Prólogo
Khael Valemorne :
Desperté agitado.
Otra vez.
Otro de esos malditos sueños.
Pero este fue distinto.
Más real. Más vívido.
Más... doloroso.
Una dragona de fuego. Escamas rojas como sangre recién derramada.
Me miraba. Sus ojos... tan profundos que sentí que veían más allá de mí.
Y esa sonrisa...
Triste.
¿Por qué triste?
Si yo solo quería besarla.
Y lo hice.
Sus labios ardían. Cálidos. Suaves.
Hasta que el calor se volvió fuego.
Un fuego brutal que me atravesó el pecho como una lanza.
Caí al suelo, jadeando, sintiendo cómo mi corazón —ese que ya creía muerto— se consumía desde dentro.
Ella se inclinó sobre mí y, con una sonrisa arrogante, casi burlona, me susurró:
—Lo siento, amor mío.
Y luego...
Las llamas.
El fuego quemándolo todo.
La oscuridad tragándome.
¿Por qué sueño estas cosas?
Emilia:
Desperté con el pecho ardiendo.
Otra vez.
No era fiebre. No era enfermedad.
Era algo más profundo.
Como si algo en mi interior intentara... despertar.
La habitación estaba oscura, apenas iluminada por la luz pálida de la luna colándose entre las cortinas.
Me senté en la cama, con los dedos temblando. Me llevé una mano al corazón.
El sueño seguía ahí.
Fresco. Tatuado en mi mente.
El mismo de siempre. Pero cada vez más real. Más vivo.
Intenté dormir de nuevo. Tenía que madrugar.
Hoy visitaría a mis abuelos adoptivos.
Sí, soy adoptada, pero mis padres son lo más importante que tengo.
Cerré los ojos, forzándome a descansar.