Capitulo 1- Decora Mortem.
El desayuno en Edelshire era un espectáculo digno de la realeza: vajilla de porcelana, cubiertos de plata pulida y una sinfonía de murmullos suaves interrumpida solo por el delicado tintinear de las tazas. Nadie alzaba la voz. Nadie corría. En Edelshire, incluso el caos era refinado.
El rector Aldric Vane, impecable como siempre en su traje gris oscuro y corbata carmesí, estaba de pie en el estrado central del comedor. Sus ojos recorrían a los estudiantes con la frialdad de un halcón midiendo a su presa. A su lado izquierdo, los miembros del Consejo Académico, todos antiguos alumnos, se mantenían el gesto rígido, como si una emoción mal colocada pudiera arruinar el legado de siglos. Y del lado derecho, el círculo del profesorado, todos bien vestidos: algunos con tristeza y nerviosismo en sus gestos; otros, solo inquietos, fríos. Sabían que tenían que guardar las apariencias.
—Esta mañana —comenzó Vane, su voz cortando el aire como un bisturí— se ha encontrado a una de nuestras alumnas fallecida en el ala sur de los dormitorios.
El silencio fue absoluto. Ni un cuchillo raspando porcelana, ni un suspiro.
—Las autoridades locales ya han sido notificadas. No se permitirá la entrada ni la salida del recinto hasta nuevo aviso. Las clases continúan con normalidad. Como siempre.
Como siempre. La frase fue más inquietante que la noticia del crimen. Porque en la academia, la rutina era lo más sagrado. Que alguien hubiera muerto no interrumpía el protocolo. La muerte, incluso, debía ser decorosa.
En una de las largas mesas de roble, sentado junto a un grupo de quinto año, Drey Massenet dejó lentamente su taza de café sobre el platillo. Su expresión no cambió, pero su mente iba a mil por hora.
No dijo quién. Ni cómo. Ni cuándo.
Y eso, en Edelshire, era una elección. Todo se comunicaba con precisión... menos cuando convenía no hacerlo.
—¿Tú crees que fue... un accidente? —preguntó en voz baja Nina, su compañera de clase, una chica tan impecable como venenosa.
Drey no respondió. Se limitó a alisar el puño de su camisa, ocultando un temblor mínimo en sus dedos.
Porque él sabía algo que la mayoría no sabía.
Él conocía a la chica. A la muerta.
Y sabía que eso no había sido un accidente.
Un cuchillo con mantequilla resbaló entre los dedos de Genevieve Vanderleigh y cayó al suelo con un leve clang metálico. Ella no se movió para recogerlo. Apenas parpadeó. Sus ojos, de un azul grisáceo, estaban clavados en el rector. En su rostro no había temor. Solo asco.
—Interesante elección de palabras —murmuró Genevieve, más para sí que para los demás.
A su derecha, Nina Valentine, su media hermana, terminó de revolver el té sin azúcar que nunca se tomaba. Su voz fue apenas un susurro, pero cortante.
—¿Tú sabías que esa chica... la muerta... estaba en la lista?
—¿Qué lista? —preguntó Drey sin girar la cabeza.
Nina sonrió. Dulce, casi infantil. Pero sus ojos estaban vacíos y sus intenciones, con malicia.
—Tú sabes cuál.
Más abajo en la misma mesa, Marcus y Mirko McKeggan estaban demasiado ocupados murmurando entre ellos, compartiendo una hoja arrugada con un horario que no coincidía con el del colegio. El olor tenue de tabaco caro se mezclaba con algo más químico.
—¿Hablas de el archivo gris, Nina? —se burló Mirko, levantando una ceja. Soltó una risita seca.
—Todos sabíamos que esa perra no era precisamente alguien que perteneciera a este lugar —dijo Marcus, pasando la lengua por sus labios partidos.
—Entonces podemos guardarnos la lástima y las condolencias —añadió Mirko, sin molestarse en susurrar.
Apenas unos asientos más allá, Eric Montgomery levantó la vista de su tostada con mermelada y sonrió a Nina. Su sonrisa era encantadora, abierta. Casi ridículamente enamorada.
—¿Podemos guardar el chisme para después del café? —bromeó.
—Solo digo que esto es extraño. Nadie se preocupa. No cancelaron las clases, como si no fuera nada —replicó Nina, ladeando la cabeza, como creando teorías en su mente.
Eric se encogió de hombros.
—Si no lo provocamos nosotros... entonces que lo resuelva alguien más.
Drey observó esa interacción con una atención disfrazada de indiferencia. Eric tenía ese don: podía hablar como un idiota funcional y hacerte olvidar que su expediente académico tenía partes censuradas.
En ese momento, todos giraron hacia la puerta del comedor, una figura acababa de entrar: Lucian Visconti, el atleta prodigio. Cabello oscuro, piel blanca, ojos azules, mandíbula perfectamente esculpida, y siempre con esa expresión de que el mundo le quedaba pequeño. Caminó entre las mesas con el aplomo de alguien que jamás es cuestionado.
—¿Ya empezaron a mirar al equipo de atletismo como los culpables? —dijo con una media sonrisa, al sentarse junto a Genevieve y servirse café como si nada hubiera pasado.
—Nadie te miró —replicó Genevieve, sin apartar los ojos de Drey.
Lucian levantó una ceja, divertido.
—Lo cual es más preocupante.
Genevieve apenas giró el rostro hacia él, con esa expresión suya que combinaba desaprobación y aburrimiento.
—Lu, hoy ni siquiera eres lo suficientemente interesante para ser sospechoso.
Lucian sonrió, pero no era una sonrisa amable, era un poco burlona y divertida.
—Genevieve, en casos como este, todos podemos ser sospechosos.
Nina se inclinó ligeramente hacia la mesa, como si saboreara la tensión. Se relamió los labios con lentitud.
—Lucian, tú estuviste en el ala sur anoche, ¿viste algo?
Lucian asintió y dio un sorbo a su taza de café.
—Sí, estaba, pero no vi nada. Estaba muy borracho. —Se giró a ver a Drey con una ceja levantada—. ¿Y tú, Massenet? ¿Dónde estabas?
Hubo una pausa. Mínima, pero notoria.
—Borracho —respondió Drey, encogiéndose de hombros con falsa indiferencia— Como tú.
—Drey estaba con ella. Con esa chica. La muerta —añadió Nina, con voz de terciopelo venenoso— Al menos eso vi cuando pasaron por el jardín.
Genevieve se quedó completamente quieta. Sus dedos se cerraron sobre el borde de la mesa con más fuerza de la necesaria.
Drey la miró por un segundo.
—Nina, tal vez me crucé con ella por ahí, yo qué sé. No me acuerdo —dijo él.
—Tal vez, muchos "tal vez"— dijo Nina, sonriendo—. Eso hace que todo sea mucho más entretenido.
Eric miró a Nina con una sonrisa maliciosa.
—¿Te das cuenta de lo enfermo que suena eso?
—Cariño, todos en esta maldita mesa tuvimos algún problema con esa chica —miró a todos con las cejas levantadas—. Como dijo Lucían, nos hace sospechosos. A todos.
—Tal vez por eso está muerta —añadió Mirko, con una sonrisa torcida—. Daba los motivos necesarios.
Lucian suspiró, se sirvió un poco más de café y lo bebió sin apuro.
—¿No es fascinante? —dijo al fin, en voz baja, casi con deleite— Cómo el crimen se convierte en espectáculo. Y cómo todos, absolutamente todos, quieren un papel en él.
—No todos —corrigió Drey, con los ojos clavados en la ventana.
—Claro que sí —dijo Nina, con una calma escalofriante— Solo que algunos lo niegan mejor.
Un minuto después, el rector Vane alzó una mano, y como si se tratara de una partitura invisible, los murmullos se extinguieron.
—Les recuerdo que cualquier rumor será considerado una falta grave. Lo que se diga fuera de los canales oficiales será tratado como desinformación maliciosa.
Marcus alzó apenas una ceja.
—¿Está advirtiéndonos antes de que empiecen las mentiras... o antes de que se descubra la verdad?
Drey apretó los labios. Porque había algo que ni el rector, ni el Consejo, ni nadie en Edelshire conocía. Y no lo diría en voz alta:
La chica muerta no era cualquiera. No para él.
Como dijo Vane: el día continuó como si nada, siempre al pie de la letra.
En cuanto desayuno terminó. Los alumnos estaban más llenos de tensión que de aliento. Salieron como si lo ensayaran a diario: en orden, en silencio, siguiendo una línea imaginaria que los mantenía alineados, rectos, impecables.
El pasillo de salida conectaba el comedor con el ala este, donde se alzaba el Edificio de Ciencias Antiguas. Todo olía a cera de abedul, piedra húmeda y algo más denso, sutil, casi imperceptible... como si el aire mismo hubiera empezado a fermentar.
Desde la noticia, una sensación incomoda se había extendido por los corredores de Edelshire. Una que afectaba las palabras, los pasos, las miradas. Los alumnos hablaban más bajo. Los profesores no saludaban. Y todo se movía en esa misma tensión elegante, casi coreografiada.
En la oficina del rector, la profesora Madame Brown apoyó las manos enguantadas sobre el escritorio de nogal macizo. Observaba, a través del ventanal, cómo los miembros del Consejo Académico cruzaban el patio central envueltos en trajes perfectos, gestos vacíos y sonrisas falsas. Caminaban como si no tuvieran idea de que una alumna había muerto. Pero Brown sabía que fingían no tenerla.
—¿Apareció el expediente de la alumna Bayoleth Winslow? —preguntó con frialdad al asistente del rector, un profesor joven con cara de niño bueno.
—Fue clasificado esta mañana —respondió él, sin levantar la vista— El rector lo transfirió al archivo "Corvus Aureum".
Brown sonrió con la comisura de los labios. El Corvus Aureum era un archivo sellado, reservado para los escándalos más delicados de la historia académica: suicidios nobles, abortos clandestinos, desapariciones pactadas y muertes políticamente incómodas.
—Entonces todo será silenciado —susurró ella, apenas audible.
El rector Aldric Vane apareció en el umbral de la puerta. Su expresión, como siempre, era una obra de mármol sin emoción.
—Como siempre —afirmó con voz seca, dirigiéndose a Brown.
En el corredor, el eco de unos tacones resonaba como una sentencia. La profesora Wheterby llegó a la rectoría envuelta en su abrigo de terciopelo negro con forro escarlata. Detrás de ella, dos miembros del Consejo la seguían como perros de caza bien entrenados. En sus manos, una carpeta de cuero.
Dentro: un informe completo, varias fotografías del lugar... el cuerpo... y un anillo ensangrentado.
—Este objeto estaba junto a... el cuerpo —dijo Yusa, una de las consejeras, con voz vacilante.
—No digas cuerpo —corrigió Wheterby, sin mirarla siquiera—. Di la escena.
—¿Y qué hacemos con esto, rector Vane?
Aldric no respondió de inmediato. Se detuvo frente al gran vitral que conmemoraba los trofeos ganados por los alumnos más distinguidos de la academia, la mayoría pertenecientes a Lucian Visconti. Su mirada se detuvo en una foto de hacía tres meses. Sabía que había visto ese anillo antes. Sonrió.
—Guárdalo. Clasifícalo. Y luego... olvídalo —ordenó con frialdad.
Miró a Yusa con una sonrisa torcida, carente de humanidad.
—Esa foto... quémala.
La consejera salió y obedeció las órdenes como un peón, en algún rincón del ala este, una caja fuerte secreta se cerraba con un chasquido apenas audible. Dentro, el anillo seguía manchado de sangre seca...al igual que las cenizas de aquella fotografía.
Los días en Edelshire pasaban más rápido que un atardecer de octubre. Pero ese era la excepción. Cada segundo duraba más de lo que debía, y el silencio nunca había sido tan incómodo. Los pasillos de Edelshire no eran solo corredores: eran vitrales vivos de la memoria institucional. Cada decoración en las esquinas, cada marco con retratos de antiguos alumnos ilustres, recordaba a los estudiantes que ellos no eran más que piezas reemplazables de un legado eterno.
Drey caminaba por el ala norte, arrastrando el eco de sus pasos sobre los mosaicos antiguos. A cada lado, dos estudiantes vestían sus uniformes menos llamativos con ribetes bordados en hilos de las hermandades a las que pertenecían.
Él, por supuesto, llevaba un escudo bordado sobre su pecho de lado izquierdo: una pluma y una espada cruzadas sobre fondo rojo oscuro. La tela de su abrigo largo, hecho a medida en algún atelier de Ginebra, se sacudía con elegancia medida en cada paso.
—Nos vemos en el club, Massenet— se despieron los otros chicos dejando solo a Drey.
Al doblar una esquina, se cruzó con un grupo de estudiantes de tercer año que guardaron silencio apenas lo vieron. No porque le temieran, sino porque Drey era el tipo de presencia que se sentía como un juicio silencioso. Atractivo. Intimidante. Lejano.
—Estás más callado de lo habitual, Massenet —susurró Nina, apareciendo tras él como una sombra.
Llevaba el cabello dorado trenzado como una princesa venida a menos. Su uniforme, impecable, contrastaba con esa sonrisa torcida que destilaba veneno por debajo de su labial costoso.
—Dicen que tú fuiste el último en verla —acusó sin rodeos, sin siquiera pestañear.
Drey no se inmutó.
—Dicen muchas cosas —respondió sin pausa—. También dicen que tu madre será la próxima en posar desnuda para Playboy.
Nina soltó una risa sin abrir los labios, casi infantil.
—Touché. Pero ten cuidado, Massenet. Las cámaras del ala sur estaban activas... y dicen que pasaste por ahí justo después de... ya sabes. Aunque, claro, nadie sospecha de ti.
—Podría decir lo mismo de ti, Valentine.
—Yo tengo una ventaja —replicó ella, inclinándose apenas hacia él— Nadie me cree capaz. Tú, en cambio... yo te conozco. Tú solo has visto mi mejor versión, "cuñadito".
Ella le dio una palmada suave en el brazo y se alejó con paso ligero mientras Drey apretaba los dientes.
Se detuvo en seco cuando una voz lo obligó a girarse.
No había nadie. Solo un susurro tan helado que parecía del propio mármol de los muros.
Drey parpadeó. Y de pronto, el aire pareció pesar más. Un recuerdo llego como un golpe mal dado en la nuca.
La oscuridad.
Luces tenues.
La música de fondo sonaba como una aguja clavándose en la sien.
Estaban todos los alumnos en el invernadero viejo, el que se usaba para fiestas "prohibidas". Todo olía a sudor, alcohol y a algo podrido.
—Bebe, Massenet. Bebe.— Era una voz femenina y luego risas. Muchas risas.
Después, él y Bayoleth caminaban por los jardines. No recordaba qué decían, solo que él estaba enojado. Y la tomó de los brazos con fuerza. La sacudió. El recuerdo era borroso, como si su mente hubiera decidido tapar los fragmentos más oscuros con niebla y whisky.
Un golpe. Como el portazo de una puerta que tocan con desesperación.
Un grito.
—Drey... —susurró Bayoleth, o tal vez solo creyó oírlo. Era su voz, rota, como si estuviera ahogándose.
Silencio.
Oscuridad.
Y luego... nada.
...
Drey volvió en sí bruscamente. Tenía los nudillos blancos de tanto apretar los puños. La frente con muchas gotas de sudor. Las manos le temblaban y su corazón parecía que iba a salirse.
—Yo-...— trago grueso— ...Yo la maté... —susurró con la voz cortada por la verdad, al menos. La verdad que él creía.