En medio de la Tormenta y la Fe

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Summary

Desde el primer cruce de miradas Elías y Mariana supieron que sus almas estaban entrelazadas por algo más grande que el tiempo, pero la vida desafiante los separa antes que puedan escribir juntos su historia. Años más tarde, el destino los vuelve a reunir en medio del caos de sus vidas adultas. Desde la desoladora pérdida del empleo, hasta la agonizante pérdida de la fe, cada golpe parece empujarlos más hacia el abismo. Aunque pareciera que la desesperanza, la culpa y el silencio es más fuerte que su historia compartida, una luz comienza brillar entre la oscuridad. A través de una serie de eventos inesperados, Elías y Mariana comienzan a vislumbrar un camino diferente, una senda que los lleva con la palabra de Dios, lo que no solo les trae consuelo, sino también una nueva perspectiva de vida, sanación y propósito. "En medio de la tormenta y la fe" no es solo una historia de amor y pérdida. Es una historia sobre la capacidad del espíritu humano para superar las pruebas más difíciles, es una posibilidad de comenzar de nuevo cuando uno se deja tocar por la fe. Cuando todo se desmorona, ¿dónde queda la fe?

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Ana sonreía observando a Sara, su hija de ocho años y a Asher, su esposo jugando por encima de la alfombra mientras que ella los miraba desde lo lejos del sillón y escuchando la televisión en donde se mostraba una de sus películas favoritas, ya que solía verla de niña acompañada de su padre. El vibrante caos de los juguetes de la niña se adueñaba de la alfombra ocupando todo el espacio necesario para sacar a relucir su creatividad. Era como estar mirando un testimonio de la reciente y alegre emoción de su hija por disfrutar de su papá en su día de descanso. Mientras el último bloque de construcción encontraba su lugar en el edificio que el par diseñaba cerca de Ana, ella solo podía imaginar que aquella escena era la de un cuadro perfecto de felicidad doméstica, la clase de momento que uno atesora en el corazón para los días grises. 

Pero en la vida, a veces, un solo trazo puede alterar toda la obra.

El tintineo insistente del teléfono perforó la burbuja de su paz vespertina. Ana se tensó sin tener idea del porqué. Sintió una punzada de aprehensión atravesando su pecho. No sabía por qué, pero ese sentido en particular, en ese momento, le infundía una extraña sensación de ansiedad. Miró el identificador de llamadas y su corazón dio un vuelvo. Era David, un buen amigo suyo que quería tanto como a un hermano propio, que además de ser contemporáneo, compartía su residencia cerca de la casa de sus padres, a tan solo unos cuantos kilómetros de distancia. La mente de Ana corrió. David casi nunca llamaba por la tarde, y menos aún si no era algo urgente.

Con la respiración contenida, Ana deslizó el dedo por la pantalla de su celular y se lo llevó a su oído.

—Hola, David —contestó la chica con su voz, normalmente firme, pero salió como un susurro apenas audible.

Asher, quien se encontraba cerca de Ana, percibió de inmediato el cambio de ambiente. Detuvo lo que hacía y comenzó a mirarla con preocupación. Sara, ajena a la tensión creciente, tarareaba una canción infantil mientras ordenaba un puñado de muñecas cerca del edificio que no terminaba de construirse.

El silencio al otro lado de la línea parecía ser eterno, o al menos así lo sintió Ana. Luego, la voz de David llegó, ronca y quebrada, como si cada palabra le costara un esfuerzo sobrehumano.

—Ana… —empezó él a hablar con miedo en todo lo que decía.

Nada más escuchar el tono en el que lo decía, sintió un frío gélido se extendió por sus venas.

—Es tu papá… —acabó él por decir.

Después que la palabra “papá” quedara suspendida en el aire, pesada y cargada de un dolor que aún Ana no podía comprender del todo, su mano libre apretó el borde de su blusa.

— ¿Qué fue lo que le pasó, David? ¿Él está bien? —preguntó Ana, su voz apenas hablaba mecánicamente. Su mirada no había cambiado, seguía viendo fijamente hacia un punto blanco en la pared, pero aún con ello podía sentir la mirada preocupada de Asher sobre ella. Le era imposible voltear la mirada. Su mundo se había reducido considerablemente al sonido de la voz de su amigo a través del teléfono.

Hubo otro largo silencio, sólo que fue interrumpido por un sollozo ahogado de David.

—Su corazón… dejó de funcionar, Ana. Simplemente… se detuvo. El médico dice que fue por la edad.

Esas eran las palabras que justamente no quería escuchar, las que rompen el alma y cayeron como piedras sobre Ana.

El teléfono se deslizó de los dedos entumecidos de Ana, golpeando el suelo con un sonido sordo que resonó en el silencio abrumador de la habitación. Su padre. La figura inamovible, el roble de su vida, se había ido. El mundo, que un momento antes era vibrante y lleno de la risa de su hija, se volvió gris, opaco. La alegría se disolvió, dejando un vacío inmenso. Los juguetes en el suelo, que segundos antes representaban la inocencia de Sara, ahora parecían pertenecer a otro tiempo, a otra vida. El eco del silencio llenó la casa, un silencio que lo decía todo, un silencio que marcaría el inicio de una nueva y dolorosa etapa en sus vidas.

El chasquido del teléfono al caer resonó en el silencio. Un sonido pequeño que, sin embargo, lo llenó todo, a pesar que Sara continuaba jugando y cantando en la misma área, todo pasó a un segundo plano.

Asher se abalanzó sobre su esposa. Tenía los ojos fijos en Ana, cuyo rostro se había vuelto pálido, casi translúcido. La alegría que la había habitado momentos antes se había esfumado, reemplazada por una quietud aterradora.

—Ana, mi amor, ¿qué pasó? —preguntó Asher. Su voz estaba llena de una urgencia que ella no pudo disimular.

El hombre se arrodilló frente a su esposa, tomando sus manos, las cuales se encontraban frías y temblorosas. Ana parecía intentar hablar, pero las palabras seguían atascadas en su garganta. Tenía un nudo doloroso que le impedía hablar. Las lágrimas brotaron de sus ojos, silenciosas al principio, luego desbordándose en un río incontrolable. Eran lágrimas de un dolor tan profundo que le quemaba la piel.

—Es papá… él se… —la chica no pudo decir más. Con ello, él lo entendió todo.

Sara, su hija, que hasta ese momento había estado absorta en su propio mundo de colores, levantó la vista al escuchar el sollozo ahogado de su madre. Sus grandes ojos castaños se abrieron con preocupación. La niña dejó en el suelo sus juguetes y se acercó a su madre tímidamente.

— ¿Mami? ¿Estás triste? —preguntó la niña. Su pequeña e incierta voz hizo un contraste con la abrumadora tristeza que sentía Ana.

Asher la miró, con un dolor latente en su propio pecho al ver la angustia de su esposa. Se volvió hacia Sara, tratando de encontrar las palabras adecuadas, pero ¿cómo explicarle a una niña de ocho años que su abuelo, el abuelo que la sostuvo en brazos durante sus primeros años de vida, el que le contaba los mejores cuentos y siempre le daba dulces a escondidas, ya no está?

—Mi amor… —comenzaba a decir Asher con una voz tan suave que se le comenzaba a formar también a él un nudo en la garganta. —Tu mamá… tu abuelito… se fue al cielo.

—Pero… ¿por qué? ¿Va a volver? —Los ojos de Sara se abrieron aún, buscando algo que comprender. La inocencia en su pregunta rompió algo más dentro de Ana.

Ana, incapaz de hacer nada más que continuar llorando, se desplomó contra el pecho de Asher. Sus sollozos ahora eran un lamento. Él la abrazó con fuerza, anunciando mientras su cuerpo temblaba. Lo único que giraba en su cabeza eran las palabras que su esposo le dijo a su hija. Era tan simple y, sin embargo, tan devastador. Su papá. El hombre fuerte que le había enseñado a andar en bicicleta, que la consolaba en cada desilusión, que siempre estuvo ahí, pero ahora… ya no estaría. La imagen de sus últimos momentos juntos en una comida familiar, llena de risas, ahora se presentaba como un recuerdo cruelmente hermoso.

El impacto inmediato fue una mezcla de incredulidad. Era como si el aire se hubiera vuelto denso, difícil de respirar. Cada objeto en la sala, cada sonido, parecía cargar el peso de la ausencia. Ana sentía que una parte esencial de ella misma acababa de ser arrancada. Sentía como si la casa se hubiera oscurecido de pronto más allá de la ventana.

Asher, con una mano en la espalda de Ana y con la otra acariciando el cabello de Sara, se dio cuenta que su papel había cambiado drásticamente. De ser el compañero en la felicidad, ahora era el ancla en la tormenta. Tenía que ser fuerte por ellas, aunque su propio corazón estuviera oprimido por la pena de haber perdido de aquella manera a su suegro, alguien que, aunque lo conoció hace poco tiempo, se había convertido lo más semejante a un padre para él. La noticia de la muerte del padre de Ana, un hombre al que él también había llegado a querer y respetar profundamente, fue un golpe inesperado. Le hubiera encantado a Asher haber sacado todas sus emociones, pero en ese momento no podía permitirse mostrarse así ante su esposa. Debía contener su propia tristeza por la necesidad de ser su roca.

Besó la frente húmeda de lágrimas de su esposa.

—Vamos a acostarnos, mi amor. Necesitas descansar un poco —le dijo él a su esposa, pero ella no parecía estar prestando atención del todo.

La guió suavemente hacia el dormitorio. Los pasos de Ana parecían ser más pesados que de costumbre. Ana se dejó llevar. Su cuerpo era como una cáscara vacía y cada músculo parecía estar rígido por el shock y el dolor.

Una vez en la cama, Ana se acurrucó contra él. Estaba buscando el calor y la seguridad que solo su esposo le podía ofrecer en ese momento. Ella presentaba sus ojos enrojecidos e hinchados. Miraba solamente hacia el techo, no solo miraba las sombras proyectadas, sino que por su mente pasaban todos los recuerdos de su padre desfilando uno a uno. La risa de él en las comidas familiares, el olor de su colonia, la forma en la que siempre le decía “mi pequeña”. Cada imagen que pasaba por su mente era una punzada. Mientras tanto, en la sala, Sara se había quedado inmovil, observando todo con una mezcla de confusión y tristeza. No entendía muy bien lo que significaba que el abuelo “se fuera al cielo”, pero sabía que algo no andaba bien. Le asustaba que su madre hubiera llorado de esa manera. Nunca la había visto así.

Asher regresó a la sala y encontró a su hija aún sentada en el suelo con la mirada perdida en el vacío.

—Princesa —le dijo suavemente y se arrodilló frente a ella. Extendió su mano para acariciar su cabello. —Ven, vamos a leer un cuento en tu habitación, ¿quieres?

Sara negó con la cabeza.

— ¿Mamá está triste por lo que le pasó al abuelo? —preguntó la niña.

—Sí. Mamá lo extraña mucho, más que a nadie en el mundo. —le contestó él.

Su padre la abrazó con fuerza durante un largo tiempo. El silencio de la sala solamente se rompía por los sollozos de la niña y el consuelo de Asher. Él sabía que no podría quitarle el dolor a ninguna de las dos, pero podría estar ahí, sosteniendo su mano mientras se tambaleaba.

La noche transcurrió lentamente, marcada por el insomnio y la pena. Ana apenas durmió, Asher la veló, ofreciendo su presencia silenciosa. Su esposa se sintió agotada por la confusión y la tristeza. Solamente pudo descansar cuando tomó una fotografía de su padre y la sostuvo contra su pecho. La primera noche sin él se sentía interminable, era un presagio de los muchos días de luto que vendrían. La vida como la conocían, había cambiado para siempre. Las horas que siguieron a la noticia de la muerte de su padre se arrastraron con una lentitud tortuosa. La casa que antes resonaba con risas y el ajetreo diario se había sumido en un silencio denso y opaco. Las lágrimas brotaban sin aviso, a menudo por los detalles más pequeños: una canción en la radio que le recordaba a él, el olor a café por las mañanas, que solía compartir con él en sus visitas antes de mudarse de ciudad.

Él, por su parte, se esforzaba por mantener la fortaleza. Veía a Ana perderse en su dolor y quería desesperadamente aliviarla. Su propio dolor por la pérdida de su suegro, a quien había llegado a estimar profundamente, se manifestaba en una sensación de pesadez constante. Tenía un peso en el pecho que sólo se aliviaba un poco al ver a Ana y Sara. Su apoyo incondicional a Ana era su forma de procesar la pena, un acto de amor y resiliencia.

Esa misma mañana mientras desayunaban en un silencio tenso, Sara, que había estado inusualmente callada, bajó su tenedor, tenía los ojos llenos de una mezcla de confusión y tristeza. La niña de ocho años miró a sus padres.

—Mami, papi, —comenzó a decir la niña. — ¿El abuelo de verdad no va a volver? ¿Se fue con la abuela? ¿Se fue con Dios?

Ana y Asher se miraron, sabiendo que este momento era inevitable. La tarea de explicarle la situación volvía a recaer en los hombros de Asher .

—Mi amor —empezó Asher con una voz suave y tranquilizadora. —Sí, tu abuelo se fue con Dios. —él tomó la pequeña mano de Sara entre las suyas. —Verás, cuando una persona muere, su cuerpo deja de funcionar. El corazón de tu abuelito ya era viejito, se puso muy cansado por la edad y dejó de latir. A eso le llamamos un ataque al corazón.

Ana se unió a ellos con los ojos llenos de lágrimas contenidas.

—Pero su alma, mi amor, su espíritu, ese no muere. El alma de las personas buenas se va al cielo, con Dios. Y ahí, él está en paz, feliz, cuidándonos desde arriba con tu abuelito. Nos está viendo y siempre va a estar en nuestros corazones.

Sara frunció el ceño, tratando de asimilar la información.

—Pero… ¿por qué le pasó? ¿Por qué se enfermó su corazón si no estaba enfermo?

—A veces, los corazones, como cualquier otra parte del cuerpo, se cansa con el tiempo, mi amor. —le explicó Asher con paciencia a la niña. —Y aunque nos duela mucho que ya no esté aquí físicamente, la fe nos dice que está en un lugar mejor con la abuela y que algún día la volveremos a ver.

La niña asintió lentamente, tratando de pensar en lo que su padre le decía. Era mucha información para digerir a su corta edad.

— ¿Está con la abuela?

—Sí. Allá en el cielo.

— ¿Cómo se conocieron mis abuelos?

Ana sonrió un vuelvo en el corazón. La pregunta de Sara, tan simple y profunda, abrió una compuerta de recuerdos. Era el inicio de mantener viva la memoria de su parte. Miró a su hija, una pequeña llama llena de esperanza encendiéndose en la oscuridad del duelo.

—Ay, mi amor. —dijo Ana, su voz ya no era tan quebrada como antes, sino que tenía una dulce melancolía. Levantó a su hija del comedor y la llevó hasta la sala de estar, en donde la colocó en un asiento junto a ella y continuó. —Tus abuelos… Es una historia difícil de contar. Una de esas que te hacen creer que los tiempos de Dios son perfectos.

Ana miró un punto fijo en la pared, como si estuviera proyectando ahí las imágenes de un tiempo lejano.

—Eso fue hace mucho tiempo, antes de que tú nacieras. Incluso tú papá y yo no habíamos nacido… —dijo Ana y su historia comenzó a tomar forma. Ana tenía en el rostro una expresión de felicidad al recordar la misma historia que sus padres le contaron, pero a su propia hija. —Hace mucho, cuando el internet no era lo que es hoy en día…