Cap 1: PROLOGO DE SANGRE Y TRUENO
03/07/25
神殺しの黄昏 - Kami Goroshi no Tasogare
(El Crepúsculo del Asesino de Dioses)
CAP. 1: 血と雷の序章
(Chi to Kaminari no Jojō)
(Prólogo de Sangre y Trueno)
Escena 1:
El protagonista se despierta siendo un bebé. Está consciente, aunque no comprende dónde se encuentra ni por qué está allí. Se halla acostado en una cuna, dentro de una casa a punto de venirse abajo. Todo su pequeño cuerpo está cubierto de sangre ajena.
En el suelo, muy cerca, yacen dos cuerpos destrozados: un hombre y una mujer, tan mutilados que apenas conservan forma humana. El aire es denso, saturado por el hedor de la muerte y la humedad de la lluvia que se cuela entre los huecos del techo.
De pronto, un relámpago ilumina la habitación y un trueno ensordecedor sacude las paredes.
Momentos después, una figura surge en silencio en la entrada rota. Un hombre alto, vestido con un traje completamente negro, con detalles de color morado y dorado.
Escena 2:
El hombre de negro camina hacia la cuna. Se inclina y toma al bebé en brazos, en completo silencio. Sus pasos no emiten sonido mientras cruza la casa en ruinas.
Afuera, la lluvia sigue cayendo con fuerza. Sin mirar atrás, el hombre se marcha sosteniéndolo con cuidado.
Tras un largo trayecto, llega a un edificio de piedra oscura: un orfanato. Con calma, deposita al niño en un cesto de mimbre, cubriéndolo con un paño seco. Lo deja frente a la puerta principal.
Se aleja lentamente. Y justo cuando su traje negro, se pierde en la penumbra, un relámpago, igual que el primero, ilumina la calle. Cuando la luz se apaga, su figura ha desaparecido.
Escena 3:
Una señora de cabellos blancos, vestida con un camisón blanco de dormir, se despertó sobresaltada cuando escuchó un estruendo afuera, un relámpago que iluminó por completo la entrada
Se dirigio cautelosamente hacia la entrada, por un pasillo en penumbra, mientras la lluvia caía con fuerza sobre el tejado.
Al abrir la puerta, encontró un cesto frente al umbral. Dentro, un bebé empapado, con la ropa manchada de rojo. No lloraba. Sus ojos grandes y abiertos la observaban en silencio, como si comprendiera cada detalle.
Por un instante, la mujer sintió un escalofrío. Jamás había visto a un recién nacido tan tranquilo tras algo tan terrible. La mujer se agachó, lo tomó entre sus brazos con delicadeza y lo estrechó contra su pecho para darle calor. Lo llevó al interior, lo limpió con cuidado y le ofreció leche tibia, el niño no emitió llanto alguno.
Mientras lo arropaba junto al fuego, pensó en aquel trueno que se había escuchado justo antes de hallarlo.
Lo miró con ternura, aunque su corazón estaba inquieto.
-Lo llamaré Raiden... -susurró, acariciándole la frente-. Como el trueno que anunció tu llegada.
Se quedó en silencio un instante. El niño mantenía esa mirada quieta e intensa, como si entendiera.
-Y Takeshi -añadió-. Porque siento en ti la fuerza de un guerrero.
Lo estrechó contra su pecho. Allí, en aquella noche lluviosa, comenzó su nueva vida.
Escena 4:
Los días, los meses y los años transcurrieron. Raiden creció como un niño sin demasiada alegría. No recordaba nada de su vida anterior, pero dentro de él se anidaba un dolor imposible de describir, una tristeza tan profunda que parecía no pertenecer a un niño.
Era un vacío silencioso que se presentaba en los momentos más inesperados: cuando jugaba con otros niños, cuando ayudaba a limpiar, o incluso cuando contemplaba el cielo encapotado desde la pequeña ventana de su habitación. Una sensación de pérdida que le apretaba el pecho hasta dejarlo sin aliento.
Cada noche lo asediaban sueños y pesadillas confusas: imágenes borrosas de algo que sentía suyo, pero que no podía entender. Rostros sin nombre, sombras que se desvanecían, un calor insoportable mezclado con un frío absoluto. Y siempre, siempre terminaban igual: con un susurro que se repetía en su mente como una maldición.
> "Mátalos... líbranos de esta opresión... tú eres nuestra salvación."
Poco a poco, aquellas visiones encendieron en su interior un deseo incontenible: la necesidad de obtener poder. De descubrir la verdad que se le negaba.
Sabía, con una certeza fría y absoluta, que había vivido antes. Que había algo más allá de esas paredes. Algo que lo había destruido.
Y aunque aún era un niño, había noches en las que se quedaba despierto hasta el amanecer, preguntándose qué clase de vida había perdido y qué precio tendría que pagar para recordarla.
A veces, en sus sueños, se veía obligado a enfrentar figuras colosales que se sentía obligado a destruir: seres divinos y antiguos... pero tan crueles que solo podían ser monstruos disfrazados de dioses.
En esos momentos, cuando despertaba empapado en sudor, con el corazón latiendo como un tambor, sentía que toda su existencia era solo la antesala de algo mucho más grande. Algo que aún no comprendía, pero que tarde o temprano vendría a buscarlo.
Escena 5:
Era una tarde nublada, con el aire oliendo a tierra mojada. Kaito uno de los niños con los que jugaba insistía en que jugaran escondite antes de que la tormenta comenzara.
-¡Tú cuentas, Raiden! -gritó Nari otra niña del orfanato, con su bufanda rojiza ondeando como una bandera.
Raiden, serio, apoyó la frente contra la pared del patio de piedra.
-Uno... dos... tres... -empezó a contar, su voz un poco ronca.
Mientras recitaba los números, sintió un cosquilleo frío en la nuca. Como si alguien -o algo- lo mirara desde algún lugar que no podía ubicar.
-No hagas trampa, Raiden -susurró Hina otra niña con la que jugaba, que se escondía detrás de unos barriles.
El viento sopló, levantando hojas secas y polvo. Por un instante, Raiden creyó oír un murmullo detrás de él. Una voz apenas perceptible, mezclada con el siseo del aire.
"...libéranos..."
Parpadeó. Su respiración se detuvo un segundo.
Giró la cabeza despacio. No había nadie. Solo el pasillo de piedra y el portón entreabierto, moviéndose con un quejido bajo.
-Diez... -murmuró finalmente, aunque le costó tragar saliva.
Comenzó a caminar entre macetas y pilas de leña, fingiendo no notar el mechón rojo de Nari asomando detrás de un costal.
Cuando encontró a todos menos a Kaito, levantó la vista. Y allí estaba él, encaramado sobre el alero del gallinero, haciendo un gesto triunfal con las manos en la cintura.
-¡Gané! -exclamó Kaito, ignorando la tensión que aún no abandonaba los hombros de Raiden.
Por un momento, el viento volvió a gemir. Y aunque nadie más pareció notarlo, Raiden sintió que aquella mirada invisible seguía clavada en su espalda, esperando el momento adecuado para volver a hablarle.
Su expresión permaneció seria. La sonrisa que se dibujó al final fue apenas un reflejo automático, antes de desvanecerse.
Escena 6:
Aquella noche, la lluvia tamborileaba sobre el techo con un ritmo incesante. La Hermana Shiro encendió un farol y recorrió el dormitorio, acomodando las mantas con su calma habitual.
Seiji estaba sentado junto a Raiden, sosteniendo un libro con tapas gastadas. Lo acercó un poco, invitándolo a mirar las ilustraciones.
-Este habla de los dioses antiguos -murmuró-. Algunos decían que podían oír los pensamientos de los hombres.
Raiden entrecerró los ojos, un escalofrío recorriéndole la columna.
-¿Oírlos... cómo? -preguntó, su voz apenas un hilo.
Seiji pasó una página con cuidado, como si temiera rasgarla.
-Se dice que sus susurros llegan en sueños. Que te prometen poder... a cambio de algo que no puedes devolver.
El viento sopló con más fuerza, haciendo vibrar la ventana. Por un segundo, una sombra cruzó fugazmente el marco, demasiado alta y delgada para ser un árbol.
Raiden giró la cabeza con brusquedad. Sus latidos retumbaron en sus oídos.
-¿Viste eso? -musitó.
Seiji levantó la mirada.
-¿El qué?
La sombra ya no estaba. Solo el reflejo de la lluvia corriendo por el vidrio.
-Nada... -dijo Raiden, aunque su voz tembló.
Al otro lado de la sala, Nari y Hina cuchicheaban bajo las mantas, sin notar la tensión que se adueñaba del ambiente. Kaito dormía profundamente, ajeno a todo.
La Hermana Shiro se acercó para apagar el farol, pero en ese instante un trueno iluminó la estancia, proyectando siluetas deformes en la pared. Entre ellas, Raiden creyó distinguir -por un latido fugaz- la figura de un hombre envuelto en sombras, con un contorno imposible de describir.
Contuvo la respiración. La visión desapareció tan pronto como había llegado.
-¿Quieres que siga leyendo? -preguntó Seiji, su voz volviendo a la normalidad.
Raiden dudó. Miró el techo, sintiendo una presión helada en el pecho.
-Sí... -respondió al final.
Mientras la voz de Seiji volvía a llenar el dormitorio, Raiden comprendió que, aunque no recordara quién era, el pasado no pensaba dejarlo en paz.
Escena 7:
Un día, mientras la tarde declinaba y el orfanato se sumía en su calma habitual, Raiden encontró un libro que alguien había olvidado sobre un estante polvoriento.
En la cubierta se leía, con letras casi borradas:
"Hechizos Prohibidos"
Un estremecimiento recorrió su espalda. Sabía que la Hermana Shiro siempre vigilaba que aquel volumen estuviera bajo llave.
Se quedó un instante observándolo, dudando. Pero algo -una curiosidad que rozaba la obsesión- le hizo estirar la mano.
Se lo llevó a escondidas al patio trasero. Allí, entre la hierba húmeda, se arrodilló, abrió las páginas con cuidado y comenzó a recitar un conjuro.
-Atrae las voluntades caídas... despierta la voz del abismo... -murmuró.
El viento se agitó con un lamento seco. El aire se volvió denso, helado. La atmósfera se cargó de un aura espeluznante, como si una presencia invisible se aproximara.
Las hojas del libro se agitaron solas.
-Manifiéstate... -alcanzó a decir, con la voz temblorosa.
De pronto, un alarido de pavor rompió el silencio:
-¡¡Raiden!! -gritó la Hermana Shiro, con el rostro desencajado-. ¿Qué estás haciendo?
Raiden levantó los ojos, incapaz de contestar. En ese instante comprendió que algo se había desatado, aunque su cuerpo aún era incapaz de canalizar maná.
El conjuro se desplomó en un fracaso. Pero las consecuencias llegaron igual.
Voces surgieron de ninguna parte. Voces que susurraban, reían y lloraban al mismo tiempo, envolviendo su mente.
El cielo se tornó gris, estremeciéndose con un retumbo sordo. Las nubes se arremolinaron sobre el patio, como si fueran a tragárselo todo.
Raiden apretó los dientes, cubriéndose los oídos. Un zumbido insoportable se clavó en su cabeza.
Y entonces todo se volvió negro.
Cuando despertó, horas después, estaba en su cama, con la mirada de la Hermana Shiro fija en él.
Tenía los ojos enrojecidos, mezcla de preocupación y furia.
-Raiden... -dijo con voz áspera-. Escúchame bien.
Se inclinó sobre él, tomándole la mano con fuerza.
-Ese libro jamás debe abrirse. ¿Entiendes? Jamás. Los hechizos que contiene no son un juego. Además, tú... -hizo una pausa, como si midiera sus palabras-. Tú no puedes usar magia. Está prohibida para gente como nosotros. ¿Sabes qué pasaría si alguien más se entera?
Raiden no respondió. Una parte de él seguía escuchando los ecos de aquellas voces, tan reales que casi podía sentir su aliento en la nuca.
La Hermana Shiro suspiró, apartando la mirada.
-Prométeme que no volverás a intentar algo así.
Raiden solo asintió en silencio. Pero en su pecho, la duda creció como una semilla negra.
Escena 8:
Después de aquel día en el que desafió lo prohibido, los sueños de Raiden se volvieron más frecuentes... y más vívidos.
No eran solo pesadillas, ni visiones confusas:
Eran fragmentos de otra vida.
Una voz que siempre susurraba en la oscuridad:
> "Mátalos... libéranos... tú eres nuestra salvación."
A medida que esas visiones volvían, también aparecían rostros, nombres, sensaciones... y una verdad cada vez más clara:
Su propósito era asesinar a los dioses.
No dioses benevolentes, sino entes malvados, crueles, que parecían regir todo desde las sombras.
Durante semanas, Raiden intentó investigar. Leía en secreto, hacía preguntas disfrazadas de curiosidad infantil, y entrenaba en silencio con ramas como si fueran espadas.
Buscaba respuestas. Buscaba poder.
Pero poco a poco, todo eso comenzó a desvanecerse.
El peso de no entender, la falta de fuerza, el miedo...
Y el calor humano que encontró en aquel lugar.
Comenzó a aferrarse a la nueva vida que había formado entre muros humildes y personas que le ofrecían sonrisas sinceras.
Los otros niños, la Hermana Shiro, incluso los más pequeños, se volvieron su nueva familia.
A su manera rota, eran un todo.
Una noche antes de la llegada de los suministros -el único día del mes en que comían sin límites-, prepararon una cena sencilla pero cálida.
La sala común se iluminó con lámparas de aceite y risas.
Todos sentados en largas mesas improvisadas, compartiendo pan, arroz y sopa caliente.
Y Raiden... Raiden sonreía como no lo había hecho en años, ni siquiera en su vida anterior.
Se sintió en paz.
Se sintió feliz.
Aunque no lo supiera aún... esa sería la última vez.
Escena 9:
A la mañana siguiente, Raiden despertó con un extraño entusiasmo que le llenaba el pecho.
Se sentía ligero.
Se sentía... feliz.
Se apresuró a levantarse y fue de dormitorio en dormitorio, sacudiendo suavemente a los otros niños para que despertaran.
Los más pequeños se restregaban los ojos con somnolencia mientras él sonreía con un brillo que pocas veces mostraba.
Cuando todos estuvieron listos, salieron juntos a recibir los suministros enviados desde la capital.
La Hermana Shiro los esperaba en la entrada, dándoles instrucciones para ordenar cajas de alimentos y otros víveres.
Parecía un día normal, incluso alegre.
Dentro, Shiro preparó el desayuno. La mesa se llenó de pan recién horneado, estofado caliente y un poco de fruta seca.
Se sentaron todos juntos, riendo y compartiendo bocados.
Era un momento simple... pero era felicidad.
Entonces ocurrió.
Un golpe seco retumbó en la puerta principal.
Todos quedaron en silencio.
La madera volvió a temblar, esta vez con más fuerza.
-¡Abran! -gritó una voz grave al otro lado-. ¡Somos de la Iglesia! Venimos a realizar una inspección rápida.
Los niños se miraron entre sí, nerviosos.
La Hermana Shiro se quedó inmóvil, con la mirada fija en la puerta.
Un sudor frío recorrió su frente.
Había algo en ese tono que no era rutinario.
Un matiz de amenaza.
Y ella lo supo.
Lo supo.
Habían venido por ella.
Por el libro prohibido que robó.
Por su pasado de fugitiva que creía enterrado bajo un nombre y un rostro falsos.
Su corazón latía con fuerza.
Pero debía ganar tiempo.
-Todos tranquilos... -susurró, intentando mantener la voz firme.
Se tardó un instante en responder.
Un instante demasiado largo.
Un relámpago estalló en el cielo, estremeciendo el orfanato.
La puerta no esperó más:
Se hizo astillas bajo un hechizo.
Un viento frío se coló en la sala mientras los hombres de túnicas blancas con detalles rojos entraban, formando un semicírculo amenazante.
Uno de ellos, el que parecía el jefe del grupo, alzó su bastón cubierto de símbolos dorados.
-Todos al suelo -ordenó con voz dura-. No se muevan. Nadie saldrá hasta que terminemos aquí.
Antes de que pudieran reaccionar, los niños fueron empujados con brusquedad contra el piso.
El estofado se volcó sobre las tablas.
La alegría de esa mañana se evaporó en un suspiro.
Escena 10:
Mientras los hombres del Culto revoloteaban por todo el orfanato, volteando muebles y destrozando cada rincón en busca del libro prohibido, uno de ellos reparó con atención en el rostro de la Hermana Shiro.
-¿Tú... cuál es tu nombre? -preguntó con voz áspera.
Ella respondió con el nombre falso que llevaba usando años.
Pero los inquisidores entrecerraron los ojos. La miraron de arriba abajo. Algo en su semblante les resultaba sospechosamente familiar.
Un silencio tenso llenó la estancia. Y en ese instante, Shiro comprendió que no saldrían de allí con vida. Su corazón empezó a latir con fuerza. Levantó las manos en un intento desesperado de reunir su magia, para lanzar un hechizo y crear una distracción, o quizá una oportunidad de huida.
Pero antes de que pudiera terminar, uno de los hombres del Culto extendió su palma y anuló su conjuro con un sello luminoso. Otro de ellos, de túnica más ornamentada, alzó su bastón y pronunció un cántico en voz baja.
Un destello carmesí recorrió la habitación.
El hechizo atravesó el pecho de la Hermana Shiro como una lanza de fuego.
El impacto fue tan violento que la onda de energía se expandió en todas direcciones. Los niños más cercanos, paralizados de terror, fueron alcanzados por fragmentos incandescentes de la misma magia y cayeron sin vida al instante.
Todo pareció quedar en silencio absoluto.
Y entonces, un trueno retumbó con violencia sobre la casa destruida.
El tiempo se detuvo.
Las cenizas de los muebles, la sangre suspendida en el aire, los cuerpos que caían... todo quedó congelado.
Raiden sintió un vacío indescriptible abrirse en su interior. Una furia ciega. Un dolor que casi lo hizo perder el sentido. Una maraña de recuerdos rotos que se agitaban sin forma en su mente.
Entre aquel silencio absoluto, resonaron pasos lentos y pesados. La madera crujió con un sonido áspero a cada pisada.
Y allí estaba otra vez:
El hombre del traje negro con detalles dorados y morados. El rostro imposible de enfocar, como un borrón viviente.
Se detuvo junto a Raiden, mientras su presencia llenaba la estancia de un poder imposible de comprender.
Escena 11:
De nuevo el tiempo comenzó a correr.
Los miembros del Culto miraron al hombre del traje negro con un terror que no se parecía al miedo común. Uno de ellos gritó una orden mientras alzaba su bastón:
-¡A-asesinadlo!
Varios conjuraron hechizos al mismo tiempo. Sellos brillaron en el aire, destellos de fuego y cuchillas de viento se lanzaron hacia él.
Pero antes de que pudieran tocar su cuerpo, todos los conjuros se extinguieron como velas bajo la lluvia. Su magia había sido anulada sin que siquiera levantara la mano.
El silencio se hizo por un segundo.
El hombre inclinó levemente el rostro borroso hacia un lado, como si los observara con un cansancio infinito. Y entonces, sin pronunciar conjuro alguno, extendió un dedo.
Un círculo de runas negras y carmesí surgió en la nada.
Era el mismo hechizo prohibido que Raiden solo había intentado conjurar sin éxito aquella vez en el patio.
Pero ahora, en manos de este ser, su poder se desbordó como un océano imposible de contener.
Un solo instante.
Una llamarada de oscuridad absoluta envolvió a los más de veinte hombres del Culto.
Sus cuerpos quedaron petrificados. Luego se agrietaron como estatuas secas.
Y finalmente se desmoronaron en un polvo ceniciento.
El silencio volvió, más pesado que nunca.
El hombre caminó hasta Raiden, despacio, sus botas resonando sobre la madera rota.
Se inclinó junto a él.
Su voz salió apenas como un susurro, pero fue más clara que cualquier pensamiento:
-Recuerda tu propósito.
En ese momento, Raiden sintió que su consciencia se quebraba.
Un trueno retumbó sobre la casa mientras su visión se llenaba de blanco.
Entre el último latido de su corazón y la nada, alcanzó a ver la silueta del hombre desvanecerse como un espejismo.
Y cuando volvió a abrir los ojos...
Ya no estaba entre los cadáveres.
Estaba de nuevo allí, en aquella noche lluviosa, envuelto en un canasto.
La noche en que todo había comenzado.