El Valle Atrás
Capítulo 1 – El Valle Atrás
El amanecer no rompía el cielo, apenas lo acariciaba.
Sobre la colina más baja del valle, dos figuras estaban en silencio. La brisa movía las hojas del ciprés como si intentara decir algo. Pero ellas no respondían.
Hana, la mayor por minutos, llevaba una caja de madera envuelta en tela blanca. La sujetaba con firmeza contra el pecho, como si el viento pudiera arrebatársela. A su lado, su hermana gemela, Yuna, observaba las montañas lejanas. Una línea delgada separaba el cielo de la tierra. Aún quedaba tanto por andar.
—¿Estás lista? —preguntó Hana sin mirarla.
—No —respondió Yuna—. Pero vámonos igual.
Ambas sabían que si esperaban el momento perfecto, nunca partirían.
Dieron la espalda a la casa de piedra. Las ventanas seguían allí, pero los recuerdos no. No quedaba más que polvo, una silla de madera rota y la vieja tetera que su madre nunca tiró. La cruzaron sin mirar atrás, y el sendero las recibió con paso blando y sonidos de ramas crujiendo.
🌬️
El camino hacia la montaña no era recto. Ninguno lo era. Bordearon el río, pasaron bajo un puente de raíces, y caminaron en silencio. De vez en cuando, Yuna se agachaba a recoger una hoja con forma extraña o una piedra brillante. Las guardaba como si fueran tesoros. Hana no decía nada.
—¿Recuerdas cuando mamá decía que las piedras también tienen memoria? —preguntó Yuna, ya con cuatro en los bolsillos.
—Recuerdo que decía muchas cosas —respondió Hana, casi con una sonrisa.
Un pájaro blanco cruzó sobre sus cabezas. No cantó. Solo voló.
Al llegar al claro del mediodía, se detuvieron bajo un árbol enorme. Las ramas caían como cortinas verdes, y entre ellas, se filtraban manchas de luz que parecían tocar el suelo con dedos cálidos.
Allí se sentaron por primera vez.
Yuna cerró los ojos. Hana dejó la caja a su lado, con delicadeza.
—¿Crees que… mamá sabía que no volveríamos?
—Mamá siempre sabía todo.
El viento sopló desde las montañas. Traía frío. Traía altura.
Hana se cubrió el pecho con la tela de su abrigo. Yuna recogió las piernas y apoyó la cabeza en su hombro.
—Vamos a llevarla hasta donde siempre quiso ir —susurró Yuna—. A lo más alto. A ver el mundo desde allá.
—A despedirse del cielo.
Silencio otra vez. Pero no uno triste. Uno lleno.