Epílogo
NYNA
Me situaba en el parque de siempre, dibujando algunas personas que se encontraban en mi punto de mira. Aunque la verdad la lista no es corta.
Reconocí a alguien un tanto inusual.
Algo dentro de mí, me decía que no era la primera vez que la veía, la observé un par de veces hasta que me acordé finalmente.
Supe que era ella por su cuerpo delgado, su pelo liso hasta la clavícula de color castaño clarito, más o menos, un color caramelo.
«Pues claro, era mi adorada Sindy»
Me di cuenta de lo mucho que me había olvidado de ella todo este tiempo.
En ese momento me miro Sindy con el rabillo del ojo. Y salto una pequeña sonrisa de su rostro algo arrugado. ¿A qué se debió ese gesto? La verdad, no lo sé.
Aún así ella no me conocía, y nunca me había visto por ahora, ya que era imposible aquello. No podía estar sonriéndome a mí. A no ser que alguien conocido estuviera detrás de mí. Esa opción me pareció más aceptable.
No le di más vueltas al tema solo contemple, muy cuidadosamente a donde iba. Nadie me podría pillar haciendo semejante cosa como aquella. Observé como entró a la Panadería Estrella: un local amarillo crema, con varios bollos y palmeritas que contienen chocolate, vainilla entre otras cosas, donde se encuentra a la disposición de todos los clientes.
Contemple como pidió tres barras de pan y, posteriormente, se esfumó casi corriendo.
Aquel comportamiento me pareció bastante curioso, ya que no era normal reaccionar de aquel modo.
A continuación, miré mi reloj con algo de brusquedad. Eran las 18:34, hora perfecta para desvanecerme de allí. Recogí todas mis posesiones y me marché dirección a mi casa.
De camino a mi casa localice a la Sr. Sindy. Casualmente, vivía unas cuantas calles más abajo de mi casa, es específica la C. Nueve de Octubre, eso sí que era una novedad tentadora de alcanzar. Eché mi pelo negro oscuro hacia atrás con suavidad, como si se tratase de un trocito de lana muy frágil.
Debía de controlar como pudiera esa necesidad de ir aquella calle. Así que acelere el paso un poco más, ya que no debía dejar que las ganas se apoderaran de un momento como ese. Si hacía lo que pensaba, no me perdonaría a mí misma en mucho tiempo.
Cuando por fin entré en mi casa, corrí rápidamente a mi gran pizarra, que estaba en la pared colgada, prácticamente, como si fuera un retrato familiar muy valioso. En la pizarra pongo todos los dibujos y apuntes —tanto los importantes y los que no se consideraban tanto— en esa pared color gris pastel, que tengo enfrente de mi rostro.
En la pizarra apunto información, entre otras cosas que debo de tener en cuenta.
Allí apunte todo, de la mujer que tanto cariño le tengo, y también todo el cariño que aún me quedaba por darle pronto. Aunque espero que ese momento llegue rápido, porque no puedo aguantar mucho más.