Descarga en la Arena
El zumbido de la electricidad recorrió la piel de Kairo mientras avanzaba hacia el centro del ring. Sus pies descalzos tocaban la arena rugosa, apenas iluminada por las luces colgantes que parpadeaban por la humedad del lugar. Alrededor, las sombras de los espectadores se agitaban como bestias hambrientas, rugiendo y apostando por su victoria o su derrota.
Frente a él, un hombre de complexión robusta y mirada vacía lo esperaba. Había sido otro desafortunado transformado por la mafia, como él. Sus brazos estaban cubiertos por una sutil capa de escarcha que se desprendía en pequeñas nubes de vapor. Un usuario de hielo.
El anunciador, con su voz distorsionada por los altavoces viejos, dio inicio a la pelea. Kairo sintió la corriente recorrer su espina dorsal mientras sus músculos se tensaban. Su oponente no perdió tiempo y extendió su mano, disparando una lanza de hielo en su dirección. Kairo se movió rápido, sus reflejos potenciados por los años de combate obligatorio en ese infierno subterráneo. La electricidad chisporroteó en sus manos y, con un movimiento veloz, lanzó un rayo que impactó directamente en el pecho de su enemigo.
El hombre de hielo se tambaleó, pero no cayó. Apretó los dientes y formó una gruesa capa de escarcha a su alrededor como escudo. Kairo sabía que si permitía que su oponente tomara el control, estaría en problemas. Así que no le dio tiempo. Cargó contra él, envolviendo su puño en electricidad pura y lo impactó en la mandíbula. Un estallido de chispas iluminó el ring cuando el golpe acertó, enviando al hombre al suelo.
La multitud rugió de placer. Kairo apenas sintió el peso de la victoria cuando dos guardias entraron y lo tomaron de los brazos. Lo arrastraron fuera del ring, sin ceremonias, y lo empujaron de regreso a su celda. El metal oxidado de la puerta se cerró tras él, y el silencio de su encierro lo envolvió una vez más.
Pasaron varias horas en la oscuridad.
Luego, una explosión sacudió el suelo.
Las alarmas comenzaron a sonar, gritos y disparos retumbaron por los pasillos. Kairo se puso en pie de un salto, su cuerpo ya preparado para moverse. Corrió hacia la puerta de su celda y, con un toque de su energía, sobrecargó el sistema de seguridad. La cerradura saltó en chispas y la puerta se abrió de golpe. Afuera, el caos reinaba.
Los prisioneros con habilidades habían comenzado una revuelta. Algunos peleaban contra los guardias, otros simplemente huían. Kairo se escabullió entre la confusión, aprovechando para abrirse camino. Electrotó a uno de los guardias que intentó detenerlo y tomó su tarjeta de acceso. Con ella, logró avanzar hasta una de las salidas principales.
El aire fresco lo golpeó como un puñetazo en el rostro cuando emergió a la superficie. Sus pulmones se llenaron de un oxígeno que no había sentido en cinco años. Miró hacia el cielo nocturno, las estrellas brillando como si fueran ajenas al infierno del que acababa de escapar.
Era libre.
Pero la mafia nunca dejaba ir a nadie con vida.