La Noche del Callejón
Click, click, click.
Los mismos combos de siempre. Las mismas estrategias. El mismo jefe que ya había derrotado como cincuenta veces esta semana. Mi personaje ejecutaba perfectamente cada movimiento—esquivar, atacar, habilidad especial—pero era como si estuviera viendo una película que ya conocía de memoria.
“¿Adrián, sigues ahí?” La voz de Migue salió de mis audífonos, mezclándose con el sonido metálico de las espadas chocando en pantalla.
“Sí, aquí ando,” mentí, aunque mentalmente ya estaba en otro lado. ¿Cuántas horas llevaba hoy? ¿Cuatro? ¿Cinco? Todo se difuminaba en una masa de píxeles y combinaciones de botones.
Esto ya no es divertido. El pensamiento llegó como un puñetazo. Me quedé inmóvil, con los dedos suspendidos sobre el control, viendo cómo mi personaje se quedaba parado como un idiota mientras los enemigos lo rodeaban.
“¡Adrián! ¡Te están matando!”
“Ya sé, ya sé.” Moví los joysticks sin ganas, ejecutando los movimientos por pura memoria muscular. ¿Cuándo fue la última vez que realmente sentí algo jugando esto? No recordaba haberme emocionado de verdad en... ¿semanas? ¿Meses?
La pantalla se llenó de efectos especiales mientras mi personaje destrozaba a una horda de enemigos. Antes esto me hubiera hecho saltar de la silla. Ahora era como ver llover—algo que pasaba, nada más.
“Oye, voy a desconectarme,” dije de repente.
“¿Qué? Pero si acabamos de empezar la mazmorra nueva.”
“Es que... no sé, no tengo ganas hoy.”
Silencio del otro lado. Migue probablemente pensaba que me había vuelto loco. Él me conocía como el tipo que se podía quedar despierto hasta las cuatro de la madrugada solo para subir un nivel más.
“¿Estás bien, hermano?”
¿Estoy bien? Me quedé viendo la pantalla, donde mi avatar esperaba órdenes que no llegaban. ¿Cuándo fue la última vez que hice algo que no fuera trabajo-casa-jugar-dormir? La rutina se había vuelto tan automática que ya ni la pensaba. Como los combos en el juego.
“Sí, solo necesito aire fresco o algo así.”
“Aire fresco,” se burló Migue. “Adrián Guzmán hablando de aire fresco. Definitivamente te pasa algo.”
Le dije que nos hablábamos mañana y cerré el juego. La habitación se quedó en silencio, solo se escuchaba el zumbido de la computadora y el televisor de Pedro en la sala. Me quedé ahí sentado, viendo mi reflejo en la pantalla negra.
¿Esto es todo? El pensamiento me dio escalofríos .¿Trabajo, casa, juegos que ya no me emocionan, y repetir hasta que me muera?
Me levanté antes de que pudiera seguir por ese camino mental. Necesitaba salir. Necesitaba... algo. Lo que fuera.
“Pedro,” grité hacia la sala, “voy a la tienda.”
“¿A las once de la noche? ¿Tú?”
“Necesito... eh, cigarros.” Mentira. No fumaba.
“Desde cuándo fumas.”
“Desde ahora, supongo.”
Pedro apareció en el marco de la puerta, con esa cara que ponía cuando pensaba que yo estaba siendo más raro de lo normal. “¿Seguro que estás bien? Te ves... no sé, diferente.”
Diferente. La palabra se me quedó dando vueltas mientras me ponía la chamarra. ¿Diferentes cómo? ¿Aburrido hasta el alma? ¿Cansado de hacer lo mismo todos los días?
“Solo necesito caminar un rato.”
El aire nocturno me golpeó la cara cuando salí del edificio. Hacía frío, pero era el tipo de frío que te despierta un poco, que te recuerda que tu cuerpo existe más allá de los dedos que presionan botones. Caminé por la banqueta vacía, pisando hojas secas que crujían como papel arrugado.
La tienda de la esquina tenía esa luz blanca y fría que hace que todo se vea como en una película de terror barata. Compré un refresco que no tenía ganas de tomar, solo por hacer algo. El cajero ni me volteó a ver—otro zombi nocturno cumpliendo su rutina.
Fue al salir cuando la escuché.
“Adrián.”
Me detuve en seco. La voz había sonado clara, como si alguien estuviera parado justo a mi lado, pero la calle estaba vacía. Solo faroles parpadeantes y la luz amarillenta filtrándose por las ventanas de los apartamentos.
“Adrián, ven acá.”
Esta vez no había duda. Alguien me estaba hablando. Giré en todas direcciones, pero no había nadie. El corazón se me aceleró por primera vez en meses. ¿Estoy alucinando? ¿Tanto tiempo frente a la computadora me está volviendo loco?
“El callejón. Ven al callejón.”
La voz sonaba extraña, como distorsionada por algún filtro raro. No podía distinguir si era de hombre o mujer, solo sabía que me hablaba directamente a mí y que por alguna razón que no entendía, me provocaba curiosidad en lugar de miedo.
Esto es una estupidez, pensé mientras caminaba hacia el callejón que había entre la tienda y el edificio abandonado. Las voces en tu cabeza no te llevan a nada bueno.
Pero por primera vez en meses, sentía algo parecido a la emoción. Como cuando estaba a punto de enfrentar un jefe final que no sabía si podría derrotar.
El callejón estaba más oscuro de lo que esperaba, pero había algo ahí. Un brillo tenue, casi imperceptible, salía de entre la basura acumulada junto a la pared. Me acerqué despacio, usando la luz del celular para ver mejor.
Era una piedra. O algo parecido a una piedra. Del tamaño de mi puño, con una superficie lisa y negra que reflejaba la luz de manera extraña. Pero lo que realmente me llamó la atención fue el símbolo grabado en el centro—líneas entrelazadas que formaban un patrón que no había visto nunca, pero que de alguna forma se sentía familiar.
Y brillaba. Un resplandor suave y azulado que pulsaba como un corazón.
“Tócala.”
La voz otra vez. Ahora sonaba más cerca, más urgente.
Esto es de locos, pensé, pero ya estaba extendiendo la mano. ¿Qué es lo peor que puede pasar?
En el momento en que mis dedos rozaron la superficie, todo cambió.
Una descarga eléctrica—no, algo más que eso—recorrió todo mi cuerpo desde la punta de los dedos hasta los pies. No dolía, pero era intenso, como si cada célula se hubiera despertado de golpe después de años de estar dormida. El brillo de la piedra se intensificó por un segundo, tan brillante que tuve que cerrar los ojos, y luego se apagó completamente.
Cuando volví a abrirlos, la piedra se veía normal. Opaca, sin brillo, como cualquier roca que encontrarías en la calle. Pero algo había cambiado. Lo sentía en el aire, en mi piel, en la forma en que mi corazón latía.
¿Qué acaba de pasar?
La recogí. Se sentía fría y pesada en mi mano, pero ya no había rastro de lo que había visto. Solo una roca con un símbolo extraño.
La voz no volvió a hablar.
Caminé de regreso al departamento en un estado raro, como si estuviera viendo todo por primera vez. Los colores parecían más vivos, los sonidos más claros. Hasta el aire frío se sentía diferente en mis pulmones.
“¿Cómo te fue?” preguntó Pedro cuando entré.
“Bien,” dije, escondiendo la piedra en el bolsillo de la chamarra. “Solo caminé un rato.”
Pero mientras me dirigía a mi cuarto, no pude evitar sonreír. Por primera vez en meses—quizás años—algo había interrumpido la rutina. Algo había pasado.
Tal vez mañana no sea igual que hoy, pensé mientras me quedaba dormido con la piedra sobre la mesa de noche.