Capítulo 1 - La subasta
La primera vez que Anya vio a Mikhail Dragunov, pensó que era una sombra.
Una sombra que respiraba.
La sala estaba iluminada por lámparas de cristal, pero su esquina permanecía en penumbra, como si la oscuridad se negara a tocarlo. Nadie hablaba. Nadie se atrevía. Era el tipo de hombre que no necesitaba levantar la voz para llenar un lugar de miedo.
—La número 27 —anunció el hombre del centro, mientras Anya temblaba con los brazos atados detrás de su espalda.
El vestido rojo que le habían puesto era corto y vulgar. Ni siquiera podía mover la cabeza, solo alzar la vista. Y allí estaba él. Alto, con un abrigo negro sobre un traje perfectamente entallado. Los ojos más crueles que jamás había visto.
Mikhail.
—Cincuenta mil dólares —dijo alguien.
—Ochenta.
—Cien.
—Doscientos —la voz de Dragunov cortó el aire como una cuchilla.
Silencio.
El martillo cayó.
Anya fue empujada hacia él por dos guardias. En el camino, una mujer le susurró:
—No lo mires a los ojos. Nunca.
Pero ella lo hizo. Y fue peor. Porque él también la miró.
—Eres más frágil de lo que imaginé —dijo, su acento ruso como hielo derritiéndose en el cuello de alguien.
—No me romperé —susurró ella, sin saber de dónde le salía tanta valentía.
Una sonrisa casi imperceptible curvó sus labios.
—Eso ya lo veremos.
La mansión estaba rodeada por nieve y silencio. Dentro, solo se escuchaban sus pasos. Nadie más hablaba. Anya sintió que el aire la observaba.
Él la llevó a una habitación tan grande como su antiguo apartamento. Cama de sábanas negras, una ventana sin cortinas, paredes de piedra.
—Tendrás lo que necesitas. Ropa. Comida. Silencio.
—¿Y libertad?
—Eso no estaba incluido en la oferta.
Se giró para salir, pero ella lo detuvo.
—¿Qué vas a hacer conmigo?
—Lo que me plazca.
Y cerró la puerta tras él.
Esa noche, Anya no durmió. Se sentó junto a la ventana, mirando la nieve caer. Pensó en su madre, en su hermana pequeña. En lo que le habían hecho.
Y en él.
Mikhail Dragunov.
El diablo no era un mito. Tenía ojos verde oscuro, labios peligrosos y una mirada que la desnudaba más que cualquier mano.
Y ahora era suyo.
Pero también algo en él parecía… quebrado.
Susurros.
Juraría que los escuchó entre las paredes.
—No estás sola —susurró una voz casi imperceptible.
Anya se levantó de golpe.
Pero no había nadie.
Solo su reflejo.
Y la sombra que ya no parecía tan lejos.