Capítulo 1: Notas sin resolver
El formulario sigue en mi bolso, doblado entre las partituras como si esperara que, por tenerlo cerca, la decisión fuera más fácil. Pero no lo es.
Vasiliev me lanzó una mirada al terminar la clase, como si esperara que le dijera algo pero no lo hice, no porque no quisiera, sino porque aún no tengo claro qué decir.
En el pasillo, mientras me alejaba del aula, sentía su mirada en la nuca, como si me estuviera diciendo sin palabras: “No tardes demasiado”. No sé si se refería a mi decisión o a algo más, pero supe que el reloj ya había empezado a contar.
Mark me escribió hace un rato, preguntando cómo fue la reunión con Marta Reynolds. Leí el mensaje y lo dejé sin contestar, no por enfado, sino porque no sé cómo explicarle algo que ni yo misma termino de entender.
Estoy sentada sola en una de las salas de estudio, con el piano frente a mí. No estoy tocando, solo dejo los dedos sobre las teclas frías, intentando encontrar respuestas en un silencio que me pesa más de lo que debería.
El aula está en completo silencio. Afuera, el sonido de pasos, de voces lejanas, de puertas abriéndose y cerrándose, me llega como si fuera parte de otra vida. Aquí dentro todo está suspendido, como si el tiempo también dudara.
Europa, el seminario, Leclerc. Tres meses. Una oportunidad que no sé si estoy lista para aceptar. Y Mark, su rodaje, la distancia. Todo parece moverse en direcciones opuestas.
Todo es demasiado grande y yo, demasiado pequeña para ordenar tantas cosas a la vez.
Cierro los ojos un momento. No quiero decidir todavía.
Intento imaginarme en París. Lo hago a menudo desde que me lo propusieron. Me imagino caminando por calles estrechas, con el sonido de un idioma que no domino y la música flotando entre balcones y cafés. Me imagino a Mark esperándome por las noches. Pero también me imagino sola, en otro sitio, uno donde Leclerc esté esperándome al otro lado de una puerta, con una partitura que no sé si seré capaz de tocar, pero estoy segura de que querré tocar.
Cuando abro los ojos sigo sin saber que hacer, solo escuchando mi respiración y ese rumor sordo que aparece cuando el silencio se alarga más de lo necesario.
Apoyo la frente en las teclas, apenas un instante, lo justo para que el frío me despierte un poco y me devuelva a tierra. El piano siempre ha sido eso para mí, un refugio, un ancla, incluso cuando no toco, incluso cuando no sé qué estoy haciendo.
En teoría, todo parece simple. París, el seminario, Leclerc. Una oportunidad que cualquiera aceptaría sin dudar. Pero en la práctica hay demasiadas cosas que no están escritas en esa partitura, demasiadas preguntas sin respuesta.
De lo único que estoy segura es de que no quiero separarme de Mark, ya había decido acompañarlo, aunque eso significara dejar Juilliard por un tiempo.
Pero ahora todo ha cambiado.
No sé por qué me cuesta tanto, si en teoría debería estar feliz. Si alguien me hubiera dicho hace un año que Leclerc pensaría en mí, no me lo habría creído, habría pensado que era un error o un sueño, algo demasiado grande para alguien como yo. Y ahora que es real, que está ahí, no sé si tengo el valor para tomarlo, porque no se trata solo de una decisión profesional, también está Mark, y la sola idea de separarme de él, de estar lejos justo cuando por fin podemos compartir algo juntos, me revuelve por dentro de una forma que no sé cómo explicar.
El seminario en París parecía una solución perfecta, casi mágica. Podía estar con él, seguir formándome y no perder mi plaza. Era lo mejor de los dos mundos. Pero entonces vino lo de Leclerc.
Y ahora ya no sé qué pensar.
No sé dónde se supone que debo estar. Con Mark, en París, como habíamos planeado, o en algún lugar desconocido, bajo la guía de un hombre que podría cambiar mi carrera para siempre.
La decisión no es tan simple como parecía hace apenas unas horas.
Pero entonces, ¿cómo se hace para avanzar sin dejar nada atrás?, ¿cómo se sigue cuando las rutas no van exactamente en la misma dirección, aunque el destino sea el mismo?
Me obligo a sentarme recta, como si eso bastara para ordenar algo por dentro, y miro el reloj aunque ya sé que no se me ha hecho tarde, solo necesito romper el momento, distraerme de este pensamiento que se alarga como un pedal sostenido.
Podría salir de aquí, caminar un rato, tomar aire. Podría escribirle a Mark y decirle cualquier cosa, aunque no tenga del todo claro lo que siento. Podría abrir el formulario y empezarlo o simplemente arrugarlo y olvidarme de todo.
Pero no hago nada. Me quedo quieta, con los dedos sobre las teclas, escuchando un silencio que no termina de resolverse.
Y pienso en madre, en todo lo que le costó aceptar que la música era mi vida, en todas las discusiones, los silencios y las veces en que me pidió que eligiera algo “más seguro”, “más práctico”. Y sin embargo, aquí estoy, también gracias a ella, porque a pesar del miedo, al final me apoyó. Aprendió a entender que, cuando toco, soy yo de verdad.
Pero no solo le costó eso. También le costó aceptar a Mark. No por él exactamente, sino por lo que representa: un actor famoso, mayor que yo, con una vida pública, con fama y con cámaras que a veces nos persiguen incluso cuando solo queremos estar tranquilos. Y yo, apenas una chica de dieciocho años que no ha terminado su primer año en Juilliard. Mi madre pensó que me iba a hacer daño, que yo era demasiado ingenua para Si la llamara ahora, no sé qué me diría. Tal vez me recordaría lo difícil que fue llegar hasta aquí, o que no puedo construir mi vida alrededor de otra persona. Tal vez me diría que piense en mí primero, que no deje pasar una oportunidad como esta. O tal vez, solo tal vez, me pediría que escuche lo que de verdad me mueve por dentro. Pero ¿y si ahora mismo lo que me mueve está partido en dos?
Suenan unos golpes suaves en la puerta y levanto la cabeza despacio, como si saliera de un lugar lejano, y veo a Brooke asomarse con cuidado desde el marco. No digo nada, ni me muevo, solo la miro.
Ella entra con paso lento, como si el aire en la sala estuviera más denso de lo normal, y se acerca un poco más.
—¿Estás bien? —pregunta en voz baja.
No le contesto. Ni siquiera estoy segura de que haya oído la pregunta completa. Brooke frunce un poco el ceño, se acerca un poco más y esta vez su voz suena con una nota distinta, más preocupada.
—Celia, ¿estás bien? ¿Qué ha pasado?
Me doy cuenta de que está pensando en Adam. Me busca la mirada, como si necesitara confirmar que no he vuelto a romperme.
Y no sé cómo, pero la voz me sale, suave y rasposa.
—No es eso. Brooke me observa en silencio, esperando más. —Eso está… solucionado. O eso espero.
Ella asiente, pero sigue mirándome con la frente ligeramente fruncida. Después se sienta a mi lado, sin decir nada por unos segundos, dejando que sea yo quien decida si hablar o no.
—Entonces, ¿qué pasa? —pregunta al fin, con esa forma suya de estar sin apurar, sin presionar—. Te vi desde entrar pero solo estabas aquí, sin tocar, como si estuvieras esperando que el piano hablara por ti.
Me quedo mirando las teclas como si pudiera explicárselo en una sola nota, pero no hay ninguna que suene a esto.
—No sé qué hacer —murmuro—. No sé qué elegir.
Brooke inclina un poco la cabeza, suave.
—¿Elegir qué?
—Entre algo que quiero… y algo que no sé si podré rechazar.
Ella guarda silencio, pero ya está más cerca, más presente, con esa mezcla de amiga y cómplice que a veces salva.
—¿Tiene que ver con Mark? —pregunta, con cuidado.
—Tiene que ver con todo —respondo.
Brooke no dice nada, pero se acomoda en el banco, un poco más cerca, como si eso pudiera sostener el peso de lo que viene.
—Me voy a marchar unos meses de Juilliard —digo, bajito.
Ella parpadea, sorprendida, pero no habla aún, esperando que siga.
—No para siempre —aclaro enseguida—. Solo tres meses.
—¿Te vas? —pregunta al fin—. ¿Cómo que te vas?
—Mark se marcha a Europa por el rodaje… primero Londres, luego Viena… y va a estar instalado en París durante un tiempo. Yo no quiero quedarme aquí, otra vez no.
Brooke frunce ligeramente el ceño, más confundida que molesta.
—Pero Celia… estás estudiando en una de las escuelas de arte más importantes del mundo —dice, con esa mezcla entre lógica y cariño que la caracteriza—. Y bueno, perdona, pero tres meses no es tanto.
Niega con suavidad, como si intentara que yo misma me escuchara.
—A veces hay que mirar por una misma.
Sacudo la cabeza despacio, como si esa opción no existiera en mi mapa.
—Separarme de él no está en mis planes.
Brooke me mira durante un segundo que parece demasiado largo, como si me estuviera leyendo sin necesidad de palabras. Luego suelta un suspiro leve, entre rendida y divertida.
—Sí que estás enamorada.
Sonrío, pero no dura mucho.
—No es solo eso. Cuando fui a hablar con Marta Reynolds para formalizar la ausencia… me ofrecieron una alternativa. Juilliard tiene convenio con el Conservatoire Européen de Musique de París, es un programa de seminarios y clases magistrales y me han dicho que puedo asistir así no perdería mi plaza.
—¿Y cuál es el problema? —pregunta Brooke, ahora ya interesada de verdad—. Suena perfecto. Puedes estar en París y seguir estudiando. ¿Qué más puedes pedir?
Respiro hondo, bajo la mirada.
—Leclerc.