Oxydon (historia zombi)

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Summary

Cuando el mundo comienza a desmoronarse sin explicación, Isaac y sus amigos se ven forzados a enfrentar lo impensable. En un entorno donde el peligro acecha en cada rincón, deberán tomar decisiones que pondrán a prueba su amistad, su valentía… y sus límites. Una historia de supervivencia, miedo y vínculos que se niegan a romperse, incluso en medio del caos o quizás sí.

Genre
Adventure
Author
Iker
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1 el inicio de un infierno

Negro...Es todo lo que hay.Un silencio espeso, sin forma, sin fin.No hay suelo, ni cielo, ni sonido. Solo la ausencia.

Y de pronto...Una luz tenue.Lejana. Fría. Inestable.Y en medio de ella... yo.O algo que se parece a mí.

Estoy de pie sobre un edificio viejo, colapsado en partes, como si hubiera resistido mil tormentas.El concreto se quiebra bajo mis pies con cada paso, pero sigo caminando.Mi rostro... no es mío.Pálido, hundido, vacío.Los ojos son dos agujeros sin vida.Me cuesta reconocerme...Y sin embargo sé que soy yo.O lo que queda de mí.

El viento sopla, pero no hay sonido.Los árboles están secos, la ciudad abajo se extiende muerta.Los edificios, ennegrecidos por incendios antiguos.La bruma lo cubre todo.

Camino con lentitud hasta el borde.Cada paso retumba dentro de mí, como si mis huesos gritaran por dentro.No hay dudas.No hay preguntas.Solo ese abismo.Llamándome.

Me detengo en el filo.Miro hacia abajo, pero no hay fin.Solo sombra.

Una parte de mí espera que algo me detenga.Una voz, un grito, una señal.Pero no hay nada.Nadie.

Y entonces...Me dejo caer.

El mundo desaparece.No hay vértigo, no hay aire, no hay impacto.Solo el vacío comiéndome por dentro mientras caigo.Siento cómo el alma se desprende en pedazos, como si en la caída me deshiciera lentamente.Como si nunca hubiera existido realmente.

Y justo cuando el suelo debería golpearme...Despierto.Empapado en sudor.El pecho apretado.La garganta seca.

Miro a mi alrededor.Todavía es mi cuarto.Todavía hay luz entrando por la ventana.Pero algo se siente roto.Algo se quedó conmigo...Como si esa caída no fuera un sueño.Como si fuera una advertencia.

Una grieta en mi mente que nunca se cerrará.

[CORTE BRUSCO]

El sudor frío me corría por la espalda y las manos me temblaban. Por un segundo no supe dónde estaba. El techo blanco de mi habitación se veía lejano, como si aún no hubiera salido del sueño. Todo se sentía denso, como si el aire pesara más de lo normal.

El maldito despertador seguía sonando con esa alarma chirriante, rompiendo lo que quedaba de paz en la mañana. Lo busqué a tientas con la mano temblorosa, lo encontré y lo apagué con un golpe seco. Ni siquiera miré la hora. Lo lancé al rincón más lejano de la pieza y me dejé caer de nuevo sobre la cama, cubriéndome los ojos con el brazo.

Solo entonces escuché su voz.

Isaac, ven a comer gritó mi madre desde el primer piso con ese tono tan suyo, cansado pero lleno de cariño.

Era una voz conocida. Una que me traía de vuelta al mundo real. A la casa. A lo cotidiano.La misma voz que me había despertado toda la vida.

¡Siiiiii, ya voy! respondí arrastrando las palabras, como cada mañana, con esa mezcla de flojera y resignación que se tiene antes de ir al colegio.

La casa olía a pan tostado y café recién hecho. También a algo dulce... ¿mermelada tal vez? Afuera, se escuchaban los pájaros y el sonido de la televisión encendida abajo. Algún noticiario matinal que mi mamá ponía siempre, aunque nadie lo viera. Solo para que la casa no estuviera en silencio.

Me senté al borde de la cama, pasándome una mano por el rostro. El sudor ya se secaba, pero el recuerdo de esa maldita pesadilla seguía ahí, escondido en alguna parte de mi pecho. Como si aún me estuviera cayendo. Como si la imagen de ese otro yo en el edificio no se borrara del todo.

Pero traté de ignorarlo.

Me puse de pie, recogí la ropa del respaldo de la silla y me vestí sin prisa. El sol entraba por la ventana en una línea dorada que acariciaba el suelo. Se sentía como uno de esos días comunes, sin nada especial.Y, aunque en el fondo algo me pesaba, me obligué a sonreír un poco.

Era solo otro martes cualquiera.

Y todavía todavía tenía una casa, desayuno caliente... y a mamá abajo esperando.

Me alisté lo más rápido que pude y bajé a la sala con los cordones desatados y el cuello de la polera todavía mal puesto. El aroma del desayuno ya llenaba todo el primer piso, y ahí estaba ella, sentada en su rincón habitual, con la comida servida y ese gesto de ligera impaciencia mezclada con ternura.

“Apúrate, se te va a enfriar” dijo sin mirarme directamente, revolviendo su taza de té.

Me senté frente a ella sin decir mucho. Ya iba tarde. El reloj de la pared me recordaba que tenía menos de diez minutos si quería alcanzar el bus, así que empecé a comer a una velocidad que habría hecho llorar a cualquier nutricionista.

“Oye” me advirtió con ese tono que no aceptaba discusiones. “Deja de comer así o te vas a atragantar.”

Me miró con esos ojos de madre que ya lo han visto todo, con esa mezcla de cariño y advertencia que te golpea más suave que una bofetada, pero duele igual cuando tiene razón.

Con la boca llena, le respondí lo mejor que pude:

“No pasa nada... con un poco de té pasa...”

Pero no pasó.

El trozo de pan pareció tomar vida propia y me hizo toser como si me estuviera ahogando con grava. Tosí tan fuerte que sentí los ojos llenarse de lágrimas, mientras ella me miraba sin sorpresa, cruzada de brazos y con esa sonrisa burlona que contenía la risa a duras penas.

“Bueno, parece que tu té sí te sirvió dijo con sarcasmo suave.”

Me reí entre toses, sintiéndome un poco tonto, pero también agradecido de que esa fuera la peor parte de la mañana.

Terminé lo que quedaba del desayuno, me puse la mochila al hombro, ajusté los cordones sobre la marcha y tomé mi chaqueta. En la puerta, me giré una última vez para mirarla. Ella aún estaba ahí, como todos los días, como si nada fuera a cambiar.

“Bueno, ya me voy, má. Cuídate. Te hablo luego... después de salir del mall.”

Ella levantó la mano sin mirar, como si supiera exactamente qué venía después.

“No tardes.”

Por cierto... se me olvidó mencionar algo.

Hoy iba al mall con mis amigos a comprar unos anillos. A juego, como una especie de símbolo entre nosotros.La última vez los vimos en una vitrina y quedamos en volver por ellos.Nada importante, supongo. Solo un detalle.

Aunque a veces... los detalles son lo último que uno recuerda cuando todo lo demás se rompe. Sí, sé que suena un poco friki... y lo es. Pero la verdad es que nos gustaron. Eran unos anillos con símbolos de anime, uno distinto para cada uno.El mío iba a tener el Mangekyō Sharingan de Obito, ese diseño tan complejo y oscuro que siempre me llamó la atención, no solo por su estética... sino por lo que representaba. Dolor, pérdida, fuerza nacida de la tragedia.

Naruto siempre fue mi anime favorito. Tal vez porque, en el fondo, todos cargábamos con algo.Y sí, puede sonar ridículo ponerse poético por un anillo de metal con un símbolo rojo... pero para mí significaba algo. Para nosotros, en realidad.

Era una especie de pacto silencioso. Una forma de decir: Aquí estamos, juntos, incluso si no lo decíamos en voz alta.

Así que no podía perdérmelo.

Con esa idea en la cabeza, cerré la puerta con cuidado, con ese golpecito que evitaba que sonara demasiado fuerte.Caminé hacia el paradero con la mochila algo suelta sobre un hombro, el cielo aún despejado y el aire fresco.Un día más.Uno normal.

O al menos, eso creía.

[EN LA CALLE]

Iba caminando rápido por la avenida; el tiempo, como siempre, no era precisamente lo que me sobraba. Doblaba en las esquinas casi corriendo, esquivando autos, gente y bicicletas con esa torpeza típica de alguien que ya va tarde pero aún guarda la esperanza de que no se note tanto.

Sin darme cuenta, ya estaba frente al colegio. El portón grande, la reja oxidada de siempre, los mismos rostros medio dormidos. Y ahí estaba José, uno de mis amigos, esperándome en la entrada, apoyado contra la muralla como si llevara siglos allí.

“Y bueno, hasta que por fin llegas” dijo con media sonrisa, cruzado de brazos, su típico tono entre burlón y resignado.

“Gracias por esperarme... y perdón por no llegar más temprano” respondí entre jadeos, tratando de recuperar el aliento.

Sin mucho drama, entramos al colegio. El patio tenía ese mismo aire a rutina de siempre: estudiantes conversando, otros corriendo por los pasillos, y la vieja de inspectoría en su trono del terror, con ese gesto que solo conocíamos quienes habíamos llegado tarde más veces de las que deberíamos admitir.

Nos miró desde su escritorio como si fuéramos criminales reincidentes.

“Estas no son horas de llegar, jóvenes.”

Yo ya estaba de mal humor, así que le solté sin rodeos:

“Bueno... ¿pero al final llegamos o no?”

Ella frunció el ceño.

“Ese no es el punto. Ningún estudiante debería llegar tarde al colegio, por más problemas que haya tenido al comenzar el día.”

Y ahí empezó con su monólogo eterno. Solo escuchaba un largo mimimimimi en mi cabeza. José, a mi lado, tenía los ojos clavados en el suelo, luchando por no reírse.

Después de lo que parecieron horas, nos dejó pasar. No sin antes regalarnos esa mirada suya: los famosos ojos de come mierda, como los llamábamos. Era como si te lanzara una maldición silenciosa, una mezcla entre decepción, juicio y te voy a recordar esto hasta el fin del semestre.

Caminamos hacia el salón entre murmullos y sonrisas cansadas.

“Oye, mínimo que nos dé puntos por aguantarla sin insultarla” le dije a José.

“Yo solo sé que si un día desaparece, nadie va a preguntar mucho” bromeó, haciendo que ambos soltemos una risa baja y culpable.

Al final, era solo otro día más... o al menos eso pensábamos.

“Joder, parece que no llegamos antes de que pasaran la lista” comenté mientras cruzábamos el umbral del salón, intentando sonar despreocupado, aunque sabía que probablemente nos iban a anotar como atrasados.

José me lanzó una mirada de esas que cargan años de amistad y fastidio acumulado, como si todo el peso de nuestra impuntualidad fuera exclusivamente mío.

“Sí, si no fuera porque no te despiertas más temprano solo por flojo...” dijo con voz baja, pero con suficiente fuerza para que se notara el tono de reclamo fraternal.

Con algo de pena, pero también con esa rabia infantil que da cuando sabes que tienen razón, le respondí mientras me sobaba los brazos por el frío:

“Es que hace frío... y mi cobijita está muy cómoda, ¿ok? Traicionarla sería pecado.”

José solo negó con la cabeza, medio sonriendo, mientras caminábamos entre las filas de escritorios. El ambiente en el salón era el de siempre: murmullos, olor a desayuno a medio digerir y uno que otro papel arrugado volando por ahí. Las ventanas empañadas dejaban pasar una luz grisácea que apenas se colaba entre las nubes.

Nos acercamos a nuestros asientos, que por suerte siempre estaban ahí, en el fondo, lejos del pizarrón y de la mirada intensa del profesor de turno. José y yo compartíamos mesa, así que no hubo lío en ubicarnos rápido. Justo delante de nosotros estaban Felipe y Elías, dos piezas claves del caos que era nuestro grupo.

Felipe estaba inclinado hacia su cuaderno, garabateando algo que parecía una espada gigante atravesando un ojo sangrante. No era raro. Siempre estaba dibujando cosas raras, aunque con un talento que hasta daba rabia. Elías, por su parte, miraba por la ventana con esa expresión de ojalá estuviera en otro planeta. Siempre callado, siempre en su mundo, pero con esos momentos donde soltaba una bomba que nos dejaba a todos en silencio.

José soltó la mochila con fuerza y se dejó caer en la silla.

“Dios, que día más largo...” murmuró, como si llevara doce horas despierto en vez de apenas una.

Me dejé caer junto a él y apoyé los brazos sobre la mesa, soltando un suspiro que ni yo sabía de dónde venía.

“Y apenas son las ocho...” agregué con voz apagada.

Felipe giró apenas la cabeza hacia atrás y sonrió con ese toque burlón que le nacía natural.

“¿Y a estos dos qué les pasó? ¿Venían corriendo desde otro país o qué?”

“No, desde mi casa... que está casi igual de lejos” respondí yo, frotándome los ojos.

“¿Y la vieja de inspectoría? ¿No los devoró vivos?” preguntó Elías, sin despegar la vista del cielo gris.

José se rió por lo bajo.

“Casi. Pero Isaac le tiró una de esas respuestas que la dejaron sin palabras.”

“Sí claro, porque decirle ‘¿pero al final llegamos o no?’ es digno de premio Nobel” solté yo, con sarcasmo.

Nos reímos un poco. Solo un poco. De esas risas flojas, suaves, que suenan más por costumbre que por alegría.

Afuera seguía el mismo cielo opaco. La lluvia amenazaba, pero aún no caía.

Dentro del aula, aunque todo parecía seguir igual... algo se sentía raro. Como si el aire tuviera un peso distinto.

“¿Y ese milagro que vienes a clases? Usualmente te pasas por los huevos la asistencia.” dije con media sonrisa mientras me quitaba la mochila.

Felipe me miró con ojos entrecerrados, como si todavía estuviera más dormido que despierto. Tenía esa cara que uno solo tiene después de dormir tres horas y perder la voluntad de existir.

“Es que si falto más, no paso de año... Y mi mamá me quita todo si lo pierdo” dijo arrastrando las palabras, con ese tono resignado de alguien que ya aceptó su destino.

José se rió con la nariz, ese tipo de risa discreta que usaba cuando algo le hacía gracia pero no tanto como para gastar energía en ello. Se fue a sentar con Felipe, probablemente para seguir molestándolo o hablar de algún videojuego, como siempre.

Yo, por mi parte, me acerqué a Elías.

“Hola” le solté, sin entusiasmo.

Era saludo por protocolo, nada más. La verdad, nunca me cayó del todo bien. No era mal tipo, pero tenía esa forma de ser que me irritaba: callado, distante, como si todos fuéramos estúpidos y él estuviera por encima del mundo. Para los demás, era alguien “misterioso”, “intenso”, “profundo”. Para mí, era un dolor en las pelotas.

“Hola” respondió, igual de seco, sin levantar la vista del libro que tenía abierto. Ni siquiera se tomó la molestia de fingir interés.

Lo dejé ahí y me fui directo a mi asiento. Me dejé caer sobre la silla con el peso del que sabe que ese día no pasará nada interesante, y si pasaba, probablemente no valía la pena.

Abrí mi cuaderno, garabateé algo sin sentido y me quedé mirando el pizarrón como si me importara.

El resto del día fue... eso. Un día normal. Uno más entre tantos. Escuchar al profe hablar como si estuviera en piloto automático, copiar lo justo para que no notaran que no entendía nada, esperar el timbre, y pensar en qué excusa usaría esta vez para no entregar la tarea.

[HORA DE SALIDA]

Me estiré como si llevara horas encadenado, sintiendo los huesos crujir y la espalda liberar toda la tensión del día.

“Nunca estuve tan alegre de poder salir de este lugar” le dije a José mientras nos dirigíamos a la salida.

“Sí, yo igual. No puedo creer que el desgraciado del profe de matemáticas solo copiara lo del celular y nos dejara con ese problema.”

“Por suerte lo pude hacer... se me da bien deducir” respondí con una sonrisa cansada.

José me miró de reojo y soltó una risa seca.

“Claro... se te da bien todo, menos lenguaje. Todavía no entiendo cómo te va mal ahí. ¡Si hasta el más bruto del curso la pasa fácil!”

“Parece que tengo una maldición: todo lo difícil es fácil... y lo fácil, difícil.”

“Sí, sí, lo que digas.”

Felipe ya estaba con nosotros. Se había unido apenas sonó el timbre, y ahora revisaba su celular con cara de aburrimiento. A su lado, Elías parecía más relajado que de costumbre, con una media sonrisa y un aire más sociable de lo habitual.

“Si quieres, yo te ayudo con lenguaje. Total, siempre termino revisando los trabajos del grupo” bromeó Elías, dándome un empujón suave con el hombro.

“¿Y desde cuándo tan amable tú?” le respondí, medio en broma.

Desde que vi cómo casi mueres por tragarte una empanada en la hora del almuerzo” contestó con una sonrisa ladeada.

Solté una risa involuntaria. Felipe también sonrió.

“Ya... ¿y Santiago? Siempre se tarda” comentó José mientras se cruzaba de brazos, mirando hacia la salida del edificio D.

“Todavía no sale de su sala. Ya sabes cómo son los del D, siempre les dan diez minutos más de castigo psicológico” añadí con sarcasmo.

“O capaz se quedó hablando con la profesora de música. Él es así” dijo Felipe encogiéndose de hombros.

“O está inventando excusas para que no le peguen por llegar tarde al mall” agregó Elías con una carcajada leve.

Nos quedamos en una de las esquinas del patio, justo donde el sol golpeaba un poco más cálido, alejados del bullicio de los que ya se iban.

Aún era temprano, pero todos teníamos la vista en la entrada, esperando que Santiago saliera para poder irnos juntos al mall.

Nadie lo dijo en voz alta, pero todos sentíamos lo mismo: que por fin el día mejoraba un poco. Que lo peor del colegio ya había pasado. Que solo quedaban las bromas, los planes, y los anillos frikis que tanto queríamos comprar.

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[TIME SKIP - 10 MINUTOS]

Elías ya estaba visiblemente impaciente. Caminaba en círculos pequeños, pateando piedritas con la punta del zapato como si eso fuera a acelerar el tiempo.

“¡¿Y cuándo llegará el gordo?!”

Su tono era más de fastidio que de broma, pero aun así nos sacó una pequeña risa. Felipe, que estaba recostado contra una reja oxidada, levantó la cabeza con una ceja arqueada.

“Cierto, ¿cuándo llegará el negro?”

Apenas terminó de decirlo, como si lo hubieran invocado desde lo más profundo de su impaciencia, Santiago apareció bajando las escaleras del edificio D, acomodándose la mochila con pereza.

“¿Tan impacientes son? Ni tardé tanto” dijo con su clásica sonrisa confiada.

Elías levantó las manos en señal de rendición mientras Felipe chasqueaba la lengua, fingiendo molestia.

“Años después... apareció el desaparecido.”

“Ya, ya, caminemos, que si no nos vamos ahora, nos van a cerrar las tiendas” dije, más por costumbre que por urgencia.

Sin más palabras, comenzamos a movernos. El grupo se alineó naturalmente como siempre: Santiago a la cabeza, José al lado, Elías detrás de mí, y Felipe más a la retaguardia, como cuidando que nadie se rezagara. Era la formación de siempre, esa que hacíamos sin pensarlo, sin decirla en voz alta.

Íbamos charlando de tonterías, de animes, de comida, del profe de historia que siempre olía a humedad... Pero había algo raro. Algo que nadie quería nombrar aún.

La ciudad... se sentía distinta.

Las calles por las que solíamos pasar rebosaban de gente a esta hora. Adultos con bolsas, niños saliendo de las escuelas, vendedores ambulantes gritando sus ofertas.

Hoy no.

Hoy apenas se veían un par de autos alejándose con prisa. Algunas tiendas cerraban antes de tiempo. Las cortinas metálicas bajaban con un chirrido que rompía el aire.

El cielo tenía ese tono grisáceo que suele aparecer antes de una tormenta, aunque no había nubes oscuras. Solo una claridad enferma, deslavada, que se colaba por los techos.

“¿No les parece... muy vacío todo?” preguntó Felipe con un tono casi casual, pero con los ojos bien abiertos.

“Capaz hubo algún partido o protesta y nos lo perdimos” respondió Santiago sin mucho interés, sacando su celular para revisar las redes.

Pero la señal estaba mala. Todo cargaba lento.

“Me da igual. Mientras podamos comprar los anillos antes de que cierren, todo bien” dijo Elías, metiendo las manos en los bolsillos.

Seguimos caminando.

Pero ya nadie hablaba tanto.

Los pasos se sentían más pesados. El viento era más frío de lo normal. Y todos lo sentíamos, aunque ninguno quería ser el primero en decirlo con todas sus letras:

Que algo no andaba bien.

“Oigan... como que las calles están más silenciosas de lo usual...” comenté mientras caminábamos, sin poder evitar mirar a los costados.

El comentario cayó como una piedra en un lago quieto.

Nadie respondió al instante. Todos lo habíamos notado, pero nadie lo quería reconocer en voz alta.

Elías rompió el silencio con una media sonrisa, tratando de aligerar el ambiente:

“De seguro están en alguna fiesta... o alguna bobada así. Capaz hay un desfile, o algo religioso, yo qué sé.”

Su tono intentaba sonar despreocupado, pero su risa era floja. Como si no terminara de creerse lo que decía.

No respondí. Mi atención se desvió hacia Santiago, que caminaba un poco más adelante, observando los techos como si esperara que algo cayera del cielo.

“Oye... ¿me puedes contar sobre eso que me dijiste el otro día? Lo del nuevo material... ¿cómo se llamaba? ¿Oxydon?”

Santiago frenó en seco y se giró, como si le hubiera despertado algo adentro.

“¡Así que por fin te interesa! Te lo mencioné hace un mes y me ignoraste como si hablara de telenovelas.”

Asentí, encogiéndome de hombros.

“No sabía que me iba a quedar tan grabado el nombre...”

Él se animó, caminando ahora más cerca de mí, con los ojos brillando como un niño hablando de su juguete favorito.

“Bueno, Oxydon es un nuevo material que... atrapa la luz. Literalmente. La absorbe y la convierte en algo sólido. O al menos eso dice la teoría inicial.”

“¿Sólida? ¿Como... cristal?”

“Más denso. Imagínate que la luz deja de ser algo que solo ilumina y pasa a tener forma. Peso. Volumen. Dicen que podría usarse para crear estructuras con energía pura.”

“¿Y cómo se supone que hacen eso? ¿Cómo atrapás algo que no podés ni tocar?”

“Ahí está lo interesante. Aún no hay información pública clara. Solo teorías, reportes filtrados... y una sensación. Tengo ese presentimiento, ¿sabes?”

“¿Qué tipo de presentimiento?”

“Que esto va a cambiarlo todo. No sé cómo, pero lo siento. Oxydon no es solo ciencia. Es el inicio de algo más.”

La forma en que lo decía... con esa certeza que no suena a teoría sino a profecía... me dio escalofríos.

Y no porque fuera fantasioso. Sino porque, por alguna razón, le creí.

Seguimos caminando unos metros más.

Y sin que nadie lo señalara, sin que lo esperáramos... el centro comercial apareció frente a nosotros.

Grande. Familiar. Iluminado. Pero también... extraño.

Como si el silencio de las calles se hubiera trasladado hasta sus puertas. Como si algo, apenas fuera de nuestro alcance, estuviera aguardando.

No dijimos nada. Solo nos miramos brevemente.

Y entramos.

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[DENTRO DEL MALL]

Había muchísima gente dentro del mall. Pero no era una multitud normal.

Era una estampida contenida.

Personas comprando a lo loco, como si fuera el fin del mundo. Carros llenos hasta el tope con paquetes de arroz, papel higiénico, botellas de agua, jabones, alcohol en gel... incluso cuchillos, herramientas, cosas pesadas que podrían usarse como armas.

José miró alrededor, bajando la voz, como si le diera miedo que alguien lo escuchara:

“¿No encuentran que esto está demasiado lleno... como si fuera a pasar un desastre?”

Felipe tragó saliva. Su rostro estaba tenso. No solía inquietarse con facilidad, pero esta vez se notaba incómodo.

“¿No sería mejor venir otro día? No me siento bien con esto... esto no es normal.”

Aun así, seguimos caminando. Empujados más por la costumbre que por el sentido común.

El pasillo principal del mall parecía un hormiguero desbordado. Gente empujándose por bolsas de arroz, latas de atún, paquetes de toallas húmedas. Carros volcados, gritos, insultos. Algunos ya no discutían: se lanzaban puñetazos como si algo muy interno se hubiera roto.

Yo, harto de la presión, de la confusión, de los empujones, alcé la voz sin pensar mucho:

“¿Y si vamos de una vez a comprar los anillos? No quiero ver cómo se matan por un paquete de arroz.”

Todos asintieron casi al mismo tiempo. Como si, por fin, alguien hubiera dicho lo obvio.

Caminamos hacia la tienda por uno de los pasillos menos llenos. Pero al pasar cerca del supermercado principal el más grande del mall, algo nos detuvo.

A través de los ventanales, vimos cómo ya no solo discutían.

Se estaban golpeando... y no con las manos. Usaban lo que encontraban: palos, bates, botellas, incluso cuchillos. Personas cayendo al suelo y otras pateándolas sin parar.

No era una pelea por productos.

Era desesperación pura.

“¿Pero qué mierda?” dijo Santiago, petrificado.

“Yo me voy” añadió, dando un paso hacia atrás. “No pienso quedarme para ver qué pasa después.”

Fue entonces que lo vimos.

Una persona, un tipo grande, se abalanzó sobre otra. No para empujarla. No para robarle. Sino para morderla. Le desgarró la carne del cuello de un solo movimiento.

Yo, intentando reír para no colapsar, solté con nerviosismo:

“¿Tan hambrientos están?”

Pero nadie rió. Nadie dijo nada.

Y entonces... el estruendo.

Una especie de golpe seco, como si algo muy pesado hubiera caído desde lo alto. Todo vibró. Y a los pocos segundos, la verdadera pesadilla comenzó.

Gente corriendo.

No caminando rápido.

Corriendo, como si el diablo los persiguiera. Por la entrada principal del mall, entraban decenas no, cientos de personas desesperadas, chocando entre sí, gritando, sangrando. Algunos ni siquiera tenían zapatos. Otros venían con la ropa rota o cubierta de sangre.

Nos miramos entre todos, sin necesidad de decir una palabra.

Y salimos corriendo.

Corrimos como si fuera lo último que haríamos.

Los pasillos ahora eran una trampa. Esquivar personas, saltar mochilas tiradas, evitar que nos arrastraran con ellos. No sabíamos a dónde ir, solo corríamos.

A lo lejos, un cartel señalaba las escaleras al primer piso. Sin pensarlo dos veces, nos dirigimos hacia allí. Felipe iba más adelante, siempre había sido el más rápido.

Pero entonces...

Desde una tienda cerrada, varias figuras salieron de golpe. No parecían personas.

Eran... agresivas, como si solo actuaran por instinto. Odiaban. No hablaban. No pensaban.

Se lanzaron contra Felipe.

Todo pasó en segundos.

Felipe cayó al suelo, gritando, tratando de cubrirse. Nosotros cuatro corrimos sin pensarlo. José y Santiago fueron directo a los cuerpos que lo atacaban, pateándolos con fuerza. Yo golpeé con una mochila que alguien había dejado tirada. Elías, sin dudarlo, se agachó y lo levantó como pudo.

Felipe estaba herido.

Muy herido.

La ropa desgarrada. Las mangas rotas. Sangre corriendo por el cuello, el brazo, el pecho. Su mirada era de confusión, de dolor... y de algo más. Algo que no quise entender.

“¡Rápido!” gritó José. “¡A la tienda de deportes!”

La vimos justo al final del pasillo. Era grande, con rejas metálicas, y lo más importante: parecía vacía.

Corrimos como si nuestras vidas dependieran de eso. Porque, honestamente, así era.

Entramos todos. José cerró la reja con fuerza. Santiago buscó el botón del pestillo de seguridad y lo apretó con dedos temblorosos.

Dentro, por fin, algo de aire.

Pero no había tiempo para descanso.

Nos metimos al baño del fondo. Elías acostó a Felipe sobre una banca. Yo fui por toallas. José encontró una botella de alcohol. Santiago buscó vendas entre los estantes.

Intentábamos hacer algo.

Cualquier cosa.

Pero sabíamos que estábamos improvisando.

Y que quizás... era demasiado tarde.

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Bueeeeno y eso es todo por hoy, esta es mi primera historia ya sé que no es la mejor del mundo pero hice lo mejor que pude, sé que de seguro tengo unas que otras faltas ortográficas se les agradecería si me ayudaran a mejorar comentando bueno sin más bla bla me despido.