Vestigios de una fantasía

All Rights Reserved ©

Summary

Aurora Salazar, una joven de 18 años posee un objeto único que le permite viajar entre su época, el 2023, y una época pasada, el 1903. En su primer viaje hizo buenas amistades y se encaprichó de un pequeño pueblo llamado Villa Valdebajo, sin embargo, los distintos ideales que rigen en dos épocas separadas por 120 años pueden llegar a ser confusos o suponer alguna trifulca. ¿Sabrá Aurora adaptarse a esta nueva situación? ¿Hará más amistades? O quizá, ¿alguna enemistad? Sumérgete en el universo de Vestigios de una fantasía para descubrirlo. Vestigios de una fantasía es la continuación del relato Vestigios de una época pasada de la antología Fantasías de cristal.

Genre
Fantasy
Author
Merlia22
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Vestigios de una época pasada

Introducción.

Aparto un mechón de cabello castaño y ondulado de mi rostro y prosigo con mi tarea de inspeccionar aquellos libros maltratados por el tiempo que aguardaban ansiosos la visita de mis ojos curiosos. Paso los dedos por las estanterías polvorientas de la biblioteca de esta casa abandonada y mugrienta, imaginando cómo habían sido los días en los que esta estaba habitada y llena de vida, a diferencia de ahora. Con delicadeza, saco un libro con una cubierta turquesa y algo dañada, sin embargo, se puede leer el título de la obra sin problema alguno, escrito en letras doradas y con una caligrafía cuidada: Arias tristes.

Ojeo sus páginas sin prestar mucha atención, captando alguna que otra palabra suelta. Cuando me dispongo a dejar el libro en su lugar correspondiente, me percato de la presencia de un objeto plateado que se encontraba escondido tras el libro.

Saco el objeto reluciente, el cual está acompañado de una hoja amarillenta, observándolo con detenimiento y revelando que se trata de un antiguo reloj de bolsillo que, para mi sorpresa, al abrirlo, descubro que todavía funciona a la perfección y no posee un aspecto demasiado descuidado. Ante la intriga, decido desdoblar la hoja que lo acompañaba, mostrando una frase escrita con tinta negra, la cual leo en voz alta:

—Aquellos que viven apegados al pasado están condenados a repetirlo.

De repente, una oleada de viento hace que las ramas de los árboles contiguos a la casa golpeen los cristales de las ventanas con fiereza, alarmándome y causando que la nota se me caiga al suelo, pero atrapando el reloj entre mis manos para evitar que se malogre, cuyas agujas comienzan a girar velozmente en sentido contrario, lo que causa mi inquietud de manera inmediata, aferrándome a la tira de mi bolsa de cuero buscando consuelo.

En un instante, un destello azul nubla mi visión, desorientándome por unos segundos y haciendo que tropiece con el bajo de mi falda verde, cayendo con los ojos cerrados por miedo al inminente impacto. Cuando mi cuerpo hace contacto con el suelo, mis manos son arañadas por unas piedras de pequeño tamaño, al igual que el lado izquierdo de mi rostro que se llena de tierra, cosa que me sorprende, debido a que el suelo de la biblioteca está compuesto por baldosas que no parecían tener tanto barro.

Al abrir los ojos, me percato de que ya no me encuentro entre las estanterías de la biblioteca, sino que me hallo en un camino de tierra en medio del campo. Es tal el desconcierto que me incorporo rápidamente, limpiando toda la tierra que se ha quedado pegada a mi cuerpo e indumentaria. Doy un giro sobre mí misma, tratando de comprender lo que está ocurriendo.

¿Cómo he llegado hasta aquí?

A lo lejos, observo a una mujer de mediana edad vestida con ropa de comienzos del siglo pasado, lo que me hace pensar que quizá es parte de alguna obra teatral o de algún mercado temático. A falta de más gente, decido acercarme a ella para preguntarle sobre mi paradero.

—Disculpe, ¿podría ser tan amable de decime dónde estoy? La señora suelta una pequeña carcajada ante mi pregunta y espera un par de segundos antes de contestarme, en los cuales aprovecha para analizarme de pies a cabeza.

—Se encuentra a la entrada de Villa Valdebajo —gesticula en dirección al pueblo—. Usted no es de por aquí, ¿me equivoco?

—No, ni si quiera había oído hablar sobre este pueblo, pero ¿cómo lo sabe?

—Por su ropa, es más que obvio que su ropa debe de ser de otro país, porque aquí no vestimos de esa manera.

Frunzo el ceño ante su comentario, analizando la ropa que llevo puesta. Si llevo algo similar a lo que ella lleva, solo que lo mío es de este siglo y yo llevo una blusa blanca en lugar de una camisa, como es su caso.

—¿Acaso hay algún mercado temático o se representa una obra de teatro por aquí cerca?

—No, ¿por qué lo pregunta?

—Por su ropa —comento con toda la seguridad del mundo, como si se tratara de un hecho obvio—. Es de otra época.

—¿Qué dice, muchacha? Si esto es lo que viste todo el mundo. Aquí la extraña es usted, que es más rara que perro que habla.

Ante su comentario, decido aventurarme a hacer una pregunta que ronda por mi cabeza desde que comenzamos la conversación:

—¿Podría decirme la fecha de hoy?

—Estamos a veinte de octubre de mil novecientos tres — mis ojos se abren como platos ante su respuesta, sintiendo mi rostro palidecer—. ¿Se encuentra bien? ¿Quiere que la acompañe a la consulta del galeno? Parece que ha visto un ánima.

—N-no es necesario, pero ¿está segura de que esa es la fecha correcta?

—Como que el cielo es azul.

Quizá esto tan solo se trata de algún tipo de jugarreta o es una persona que no se encuentra en sus cabales, seguramente en el pueblo podré encontrar a alguien que me ayude. Es decir, es imposible viajar desde el dos mil veintitrés al mil novecientos tres.

—Muchas gracias.

Comienzo a caminar en dirección al pueblo cuando su voz me llama por última vez.

—Muchacha, ¿cuál es su nombre?

—Aurora.

Una vez en la plaza del pueblo, decido adentrarme en la taberna, puesto que es en los bares donde más circula la información. Es por ello que me acerco a la barra y me dispongo a hablar con la chica de cabello rubio de edad parecida a la mía que se encuentra secando unos vasos.

—Perdona... —sus ojos castaños se encuentran con los míos, mirándome con curiosidad—. ¿Podrías decirme la fecha de hoy?

—Por supuesto. Estamos a veinte de octubre de mil novecientos tres —es cierto que todo parece ser de otra época, pero de ahí a haber viajado en el tiempo hay un gran paso. Es completamente imposible, eso tan solo ocurre en las novelas o en las películas—. ¿Te encuentras bien?

—Sí, tan solo me encuentro un poco desorientada, nunca antes había estado aquí.

—Ya me barruntaba yo que eras una forastera. Esos ropajes no son de estos lares.

—Eres la segunda persona que me lo dice.

—Eso es porque es cierto —deja el trapo a un lado y apoya las manos sobre la barra—. Por cierto, soy Natalia Espinosa. Mi padre y yo nos hacemos cargo de la taberna y de la pequeña posada contigua. ¿Cuál es tu nombre?

—Me llamo Aurora. Aurora Salazar.

—Salazar, eso es nombre de terrateniente. ¿Acaso vienes de una familia opulenta?—sus ojos me observan con detenimiento y, a su mismo tiempo, con recelo—. Eso explicaría tus ropajes.

—Me temo que te equivocas. Ni soy terrateniente ni vengo de una familia opulenta.

—Una lástima para ti —un hombre le hace un gesto para que vaya a rellenarle el vaso, a lo que ella contesta con un movimiento de cabeza—. Ahora vuelvo.

Aprovecho el momento para sacar con disimulo el teléfono de mi bolsa y muy a mi pesar descubro que no tengo cobertura. Por supuesto que no tengo cobertura, ¿cómo iba a tenerla en el mil novecientos tres? Si es que eso es verdad, porque llegados a este punto ya no sé ni qué pensar.

Al regresar Natalia, guardo con rapidez el teléfono y centro toda mi atención en ella.

—¿Mucho trabajo?

—Lo de siempre —rellena un par de jarras y vuelve a centrarse en mi persona—.¿Qué te trae por Villa Valdebajo? ¿Algún tipo de negocio o tan solo estás de paso?

—Honestamente, me encantaría saber lo que hago aquí y cuánto tiempo voy a estar, sin embargo, son preguntas de las cuales no tengo respuesta.

Me observa con rostro contrariado, como si hubiera perdido la cabeza y se esté asegurando de medir sus palabras para no meterse en ningún lío. Mientras, por el rabillo del ojo, observo cómo un hombre de alta estatura y de mediana edad se acerca a ella por detrás de la barra y le da una palmada en el hombro con complicidad.

—Natalia, hija, ¿va todo bien?

—Claro, padre —le sonríe con ternura—. Tan solo estaba echando un párrafo con esta forastera.

—Así que una forastera —eleva una ceja con curiosidad—. ¿Acaso provienes de un país con menos ideas arcaicas que esta vieja España?

—Padre, deje de meter la política hasta en la sopa, que va a dejarnos sin clientela de tanto hablar de políticos como Maura.

—Discúlpame —me sonríe con amabilidad—. Tan solo son las divagaciones de un pobre anciano. Mi nombre es Alberto Espinosa. Bienvenida a nuestro humilde pueblo.

—Es un placer. Yo me llamo Aurora Salazar.

—Antes de que se lo pregunte, padre, ella no es terrateniente, aunque pueda parecerlo, ya se lo pregunté yo.

—Es bueno saber que no tenemos otro cacique por esta comarca —sonrío con timidez, tratando de calmar mi ansiedad al encontrarme en un lugar completamente desconocido—. Bueno, ¿qué te sirvo?

—No quiero tomar nada.

—¿Entras en una taberna para no tomarte nada?

—En realidad vine aquí para conocer la fecha de hoy y tratar de orientarme. Por cierto, ¿podría decirme la fecha?

—Hoy es veinte de octubre de mil novecientos tres.

—Es la segunda vez que lo preguntas —comenta Natalia con preocupación—.¿Seguro que te encuentras bien? Creo que lo mejor será que te sientes un rato.

—No es necesario.

—Claro que lo es —Alberto se pone a mi lado y me acompaña hasta una mesa que se encuentra vacía—. No puedo permitir que te vayas de aquí sin que te atendamos como es debido. Natalia, tráele un vaso de agua a la muchacha, a ver si así le mejora la color.

Su hija vierte un poco de agua de una jarra y deja el vaso frente a mí, para posteriormente sentarse al lado de su padre.

—Bebe, te sentará bien.

Bebo con lentitud, tratando de poner en orden el remolino de pensamientos que se ha formado en mi cabeza y que no me deja ver con claridad.

—Van a disculparme, pero es que esto debe de ser un error —sus rostros me observan llenos de confusión—. Hace tan solo unos minutos me encontraba en la biblioteca de una vieja casa abandonada en la misma fecha de hoy, pero en lugar de ser el mil novecientos tres era el dos mil veintitrés, y ahora me encuentro en un pueblo del que nunca había oído hablar y ciento veinte años atrás. Y lo único que tengo son las cosas que previamente llevaba conmigo y este viejo reloj de bolsillo que me encontré en aquella biblioteca —saco el reloj de mi bolsa y lo dejo encima de la mesa.

—Claro... —los ojos de la chica me observan alarmados—. ¿Por qué no aguardas aquí mientras yo voy en busca del médico?

—Les juro que no estoy loca, puedo demostrarlo.

Con celeridad comienzo a vaciar el contenido de mi bolsa sobre la mesa, revelando así mi teléfono móvil, las llaves de mi casa, una libreta junto con un lapicero y una goma de borrar y mi monedero verde. Sacando de este último mi carné de identidad.

—¿Ven? —señalo mi fecha de nacimiento—. Aquí pone que nací el trece de febrero de dos mil cinco. Por lo tanto, si tengo dieciocho años, que esa es mi edad, estamos en el dos mil veintitrés —ambos observan con interés mi DNI, como si fuera un objeto extraño—. Además, en la fecha de mi teléfono pone que es veinte de octubre de dos mil veintitrés —enciendo la pantalla de mi móvil, mostrándoles la fecha que este me indica.

—¿Qué es ese cachivache? —Natalia observa asombrada mi teléfono móvil.

—Un teléfono.

—¿Es algún tipo de telégrafo capaz de decir la fecha?

—No exactamente, es algo más complejo —Alberto nos observa en silencio con rostro dubitativo, por lo que no puedo evitar observarle desesperada con mis ojos verdes—. Les juro que estoy diciendo la verdad. No sé cómo probarlo exactamente, pero estoy segura de que ese reloj es el que me ha traído hasta aquí.

—Relájate, muchacha —habla con tranquilidad, posando su mano sobre la mía para tratar de calmarme—. Te creo.

—¿En serio, padre?

—Sé que parece un dislate, pero hay algo que me dice que está diciendo la verdad, además, todos estos objetos extraños son como si estuvieran sacados del futuro.

—Todos sabemos que su instinto no suele fallar, pero viajar en el tiempo son cosas de cuentos de viejas, nada que pueda ocurrir de verdad.

—Yo soy el primero en poner en duda ese tipo de majaderías y de utilizar la lógica, sin embargo, todo en ella demuestra que está diciendo la verdad y que no es de por aquí. Mi instinto me dice que está siendo sincera y no seré yo quien le lleve la contraria.

—Es cierto que parece que está diciendo la verdad —los ojos de ella escanean los objetos desparramados por la mesa—, y que todo esto corrobora lo que dice, pero, ¿cómo es eso posible?

—Créanme cuando les digo que me encantaría saberlo.

—Dijiste que estabas en la biblioteca de una casa abandonada y que este reloj te trajo hasta aquí —Alberto coge el reloj y lo observa con detenimiento—. ¿Por qué no vamos al patio y nos cuentas lo ocurrido con mayor tranquilidad y privacidad? De todas formas, ya es hora de que los parroquianos vuelvan a la faena, así que no tendremos trabajo hasta dentro de un rato.

Una vez sentados en una mesa del patio comienzo a relatarles lo sucedido mientras ellos me observan atentos, escuchando con detenimiento cada palabra que sale de mi boca, manteniéndose en silencio hasta que termino la historia.

—Y ahora me encuentro aquí, sin saber cómo volver a mi época.

—Así que tras leer una nota que estaba oculta junto con el reloj, este comenzó a ir hacia atrás y apareciste en la entrada del pueblo —asiento con la cabeza—.Supongo que la respuesta para volver a tu época se encuentra en esa nota, ¿la tienes encima o recuerdas lo que ponía en ella?

—En absoluto. Me estoy devanando los sesos por recordarlo, pero soy incapaz de hacerlo. Y la nota se me cayó antes de aparecer aquí, por lo que no tengo forma de recuperarla. Tan solo sé que decía algo relacionado con el tiempo.

—Bueno, lo importante ahora es tratar de mantener la calma para poder recordar cualquier cosa que pueda serte de ayuda. Mi hija y yo te ayudaremos en lo que sea necesario.

—Por supuesto. Cualquier cosa que necesites, solo tienes que pedirla.

—Os lo agradezco de corazón —sonrío con amabilidad—. Solo espero no ser una molestia.

—En absoluto —lanza una breve mirada al interior de la taberna—. Si me disculpáis, voy a atender a la clientela. Hija, si quieres puedes quedarte a hacerle compañía a la muchacha, no parece que vaya a haber mucha faena hoy.

—Agradecida, padre —ambas observamos cómo marcha a atender a los clientes—. Y cuéntame, ¿el mundo es muy diferente en el futuro a como lo esa hora?

—Ni te imaginas cuánto.

—Debe de ser fascinante.

—Y abrumador. Aquí todo es más callado, más tranquilo.

—¿Y cómo es que acabaste en aquella casa abandonada?

—Decidí ir a explorar un sitio abandonado y, durante un rato, tan solo encontraba ruinas, hasta que a lo lejos divisé la estructura de la casa y procedí a inspeccionarla —muevo con inquietud mis manos, gesticulando de manera exagerada—. Una vez allí dentro, me llamó la atención su estado. Es decir, claramente estaba abandonada, pero no estaba en tan malas condiciones y conservaba todos sus muebles y objetos decorativos, así como los libros de la biblioteca. Y eso es algo que llama la atención, sobre todo porque no comprendo cómo podrían dejar atrás tantos recuerdos.

—Quizá no tuvieron elección.

—Quién sabe —me encojo de hombros—. Pero bueno, háblame de ti.

—No hay mucho que contar. Nací y crecí aquí, trabajo en la taberna junto a mi padre, ya que es un negocio familiar, y tan solo somos él y yo.

—¿Y tu madre?

—Falleció hace unos años —hace una mueca de dolor—. Cayó gravemente enferma y no pudo salvarse.

—Lo siento mucho —alcanzo su mano con la mía para mostrarle mi apoyo—.Debió de ser muy duro.

—Lo fue, pero por suerte mi padre y yo estuvimos juntos para apoyarnos el uno al otro.

—¿Y qué puedes contarme sobre el pueblo?

Sus ojos brillan con una leve picardía y una sonrisa se dibuja en su rostro.

—De eso puedo decirte muchas cosas.

—Entonces, ¿a qué estás esperando?

Durante toda la tarde estuvo contándome anécdotas, algunas más descabelladas que otras, sobre eventos que habían ocurrido en Villa Valdebajo, y he de reconocer que muchas de ellas eran muy divertidas. Natalia y yo hicimos buenas migas en seguida, incluso su padre y ella me ofrecieron quedarme en una de las habitaciones de la posada para pasar la noche hasta que pudiera volver a mi época. Ambos son dos personas interesantes y cultivadas, ya que acabamos tratando algunos temas de conversación como la literatura o la filosofía, descubriendo así que Alberto y yo compartimos un interés en Sócrates.

—Había un libro que a mi madre le encantaba y solía leérmelo con frecuencia —habla con entusiasmo—. Dame un minuto que te lo muestro.

Observo cómo corre en busca del libro y en menos de lo que canta un gallo ya está de vuelta con él entre sus manos.

—¿Cómo se titula?

El baile de un alma perdida.

—Nunca había oído hablar de ese libro.

—Qué extraño —frunce el ceño—. Es una gran obra. Incluso mi madre dejo escrita su frase favorita de la novela en el comienzo del libro.

—¿Puedo verlo?

—Por supuesto —me extiende la novela con ambas manos—. Ten.

Las cubiertas del libro son de un rojo granate con detalles plateados, al igual las letras del título, los bordes están algo desgastados debido al uso, pero se observa a la perfección que ha sido tratado con mimo y cuidado. Con delicadeza, abro su cubierta y observo asombrada la frase escrita al comienzo con una caligrafía cuidada, ya que me es demasiado familiar como para pasarla por alto.

—No puede ser.

—¿Ocurre algo?

—Esta frase —señalo con el dedo el lugar en el que está escrita la oración—.Dijiste que la escribió tu madre, ¿verdad?

—Sí, era su preferida. Decía que le ayudaba a enfocarse en lo importante de la vida. ¿Por qué lo preguntas?

—Porque esta frase es la misma que estaba escrita en la nota que encontré junto al reloj.

—¿Estás segura de ello?

—Pondría la mano en el fuego.

Con celeridad, pongo mi bolsa sobre mi regazo y saco el reloj, posicionándolo al lado del libro.

—¿Eso quiere decir que has encontrado la forma de volver?

—Creo que si leo la frase en voz alta y con el reloj en la mano puedo volver a mi época.

—Supongo que entonces esto es una despedida —comenta con gesto abatido. Enel poco tiempo que hemos pasado juntas nos hemos hecho buenas amigas y ahora una pequeña sensación de congoja agolpa mi corazón—. Ha sido un placer conocerte y tenerte en nuestro pequeño negocio.

—Os agradezco de corazón lo que habéis hecho por mí y espero tener la oportunidad de volver a veros alguna vez.

—Ven aquí antes de que me hagas llorar —Natalia me estrecha entre sus brazos con firmeza, en una despedida amarga y llena de ternura.

—¿A qué se deben esas caras largas? —Alberto se para, apoyándose en el marco de la puerta, observándonos con una sonrisa—. ¿Qué mozo os ha faltado al respeto de tal manera que estéis así?

—Padre, Aurora y yo creemos haber descubierto la forma de que ella vuelva a su época.

—Ya veo —camina hacia nosotras hasta llegar a nuestra altura—. Por lo que ese gesto abatido se debe a que esto es una despedida.

—Le agradezco su amabilidad y su buena compañía.

—No hace falta que adules a este pobre anciano, ha sido un placer tenerte con nosotros en un periodo tan corto de tiempo —sonrío ante sus palabras—. Anda, ahora dame un abrazo. No vaya a ser que te vayas sin despedirte como es debido.

—Ni se me ocurriría hacer tal cosa.

Nos abrazamos susurrando palabras de despedida, con sonrisas en nuestros rostros que tratan de ocultar la tristeza que conlleva el decirnos adiós. Cogiendo el reloj con una mano y ajustando la tira de mi bolsa con la otra, me posiciono frente al libro y leo en voz alta la frase:

—Aquellos que viven apegados al pasado están condenados a repetirlo.

Por el rabillo del ojo, observo cómo las manecillas del reloj comienzan a girar con rapidez en el sentido adecuado y, en un abrir y cerrar de ojos, la misma luz azul ciega mi visión por un instante, transportándome de nuevo a la biblioteca de aquella casa abandonada.

Giro sobre mis talones para asegurarme de que lo que estoy viendo es real y no una ensoñación, descubriendo aquella vieja nota a mis pies, la cual recojo y observo con una sonrisa. Y pensar que algo tan sencillo como unas simples letras me han descubierto un mundo de posibilidades en tan solo un instante.

Aprovecho para sacar mi teléfono y comprobar que ahora sí dispongo de cobertura, por lo que busco en internet alguna información sobre el pueblo que he visitado. Para mi sorpresa, descubro que el pueblo fue destruido a finales de la Guerra Civil y que nunca fue reconstruido, es por eso que cayó en el olvido.

Mi curiosidad me instiga a investigar más, por lo que me llevo una sorpresa cuando encuentro una fotografía de la casa en la que me encuentro en estos momentos, descubriendo que perteneció a una familia terrateniente que prefería vivir alejados del pueblo. Quizá es por ello por lo que su casa se salvó de ser destruida.

Eso quiere decir que estoy en Villa Valdebajo, pero ciento veinte años más tarde. Quién lo iba a decir. Suelto una carcajada de incredulidad y vuelvo a bajar la mirada hacia la nota envejecida que se encuentra entre mis manos, junto al reloj de bolsillo.

Si mi teoría no es incorrecta, cada vez que diga en voz alta esta frase mientras tenga el reloj en la mano podré ir y volver entre mi época y la época pasada. Podré ver a Natalia y a Alberto de nuevo y todas las veces que quiera. Tengo a mi disposición un objeto de un valor incalculable, del cual desconozco su procedencia o quién fue su antiguo dueño, pero sí sé que volverá a visitar su hogar miles de veces, tanto en esta época como hace ciento veinte años.

Observo maravillada aquel reloj de bolsillo, pensando que de ahora en adelante va a ser una gran compañía y un objeto que me va a permitir conocer cosas fascinantes gracias a una frase de la novela El baile de un alma perdida. ¿Quién diría que al final el tiempo resultaría relativo? Lo que es una eternidad para uno, es un instante para otro. Lo único que sé con certeza es que esta aventura no ha hecho más que comenzar.

Next Chapter