Entre el hielo y el fuego

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Summary

En el corazón helado de Rusia, donde el invierno se adueña de cada rincón y las luces de las oficinas glamurosas brillan con un destello casi mágico, se entrelazan las vidas de dos almas solitarias. Irina Volkova, una ejecutiva de comunicaciones de 22 años, se mueve entre las sombras de su familia emocionalmente distante, construyendo su propio camino en un mundo donde la decisión y la inteligencia son sus mejores armas. Por otro lado, Alexei Reznikov, un director regional de 28 años, es un enigma envuelto en un aura de cultura y dominio. Su mirada intensa tiene el poder de desarmar a cualquiera que se atreva a cruzar su camino, pero detrás de su exterior impenetrable yace un pasado complicado que lo ha moldeado. Mientras viajan a través de Noruega, Helsinki y Riga, el frío ambiente exterior contrasta con la calidez que comienza a surgir entre ellos. En este escenario de tensiones y deseos reprimidos, cada encuentro es una chispa que podría encender una llama ardiente. ¿Podrán Irina y Alexei encontrar el calor que tanto anhelan en medio del hielo que los rodea? La respuesta reside en un destino compartido que los llevará a explorar no solo el mundo exterior, sino también los rincones más profundos de sus corazones.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTULO 1

IRINA VOLKOV

San Petersburgo.

9:02 a. m.

Tres grados bajo cero. Niebla.

Y él… llegó puntual.

No es que lo esperara. No oficialmente. La reunión estaba programada para las nueve y media, y mi presencia no era requerida. Solo debía entregar el informe de relaciones públicas en la mesa, revisar que el proyector funcionara y desaparecer. Pero algo en mí se resistía a obedecer esa rutina.

Estaba de pie junto a la ventana del piso veintitrés, con una taza de café que ya no sabía a nada, observando cómo los copos de nieve comenzaban a posarse con desgano sobre la avenida Nevski. El tráfico lento, la ciudad como congelada en pausa… y en ese silencio blanco, lo sentí llegar. Antes de verlo, lo supe. Como si el frío mismo anunciara su entrada.

El reflejo en el cristal me confirmó lo que mi piel ya sabía.

Alexei Reznikov.

Mi jefe directo. Director regional de Volkov Energetika Export, la empresa más poderosa del sector energético de esta parte de Europa. Un hombre al que todos temen, algunos admiran, otros envidian… y yo… yo simplemente no sé cómo respirar cuando está cerca.

—Señorita Volkova —dijo con esa voz grave que me recuerda al hielo quebrándose bajo los pies.

Me giré despacio. Controlando cada gesto, cada músculo. Como siempre.

—Director Reznikov —respondí, firme, como si no me temblara el alma.

Vestía negro. Todo negro. Abrigo largo, guantes de cuero, bufanda de cachemira. Alto, elegante, perfectamente erguido. Su presencia no se anunciaba con palabras, sino con peso. Como si el aire se hiciera más denso cuando él lo ocupa.

—No sabía que ya había llegado —dije, avanzando hacia la mesa con el informe entre las manos. Evité mirarlo directamente. Aprendí a hacerlo hace meses, por pura autopreservación.

—Tampoco yo esperaba verla aquí tan temprano —añadió, quitándose los guantes lentamente. Su tono era neutro, pero algo en él rozaba el filo de lo íntimo.

—El informe está completo. Incluye las métricas del trimestre y las observaciones de los socios noruegos. He resaltado las sugerencias de prensa en azul.

—¿Y las inconsistencias del reporte anterior?

—Corregidas —afirmé. Mi voz sonó más seca de lo que pretendía. O tal vez solo me estaba protegiendo.

Sus ojos grises se posaron en mí por fin. Directo. Sin filtro. Sentí cómo la tela de mi blusa se volvía más delgada, cómo el calor del cuerpo luchaba por no rendirse. ¿Cómo puede alguien mirar así? ¿Cómo puede alguien tener ese tipo de mirada sin tocarte… y aun así desvestirte?

—Siempre tan eficiente, señorita Irina—dijo. Pero no era halago. Era una afirmación cargada de doble filo. Como si dijera otra cosa entre líneas. Como si ya supiera que me esfuerzo por no fallar frente a él.

Bajé la vista. Respiré hondo.

—¿Desea que prepare el salón de reuniones?

—Todavía no. Cierra la puerta.

Sus palabras me tomaron por sorpresa. Lo miré por primera vez en serio.

—¿Perdón?

—Dije que cierres la puerta, por favor —repitió. Pero su tono no admitía réplica.

Obedecí. Sentí el leve clic del seguro al encajar. El sonido más pequeño… y, sin embargo, tan denso. Me giré lentamente. Él ya se había quitado el abrigo y lo había colgado. Ahora estaba de pie, solo con la camisa negra entallada, las mangas remangadas, el reloj brillante en su muñeca izquierda. Parecía demasiado cómodo, demasiado en control. Como si esta escena ya estuviera escrita en su mente.

—¿Sabes por qué estoy aquí esta semana? —preguntó, acercándose un paso.

Tragué saliva.

—Asumí que era para revisar los contratos con los socios bálticos. ¿Helsinki? ¿Riga?

Una sonrisa leve —demasiado leve para ser amable— curvó sus labios.

—No solo por eso.

Otro paso. Mi espalda casi rozaba la puerta. Podía sentir el frío del metal en la nuca.

—Entonces… ¿por qué?

—Porque alguien aquí ha estado redactando comunicaciones externas con una intensidad… llamativa —murmuró, con los ojos fijos en mí—. Porque alguien ha respondido a los inversores con un tono tan elegante como provocador. Porque tu trabajo, Irina, ha empezado a tener demasiada voz.

Mis labios se entreabrieron. No sabía si defenderme o agradecer. Sentí el pulso acelerarse.

—¿Le molesta eso?

—No. Me intriga. Me desconcierta. Me gusta.

La última palabra cayó como una gota caliente sobre hielo. Me estremecí.

—Yo solo hago mi trabajo —dije. Aunque lo que quise decir fue: yo solo intento no rendirme cada vez que usted entra en la sala.

Alexei estaba tan cerca que podía percibir su perfume. Algo entre madera, cuero, y tormenta. Y entonces bajó la mirada. A mis labios. Sin pudor. Sin fingir nada. Y luego volvió a mis ojos.

—Hay algo en ti que no concuerda con la frialdad de este lugar —murmuró.

Y eso fue todo. No me tocó. No cruzó ninguna línea. Pero yo ya estaba marcada.

Se alejó entonces, como si nada hubiera pasado. Como si no acabara de incendiarme en silencio.

—Nos vemos en la reunión —añadió, tomando el informe y saliendo sin volver a mirarme.

Solo cuando su silueta desapareció en el pasillo, solté el aire. Me apoyé contra la puerta y cerré los ojos.

Maldito sea.

No sé cuánto tiempo me quedé así. Solo sé que, cuando abrí los ojos, mis mejillas estaban encendidas, y mi pulso aún golpeaba como si hubiera corrido por la nieve descalza.

No hay contacto físico entre nosotros. No hay palabras que rompan códigos. Pero hay algo… algo que arde bajo la superficie. Una tensión no declarada, más peligrosa que el sexo. Más adictiva que el poder.

Y yo soy la secretaria ejecutiva que no debe desear al director. La profesional que no debe fantasear con los dedos de su jefe rozando la línea de su pantimedias.

Pero cada día me cuesta más recordarlo.

Y lo peor…

Es que él lo sabe.