Prólogo — El día que el mundo dejó de hablar.
Corea del Sur, Busan, 1982.
Invierno, el viento soplaba frío.
La pieza era pequeño, de esas que parecen encogerse aún más cuando llega el frío, las ventanas, empañadas de vapor, temblaban con el viento del puerto. En una de ellas, alguien había dibujado con el dedo una carita feliz que ya casi no se veía. El calentador, viejo y ruidoso, apenas lograba espantar el aire helado que se colaba.
Aun así, esa era su casa.
Las paredes estaban desnudas, salvo por algunos dibujos infantiles pegados con cinta que se despegaban en las esquinas. El suelo crujía bajo cada paso, y allí, en medio de lo precario, vivían tres personas que, con lo poco que tenían, intentaban sostener algo parecido a una familia.
Jungkook tenía cinco años.
Cinco años, y una forma de mirar el mundo
que aún no conocía la decepción.
Tenía las mejillas constantemente enrojecidas por el frío, la voz suave y aguda de los niños que hacen demasiadas preguntas, y una salud frágil como las hojas secas que el invierno ya se había llevado.
Le gustaba dormir abrazando su peluche viejo, escuchar el agua corriendo por las cañerías, el murmullo de su madre en la cocina, y el sonido de los pasos de su padre al llegar.
Sus padres, Jeon Sungho y Jeon Mirae, aún no cumplían los 25, eran casi adultos, con mochilas universitarias a medio llenar y trabajos temporales que apenas les alcanzaban para cubrir el alquiler y la ropa de tamaño pequeño.
Y aun así, amaban a ese niño como si con él les hubiese nacido el mundo.
Pero una noche de diciembre, todo comenzó a desvanecerse.
La tos había comenzado como algo leve, nada que preocupara demasiado, pero después llegó la fiebre. Jungkook dejó de reír, de responder. No giraba cuando lo llamaban, no reaccionaba a los golpes en la puerta, no reaccionaba a los ruidos fuertes, ni siquiera al llanto de su madre.
Al principio pensaron que estaba distraído, luego, que tal vez tenía tapados los oídos por el resfrío, pero pasaban los días, y ya no era solo el frío el que se metía en los huesos.
No tenían seguro médico, ni una red de apoyo.
Eran jóvenes, demasiado jóvenes.
Mirae, su madre, tenía apenas veinticuatro. Cargaba libros universitarios y bolsas de supermercado al mismo tiempo. Sungho, su padre, hacía entregas en moto y trabajaba en una ferretería de día.
Se turnaban para cuidar a Jungkook.
Se turnaban también para no llorar al mismo tiempo.
Cuando por fin lo llevaron al hospital del distrito, la fiebre ya era alta. Jungkook dormía con los labios entreabiertos y la piel pálida, sus manitos pequeñas colgaban a los lados del cuerpo, quietas. El médico no tardó en notar que algo no iba bien.
—Infección aguda en ambos oídos —dijo, con tono neutro, como quien ya había comunicado esa noticia demasiadas veces. — El tiempo de respuesta fue tardío... hay un daño considerable.
Se miraron.
—¿Qué significa eso? —preguntó Mirae, con un nudo en la garganta. El médico los miró a los ojos.
—Pérdida auditiva severa, posiblemente irreversible.
Y todo se detuvo.
Mirae se quebró al lado de la camilla, acariciándole el cabello una y otra vez, susurrando palabras que él ya no podía oír.
Sungho se levantó sin decir nada, cruzó el pasillo,
queriendo gritar, pero se contuvo.
El hospital era demasiado blanco, demasiado silencioso, y nadie los había preparado para eso.
(...)
Jungkook despertó en una habitación iluminada con luz de tubo, había algodones en sus oídos.
Sus ojos buscaron a su madre, sus labios se movieron, pero no escuchó el sonido que esperaba.
Parpadeó, mirando el techo. Todo estaba igual, pero algo se había ido. Al principio, no entendía, él tenía cinco años.
Y solo sabía que... el mundo había dejado de hablarle.
Se volvió más callado, pero más atento a los gestos.
A veces abría la boca para decir algo, pero se detenía, como si pensara que ya nadie lo iba a entender, o peor, como si ya no supiera cómo se escuchaba su propia voz.
Mirae intentaba comunicarse con caricias, con dibujos, con lágrimas silenciosas que le caían en el hombro mientras lo abrazaba. Sungho comenzó a trabajar más, como si pudiera luchar contra el destino desde una caja registradora o reparando cables.
Ambos se culparon tanto, pero no en voz alta, solo con la mirada. El silencio se instaló en la casa como un cuarto más, un cuarto del que nadie hablaba.
Y sin embargo, Jungkook... resistía.
A veces se reía sin hacer ruido, imitaba animales con las manos, inventaba señas para decir que tenía hambre o que quería salir. Aprendía rápido, demasiado rápido, y sus padres lo sabían: ese niño que había nacido en medio de la juventud y el caos... iba a encontrar su forma de hacerse escuchar.
Tal vez no con palabras, tal vez no de inmediato.
Pero algún día, alguien entendería lo que guardaba dentro, todo ese universo de sonidos perdidos que seguía latiendo en su pecho.