Capitulo 1: Llamamiento
El aire olía a muerte y pólvora, un festín podrido servido en platos rotos, quemaba la garganta y llenaba los pulmones de veneno. El frío se introducía en los huesos como un puñal helado, y la tierra vibraba bajo el grito salvaje de los cañones. Cada aliento dolía, una herida abierta que recordaba que aun estabas vivo para sentir dolor.
Aquel tomó un respiro con las manos temblorosas, aferrándose a la última chispa de vida que le quedaba antes de montarse en el caballo que lo desbandaría lejos de ese infierno. Fuese por el estrépito, el hedor a muerte o por la maldita desesperación por lo que estaba apunto de realizar, pero eso aire quemaba su pecho como fuego... y, sin embargo, seria el más puro que sus pulmones conocerían jamás.
Como si la tierra, en un ultimo gesto de piedad, le ofreciera un ultima respiro antes de lanzarlo al abismo.
Los gritos y los vítores rebotaban entre las murallas en ton de celebración. El aire apestaba a despedida, a miedo disfrazado de valor. Hombres y mujeres abrazaban a sus parejas con los ojos rojos y las manos apretadas, aferrándose a la carne como si eso bastara para detener el destino. Hijos eran levantados en brazos por sus padres quienes en breves momentos estarían siendo sacrificados nomas que ganado.
A pocos metros, milicianos de rostro sucio murmuraban plegarias a dioses olvidados. Algunas se reían nerviosamente, otros apretaban con fuerza un amuleto, una carta, un recuerdo. Para ellos la guerra no era gloria ni bandera, era un oficio mal pagado. Un trabajo que les quitaba más de lo que daba, y aun así lo aceptaban por un extra y una promesa vacía de recompensa.
Más allá, había quienes no decían nada. Permanecían rígidos, con la mirada clavada en el horizonte como si el tiempo se hubiese detenido.
Veteranos curtidos por el hierro, reclutas supersticiosos , milicianos y forzados encadenados al deber, ninguno sabia si tras aquella batalla volverían a abrir los ojos. Nadie se creía fuera de peligro, porque en el frente la muerte nunca anunciaba su llegada, pero marca a los confiados abrazándolos en su yugo.
Entre aquellos cuerpos alineados por el miedo o la costumbre, se encontraba aquel que había sido obligado a marchar, uno de muchos que se encontraba metido en una fila, con una arma en las manos y un objetivo que no le pertenecía.
Finalmente, apareció el comandante, inconfundible por su enorme abrigo rojo oscuro, para dispersar a la multitud amontonada. Su rostro permanecía ocultó tras una mascara plateada, inexpresiva y pulida como un espejo, solo sus ojos quedaban al descubierto, grises como un campo arrasado por el fuego. No miraban a nadie en particular, pero todos sentían su peso sobre los hombros. Una insignia metálica, oxidada y mellada, colgaba a la altura del pecho, vestigio de un rango ganado, o tal vez impuesto, mucho tiempo atrás.
No hizo falta una orden. Su sola presencia fue suficiente para que el murmullo se apagara como una vela al viento. Las personas se apartaron de su camino sin rozarlo, y los soldados, hasta entonces relajados o distraídos, se enderezaron de golpe, como si una cuerda invisible los hubiese jalado desde el estómago.
—En breves minutos estaremos marchando. Estecen listos para salir —dijo, con una voz apagada tras el metal
Sin añadir más palabras, hizo un gesto a uno de sus oficiales y se marchó con la misma calma con la que había llegado.
Entonces, otro oficial subió a la tarima improvisada. No llevaba uniforme, sino la armadura de un caballero, bruñida y pesada. El acero plateado de su peto aún reflejaba algo de luz del cielo opaco. A su espalda, una capa roja, oscura y desgastada por los años, colgaba rígida, apenas agitada por la escasa brisa. Su cabello, gris como la ceniza, le caía con rigidez a los lados del rostro, recogido con descuido detrás de la nuca. No era un anciano, pero su semblante mostraba las marcas de alguien que ha vivido demasiado. La mandíbula ancha y dura le daba un aire inflexible, y una cicatriz delgada le cruzaba desde el labio hasta la mejilla izquierda. Sus ojos, pequeños y hundidos, eran de un color ocre extraño, ajenos, extranjeros... de alguien quien no pertenece a este lugar.
Lanzando una mirada rápida y tajante al batallón, midiendo rostros, posturas, silencios, comenzó.
—¡Soldados! —rugió firme— El cielo nos acoge con su bendición y nos moverá hacia la victoria. Nuestra misión es proteger el frente de Martle, antes de Yunes.
Su voz se tornó más áspera y más grave.
—Los muertos siguen luchando y no nos dejan avanzar. Se arrastran como perros enfermos, aferrados a una guerra perdida. Es nuestra labor exterminarlos, quebrar sus voluntades y apagar el fuego que aun creen tener.
Un aire frío comenzó a arrastrarse entre los cascos, las lanzas y los estandartes inmóviles. Como una sombra helada, recorrió la formación y se clavo en los huesos, justo donde anida el miedo.
El silencio se abrió como una grieta, honda y expectante.
Y entonces, el oficial volvió a hablar. Pero ya no lo hacia como un hombre. Su voz ya no era humana.
Hablaba la guerra misma.
—¡Todo lo que hagan dentro o fuera del campo será perdonado, porque la guerra no juzga! Si encuentran a alguien, hombre, mujer o bestia, que no lleve nuestros colores... ¡derríbenlo sin pensarlo, y quémenlo después! ¡No habrá tribunales! ¡No habrá dioses que los castiguen! ¡Solo la victoria y el olvido! ¡No pidan permiso! ¡No pregunten nombres! ¡Si respira y no es uno de los nuestros, es enemigo! ¡Todo lo que tomen será suyo! ¡Todo lo que destruyan será historia que jamás se contará! ¡Si alguien suplica, que lo calle el acero! ¡Si alguien huye, que no llegue lejos! ¡Hoy, sus actos no serán pecado, sino deber! ¡Porque esta batalla no necesita santos, solo soldados!
Los rostros cambiaron en un solo instante. El discurso lleno de jubilo a todos los soldados y lleno de expectativas incluso al miliciano más tembloroso. Todos ardieron por dentro. La esperanza, o la furia, se elevó por todos los rincones. Y cuando el comandante miró su reloj y dio la señal, la marcha comenzó.
Yunes, viejo territorio imperial, había sido arrebatado por los muertos. Era el condado principal del ducado de Misle, perdido tras una batalla que, en apariencia, sería fácil, pero fue tomada con una rapidez alarmante. Los refuerzos ahora se dirigía hacia la Baronía de Martle, frontera directa con Yunes. Una tierra cuyo nombre no decía nada al pueblo llano, pero que lo era todo para los soldados. Porque allí, entre las colinas y el barro espeso, los esperaba la sangre.
Los primeros momentos de la marcha fueron relativamente tranquilos. El sol, aun cubierto por una fina capa de nubes, no castigaba con fuerza, y la tierra seca no dificultaba el avance. Algunos soldados incluso hablaban entre ellos con breves palabras, compartiendo chistes gastados y anécdotas pasadas. Incluso se atrevían a especular, en voz baja, sobre lo que encontrarían al llegar. Por un instante fugaz, la marcha parecía una caminata más.
Había pasado una hora desde el inicio de la marcha, y aún quedaba otra para llegar. Los caballos de la caballería avanzaban con paso lento y controlado, reservando energías. Las demás tropas; la milicia, hostigadores, forzados, seguían a paso firme, el ritmo de sus botas marcaban el pulso del batallón mas, el viento, antes ausente, comenzó a soplar con una cadencia irregular, arrastrando consigo partículas de polvo fino y ese hedor inconfundible que precede a la tragedia.
Las conversaciones cesaron, primero en los extremos, luego como un efecto dominó que recorrió todo el batallón. Nadie lo mencionó, pero todos entendieron que algo había cambiado. El silencio se volvió espeso, cargado de presentimientos que nadie se atrevía a nombrar.
Algunos bajaron la mirada, como si el suelo pudiera ofrecer la respuesta a lo que estaba por llegar. Otros miraban hacia adelante con los labios apretados, buscando una señal que confirmara lo que ya intuían. El paisaje comenzaba a mutar. Ya no era solo tierra seca... ahora era territorio marcado. Tierra que había sangrado.
Ya casi al finalizar la segunda hora, comenzaron a aparecer las primeras huellas del conflicto, como heridas mal cerradas en la tierra. El olor a ceniza, que antes era solo un leve murmullo en el aire, se hizo denso, casi sólido, y se adhería a la garganta como una nube de hollín. Respirar era difícil. El aire tenía ese sabor amargo que solo deja la destrucción A los bordes del camino, árboles ennegrecidos por el fuego se erguían como esqueletos, testigos silentes de lo que allí había ocurrido. Bajo ellos, la maleza estaba reducida a polvo gris, y entre las raíces chamuscadas, asomaban fragmentos de metal, huesos blanqueados por el sol y trozos de tela desgarrada que ya nadie reclamaría.
Más adelante, comenzaron a aparecer restos de carretas, ruedas partidas y estructuras carbonizadas que alguna vez transportaron víveres, soldados, o tal vez niños huyendo. Escudos con los emblemas ya borrados por el fuego, lanzas quebradas, y cascos vacíos, sin cabeza ni dueño. Pero lo peor eran los cuerpos. No en formación, no en posición de batalla. Estaban tirados de lado, amontonados a los bordes del camino, arrastrados con prisa y olvidados igual de rápido. Algunos ya mostraban las marcas del tiempo, piel apergaminada, abdómenes inflamados, bocas abiertas en un grito que nunca fue escuchado, y ojos ausentes, devorados por las aves.
Los forzados tragaban saliva con dificultad. Había en sus rostros algo que no era solo miedo, sino un eco de reconocimiento, como si ya hubieran soñado con aquel lugar, y ahora estuvieran caminando dentro de esa pesadilla. Algunos desviaban la mirada, creyendo, ingenuamente, que ignorar el horror podía proteger lo que quedaba de su alma. Otros no podían apartar los ojos, atrapados por esa visión mórbida, buscando quizá un rostro conocido, o intentando entender lo que desde el principio no tiene sentido. Porque allí, entre la ceniza y los cadáveres, se revelaba una verdad que ninguna bandera enseña, la guerra no empieza cuando se alzan las armas, sino cuando los muertos pierden sus nombres, y la tierra aprende a tragarlos en silencio.
Avanzaron unos metros más por el sendero cubierto de ceniza y tierra que empezaba a sentirse mojada. Todo estaba en un silencio espeso, roto solo por el sonido tenue de las botas sobre el suelo barroso. Entonces, a lo lejos, se escuchó el galope aislado de un caballo que se aproximaba a gran velocidad. Desde aquel velo gris, surgió la silueta de un jinete. El brillo de su peto y sus botas manchadas de barro anunciaba lo que se avecinaba. Su caballo, agitado por la velocidad en la que iba, se detuvo de golpe frente al batallón, levantando una nube de ceniza que mordió los ojos de los primeros en la fila.
—Sargento —dijo el jinete, sin tiempo para cortesías—. Caballero Valderk, a su servicio. El frente oriental requiere refuerzos de manera inmediata.
El sargento lo miró de arriba abajo, deteniéndose con desdén en su peto impoluto y su rostro agitado. Respondió con voz seca, como quien no reconoce autoridad al que tiene enfrente.
—¿A que cree que vinimos?... mensajero—respondió sin mover un musculo del rostro—. ¡Garlo!
—¡Señor!
—Llévate a los hostigadores con él, y llévese también a la mitad de la caballería y la milicia. ¡Los quiero fuera de mi vista en treinta segundos!
—¡Sí, señor!
El sargento se volvió hacia Valderk con una mirada afilada como el acero.
—Y escúcheme bien, mensajero—escupió la palabra como si le quemara la lengua—. Si lo veo retroceder una vez más... ordenaré a los hostigadores que le disparen por la espalda. ¿Me entendió?
El silencio que siguió congeló al batallón.
—Mi señor —respondió Valderk, con voz tensa pero firme— en ningún momento intenté huir del frente.
La caballería palideció ante aquella respuesta, ya fuera por la firmeza del mensajero o por la expresión implacable del sargento, pero algo había cambiado en el ambiente.
—De primeras, mensajero—sentenció el sargento con dureza, mientras su voz se hacía más profunda—, ante las órdenes de sus superiores solo queda callar... Y, a mi, no me engaña con sus trucos de cobarde, intentando regresar a la base para evitar la lucha. Le aconsejo que no medie palabra alguna y que regrese de inmediato al frente de donde vino, y que lleve consigo a la nueva sección. ¿Entendido?
Fuese por la orden de no responder, el consejo de guardar silencio, o porque había algo de verdad en lo que dijo, Valderk asintió. Sin decir palabra, giró su montura con un tirón brusco. El caballo relinchó y emprendió el regreso a galope. En cuestión de segundos, un grupo de jinetes, hostigadores y milicianos lo siguió, con la mirada clavada al frente, sin atreverse a mirar atrás.
Apenas se perdieron en la niebla de ceniza, el sargento, aún montado sobre su caballo, tiró suavemente de las riendas hasta detenerse frente a los forzados y la milicia restante. Su figura, imperturbable bajo el cielo plomizo, parecía tallado en hierro viejo. Su cabello, con toques grisáceos, le conferían una gravedad imponente, una muestra fehaciente curtida por años de sangre y obediencia.
Entonces hablo. No alzó la voz, no tenia necesidad de gritar, cada palabra pronunciada con la calma de quien ya ha visto demasiado, se hundía como estacas en los oídos de los presentes.
—¿Ven esto? —dijo, señalando los cuerpos en graves estado de descomposición—. Esto no es el final, aquí es donde empieza su deuda con esta guerra. La batalla no comienza con el primer grito, sino con la primera orden. Y la mía es clara, miren bien esos cuerpos. Mírenlos sin apartar la vista. Porque si dudan, si vacilan, si retroceden el destino les dará el mismo lecho. Calcinados, partidos a la mitad y olvidados entre la mierda y el barro.
A lo lejos, sonidos de pasos cargando retumban, mientras quejidos ahogados por dolor pesa en el ambiente.
—Los que yacen bajo sus pies también quisieron volver a casa. También rezaron, también lloraron. Y ahora yacen aquí, sin tumba, sin nombre, sin canto que los despida. Porque la guerra no hace excepciones. Nadie es especial. Aquí todos somos carne para alimentar al Imperio, y ustedes... ustedes son la más barata. Ustedes están aquí porque son desecho. Basura que el Imperio ya no quiere. Ratas que robaron, desertaron o se arrastraron por perdón. Esclavos que un cobarde compró para no morir en su lugar.
El grito de mandos, el choque del acero, y los sonidos de la artillería se escuchan como ecos de la guerra viva que ya los reclamaba.
—A ninguno se le pidió opinión. Esta no es su historia. Este es su castigo. No vinieron a ser héroes, ni vinieron a redimirse. Si han llegado hasta aquí, ya no hay retorno. Lo único que les queda es seguir o la fosa común.
En la distancia, un soldado rompía la línea, corriendo en dirección opuesta al frente. Su silueta se deshacía y venia entre la tenue niebla.
—Así que no quiero ver temblores. No quiero oír plegarias cobardes. Si conservan la lengua, que sea para entonar mi orden. Si aún tienen piernas, que sea para avanzar. No les pido fe. Les exijo obediencia.
Un jinete emergió con violencia, galopando como sombra implacable. Alcanzando al desertor. Un solo tajo bastó para que el cuerpo cayera sin gloria, con la garganta abierta hacia el cielo que no lo recibiría.
—¡Luchen! ¡No porque esperan vivir... sino porque el honor de los muertos solo lo mancha el que deja de pelear antes del fin!
El silencio volvió a asentarse, pesado y crudo. El sargento no dijo más. Dejó que sus palabras quedaran suspendidas en el aire. Sus ojos, endurecidos por el pasar de los años, se alzaron hacia el horizonte. No había luz sobre el campo, solo humo, niebla, y la sombra de lo que aún no había ocurrido.
Aunque solo pasaron unos instantes, se sintieron eternos.
Era como mirar un futuro que no podía imaginar o algo que, en el fondo, temía reconocer.