Resistencia

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Summary

Hay lugares donde el tiempo se detuvo. Edificios que guardan recuerdos de voces ya extinguidas. Calles que crujen bajo pasos de los que ya no están. Y en medio de esas ruinas, aún hay cuerpos que sangran. Manos que curan. Ojos que se reconocen. No sé cómo comenzó todo. Pero sí sé esto: En un mundo que dejó de latir, encontré un corazón que aún peleaba por hacerlo. Y no era el mío.

Status
Ongoing
Chapters
19
Rating
4.0 1 review
Age Rating
18+

Ruinas del Silencio

Las ruinas olían a óxido, tierra húmeda y desesperación. Akihiro ya se había acostumbrado. A la sangre seca entre sus dedos, al temblor constante de los cristales rotos con cada paso, al frío que se colaba por las paredes agrietadas del edificio donde improvisó su puesto médico. Lo que no podía acostumbrarse del todo… era al silencio.

Ese silencio que seguía a cada ataque, a cada bomba, a cada grito ahogado que no llegaba a tiempo a su mesa quirúrgica.

Se acomodó las mangas del abrigo médico —más gris que blanco— mientras terminaba de fijar un vendaje sobre la pierna de una paciente. Una adolescente con fractura expuesta. No lloraba. Ya nadie lloraba.

Estaba cerrando su botiquín cuando escuchó el sonido.

Tres golpes.

Pausa.

Dos más.

Akihiro se detuvo.

No era el patrón que usaban los sobrevivientes cuando pedían ayuda. No era ningún código que él reconociera. Tomó un bisturí afilado, su herramienta de confianza. Casi nadie esperaba que un médico supiera matar. Pero él no era cualquier médico.

Se acercó a la entrada del sótano con sigilo. El viento soplaba con fuerza afuera. La lluvia arrastraba polvo y ceniza desde las zonas incendiadas del este.

Abrió con cuidado la compuerta metálica, solo una rendija. Una figura colapsó hacia adelante sin previo aviso.

Cayó a sus pies.

Akihiro retrocedió por reflejo, el bisturí en alto. Luego, cuando sus ojos se adaptaron a la oscuridad, lo vio.

Un hombre joven, inconsciente o casi, con el uniforme rasgado de las fuerzas especiales. Alto, musculoso, cubierto de sangre en el costado. Tenía el rostro sucio de tierra, pero conservaba un aire altivo, incluso en su estado. El logo semiborrado en su hombro era inconfundible: Spetsnaz.

—Tch... —frunció el ceño—. No me jodas…

Lo arrastró como pudo hasta el interior. Estaba más pesado de lo que aparentaba. Una vez en la camilla, lo revisó de inmediato: herida de bala, entrada limpia, sangrado abundante pero no fatal. Posiblemente reciente.

Y entonces lo sintió.

Ese olor.

No era solo sangre. Había algo más en el aire. Un aroma fuerte, punzante, primitivo. Pheromonas Alfa. Crudas, sin supresores.

Akihiro cerró los ojos un instante, molesto consigo mismo por reaccionar. Había pasado años controlando cada aspecto de su biología, anulando cualquier debilidad. No iba a romper ese control por un cuerpo joven y un olor dominante.

—Estúpida genética —murmuró en japonés.

El Alfa se movió. Apenas. Un gemido suave escapó de sus labios antes de que sus párpados se entreabrieran.

Ojos ámbar. Brillantes. Claramente alerta, a pesar del estado físico. No hablaba, pero lo miraba directamente. Sin miedo. Sin agradecimiento.

—Te estás desangrando, y lo único que haces es quedarte ahí como si no te importara —gruñó Akihiro en ruso, ya con guantes puestos—. Muy típico.

El Alfa alzó una ceja con esfuerzo. Sonrió. Una mueca, casi divertida.

—¿Siempre recibes así a los hombres que se desmayan en tu puerta? —su voz era ronca, profunda, con un leve acento… y un tono burlón.

Akihiro apretó los dientes. Contó hasta tres mentalmente.

—Solo a los que traen consigo olor a problemas.

—Entonces soy tu tipo de suerte —susurró el Alfa, antes de perder el conocimiento de nuevo.

Silencio.

Akihiro lo observó por un segundo más. Luego soltó un suspiro seco y preparó la anestesia. No iba a dejarlo morir… pero tampoco pensaba mimarlo.

No era el primero. Y dudaba que fuera el último.

—Idiota arrogante…