Susurros en la Mansión Blackwood

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Summary

Cuando Elena Moretti acepta restaurar una serie de pinturas antiguas en la aislada mansión Blackwood, cree que será solo otro trabajo. Pero la mansión oculta más secretos que paredes, y pronto se ve atrapada en un laberinto de pasadizos ocultos, supersticiones y muertes inexplicables. Entre los excéntricos miembros de la familia Blackwood, Elena conoce a Adrian, el enigmático y peligroso heredero, cuya atracción hacia ella es tan intensa como desconcertante. Pero mientras los cuerpos comienzan a aparecer, y los cuadros restaurados revelan mensajes ocultos, Elena empieza a preguntarse: ¿Es Adrian su protector... o el asesino que la está utilizando como pieza en un juego mortal? Entre susurros, deseo y traición, Elena descubrirá que en la mansión Blackwood nada es lo que parece... y que algunos secretos son más letales que cualquier maldición.

Genre
Mystery
Author
Mariannys
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1: La llegada a Blackwood Hall

La carretera que conducía a Blackwood Hall era un hilo serpenteante entre árboles centenarios, cuyos troncos parecían inclinarse sobre el camino como si intentaran devorar los autos que pasaban. El cielo, gris y opaco, anunciaba tormenta, y la bruma que ascendía del bosque envolvía todo en un silencio denso, casi sepulcral.

Elena Moretti se ajustó el abrigo, aunque no era el frío lo que le erizaba la piel. Era esa sensación…

Esa sensación de que alguien la estaba observando.

El taxi se detuvo frente a los portones de hierro negro, donde un escudo familiar, oxidado por el tiempo, parecía grabar un mensaje: “Todo lo que entra paga un precio.”

— Blackwood Hall —anunció el conductor, mirándola por el retrovisor con una mueca incómoda—. No mucha gente viene aquí voluntariamente.

Elena forzó una sonrisa.

— Soy restauradora. No estoy aquí para quedarme, solo para trabajar.

El hombre negó con la cabeza como si no creyera una palabra, y cuando dejó las maletas en el suelo, se marchó casi de inmediato. El sonido del motor alejándose se perdió entre los árboles, dejándola sola ante los portones.

Un chirrido metálico rompió el silencio cuando estos se abrieron lentamente. Del otro lado, un hombre alto de rostro inexpresivo la observaba.

— Señorita Moretti —dijo con voz grave y neutra—. Soy Ethan, el mayordomo. La estaban esperando.

Elena asintió, tomando sus maletas.

— Gracias.

El sendero de piedra que conducía a la mansión estaba cubierto de hojas muertas y húmedas. La bruma que se deslizaba entre las columnas del jardín hacía que todo pareciera suspendido en el tiempo.

Cuando la mansión apareció finalmente ante ella, sintió un nudo en el estómago.

Blackwood Hall era imponente, pero no de una forma hermosa: sus muros grises parecían húmedos, cubiertos de hiedra marchita, y las ventanas altas y estrechas semejaban ojos vigilantes.

Al cruzar el umbral, un olor a madera vieja, polvo y cera quemada la envolvió. Las paredes estaban decoradas con tapices oscuros y retratos cuyas miradas parecían clavarle cuchillos en la espalda. Era como si el pasado no se hubiera ido… solo estuviera dormido.

— La señora Isabel la recibirá en el salón principal —anunció Ethan antes de desaparecer entre las sombras del pasillo.

Elena entró al salón. La luz de la chimenea era débil, danzaba en las paredes proyectando siluetas como si fueran espectros atrapados. Frente al fuego, una mujer alta, delgada y perfectamente erguida sostenía una copa de cristal. Su vestido negro contrastaba con su piel pálida, y su cabello plateado caía como una cascada cuidadosamente peinada.

— Querida, qué alivio tenerla aquí —dijo sin volverse—. Los cuadros están… enfermos.

Elena frunció levemente el ceño.

— ¿Enfermos?

La mujer giró lentamente. Su sonrisa era elegante, pero sus ojos… sus ojos parecían vacíos.

— Soy Isabel Blackwood. Usted no viene solo a restaurar pigmentos. Aquí, cada pincelada es una confesión. Cada retrato guarda una historia.

Elena tragó saliva.

— Entiendo. Prometo hacer mi mejor trabajo.

— No lo dudo. Tiene… —la mujer se acercó más, rozando su rostro con la mirada— …el porte adecuado para estar aquí. Casi parece una de nosotras.

Antes de que Elena pudiera responder, una voz masculina rompió el aire como un cristal astillado:

— ¿Una de nosotras? No exageres, tía.

Elena se giró, y entonces lo vio.

Adrian Blackwood.

Apoyado en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos y la chaqueta ligeramente abierta, como si todo en él estuviera diseñado para provocar. Alto, de cabello negro desordenado y ojos oscuros que parecían analizarla con la misma calma con la que se observa un arma.

Por un instante, algo dentro de ella se agitó. No solo por su belleza perturbadora, sino por la sensación incómoda de reconocerlo.

— Señorita Moretti —dijo Isabel, volviendo a su tono sedoso—, él es mi sobrino Adrian. Heredero de todo esto, para bien o para mal.

Adrian no se acercó.

— No creo que quedarse aquí sea buena idea para una forastera —dijo, sin sonreír.

— Adrian —lo reprendió su tía suavemente.

Pero Elena lo enfrentó con calma.

— No he venido a quedarme. Solo a trabajar.

Por un momento, creyó ver un destello en sus ojos… ¿burla, curiosidad, advertencia? No supo distinguirlo

— Ethan la acompañará a su habitación —dijo Isabel con un destello sutil en la mirada—. Mañana podrá comenzar con el taller.

Elena asintió. Cuando se giró para seguir al mayordomo, sintió la mirada de Adrian clavada en su espalda. La sentía, como una presión física en la nuca. Y aún así, no volteó. No debía.

•~🌑~•

Esa misma noche...

La habitación estaba en el ala este de la mansión, justo encima del viejo taller. Las paredes estaban adornadas con tapices oscuros, y en una esquina había un espejo antiguo que parecía distorsionar las formas.

Elena se recostó, agotada, pero su mente no descansaba. Escuchaba el crujido constante de las paredes, el viento colándose entre las rendijas, el reloj de péndulo marcando el paso del tiempo como si contara hacia atrás.

Cerró los ojos.

Los volvió a abrir.

Sentía… algo.

Un sonido apenas perceptible rompió el silencio. Un roce. Como si alguien caminara descalzo sobre la alfombra.

Se incorporó lentamente.

— ¿Hay alguien ahí? —preguntó en voz baja.

Nada. Solo la brisa helada que parecía filtrarse desde el otro lado de la habitación.

Se levantó. La madera crujió bajo sus pies. Caminó hasta la puerta y la abrió.

El pasillo estaba vacío, pero no completamente en silencio. En el aire flotaba un leve murmullo… como si alguien acabara de susurrar su nombre.

Volvió a entrar. Se acercó a la ventana y está estaba entreabierta, aunque juraría haberla cerrado antes. El viento empujaba las cortinas como si intentaran alcanzar algo que no podían tocar.

Fue entonces cuando lo vio.

En el espejo antiguo, su reflejo no estaba solo.

Detrás de ella, una figura borrosa, alta, de contornos difusos, permanecía quieta. No podía distinguir su rostro, pero estaba allí… justo detrás de ella.

Se giró en seco.

No había nadie.

Respirando agitadamente, volvió al espejo. Ya no había nada. Solo su reflejo… pero incluso eso parecía más pálido. Más extraño.

Y entonces, vio el cristal de la ventana empañado. Una huella de mano.

No desde afuera, si no desde dentro.

Sus dedos temblaron al rozar el cristal. Junto a la huella, algo más se reveló lentamente: una palabra escrita con trazo tembloroso.

"Corre."