Capítulo 1
Killian Traynor no solo era un nombre delicioso de saborear en el paladar, si no, a mi gran placer, el jefe que solo en mis sueños húmedos desde los veintiún años añoraba en la espesura de la noche y se convertía en realidad frente a mí ante una pantalla llena de artículos importantes a su semejanza. Si alguien me hubiera dicho hace un año que estaría trabajando con él personalmente quizá me hubiera reído hasta desmayarme.
Una compañía tan prestigiosa como lo era G&M fue la meta que logré cumplir cinco años después de conocer su existencia. Ahora, a mis casi veintisiete años, no comprendía la magnitud del hecho de estar laborando en la sede suiza que él dirigía como CEO.
La escasez de atención fue notoria en mi mirada cuando el director pronunció mi nombre, sacándome del profundo estupor. ¡Olvidé completamente que estaba en una junta importantísima!
―Si, señor. Dígame ―pronuncié en cuanto pude. ¡Qué vergüenza!
Su mirada verdosa traspasó mis ojos marrones claro. Le sostuve firmemente la mirada mientras me derretía por dentro. Dios, mi primer y único gran amor platónico estaba allí de pie frente a mí, observándome silenciosamente. Era su culpa que no estuviera con mis cinco sentidos a raya. Y como estarlo. Siempre con ese porte tan masculino y decidido dejaba solo en mi un rastro de baba rondando por mi boca al instante de notarlo cercano.
―Le pregunté su opinión acerca del plan de negocio para la renovación de los contratos con las empresas adyacentes.
―Si quiere saber que opino acerca de incrementar el tiempo del contrato con las personas que adquieren nuestros servicios de seguridad de alta calidad, con todo respeto, debo decirle que está abordando mal la pregunta, señor Killian ―afirmé con decisión. Claro que alabar su belleza me elevaba a otro planeta, pero no lo suficiente como para perder el enfoque en mis labores. El solo hecho de pensar en como llegué huyendo a este país recobraba mis sentidos. Tenia que estar constantemente en tela de juicio conmigo misma. No podía olvidar jamás el por qué estaba en ese lugar.
― ¿Entonces cual seria una pregunta asertiva según usted, señorita Ricci? ―inquirió él con seriedad. ‹‹ Ah, que hermoso es ››
―El por qué no dejaría que eso pasara.
Su expresión confusa se aclaró en el instante y su gesto se relajó. Conocía muy bien su forma de pensar, no solo por ser su asistente o tener conocimientos del área empresarial, sino por mi obsesión de estar siempre informada respecto a todo lo que él considerara necesario tener en cuenta. Casi me sentí mal por estar tan inmiscuida en su vida. Casi.
― ¡Ja! ―reprochó una voz frente a mí. Tuve que cerrar fuertemente los ojos un instante para no saltar a gritos con ese sujeto. Mark Richardson, el hijo de puta más insufrible que conocía después de... No, no quería pensar en eso. Atormentarme de nuevo por el pasado que hasta ahora no recordaba bien solo me generaría una fuerte migraña.
― ¿Tiene algún problema con mi respuesta, presidente? ―odiaba solo el hecho de tener que llamarlo de esa manera. No por ser el segundo al mando obtendría mi respeto.
Su mueca en desaprobación tensó mis manos hasta hacerlas puños bajo la larga mesa redonda. Necesitaba calmarme. No podía atormentarme la vida por cosas que no estuvieran bajo mi control.
― ¿Quién dijo que una mujer tenía derecho a opinar?
‹‹No pasa nada, Karin, no pasa absolutamente nada›› tranquilizándome internamente respiré lento. Las palabras de un niño en el cuerpo de un viejo no le quitarían el peso correspondiente a mi profesionalismo. No logré sentarme en este puesto a costa de nada más ni nada menos que mi propio esfuerzo y eso nadie lo derrumbaría con unas palabras tan estúpidas.
―Basta, Mark ―pidió otro, notablemente cansado. La reunión ya se había extendido demasiado y la noche se pronunciaba oscura junto a la luna. Se aproximaba la media noche y los reflejos lejanos de los relámpagos no pronosticaban un buen clima.
―Vicepresidente, usted mejor que nadie sabe que lo que digo no es mentira ―profirió este, haciendo ademanes fuertes con las manos. Estaba alterándose ― ¿Acaso no puede ver quienes predominan aquí? ―su voz se tornó fuerte. Deteniéndome a observar al director no tardé en darme cuenta de la rigidez en su mandíbula. Estaba sorprendida. No era la primera vez que su expresión asemejaba la ira, sin embargo, algo más estaba presente, pero ¿Qué era? No lograba descifrarlo, y los gritos empezaban a alzarse alrededor del ambiente ya sobrecargado de incomodidad ―Nosotros. ¡Es increíble que una mujer se crea en el derecho de estar aquí! Y opinando en discusiones de hombres. Es el colmo ―refunfuñó, escupiendo saliva ante la agresividad en sus palabras.
Pese a perder la cuenta de la cantidad de veces de su enfado hacia mi persona fue la primera vez que pasaba de las miradas y murmullos molestos al enfado provocado por mi opinión. Estaba en lo correcto al pensar que esa, siendo la única vez que explícitamente el director Killian pedía públicamente mi opinión de un tema en una junta, aumentaría su agresividad.
Aunque, en el instante en que su cuerpo se irguió y me apuntó amenazadoramente, mi autocontrol se fue por el caño. ¿Quién se creía que era para hablarme así? ¿El rey de roma o qué? A mí nadie me señalaba de esa manera y saldría triunfante. Eso si… ¡Olvídese!
― Tú para que sirves ¿eh? ¡Para nada! ―jadeó, exaltado.
―Señor presidente, ―alargué la última palabra con tranquilidad, levantándome y alisando el pantalón con ambas manos. Acomodé mis lentes sobre el puente de mi nariz, quité los hilos inexistentes de mi blusa y me detuve a encararlo unos segundos después. Su rostro reflejaba un carmesí fuerte. Sonreí ―le voy a dejar algo muy en claro: ―aclaré mi garganta, enumerando con los dedos ―Soy profesional en el área de gerencia empresarial, me certifiqué como community manager hace tres años, cuento con capacidades excelentes en el área de asistencia personal de altos ejecutivos y hablo fluidamente tres idiomas…
― ¡A nadie le importa eso! ―anunció. Lo ignoré. Bajé la mirada a mis manos, deteniéndome a contar en voz alta lentamente.
―Serian cuatro talentos que me hacen servir para algo ¿no lo cree? ―Levanté una ceja, inquisitiva. El silencio permeo el aire. La pesadez de mi respiración se asentó en mi pecho. No fue una buena manera de reaccionar, pero si la oportuna. Un año pasó sin que nadie lo frenara. Ya era momento de que alguien lo hiciera, y quien mejor que la única mujer a la que parecía tenerle bronca.
―Eso no le sirve de nada a las mujeres ―espetó con sorna, riéndose ―. A la final terminaran cocinando para sus hijos y limpiando el baño todos los días ―las palabras se atascaron en mi garganta al verlo sentarse con orgullo.
Una pierna empezó a temblarme incontrolablemente. No tuve de otra que tomar asiento, pero a medio camino una voz profunda y colérica me detuvo. Lo miré con los ojos demasiado abiertos. El señor Killian… ¿estaba alzándole la voz al presidente?
― ¡Repita lo que acaba de decir! ―exigió con fuerza. Me estremecí en mi lugar ― ¡Hable de una buena vez!
‹‹ ¿Qué es lo que estoy viendo? ›› Eso no podía estar pasando. Si continuaba así algo muy malo podría pasar.
―S-señor Killian, ―mi voz trastabilló sin querer. Al parecer estaba más nerviosa de lo que imaginaba ―por favor de por terminada la reunión y sigamos otro día con los puntos faltantes ―sugerí casi en una súplica. Sus manos recorrieron su rostro y suspiró con fuerza ante mi voz. ¿Acaso le enojó lo que dije? Mierda, estaba arruinando todo más que antes ―. Perdóneme.
―Terminemos esto otro día ―anunció aminorando la potencia de su voz ―. Váyanse todos de aquí ―tragando saliva tomé los apuntes y me aparté de la mesa. Esperé que todos salieran para no cruzarme con Mark y me despedí en un susurró ―. Menos tú, señorita Karin ―mis pies obedecieron, deteniéndose en seco antes de salir por la puerta. Me giré sobre mis talones. Él estaba de espaldas.
Si me pedía quedarme significada dos posibles razones. Una: necesitaba con urgencia programar la próxima reunión, o dos: me iba a despedir por comportarme como un infante. Recé para que la primera opción acertara.
―Señor director, de verdad lamento ser tan incompetente ―me apresuré a decir ―. Créame. No fue mi intención comportarme de una forma tan poco profesional. Sé que no es excusa, pero él…el señor Mark, digo…el presidente…
Me callé. Mis disculpas atropelladas no convencerían a nadie, mucho menos a él, que se giró y soltó el nudo de su corbata, dejándola reposar en su mano. Me mordí el labio inferior, acostumbrada a esa acción cuando los nervios apresaban mi cuerpo, y ajusté los papeles en mis manos. Si perdía ese trabajo, si no tenia el dinero, si no lograba seguir viviendo en ese país y tenia que regresar…el peligro estaría más cerca que nunca.
No, no podía. No me marché sin que nadie lo supiera por una aventura prófuga de unos días. Lo hice para salvarme. Lo hice para huir de la sombra que me perseguía.
― ¡Karin!
Unos manos se apoyaron en mis hombros, sacudiéndome. Parpadee varias veces y los archivos resbalaron de mis manos, esparciéndose en el suelo. Un ruido ensordecedor me nubló el sentido por un momento.
―Ah, lo siento. No quise…―agachándome a recogerlos su agarre en mi antebrazo lo impidió.
―Se puede ensuciar ―dijo suavemente, disponiéndose a dejar en mis manos lo que, por mi estupro, dejé caer ―. Siéntese un momento, por favor.
―No me despida ―solté sin querer. Mi boca emitió lo que mi mente temía y su rostro se deformó por la sorpresa ―. De verdad me gusta trabajar aquí. Necesito trabajar aquí ―aseguré. Mi corazón empezó a palpitar fuertemente.
―Karin, no…
―Se lo pido ―dejando de lado los archivos sobre la mesa con un golpe capté su atención más que antes al tomarle de las manos. No supe diferenciar si el temblor nervioso provino de él o de mi ―. Desde hace cinco años ha sido mi sueño trabajar en una empresa como esta, señor Killian ―mi labio inferior tembló. Ya no tenia escapatoria. Si o si haría lo que fuera por mantener esa paz que conservaba desde que pise por primera vez ese sitio.
―Permítame hablar…
―He visto incontables veces todos los artículos que lo nombran a usted hasta grabármelo ―reí con nervios, apresando ahora su muñeca, incapaz de rodearla en su totalidad ―. Si necesita que mejore en algo, que estudie más, que aprenda el idioma del país…le juro que lo haré. Solo…―suspiré. Los temblores me estremecían de pies a cabeza ―déjeme estar aquí con usted. No sabe lo mucho que lo admiro ―terminé diciendo en un murmulló. No era mentira ninguna de mis palabras, pero el querer decir lo ultimo se escapó de mi involuntariamente.
Bajé la mirada y solté con sumo cuidado mis manos de su piel. Un segundo más sintiendo su calor me doblegaría hasta hacerme llorar. La culpa de mi reacción estaba muy distante a la verdad de lo ocurrido, pues mis emociones ahondaban en los pasos que abandoné hace mucho tiempo, pero verme envuelta en un caso así generaba dudas que no sabia como sopesar. Tenia miedo.
Cuando algo que me sostuvo con paz y quietud por mucho tiempo se tambaleaba el horror de vivir de nuevo una pesadilla arremetía con agujas invisibles mi corazón. Me dolía. Me dolía solo pensar en perder aquella vida que tanto me costó construir. Incluso no volverlo a ver se clavaba ahí, aumentando el escozor.
―Lo siento, pero no puedo…―sin detenerme a dejarlo acabar su frase por temor a las siguientes palabras me tiré sobre él, logrando que retrocediera varios pasos hasta chocar contra la pared, justo al lado del ventanal de vidrio macizo que daba paso a la ciudad, con ambas piernas rodeándole la cadera ―Karin, ¿Qué es lo que estás…? ―sus manos me sujetaban fuertemente, como si su cuerpo y el mío encajaran ante nuestras miradas confusas.
Sabía que eso terminaría arruinando nuestra relación profesional, pero sí de alguna u otra extraña forma retenía mi estadía en esa empresa no lo dejaría a medias.
Su respiración se aceleró de inmediato, golpeando un aliento fresco en mi rostro. Era la primera y quizá ultima vez que lo vería de frente, siendo retenida por sus manos en mi trasero.
― ¿Va a echarme?―le pregunté a centímetros de su boca, y su mirada bajó a mis labios por escasos segundos. Un gruñido bajo resonó antes de hablar.
― ¿Por qué piensa eso?
― ¿Lo va a hacer?
―Señorita Karin…
―Respóndame, por favor.
―No.
‹‹ ¿Qué? ››
― ¿No?
―No ―negando con la cabeza me llevó a cuestas hasta sentarme sobre la larga mesa, sin separar sus manos de mi cuerpo, que ahora posaba en mis caderas. Echando levemente su cuerpo hacia adelante para mirarme a los ojos, pronunció con lentitud ―. Pero quizá ahora si lo haga.
Queriendo zafarme de su agarre con movimientos bruscos terminé golpeando su entrepierna con mi rodilla. Killian jadeo de dolor hasta caer al suelo, y yo aproveché para tomar mis pertenencias y encaminarme rápidamente a la salida. Lo que había hecho no tenía perdón alguno, así que no me detuve a mirarlo pese a sus llamados a mi nombre ni miré atrás hasta llegar a las cuatro paredes de mi habitación media hora mas tarde.
― ¡Ahh!
Estaba jodida. Cavé mi propia tumba sin quererlo, todo por no escucharlo hablar. Mis miedos nublaron mi juicio y actúe como una completa loca. ¡Me lancé a sus brazos como una mujer fácil!
Lo único que quedaba para sopesar mi falta de respeto fue presentarme al otro día en su oficina con una carta de renuncia. Las piernas me temblaban y las ojeras por el nulo dormir la noche anterior daban muy mal aspecto.
‹‹ De igual manera -pensé- no volvería ››
Tocando tres veces la puerta grabada con su nombre en letras doradas me armé de valor. Lo peor que podría pasarme seria una denuncia por acoso sexual. Vaya, cada vez peor.
―Adelante ―le escuché decir al cabo de un momento.
Tomé todo el aire que mis pulmones se permitían y me adentré a su oficina. Toda mi vida se decidiría en ese instante.