La llegada

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Summary

Diana pensaba que su vida era común. El bosque, su colegio, su hermana y su gato Mocca eran todo su mundo… hasta que conoció a David. Un joven enigmático, con ojos de otro universo, que no solo transformaría su realidad, sino que le revelaría un secreto que pondría en peligro a toda la humanidad. La llave de dos mundos: La llegada es una novela juvenil de ciencia ficción que combina amistad, misterio, vínculos familiares y un amor inesperado entre dimensiones. La historia nació hace casi diez años en la mente de su autora, y hoy por fin ve la luz. La segunda entrega de la saga ya está en camino, y todo apunta a que no será la última…

Genre
Scifi
Author
dlz99
Status
Complete
Chapters
24
Rating
n/a
Age Rating
16+

Relato 1: El ruido de la noche

La noche parecía una más en la vida de Diana. Como cualquier día de la semana, estudiaba en su cuarto, un lugar acogedor, lleno de pósters de Rauw Alejandro y muchos peluches de diferentes tamaños sobre una repisa. Sobre la cama había varios libros abiertos y un resaltador sin tapa, a punto de secarse. De su celular salía una suave música instrumental que usaba para concentrarse. Afuera, el viento susurraba entre los árboles del bosque que rodeaba su casa, como si contara secretos que nadie más sabía.

Eran casi las once cuando ocurrió.

Un estruendo quebró la calma, como si el cielo hubiera estallado en mil pedazos. No fue un trueno. No fue una explosión. Fue algo distinto, sonoro y a la vez callado. Profundo. Vivo. Tan cercano que los vidrios del cuarto temblaron y la lámpara colgante se balanceó levemente. El ruido sacó a Diana de su concentración y la dejó inquieta. Sintió cómo la sangre se le acumulaba en el pecho, como si su corazón estuviera a punto de avisarle que algo extraordinario estaba por suceder.

Salió de la cama con un brinco certero y se asomó por la ventana, pero no vio nada. Solo el bosque, inmenso y oscuro, que parecía moverse inquieto bajo la luz de la luna. Podría haber cerrado la cortina, ignorarlo todo y volver al resumen de biología. Pero no lo hizo. Algo en su interior —curiosidad, intuición o locura adolescente— la empujó a tomar una linterna, ponerse una chaqueta sobre el pijama y salir de su casa en silencio. Notó que nadie más se había percatado del ruido. Sus padres veían tranquilamente televisión en su cuarto y su hermana menor, Denise, seguía oyendo música con audífonos en la sala de la casa. Solo Mocca, la gatita mimada de los Claver, miraba con sorpresa a Diana esperando su próximo movimiento. Sin vacilar, la siguió hasta la puerta, pero allí se detuvo y dejó que Diana se alejara y se adentrara sola en el bosque. Permaneció sentada en la entrada, observando con sus inmensos ojos amarillos cómo Diana se perdía en la oscuridad.

Diana caminó sin hacer ruido y con mucho sigilo, como si presintiera que aquello que causó tanto escándalo estuviera en alerta y a punto de huir. El bosque olía a tierra mojada, aunque no había llovido. El viento suave del verano acariciaba las hojas de los árboles, produciendo una melodía inigualable que acompañaba a Diana en su aventura. Caminó unos metros más entre ramas y raíces, ya bastante alejada de su casa, y guiada por la sensación de que alguien la esperaba.

Y entonces lo vio.

En un claro entre los árboles, aquello brillaba con una luz azulada, temblorosa. En el centro, una estructura metálica, curva y silenciosa, descansaba como un animal herido. No era grande ni pequeña. No tenía forma de platillo ni antenas giratorias. Solo una forma orgánica, elegante, que parecía haber sido hecha por manos que entendían la armonía de las estrellas. Era de color gris azulado y su brillo era opaco. A pesar de estar invadida por el temor, al punto de sentir que el corazón se le salía del pecho, Diana se acercó despacio, conteniendo la respiración. La luz se volvió más intensa. Y en un segundo, una compuerta invisible se abrió. El aire cambió. Un aroma dulce, desconocido, llenó sus pulmones.

Y entonces, él bajó.

No era verde, ni tenía ojos saltones o brazos múltiples. Tampoco antenas ni un cuerpo baboso. Era… un chico. Un adolescente como ella. Solo que había algo extraño en su forma de moverse, como si flotara apenas al caminar. Su mirada era clara, profunda, como si contuviera constelaciones enteras. Tenía ojos azules intensos y el cabello castaño claro. Era un adolescente como Diana, descendiendo lentamente por unas cortas escaleras que se desplegaban desde aquella estructura nada llamativa.

Diana lo vio y, sorprendida, retrocedió un paso. Él también, sorprendido, retrocedió con cautela, pero no dejaban de mirarse con curiosidad. Por un momento, se observaron en silencio. Dos mundos frente a frente. El bosque pareció contener el aliento y, de pronto, el ruido de la suave brisa cesó.

—¿Quién eres? —susurró Diana, sin esperar respuesta.

El chico ladeó la cabeza, como si tratara de entenderla. Luego, con voz suave, apenas audible, respondió algo. No en español. No en ningún idioma conocido. Pero Diana lo entendió. No con la mente. Con algo más profundo. Y un escalofrío la invadió de la cabeza a los pies. Paralizada frente a aquel ser, Diana no sabía cómo enfrentar esta situación. Mudos ambos y con la mirada fija, solo se escuchaba el canto de los grillos en la profundidad del bosque.

Y así comenzó todo.