Erika
El empoderamiento es duro, no es tan fácil como dicen. Yo me lo gané siendo muy joven, estudiando duramente por mi cuenta, y renunciando al lejano sueño de tener una familia. Realmente nunca lo quise.
Desde niña, enganchada a una vieja televisión de tubo, admiraba a esas mujeres fuertes estadounidenses que en las series vestían de ejecutiva solucionando problemas y ganando juicios. Debo matizar que dije estadounidenses con sentido de causa, puesto que mi padre lo fue hasta que murió muy joven por fiebres tropicales hallándose en las selvas africanas, ayudando con labores humanitarias en una ONG. Apenas tengo recuerdos de él, solo se que fue un buen hombre que al morir, legó a mi madre una pequeña fortuna que no tardó en convertir en tragaperras y alcohol.
Hace mucho que no hablo con mi madre. El karma la alcanzó y no para de entrar y salir de psiquiátricos, rodando como una peonza entre loqueros, intentándolos seducir con su belleza perfilada por la edad. Yo no heredé sus cabellos, negros, lisos y sedosos o sus ojos marrón claro como el ámbar. Pero su genética si me regaló una piel blanca e inmaculada, libre de lunares o imperfecciones. En contraposición, mis ojos son azules y mi pelo rubio, como era el de mi padre.
No puedo dejar de hablar sobre mi familia según recuerdo mis comienzos, porque siendo ya adolescente, con la pobreza asomando por el horizonte debido a la mala gestión y los vicios de mi madre, un último acto bondadoso de mi padre se materializó cuando cumplí los 16. Un abogado vino a casa preguntando por mí mientras mi madre estaba embriagada. Aquel hombre de melena corta, regordete y con barba descuidada me hizo entrega de un fondo fida y comiso que cubriría solo mis estudios superiores. Fue una especie de seguro que mi padre me legó, entreviendo quizás las actitudes de mi madre o su posible separación.
Y vaya que si estudié. Me esforcé muchísimo en el extranjero y conseguí sacarme de una manera rápida y sin fallos Administración y Dirección de Empresas, siendo la primera de mi promoción. Estaba tan centrada en mi futuro queriéndome alejar todo lo posible de lo que mi madre representaba, que no tuve pareja hasta casi acabar los estudios universitarios, donde conocí a mi futuro marido Étienne, de padre español y madre francesa.
Étienne era un joven muy atractivo, sensible y atento. Estudiaba Ciencias económicas alentado por su familia. A mi me resultó el hombre perfecto. Nos lo tomamos con calma y antes de empezar a trabajar decidimos casarnos.
Yo jamás había estado con un hombre, y él tampoco había estado con ninguna mujer. Recuerdo amargamente lo cercano que era a sus padres y lo destartalada que era mi escueta familia, pese a que ellos me aceptaron de buen grado, siempre orgullosos de su hijo. Era el buen Étienne que estaba encauzando su vida en esos albores de juventud.
Mi noche de bodas fue fatídica. No sabíamos que hacer exactamente, aunque me dio la sensación que Étienne ocultaba algo, puesto que al final siempre tomaba la iniciativa. Recuerdo que me costaba muchísimo quitarme el aparatoso traje de bodas que me prestó una de sus primas y que una tía suya adaptó a mi esvelta figura. Yo no quería romperlo, y Étienne, muy pacientemente me ayudó.
Sus manos eran suaves y cuidadas, jamás me había acariciado otra cosa que no fuera la cara, cintura o manos. Mi corazón se puso a palpitar raudo, como si hubiera estado corriendo una maratón. Pero en ese instante yo era una mera marioneta, cuyos hilos estaban haciendo temblar mi sistema nervioso, haciendo que me encogiera en posición fetal encima de la ostentosa cama. La estampa vista desde arriba debió ser hermosa, yo encogida abrazándome las rodillas con mis zapatitos blancos, mis pechos apretados casi saliéndose del cuello de barco y la larga cola del vestido extendida a mi alrededor en forma de espiral. Parecía un cachorro de conejito blanco temblando por el frío.
Pese a todo, Étienne se acercó muy suavemente a mi rostro, besándome con ternura e introduciendo suavemente sus manos entre las complejas costuras del vestido. Yo notaba como se desabrochaban botones y se desacoplaban corchetes. No fue hasta que noté como suavemente se deslizaba por mi espalda la cremallera notando la calidez de su pecho, que no me tranquilicé.
Como por arte de magia, el que ese día fue mi marido consiguió relajarme a base de caricias. Me acariciaba la espalda, los glúteos al bajarme las bragas por debajo de la falda surcando mis piernas hasta llegar a mis tobillos, donde un hábil movimiento sacó mis zapatos junto a mi impoluta ropa interior acariciando las plantas de mis pies. Pese a que no me hizo cosquillas, una sensación de cálido escalofrío me recorrió de desde abajo. Sin yo quererlo, mi vagina comenzó a humedecerse, cuyo bello había recortado como pude para no parecer una troglodita.
Fue entonces cuando me tumbé bocarriba. Étienne me miraba con una discreta sonrisa recostado a mi lado. Tímidamente cerró los ojos para inspirar una buena cantidad de aire.
—Hueles a hembra— dijo Étienne abriendo los ojos para después morderse suavemente el labio.
En ese instante no supe interpretar esa afirmación ¿Quizás olía demasiado fuerte? ¿Era mi culpa el estar sudada después de la ajetreada boda en París con pocas caras conocidas para mí?
Antes de sufrir un colapso metal, puesto que el mar de preguntas inconexas estaba martirizándome, Étienne volvió a acariciarme con suavidad, y esta vez deslizando sus dedos entre mis humedecidos labios vaginales, abriéndolos tímidamente, como los rosados pétalos de una flor después de una fina lluvia. Después pasó la lengua entre sus dedos, como quien prueba por primera vez un helado.
Algo empezaba a chisporrotear dentro de mí. Fui incapaz de saber la procedencia física de esa sensación, quizás fuera mental, o espiritual, no lo sé. Solo estaba segura de que provenía de mi persona, algo estaba llevándome a una experiencia jamás vivida. Esa intensidad creciente se expandía por cada fibra de mi ser tensando mis músculos y provocando que se me erizaran los vellos del cuerpo por debajo del vestido.
Con la misma suavidad Étienne metió su mano aún empapada con mis fluidos en el escote, sacándome los senos antes de quitarme del todo la ropa. Entonces vi su miembro por primera vez, rabiosamente erecto, liso, casi palpitante. Sus testículos eran perfectos, su escroto estaba tan terso que definía su forma como las imágenes de un libro de anatomía. Percibía de un modo instintivo el ansia en su cuerpo, y el mío parecía querer fundirse con el suyo. En el mismo instante que mi organismo pudo moverse con decisión para juntar nuestras pieles, Étienne me puso bocabajo y me penetró estando yo totalmente tumbada con las piernas juntas.
Aquella magia que estaba sintiendo se desvaneció como lo hacen las nubes de verano en apenas unos minutos en los que notaba golpes firmes y rítmicos de su cadera al penetrarme, mientras miraba por la ventana del hotel el cielo parisino.
Jamás volví a sentir con él nada similar. Nuestra vida matrimonial se basaba prácticamente en los mismos ritos y movimientos artificialmente lubricados escuchando como un mantra a Étienne diciendo «¿Te ha gustado mi amor?», para yo responder con una falsa sonrisa «…Claro que sí, mi amor…».
Corría el año 1989 cuando empecé a buscar trabajo como una furia rabiosa que sobrevolaba los anuncios de empleo en las bolsas de trabajo, para caer en picado sobre la primera oferta que me resultara atractiva. Pero por mucho empeño que le pusiera, eso eran otros tiempos. Yo era una mujer joven y la sociedad solo esperaba de mi que fuera una buena madre y ama de casa que trabajaba solo para ayudar en la economía familiar.
Étienne me apoyó muchísimo en la búsqueda de un buen empleo, fue mi roca. Gracias a él pude meterme en el escalafón más bajo de un pequeño departamento dedicado a la producción electrónica de una gran multinacional. Uno de los dirigentes fue un compañero de estudios de mi suegro.
Ahí comencé a sentir otra cosa nueva que jamás había experimentado, era el comienzo de un profundo odio por los hombres. Al principio sentí tristeza, que con el paso de los meses se tornó en amargura. No podía concebir que mi estatus no me lo hubiera ganado por mi misma. Pero entre tanta oscuridad, una luz se encendió para iluminar mi camino.
La señora Juana era una mujer de varias carreras técnicas. Si yo consideraba mi campo exclusivo de hombres, el suyo era un monopolio de testosterona. Las carreras técnicas de ingeniería y desarrollo eran casi exclusivas de hombres para el Madrid de aquellos tiempos, pero Juana se había hecho con un cargo de dirección en base a muchos años de experiencia. Fue ella la que me fue mentorizando, preparando una sucesora en las sombras antes de retirarse. Y así fue, gracias a ella ascendí rápido con audaces tomas de decisiones que llevaron a cerrar grandes contratos de producción y exportación. A la jefa Juana le debo mi puesto actual.
Yo, Erika Jhones Robleda, a mis veintisiete años, me convertí en ejecutiva junior del departamento de manufacturas electrónicas, a pocos puestos de la dirección general en la sucursal española. Y jamás tuve que hincar las rodillas ante ningún hombre para conseguirlo. Bueno, siendo sincera, en el fondo sabía las buenas relaciones que la familia de Étienne mantenía con algún alto cargo, y eso fue un fantasma que me persiguió a lo largo de toda mi carrera.
Entre bambalinas los trabajadores me llamaban «La Frígida» o «La Mal Follada», y los chupatintas de administración «La Zorra Rubia». En el primer año de trabajo se me fueron insinuando un sinfín de hombres, desde el taller hasta homólogos en cargo. Durante ese tiempo fui perdiendo la poca felicidad que pudiera albergar, puesto que al rechazar sistemáticamente cualquier insinuación que me hicieran la gente empezó a hablar muy mal de mi. Mis compañeras comenzaron a hacerme el vacío, no se podían creer que solo con mi trabajo fuera ascendiendo, así que me miraban con un profundo desprecio que ocultaba una evidente envidia. Por otro lado, los hombres son más sencillos, insultan a cualquier mujer que les rechace y demonifican todo lo que no pueden poseer.
Jamás tuve la culpa de despertar en ellos tales pasiones, a mí solo me interesaba mi trayectoria profesional, y para cumplirla tuve que hacer muchísimos sacrificios. Dejé a un lado la opción de ser madre y el trabajo se convirtió en mi vida. Tampoco tenía muchos alicientes para llegar al lujoso piso que compramos Étienne y yo con nuestros empleos, así que comencé a trabajar muchísimas horas a la semana.
Cuando ordenaba a los trabajadores del taller, lo hacía concisa, seca y cortante, criticando de mala manera cualquier mal montaje o gestión que yo considerara. De ahí el apodo de frígida. En cambio, la parte administrativa me odiaba porque siempre elegían mis estrategias de gestión sobre las demás y mis reuniones de negocios casi siempre resultaban fructíferas. De ahí el apodo de zorra rubia, siempre habían creído que usaba malas artes de seducción con clientes y superiores y que además no tenía corazón, pisando a quien hiciera falta para conseguir mis objetivos.
Eso me dolía muchísimo, porque no era cierto. No era cierto todo, salvo lo de frígida. Era cierto, soy lo suficientemente lista como para saber que jamás había tenido un orgasmo. Jamás se lo pude confesar a Étienne, y eso hacía que mi amargor creciera y me desahogara gritando cruelmente a los trabajadores y siendo implacable y ácida con los administrativos. En el fondo no les culpo por esos apodos.
Fue esa mala conducta que rozaba el sadismo con el resto de empleados lo que me llevó por un camino insospechado. Jamás olvidaré aquel enero de 1994, después de Reyes. Ahí fue donde mi vida realmente comenzó, me vi obligada a visitar por primera vez al señor Bruce.