- Como si el mundo no se rompiera
Como si el mundo no se rompiera
(Ren, 14 años)
Era el tipo de amistad que no se planea: simplemente ocurre.
Conocí a Tyler en una excursión cuando teníamos diez años. Lo vi dibujar en el cristal del autobús con el dedo, como si aquello fuera una obra maestra y no un garabato de vaho. Le pregunté qué era y me dijo: «Un perro en patinete volador». En ese momento supe que nos íbamos a llevar bien
Desde entonces pareció que el universo decidía que debíamos caminar juntos. No era una amistad ruidosa, sino cómoda, natural; de esas que no necesitan mucho para sentirse cerca. A veces bastaba con tumbarnos en el suelo, lanzar una pelota al techo y competir por ver quién la hacía rebotar más veces sin que cayera.
A los catorce ya éramos inseparables. Si me veías a mí, sabías que él no andaría lejos, y viceversa. Había algo en su manera de estar que me relajaba: con él no tenía que pensar demasiado ni impresionar a nadie. Él era casa. Con él era fácil; no hacía falta explicarse ni decir mucho más. Por algún motivo, todo rodaba de manera sencilla.
Tyler parecía no esforzarse nunca y, aun así, siempre caía bien. Tenía ese humor seco que se cuela en las conversaciones como quien no quiere la cosa y una forma tranquila de mirar, como si todo le resultara interesante… y lograba que los demás lo sintieran igual. Era bueno en deportes sin presumir, inteligente sin decirlo, amable sin empalagar: en resumen, encantador. Y aun así no era perfecto: a veces callaba demasiado o desaparecía sin avisar, pero siempre volvía, y cuando lo hacía era como si nunca se hubiera ido. Esa era su magia: algo que siempre he envidiado.
Nunca he sido de hacer muchos amigos. Podía conocer a mucha gente e interactuar con ellos, pero solía quedarme observando; no hablaba por hablar. Sentía las cosas en silencio. No me costaba relacionarme, pero sí confiar. Con Tyler fue distinto: desde el principio su presencia me hizo sentir menos solo, menos raro, como si no tuviera que explicarme todo el tiempo, como si alguien —por fin— entendiera algo de mí sin necesidad de decirlo en voz alta.
El resto del grupo llegó después: nos conocimos por casualidad, en clase, en los recreos, en partidos improvisados. Alex siempre cargaba una cámara vieja al cuello, grabando cualquier tontería como si fuera material para un documental; le gustaba ese toque vintage. Will era el sarcástico, el que no creía en nada pero se apuntaba a todo. Jack hablaba más alto, se reía más fuerte y decía las cosas sin filtro; añadía cinismo y locura a cada conversación, a veces me sacaba de quicio… y a veces lo envidiaba un poco.
Nos veíamos casi todos los días: en el parque, en la pista del cole, en casa de alguno. Jugábamos a videojuegos, pedíamos pizza, nos tirábamos en el suelo sin hacer nada. Éramos niños, pero algo empezaba a cambiar: lo notábamos en los silencios más largos, en las preguntas nuevas, en aquello que antes no importaba y ahora sí.
En ese momento, todo seguía bien. Tenía a mis amigos, tenía a Tyler, tenía tardes sin prisa ni preguntas, días que parecían durar más, conversaciones que no necesitaban llegar a ningún sitio.
No había tensión. No había drama. Solo una amistad limpia, de esas que se sienten con todo el cuerpo y que, si algún día cambian, duelen sin necesidad de explicaciones.
Pero todavía no dolía. Todavía no sabíamos nada de eso.
Éramos niños que se creían grandes… y, en cierto modo, lo éramos.