Capitulo 1
Grey Hollow. Un nombre suave, casi poético, para un pueblo tan antiguo como olvidado.
Escondido entre montañas boscosas, cubierto por neblinas matinales y rodeado por árboles que murmuran con el viento, Grey Hollow se ve —a primera vista— como cualquier otro lugar del interior: tranquilo, pintoresco, seguro. El tipo de pueblo donde las puertas rara vez se cierran con llave y los vecinos todavía se saludan por su nombre.
Después de las fiestas, el pueblo vuelve a su forma original, como si nunca hubiese celebrado nada. Las luces navideñas desaparecen de los porches, los copos de nieve se derriten en los tejados y el olor a leña se disipa lentamente en el aire. Los días vuelven a ser iguales, uno tras otro, con una calma casi ensayada.
Aquí todos se conocen. Todos saben lo que desayunas, con quién sales y por qué llegaste tarde a casa anoche. Es parte del encanto. O de la incomodidad. Depende a quién le preguntes.
Dicen que en Grey Hollow nunca pasa nada grave. Que es un lugar seguro, predecible, donde cada habitante puede confiar en el otro.
Dicen muchas cosas.
Pero esta historia comienza justo cuando las clases regresan y los árboles recuperan su color verde tras un invierno breve pero cruel. Los pasillos del colegio vuelven a llenarse de mochilas, risas nerviosas y susurros sobre quién está saliendo con quién, mientras las calles despiertan bajo un sol tímido.
Y mientras todo parece retomar su cauce... el bosque guarda un secreto.
Allí, entre raíces húmedas y ramas quebradas, yace una figura. Es el tipo de escena que ningún visitante esperaría encontrar en un pueblo como este.
Una chica.
Su cuerpo está tendido boca arriba, entre la maleza empapada. Su cabello rubio, enmarañado y sucio, cae como hilos de seda rota sobre sus hombros. Su piel, pálida, casi azulada por el frío. Los labios entreabiertos. Los ojos cerrados con una expresión demasiado serena para ser real.
La ropa está desgastada, con los bordes rasgados, manchada de barro y hojas secas. Alrededor de ella, el bosque guarda silencio, salvo por el crujir lejano de ramas rotas y algún que otro cuervo que sobrevuela curioso. Uno o dos animales salvajes, pequeños, se acercan a husmear, con esa inquietante naturalidad que tienen los bosques al reconocer algo que ya no respira.
Parece dormida. Una princesa abandonada en mitad de un cuento que nadie quiso terminar.
Pero no está dormida.
Y no va a despertar.
A lo lejos, el sonido de una bicicleta irrumpe entre la quietud. Un chico avanza por el sendero de tierra con torpeza, las ruedas salpicando restos de lodo aún fresco. Va tarde. Lo sabe. Pedalea con fuerza, con los labios fruncidos por el frío y el cabello castaño pegado a la frente. Sus manos están rojas y sus dedos temblorosos aprietan el manubrio con frustración.
Al girar una curva, sus ojos se desvían hacia el borde del bosque.
Y la ve.
Frena bruscamente. La bicicleta chirría y se tambalea hasta detenerse en medio del camino. Baja el pie con prisa, con el corazón golpeándole el pecho.
—¿Hola? —pregunta, sin moverse aún. Su voz tiembla, más por nervios que por frío.
Nadie responde.
Da unos pasos, hundiendo las zapatillas en la tierra húmeda. Se acerca con cautela, el vaho escapando de su boca con cada exhalación.
—¿Estás... estás bien? —repite.
Pero al verla de cerca, la esperanza se cae por completo. El cuerpo no se mueve. No hay aliento. No hay luz.
Y entonces, como si el momento no fuera ya lo suficientemente extraño, un gusano blanco asoma desde la mejilla de la chica.
El chico suelta un grito ahogado y retrocede, tropezando con una raíz. Saca su teléfono con dedos torpes, pero lo deja caer accidentalmente al lado del rostro de ella.
Se agacha, con el estómago encogido, y recoge el celular evitando mirar demasiado.
Marca.
—Emergencias. ¿Cuál es su situación? —responde una voz femenina al otro lado.
Él traga saliva. Mira una vez más al cuerpo, como si aún no pudiera creerlo.
—Hay... hay un cadáver en el bosque.
Y así comienza todo.
Otro día en Grey Hollow.
Donde nunca pasa nada.
Hasta que pasa.
—Les juro que yo la
vi
moverse. Lo juro. —
Anthony hablaba en voz baja, con los codos apoyados en la mesa del fondo mientras la cafetería seguía su curso como si nada. Alrededor, el murmullo de conversaciones, risas dispersas y el sonido de bandejas golpeando sobre el metal llenaban el ambiente. Nadie parecía muy interesado en lo que decía.
Frente a él, su pequeño grupo habitual.
Dos chicas casi idénticas, de cabello negro azabache perfectamente lacio, piel clara como porcelana y ojos rasgados que se entrecerraban con aburrimiento. A su lado, un chico rubio, despeinado, con el uniforme desajustado y una bolsa de papas abierta entre las manos. Masticaba con lentitud, como si escuchar hablar de un cadáver fuera parte de su rutina.
Como si fuera normal.
—Te juro que la poseyó un fantasma o algo. Los viejos siempre dicen que en el bosque pasan esas cosas raras... —murmuró Anthony, bajando la mirada al ver que nadie le daba importancia.
Y entonces, la puerta lateral se abrió.
Entró un chico de estatura baja, quizá uno sesenta y nueve, de cabello castaño oscuro, casi negro, que caía liso en la parte trasera hasta la nuca. Un par de mechones rebeldes cubrían parte de su frente, y a los lados, el corte se alargaba apenas por debajo de las orejas. Su piel era clara, sin llegar a ser pálida, y sus ojos oscuros, rasgados y profundos, parecían observar sin expresión.
Debajo de su ojo izquierdo, un lunar. Justo al lado, otro más pequeño.
Sin decir nada más que un suspiro leve, se sentó frente a Anthony.
—Los fantasmas no existen, tonto —murmuró con voz neutra, sin alzar la vista.
Kenta. Un chico japonés que había llegado a Grey Hollow tras perder a sus padres en un accidente en un país vecino. Adoptado poco después, vivía en una de las casas más antiguas del pueblo. Siempre callado, siempre sereno. Su rostro rara vez mostraba emoción. Como si todo ya le resultara ajeno.
—Es que tú no viste lo que yo vi, Ken —insistió Anthony, señalándose el pecho con un dedo.
Anthony era el tipo de chico que hablaba más de lo que pensaba. Extrovertido, gracioso cuando no lo intentaba, y con una inteligencia que muchos no le atribuían por su forma caótica de expresarse. Nadie sabía por qué se llevaba bien con Kenta. Tal vez por contraste. Tal vez porque Kenta simplemente lo dejaba ser.
—Es lo mismo de siempre —intervino el rubio, sin levantar la vista de su bolsa de papas—. Una chica se droga, entra al bosque y pum: sobredosis. Ya pasó el año pasado, ¿recuerdan? Nada de fantasmas. Solo historias para que no nos metamos donde no debemos. Los viejos y los sheriff se inventan esas cosas.
Alejandro, aunque todos lo llamaban Ale. Hijo de una familia rica de la ciudad que, tras una serie de "malos comportamientos", terminó en un colegio público. Iba por la vida con una mezcla extraña de arrogancia y flojera, como si todo le importara lo justo para no aburrirse demasiado.
—Bájate de la mesa, viene el profesor —susurró una de las chicas.
Tui.
Su hermana, Tai, la acompañaba en todo, aunque ambas solían hablar poco. Eran parte de un trío de trillizas; la tercera, Mei, no estaba presente ese día por estar enferma. Las tres habían sido adoptadas por el mismo hombre que adoptó a Kenta.
Así se veía un grupo estudiantil
“normal” en Grey Hollow.
Nada fuera de lo común.
Al menos por ahora.