Prólogo
Un hilo, una conexión invisible y delicada que une dos almas. Al principio, el hilo que unía a Yoongi y Jimin era de seda pura, un lazo irrompible tejido con promesas susurradas y risas compartidas. Para el mundo exterior, eran un cuadro perfecto: el amor en su forma más pura.
Pero el amor, para Yoongi, era una estrategia. Con cada suspiro teatral, con cada amenaza velada de dolor y con cada confesión de su supuesta fragilidad, iba tejiendo un nudo ciego, un entramado de culpa que poco a poco se convertía en una jaula para Jimin. La lástima era el cemento que usaba para construir los muros, y las palabras vacías, como "no podría vivir sin ti", eran los barrotes que lo mantenían atrapado.
Jimin, sin saberlo, había dejado de ser un compañero para convertirse en un salvador. Su propia voz se había perdido en el eco de las súplicas de Yoongi, su felicidad se había vuelto secundaria a la estabilidad emocional de alguien que se negaba a ser estable. La persona que alguna vez fue, se desvanecía en la penumbra de un amor que solo existía para nutrir un ego, una necesidad egoísta de atención.
Ahora, mientras la fachada de su relación se desmorona, Jimin empieza a sentirlo. No es un grito ni un final repentino. Es el sonido sordo de una cuerda que se tensa demasiado, el leve crujido antes de romperse. Es el dolor silencioso de saber que el hilo que una vez los unió, ya no es un lazo. Es un hilo roto.