𝟎; 𝐏𝐫𝐨𝐥𝐨𝐠𝐨
Fragmento del Códice Disperso de la Danza del Dragón, por el maestre Altherion de Antigua (157 AC)
"De la princesa Visenya Velaryon, cuya existencia se quiso borrar de tapices, cantares y aún de las memorias de la corta, apenas quedan rescoldos. El rey Aegon II, tras la larga y cruenta Danza, dispuso que su nombre fuese proscrito: quemó crónicas, silenció testigos, y condenó a los bardos a la horca por componer versos que la mencionaran. No obstante, algunas pocas cartas veladas, diarios personales y testimonios de ancianos septones sobrevivieron al furor del rey usurpador.
De tales migajas compuse esta humilde semblanza, con la esperanza de que la historia no pierda para siempre el eco de aquella joven cuya vida fue fuego y sombra por igual."
—Maestre Altherion
AÑO 129 AC - La corte ardía en rumores
Dicen que fue en el decimosegundo día del décimo mes del año 129 después de la Conquista, cuando las paredes de la Fortaleza Roja parecieron respirar con un calor distinto. Algunos cronistas susurraron que aquel invierno fue especialmente cruel, y que sin embargo, dentro del salón del trono, se alzaba una tensión abrasadora que nada tenía que ver con el clima.
Allí, entre columnas de mármol y tapices que narraban las glorias de Aegon el Conquistador, se vieron por última vez juntos al rey Aegon II Targaryen y a la princesa Visenya Velaryon. El joven rey -ya ceñido con la corona de su madre, la difunta reina Alicent, tras la muerte del viejo Viserys- observaba con sus ojos pálidos, casi translúcidos, el porte de Visenya.
Ella se mantenía erguida, con la barbilla alzada y los labios curvados en un gesto que algunos llamaron desdén, otros simple coraje. Vestía de negro y rojo, los colores de la casa Targaryen, pero su manto era azul marino, ornado con un sutil patrón de hipocampos, recuerdo inevitable de su linaje Velaryon. Su cabello castaño oscuro caía en ondas sobre los hombros, y sus ojos, profundos y marrones, no rehuían el fulgor casi febril del rey.
Aquella vez no hubo gritos ni amenazas abiertas. Fue un diálogo murmurante, cargado de veneno, que dejó a los sirvientes tensos y a los guardias de la puerta intercambiando miradas nerviosas. Solo después, en las cocinas y en los patios de entrenamiento, se atrevieron a repetir lo poco que escucharon:
"Eres tan orgullosa, Visenya... ¿de verdad crees que puedes alzarte contra mí sin pagar el precio?"
"Y tu tan necio, Aegon, ¿Que piensas que el miedo basta para doblegar corazones? Puedes tener el trono, pero no tendrás la lealtad que deseas. Ni la mía."
Tras ese encuentro, comenzaron a circular órdenes para borrar su nombre de los registros, de los libros de linajes, de las canciones. Fue como si Aegon temiera que la sola mención de Visenya pudiera encender brasas aún vivas bajo su trono recién asegurado.
Aunque, eso no fue lo que realmente sucedio
AÑO 114 AC - El nacimiento de una estrella díscola
Visenya Velaryon nació en el año 114 AC, el primer retoño de la princesa Rhaenyra Targaryen y el caballero Laenor Velaryon. Algunos textos posteriores la llamarían La Llama Gris, por el peculiar contraste de su sangre: el ardor de los dragones por vía de su madre, mezclado con la templanza marina de los Velaryon.
Su llegada fue motivo de festejo en Driftmark y en Rocadragón. El maestre Mellos escribió en un pergamino casi ilegible:
"Ha nacido otra joya para el linaje del dragón. Tiene cabellos castaños oscuros, ojos profundos como la miel oscura, y llora con vigor. Su madre sonríe exhausta. Su padre brinda con vino del Rejo."
No obstante, pronto se alzaron las murmuraciones. Al igual que sus hermanos menores, Visenya mostraba rasgos más propios de un Strong que de un Velaryon. Mas la princesa Rhaenyra se mostró impasible ante tales habladurías. A menudo se paseaba por los jardines del castillo con su hija en brazos, como desafiando a todos a que pusieran en duda la legitimidad de su sangre.
Se dice que desde muy pequeña, Visenya comprendía más de lo que aparentaba. Era una niña de mirada grave, que escuchaba con atención las conversaciones de los señores y las discusiones acaloradas entre su madre y sus consejeros.
A diferencia de otras doncellas nobles, no se complacía en bordar cojines ni en el canto del septón. Prefería recorrer los pasillos de Desembarco del Rey, asomarse a las murallas para observar el mar rompiente, o seguir a su hermano Jacaerys cuando practicaba con espada de madera.
Un escudero de Lord Corlys Velaryon -cuyo joven había crecido junto a los príncipes- dejó escrita esta observación en un diario privado:
"Visenya no ríe con facilidad, pero cuando lo hace, sus carcajadas son como truenos breves. Tiene un genio rápido y una lengua afilada, más propia de un caballero que de una doncella. Sin embargo, protege a sus hermanos con una fiereza que da escalofríos. Vi cómo enfrentó a tres pajes que se burlaban de Lucerys, y bastaron sus ojos para hacerlos huir."
Los cantares posteriores la describen con una hermosura austera, casi salvaje. No poseía la delicada palidez de la hija de Alicent, ni los rizos de plata típicos de los Targaryen. Su piel era tersa pero dorada por el sol, y su cabello castaño caía pesado y brillante, a veces atado en trenzas simples que le permitían moverse con soltura.
Tenía manos fuertes, marcadas por entrenar con daga y arco, algo que aprendió a hurtadillas con sir Harwin Strong. No gustaba de joyas ostentosas; solía llevar un sencillo brazalete de plata con la figura de un dragón marino, regalo de su abuelo Corlys.
Se ganó el apodo de "La Tempestad de Driftmark", no solo por su carácter, sino por la manera en que, incluso de niña, podía desarmar con palabras a señores tres veces mayores.
Mucho se ha discutido sobre si Visenya tuvo o no un dragón propio. Algunas fuentes aseguran que nunca reclamó huevo ni cría alguna, considerándolo un gesto de discreta rebeldía contra un destino que otros querían dictarle. Otros, en cambio, hablan de un dragón pequeño, gris plateado, llamado Naelion, que habría muerto prematuramente, dejándola sin montura.
Sea cual fuere la verdad, lo cierto es que Visenya parecía llevar el fuego en su interior, sin necesitar bestia alguna para intimidar.Desde los diez años, cuando las voces en la corte se tornaron más agrias respecto a la sucesión, Visenya mostró una curiosa mezcla de inocencia rota y clarividencia amarga. No se dejaba engatusar por halagos ni temía las miradas torvas.
Era ella quien advertía a su madre sobre la servidumbre de lengua demasiado suelta o quien preguntaba, sin tapujos, por qué Alicent siempre los recibía con sonrisas tan tensas.
Cuando cumplió trece, un septón afirmó que "ya poseía la mirada de quien conoce más pecados de los que ha cometido". Y quizá era cierto.
Pero yendo al futuro de la joven princesa, algunos testimonios se atreven a decir que el odio mutuo entre Visenya y el joven Aegon II Targaryen no fue siempre tan claro.
Durante los festines en la Fortaleza Roja, siendo ambos adolescentes, se lanzaban pullas que al oído incauto podían parecer solo travesuras juveniles. Pero bastaba ver cómo brillaban sus ojos -los de él claros como el acero pálido, los de ella oscuros y cálidos como tierra húmeda- para advertir una tensión distinta.
"Parece que los Siete jugaron con sus corazones, dándoles razones de sobra para detestarse... y quizás otras tantas para buscarse en la penumbra," escribió el maestre Theomund, aunque ese fragmento fue tachado en la copia que sobrevivió en la Ciudadela.
El resto son sombras. Algunos afirman que tras la muerte de Lucerys, Visenya enloqueció de pena y juró venganza sin reparos. Otros dicen que intentó pactar con Aegon, en secreto, por el bien de Joffrey y de los pequeños Aegon y Viserys.
Lo único cierto es que su nombre desapareció de documentos oficiales, sus retratos fueron arrancados de los muros, y ni siquiera los bardos se atrevieron a susurrar baladas donde figurara su figura recia, su voz firme, su sombra larga.
A veces pienso -pues incluso los maestres somos dados a soñar- que Visenya Velaryon fue la última llama de un linaje que se extinguió no solo por guerras, sino por silencios impuestos. Un fuego que el propio Aegon II, en su miedo, decidió sofocar para siempre.
"Quizá en cien años más alguien desentierre pergaminos que hablen de ella sin temor.
Hasta entonces, he cumplido con consignar lo que pude encontrar, por frágil y fragmentario que sea, pues la historia merece recordar incluso aquello que los reyes desean enterrar, pero sobretodo, los enamorados."
—Maestre Altherion
130 D.C., en algún lugar de la Fortaleza Roja
La mano de Aegon temblaba contra su cuello, no por miedo, sino por la rabia de no poder controlarla. Visenya sonreía, los labios manchados de sangre, retándolo a que la estrangulara si tan valiente era. Entre ambos, el aire se sentía tan cargado de odio y deseo que habría podido incendiarse con solo una palabra equivocada.
Dicen que cuando dos dragones se miran demasiado tiempo a los ojos, terminan devorándose el uno al otro. Aegon y Visenya eran demasiado orgullosos, demasiado jóvenes, demasiado parecidos. Y el fuego que empezó como un juego pronto consumiría algo más que su carne.
No fue el trono o las riñas entre sus familias lo que los destruyó. Fueron ellos mismos.
—¿Por qué sigues buscándome si tanto me desprecias?—qSusurró Visenya, con una sonrisa indolente mientras su pulgar limpiaba la gota de sangre que brotaba de su propio labio.
—Porque no he encontrado otra forma de callarte, ni de sacarte de mi maldita cabeza.—Espetó Aegon, tan cerca de su rostro que compartían el mismo aliento.
—¿Y si algún día decides hacerlo? ¿Callarme para siempre?
—Entonces tendré que matarte, o follarte hasta que dejes de hablar.
Visenya arqueó una ceja, divertida, aunque sus ojos ardían con la misma fiereza que los suyos.
—Lo gracioso, Aegon, es que creo que ninguno de los dos sabría detenerse. Ni siquiera si lo intentara.