Anatomía del abismo

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Summary

Lucca Esposito solo quiere sobrevivir al peso de sus pérdidas, graduarse en Enfermería y cuidar del mundo antes de que el mundo lo destruya a él. Ibrahim Galitzine fue criado para triunfar, no para sentir. Frío, arrogante y con un apellido que abre puertas y encierra secretos, está a un paso de convertirse en médico… y de perderse a sí mismo. Cuando sus caminos se cruzan en el hospital universitario más prestigioso de Italia, nace algo más que rivalidad. Entre provocaciones, miradas sostenidas y silencios que dicen más que cualquier grito, ambos descubren que hay heridas que no pueden sanarse con bisturí, y que a veces el amor no llega para salvar, sino para romper con todo. ¿Puede un abismo convertirse en refugio cuando alguien decide quedarse a mirar dentro?

Genre
Lgbtq
Author
Andy
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1




Los fríos pasillos del hospital despertaban en Lucca una extraña sensación de consuelo. A pesar del silencio espeso y la penumbra intermitente de las luces, se sentía en paz. Esa era su primera guardia nocturna como interno de enfermería y, tras haber hecho todas sus rondas, caminaba sin apuro por el ala oncológica, revisando en su mente los últimos controles.

La última paciente a la que había visto era una mujer de cuarenta y cuatro años, madre de tres hijos. Su pronóstico era reservado: cáncer de cérvix en etapa IV. Lucca se había quedado unos minutos más con ella, charlando en voz baja, acariciándole la mano mientras los monitores parpadeaban como estrellas cansadas.

Hubiera querido quedarse más. La señora tenía la misma voz pausada de su madre, y la misma sonrisa agotada. Uno de sus hijos dormía encogido en la silla a su lado, con los zapatos a medio poner y el cuello torcido por el peso del sueño. Lucca quiso llorar, pero se obligó a tragar saliva y salir antes de que su propia memoria lo venciera.

No llegó muy lejos.

Al doblar una esquina, se encontró de frente con Ibrahim Galitzine. El doctor caminaba con la arrogancia habitual de quien sabe que brilla, incluso en la oscuridad. Su bata blanca parecía inmaculada, y el tablero que sostenía entre los brazos descansaba como una extensión de su autoridad.

Lucca bajó un poco el mentón, disimulando una sonrisa.

—Buenas noches, doctor —saludó, con un tono apenas teñido de sarcasmo.

Ibrahim lo escaneó de arriba abajo, como si estuviera evaluando la integridad de un equipo defectuoso.

—Esposito —dijo, sin molestarse en disimular el desdén—. Realmente no me alegra verte.

Lucca soltó una risa leve, resignada, y agitó la mano en el aire como si espantara una mosca.

—Bueno, al menos estamos de acuerdo en algo.

Ibrahim alzó una ceja, pero no alcanzó a responder. Un estruendo metálico cortó el aire: un monitor comenzó a sonar con violencia desde el cuarto de la paciente que Lucca había dejado minutos antes.

Ambos se miraron durante una fracción de segundo antes de salir corriendo.

Lucca entró primero, esquivando la silla donde aún dormía el hijo, ahora despertando sobresaltado. El cuerpo de la mujer se arqueaba en la cama, luchando por aire, mientras la línea del electrocardiograma comenzaba a perder ritmo. El sudor perlaba su frente, y su piel —que ya era pálida— parecía ahora más cercana a la ceniza.

—¡Paro respiratorio! —gritó Lucca, ya colocándose los guantes.

Ibrahim apareció detrás de él con el desfibrilador en mano, preciso y rápido. Se colocó al otro lado de la cama.

—Adrenalina. Ya.

Lucca asintió, buscando la jeringa entre los cajones de emergencia mientras Ibrahim colocaba las palas en el pecho de la mujer. El hijo gritaba, un enfermero intentaba sacarlo de la habitación.

—¡Cárgalo! —dijo Ibrahim. La electricidad vibró en el aire.

—¡Despejen!

El primer intento fue inútil. El segundo también. El monitor seguía dibujando una línea cada vez más plana. Lucca sentía la presión en las sienes. Apretó los dientes y miró a la mujer, que ahora tenía los ojos entreabiertos, vidriosos. Ya no jadeaba. Su cuerpo se había rendido, sin violencia, como una vela que se apaga con el viento.

—No responde —murmuró Ibrahim.

Lucca solo bajó la mirada.

La habitación quedó en silencio, apenas interrumpida por el llanto del hijo que se aferraba a la puerta. El reloj marcaba las 3:14 a. m.

Ibrahim apagó el desfibrilador con un suspiro inaudible. Se quedó mirando el cuerpo un segundo más de lo necesario. Luego volvió a mirar a Lucca. Ya no había burla en su rostro. Solo una sombra de respeto, o quizás... comprensión.

—Anótalo en tu informe, Esposito —dijo con voz grave, pero sin el tono de desprecio habitual.

Lucca asintió, sin responder.

Cuando salió del cuarto, se quedó apoyado un momento contra la pared. Ibrahim, lejos de irse, se quedó parado frente a él, en silencio. Como si quisiera decir algo. Como si algo en aquella muerte le hubiera tocado también. Pero en lugar de eso, simplemente se cruzó de brazos y lo miró de reojo.

—¿Te impresiona esto?

—No —respondió Lucca, sin mirarlo—. Pero me duele.

Hubo una pausa. Ibrahim bufó con suavidad.

—Qué jodidamente estúpido eres —susurró, pero su voz no sonó cruel. Y luego, caminó junto a él.

Lo siguió sin decir nada más, simplemente caminando a su lado, como si la muerte de esa mujer hubiera trazado un lazo mudo entre ambos.

Y así, con el silencio como única compañía, los dos desaparecieron en el pasillo vacío, sabiendo que la madrugada apenas comenzaba.