Ni un “no lo mereces, imbécil”. Si alguna vez me hubiera defendido de mis propios ataques, quizás las cosas serían distintas. No habría dejado que ella llamara “injustificados” a mis sentimientos. No habría permitido que mi padre escupiera “inútil” una y otra vez, hasta que la palabra se grabó a fuego en mi cerebro, repitiéndose como un disco rayado.

Tampoco me habría convertido en el culpable de cada herida ajena.

Todo habría sido diferente si fuera más fuerte. Si me quisiera más.

Pero esto es lo que hay y no me voy a disculpar por ello. Ya he pedido demasiados perdones, la mayoría por cosas que nunca fueron mi culpa.

—Estoy muerto, querida. Y no hay cura para eso.

Punto final.

Eso es todo lo que puedo escribir hoy. Lo demás son solo pensamientos estancados, veneno que se pudre en mi cabeza.

Recuesto la espalda contra el respaldo de la silla, vencido por el cansancio. Sé el daño que me hago. Créeme, estoy luchando. Por el amor de un Dios en el que ni siquiera creo, mira cómo me esfuerzo por mantenerme en pie.

Pero hay una parte de mí que juega a la cuerda floja con lo poco que me queda de cordura.

—Me han destrozado— pienso, mientras el sueño me arrastra.

Y me duermo ahí, en esa silla incómoda, con el cuaderno aún abierto sobre mi pecho, como una losa.

El sueño fue una tregua breve, un agujero negro sin voces ni recuerdos. Pero incluso eso se acabó.

—Cariño, es hora de levantarse ya

La voz me llega como un eco de otro tiempo, dulce y lejana, la misma que solía despertarme cuando aún compartía esta cama. Por un segundo, creo.

Y entonces abro los ojos, la realidad se estrella contra mí: estoy solo.

No recuerdo haberme arrastrado desde la silla hasta aquí anoche. El vodka debe haberme llevado en brazos como un padre negligente. Ahora el sol se cuela por la ventana, clavando agujas de luz en mis párpados hinchados, y mi cuerpo protesta con un gemido seco. Cada músculo arde, cada hueso parece molido. Pero lo peor no es la cruda.

Lo peor es ese instante de lucidez al despertar, cuando por un milisegundo olvidas que odias existir… y luego lo recuerdas.

—Deberías aburrirte de esa rutina miserable también—.

La voz de Aren retumba en mi cráneo, o quizá es solo mi cerebro reproduciendo sus palabras como un castigo. “Eres un monstruo”, dice entre estática.

Y yo:

No soy un monstruo.

(O eso repito como un mantra podrido).

Pero algo se rompió en mí. No sé cuándo dejé de sentir el amor por los que amaba, ni cuándo dejó de importarme quién me extrañaba. Solo sé que esta soledad no es un accidente. Es un castigo.

Algo horrible debí hacer en otra vida, algo que justifiqué amanecer así con el sabor a cenizas en la boca y el corazón convertido en un hoyo negro que se traga hasta la luz del sol.

Otro día más con vida.

Me levanto con el esfuerzo de un cadáver reanimado. Cada movimiento es una batalla: las sábanas se enredan en mis piernas como si conspiraran para retenerme, la luz del sol me golpea los párpados como un martillo y el mundo gira brevemente antes de estabilizarse. ¿Cómo puede ser tan difícil algo tan simple como levantarse?

En la cocina, una tos seca me sacude el pecho mientras preparo el café mi único ritual matutino que aún tiene sentido. El aroma amargo debería despertarme, pero hoy solo me recuerda que todo sabe a ceniza.

Salgo al balcón buscando aire que no huela a alcohol rancio o derrota. El primer sorbo de café quema mi lengua, pero el dolor es casi un alivio.

—Hoy se bota la basura

La voz me llega como un susurro melodioso desde el balcón contiguo. No necesito mirar para saber que es ella: la vecina que convierte cada interacción en un juego peligroso.

—Ni me lo recuerdes…— gruño, fingiendo fastidio.

Ella ríe con un sonido que debería ser ilegal a esta hora.

—¿No piensas invitarme a tomar el café hoy?

Su dulzura es tan falsa como el color de su pelo, pero aun así endulza el aire como si le hubiera echado azúcar.

—¿Es muy temprano para invadir mi propiedad, no crees?

No es que me moleste su presencia. Es que todo me molesta. Los años me han convertido en un erizo con espinas de resentimiento, y aunque ella lo sabe, sigue jugando.

—Muchos desearían tenerme temprano en su casa

Su sonrisa es una navaja envuelta en seda. Claro que lo desearían. Los vecinos murmuran que es “la puta del edificio”, pero sus miradas hambrientas delatan la envidia. Hombres que fantasean con su cuerpo y mujeres que odian no tener su poder.

—En ese caso, no soy uno de esos—. Mi voz es hielo. —Me gusta mi paz en las mañanas—.

—Si a esa resaca que tienes se le puede llamar paz

—Jódete, zorra—. Es un insulto automático, sin convicción.

—No te consta—. Se apoya en su barandal, los codos hundidos en la carne suave de sus brazos. Su pijama—demasiado fino para ser casual—deja al descubierto hombros dorados por el sol y la tentadora ausencia de sostén.

Finalmente cedí ante ese tacto dulce pero filoso que poseía la pelirroja dándole lo que tanto ansiaba. Le paso una taza de café sin preguntar. Ella la toma con dedos que acarician la porcelana como si fuera piel. Bebe lento, dejando que el líquido negro resbale por su labio inferior antes de limpiarlo con la lengua.

—Te encanta ese juego tuyo

—Me gusta ver tus reacciones

—Deja de usar las emociones de otros para llenar tus huecos de mierda

—Es mejor que ser un hostil de mierda

Se ajusta un mechón de pelo detrás de la oreja, un movimiento calculado para que la luz juegue con su cuello. Nota que mis ojos siguen el recorrido de sus dedos y sonríe, victoriosa.

—Puedes poner esa cara cuanto quieras, pero al final eres humano

Algo en su tono hoy es distinto. Menos burla, más… ¿nostalgia? Un suspiro se le escapa, más cerca de un quejido, y de pronto parece tan cansada como yo.

—Es suficiente…

Se recuesta contra el barandal, y por primera vez, veo las sombras bajo sus ojos. Quizás ambos somos fantasmas buscando calor en los balcones de un edificio que huele a soledad y café quemado.

—Día de mierda… ¿eh?

La frase sale de mi boca como un gruñido, indiferente, mientras mis dedos aprietan el vaso de café frío. Ella no me mira. Su rostro siempre está borroso, como si mi cerebro se negara a guardar su imagen. ¿Será que no me importa lo suficiente para recordarla? O quizás es al revés: que me importa demasiado, y por eso la borro.

—Eres demasiado listo para mí— murmura, y por primera vez su voz pierde esa seguridad de felina callejera. Se quiebra, apenas un suspiro. Pero dura poco.

Al volverme, ahí está otra vez: esa sonrisa de loba, esos dientes afilados que parecen decir “te voy a devorar”.

—Me miras como si quisieras cenarme

No es una pregunta. Es un desafío.

—Tal vez eso quiero…

Sus labios, pintados de un rojo barato y mordidos hasta casi sangrar, se entreabren. No hay romanticismo aquí. Solo hambre. La misma que me corroe a mí.

—¿Entonces a qué esperas?

No hay respuesta. Solo acción.

Ella salta desde su balcón al mío con la agilidad de una gata en celo. La atrapo al vuelo, mis manos se hunden en su cintura mientras nuestros labios chocan. No es un beso. Es una pelea. Lenguas, dientes, uñas. Los vecinos pueden mirar, pueden murmurar. Que hablen.

Su pijama de estrellas es solo un obstáculo molesto. Las telas rasgan bajo mis dedos, las costuras de sus bragas ceden con un crujido satisfactorio. Ella emite un quejido fingido—¿en serio le importa la ropa ahora? —pero mi boca en su cuello la silencia. Mis dientes clavan en su piel, marcándola, y ella responde arrancándome la camisa como si fuera papel.

No hay ternura. No hay caricias. Solo necesidad.

Mis dedos se entierran en su entrepierna, encontrándola ya húmeda, ya caliente. Ella gime, pero no es un sonido dulce —Es un rugido. Sus propias manos no pierden tiempo, desabrochando mi pantalón con urgencia, sus uñas arañando mi abdomen al encontrar lo que busca.

Nos movemos como animales. Ella se monta sobre mí con un movimiento brusco de caderas, sin preámbulos, sin delicadeza. El dolor de la resaca desaparece bajo el fuego de su cuerpo. Cada embestida es un intento de olvidar: ella, lo que la atormenta; yo, todo.

Los gemidos no son nombres, no son palabras. Son gruñidos, jadeos, el sonido de dos cuerpos usándose mutuamente. Sus uñas se clavan en mis hombros, mis manos aplastan sus muslos, dejando marcas rojas que durarán días.

No hay “te quiero”. No hay “qué bonitos son tus ojos”.

Solo sudor, solo piel, solo el ritmo frenético de dos personas que, por un momento, dejan de pensar.

Ella se viene con un gemido ahogado, su cuerpo convulsionando sobre el mío. Yo la sigo poco después, enterrado hasta el fondo en ella, como si quisiera perforar algo más que su carne.

Luego, el silencio.

Nos separamos sin mirarnos. Ella busca su ropa—lo que queda de ella—y yo enciendo un cigarrillo, sabiendo que ni esto, ni ella, ni el humo en mis pulmones llenarán el vacío.

Pero por unos minutos, al menos, no tuve que pensar.

Ella se levantó de la cama con la misma naturalidad con la que uno se quita una chaqueta. Ni un beso en la frente, ni un “fue bueno”. Solo el crujido de las sábanas y el sonido de su ropa siendo recolocada sobre una piel que minutos antes había sido mía.

Nada de esto significó algo para ella.

Y yo lo sabía. Para esta pelirroja endemoniada, yo solo era un vibrador con latido. Un juguete temporal para descargar frustraciones. ¿Y qué importa? Los vecinos seguirían muriendo de envidia al saber que soy el que se la folla contra la pared.

Pero entonces—mierda—algo en mi estómago se retorció.

La observé mientras intentaba recomponer su ropa interior destrozada, sus dedos ajustando las costuras rotas, su pelo revuelto que se negaba a obedecer. De pronto, un impulso estúpido me atravesó: Quiero que se quede. Quiero arrancarle esa máscara de indiferencia y obligarla a admitir que esto fue más que carne. Un nudo se hizo en mi garganta rápidamente tenía de repente la sensación de querer algo más, querer levantarme y obligarle a quedarse conmigo quería más que ese desquite emocional.

“¿enloqueciste?”, pensé dentro de mí, “saldrá huyendo si se lo dices”. Una voz rebotó en mi consciencia tratando de hacerme entrar en razón era mi miedo a resultar abandonado nuevamente, Ella se sentó al borde de la cama, su espalda desnuda tensa, su rostro imposible de leer. Quizás… ¿quizás también estaba dudando?

—¿Fue demasiado? — pregunté, rompiendo el silencio como un martillazo.

Ella giró la cabeza, y entre la neblina de mi memoria, capté una sonrisa. No era dulce. Era la sonrisa de alguien que juega con fuego.

—Fuiste algo brusco, solamente— se río, pero su voz tenía un filo nuevo—. Aunque no te referías a ello, ¿verdad?

—Si no quieres decir nada, no lo hagas—. El tono me salió más áspero de lo que quería.

Ella suspiró, como si nuestra conversación fuera una mosca molesta.

—No debería importar. Después de todo, solo somos satisfacción.

El aire se espesó. Yo odiaba que tuviera razón.

—… ¿No has pensado que podría haber más que esto? — La frase se me atragantó. Mientras ella seguía sin girar su rostro.

Ella soltó una carcajada cortante.

—¿Acaso quieres más que solo cogerme?

Me había expuesto, y ahora me clavaba el cuchillo.

—No tengo tanta suerte…— respondí, forzando una risa que sonó a cristales rotos.

Su expresión se endureció.

—Tú más que nadie sabe por qué no hay más que esto.

Ahí estaba. La verdad, cruda y sangrante.

—Porque para ti solo soy un escape— escupí—. Tú estás acostumbrada a tu libertad, y yo soy un caso perdido.

Ella me miró entonces y sentí algo peor que el desprecio: lástima.

—Ambos somos casos perdidos… pero tú — se detiene mirándome a los ojos quizás para pensar si lo que diría sería demasiado cruel — tú estás vacío — responde olvidándose de su duda moral. — No tienes nada que puedas darme y menos intenciones de recibir de mi algo.

Se levantó, recogiendo lo último de su dignidad. Antes de cruzar el balcón, me lanzó un último vistazo por encima del hombro:

—Eres un animal.

Mi orgullo se alzó como un escudo.

—Estoy muerto querida. ¿Cuál es tu excusa?

Sonreí. No temblé. No la llamé, con mi rostro inquebrantable con mi orgullo intacto y sin ningún rastro de daño hecho por la lengua de la pelirroja que salía del agujero que era mi cuarto, sin embargo, cuando su figura desapareció …joder estuve a punto de romper en llanto.