LOS MUROS INVISIBLES

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Summary

En una ciudad rota por la polarización, donde las ideas valen más que las personas, Matías Galeano —un joven común atrapado en una guerra ideológica entre dos bandos extremos— intenta sobrevivir al caos. El presidente ha sido asesinado, el país está a la deriva, y los ciudadanos se dividen como piezas de un ajedrez político que ya no distingue buenos de malos. Mientras las calles arden entre discursos vacíos, represión y traiciones, Matías descubre que la verdadera batalla no está en el poder... sino en la mente de una sociedad enferma de odio. Los muros invisibles es una historia cruda sobre la manipulación, el miedo y la necesidad urgente de pensar por uno mismo cuando todos gritan qué es lo correcto. En un mundo donde cada palabra puede costarte la vida, el silencio también puede ser una forma de resistencia.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capitulo 1

La ventana del colectivo estaba sucia, pero Matías miraba igual, como si necesitara algo afuera que lo convenciera de que la ciudad seguía viva. Las calles, llenas de carteles medio arrancados, hablaban más que las voces.

—"Se informa que no habrá nuevo presidente. La Cámara de Gobierno ha declarado estado de vacancia indefinida mientras los bandos discuten un nuevo modelo jerárquico" —decía una voz robótica desde la radio del chofer—. "La Voz del Pueblo y Nueva Orden no han llegado a un acuerdo..."

Un viejo apagó la radio de un manotazo desde su asiento.

Viejo:

[murmurando]

—Siempre la misma mierda... primero lo matan, después se pelean por el sillón.

Matías no dijo nada. Apretaba la mochila contra su pecho como si algo dentro pudiera protegerlo del mundo. Afuera, en la esquina de Callao y Varela, dos tipos discutían frente a una verdulería.

—¡Esto es culpa de ustedes, los de la Voz del Pueblo, manga de planeros!

—¡¿Qué decís, pelotudo?! ¡Vos querés vender el país, sorete! ¡Andate a vivir a Suiza entonces!

El colectivero frenó de golpe. Matías se agarró del caño.

Colectivero:

—¿Se van a matar en cada esquina ahora?

Nadie respondió. La ciudad estaba dividida. No por muros oficiales, sino por las ideas que se habían metido hasta en las paredes. Cualquier frase mal dicha era una sentencia. Cualquier silencio, también.

El colectivo arrancó otra vez, esquivando restos de un contenedor incendiado.

En una pantalla vieja, pegada con precinto en la parte delantera del colectivo, las noticias seguían:

—"Se habla de una posible división territorial. Algunos miembros de Nueva Orden exigen soberanía del Sector Autónomo, mientras que La Voz del Pueblo se atrinchera en el Sector Unido."

—"El pueblo exige orden. Pero el pueblo también se odia."

Matías cerró los ojos. No quería pensar. Solo quería llegar. Pero sabía que, aunque llegara, nada iba a estar bien.

El colectivo volvió a frenar, esta vez más brusco. Sonó una bocina larga y molesta. Algo adelante lo bloqueaba.

Colectivero:

[levantándose del asiento, fastidiado]

—No me jodas...

Matías se asomó por la ventana. No se veía claro. Solo gente amontonada. Voces subiendo. Gritos. Bocinas.

El colectivero abrió la puerta de adelante y bajó sin decir nada.

Pasaron unos segundos.

Después, el murmullo del pasaje se hizo más espeso. Alguien gritó desde afuera:

Pasaron unos segundos.

Después, el murmullo del pasaje se hizo más espeso. Alguien gritó desde afuera:

—¡BAJEN! ¡No pasa nadie! ¡Está cortado!

Matías se levantó con desgano. La mochila seguía pegada a su pecho. Se bajó junto con el resto. Un calor húmedo subía del asfalto.

Y entonces lo vio.

Un muro improvisado bloqueaba toda la avenida. No era de concreto, ni de metal.

Era una muralla hecha de chatarra, colchones viejos, puertas de placard, persianas dobladas, carteles rotos...

Arriba, banderas mezcladas con trapos mugrientos. Y en toda la superficie, pintadas:

"No pasarán",

"El pueblo no se vende",

"Patria o muerte",

"Sector Autónomo Libre",

"Fuera zurdos",

"Que gobierne el pueblo real".

Del otro lado, se escuchaban peleas. No se veía, pero se sentía:

Golpes secos.

Insultos al unísono.

Cacerolas.

Cristales rotos.

Matías tragó saliva.

Viejo (el del colectivo):

[mirando el muro con cansancio]

—Y después preguntan por qué no salgo más de casa...

Matías no contestó.

Sintió que el aire se ponía más pesado. Alguien tiró una botella.

Otra.

Después, un grito:

—¡SE METIÓ UNO DEL SECTOR UNIDO!

—¡CORRÉ, NEGRO!

Matías no esperó. Giró en la primera esquina y echó a andar sin mirar atrás.

Corrió entre autos parados, pasó junto a una heladería cerrada con candado, esquivó una bicicleta tirada en la vereda.

Doblando por una calle sin nombre, vio un edificio con la reja entreabierta.

Sin pensarlo, se metió.

Solo cuando la puerta del hall se cerró detrás suyo, se dio cuenta de que estaba temblando.

Adentro, el edificio olía a humedad y encierro. El hall tenía las luces parpadeando, y alguien había clavado maderas en las ventanas del frente. En un rincón, una señora de pelo gris abrazaba a un nene que no debía tener más de seis años. Al lado, dos adolescentes cuchicheaban, con las mochilas puestas como si en cualquier momento tuvieran que salir corriendo.

Una voz lo detuvo.

Voz grave:

—¿Vos de qué lado venís?

Matías giró. Un tipo de unos treinta, con barba crecida y una campera militar, lo miraba desde el pasillo. Detrás de él, dos más: uno con un palo de escoba, otro con una linterna apagada.

Matías:

[con voz apagada]

—No... no vengo de ningún lado. Solo escapé del bardo de allá.

Hombre de la campera:

—¿Tenés documento?

Matías dudó. Luego buscó en el bolsillo de la mochila y lo mostró. El tipo apenas lo miró y asintió.

Hombre de la campera:

—Está bien. Podés quedarte... Pero no armes lío.

Una mujer se acercó, visiblemente alterada.

Mujer:

—¿Y qué? ¿Vamos a dejar entrar a todos ahora? ¿Y si nos meten un infiltrado?

Otro hombre, con una venda improvisada en el brazo, le contestó desde la escalera:

—Silvina, si empezamos a desconfiar de todos, terminamos como ellos. ¿Querés eso?

Silvina:

—¡Lo que quiero es no morir, Ernesto! ¡Eso quiero!

El hombre de la campera levantó la voz.

Hombre de la campera:

—¡Basta! Acá adentro estamos para cuidarnos, no para rompernos entre nosotros. Si alguien quiere irse, que se vaya. Pero mientras estén acá, nadie se mete con nadie.

Un silencio incómodo se impuso por un momento. El nene en brazos de la señora empezó a llorar bajito.

Matías se apoyó contra la pared. Por primera vez en el día, no sentía miedo… sino un cansancio profundo, como si el mundo estuviera hecho de cemento mojado y cada paso fuera una carga.

Desde arriba, alguien gritó:

—¡Están tocando el portón de atrás!

El hombre de la campera salió corriendo hacia la escalera.

Silvina, cruzada de brazos, lo miró a Matías.

Silvina:

—¿Viste lo que trajiste?

Matías no respondió. Solo bajó la cabeza, deseando ser invisible.

Se sentó en uno de los escalones, con la espalda apoyada contra la baranda de metal. La mochila seguía aferrada a su pecho. Desde el fondo del pasillo, el murmullo de voces se mezclaba con llantos apagados y discusiones que se repetían con las mismas frases:

"Esto no da para más",

"Hay que elegir un lado",

"Si no nos matan ellos, nos vamos a matar entre nosotros".

Sintió un leve zumbido en el oído. Tal vez del estrés, tal vez de tanto silencio forzado. Se levantó y empezó a subir las escaleras, como si necesitara aire, aunque supiera que no iba a encontrarlo.

El edificio tenía siete pisos. En cada descanso, puertas cerradas con trapos colgando, colchones en los pasillos, velas consumidas, alguna radio vieja a bajo volumen con interferencias.

En el tercero, una mujer dormía abrazada a una mochila. En el cuarto, dos pibes jugaban con un mazo de cartas sucias, hablando en susurros.

Matías siguió subiendo.

En el sexto, casi no había nadie.

El ambiente era más frío, como si el abandono pesara distinto allá arriba.

Se acercó a una puerta entornada. No decía nada, pero tenía una marca en tiza: una cruz con dos líneas debajo.

Matías la empujó lentamente.

No se abría del todo, algo la trababa. Apenas unos centímetros.

Desde adentro venía un leve olor a papel viejo y humedad.

Vio una pizarra clavada en la pared. Solo un borde, pero ahí había papeles pegados.

Y un mapa. O algo parecido a un mapa, con líneas marcadas a mano.

Iba a empujar un poco más la puerta, cuando escuchó pasos detrás.

—¿Qué hacés acá?

Era la voz grave del tipo de la campera militar. Estaba parado al final del pasillo, en penumbras, con la linterna ahora encendida apuntando directo al suelo.

Matías se congeló.

Matías:

[nervioso]

—Perdón... no sabía que era privado. Solo... estoy buscando dónde quedarme.

El hombre no dijo nada durante un rato. Después caminó despacio hasta él.

Hombre de la campera:

—Este piso está vacío por una razón. Bajá. Mejor que no estés acá arriba.

Matías asintió. Dio media vuelta. Al bajar el primer escalón, no pudo evitar una última mirada a esa

puerta entornada.

Detrás, algo brilló con la luz que entraba: podía haber sido una chapa... o un arma.

Esa noche casi no durmió. El piso donde lo dejaron tenía una alfombra manchada y un colchón tirado que compartía con un flaco de remera del Che

Guevara que roncaba como si estuviera peleando con los pulmones. Afuera llovía despacio, como si el cielo no se animara a largarse con todo.

A las tres de la madrugada, Matías se levantó. El edificio estaba en silencio. Bajos murmullos, algún crujido. Nada más.

Cruzó el pasillo descalzo, con la mochila colgada como siempre. Subió piso por piso, en puntas de pie, como si las baldosas pudieran delatarlo.

Cuando llegó al sexto, la luz de emergencia parpadeaba.

La puerta seguía entornada.

Esta vez no se trabó.

Entró.

El olor era más fuerte de cerca: tinta seca, plástico viejo, polvo.

Cerró la puerta con cuidado.

La habitación estaba forrada de papeles. Hojas arrancadas de diarios, mapas urbanos, listas de nombres escritas a mano, con algunos tachados con birome roja.

Había un pizarrón clavado contra la pared con pinches de colores.

Decía:

“Líneas de control: revisar cada 72 hs”

“Confirmar paso libre por calle Yatay”

“Matías Galeano: confirmar si está adentro”

Matías se quedó quieto. Su nombre, ahí, en tinta azul.

Debajo había más, fechas ,marcas, unas siglas: P.A.E.

Y un símbolo que ya había visto en una pintada afuera, pero no había entendido:

Un círculo dividido por una línea diagonal, con una estrella en un lado y un ojo en el otro.

En una mesa, había un walkie talkie con la antena rota, un cuaderno abierto.

Escrito con letra apurada:

“Si caen, el protocolo es cerrar el Edificio Fénix y evacuar al punto B7. No confiar en los civiles. Todos están contaminados ideológicamente, incluso los que no lo saben. Revisión de identidad completa en caso de infiltrados silenciosos.”

Un ruido lo hizo girar.

No era fuerte. Como una puerta que se apoya contra el marco.

Matías guardó el cuaderno dentro de su mochila y apagó la linterna del celular.

Volvió a mirar el pizarrón.

Su nombre seguía ahí. Solo que ahora parecía más grande. Como si no lo hubiera leído: como si lo hubieran escrito para él.