La Carta

En la época de los 1900 una ciudad trata de sobrevivir, una época caótica en relación a la economía. Calles invadidas por gentes y automóviles,polvo, humo y hambre.
Los comercios abren a medias. Vendedores ambulantes gritan ofertas: frutas, telas, pescado fresco de la bahía.
Un cartel desvencijado colgando sobre una puerta:
DESTACAMENTO POLICIAL
Una casa de madera de dos plantas. Paredes desconchadas. Ventanas agrietadas. Dentro, una sala de espera con sillas torcidas y olor a sudor.Daniel Crisco, dieciséis años, rostro limpio, boina inclinada, camisa azul oscura y pantalones marrones, aguarda con la mirada clavada al suelo. Se retuerce las manos, oficiales entran y salen. Voces bajas y murmullos.
La puerta al fondo se abre con un chirrido. Una voz grave lo llama desde dentro.
—Crisco. Pasa.
Daniel se levanta despacio. Camina con pasos cautelosos.
El cuarto está vacío. Una sola mesa. Dos sillas enfrentadas.
Daniel se sienta.
Del otro lado, un hombre con barba negra, unos cuarenta años, ojos oscuros que no parpadean.
—Me llamo Johan Palanchi —dice el hombre—. Me dieron tu nombre, pero quiero que me lo confirmes.
—Daniel Crisco oficial.
—Bien. Es lo correcto.
Daniel traga saliva. Sus dedos se entrelazan nerviosos sobre sus rodillas.
—¿Hice algo mal, oficial?
—No, para nada. Solo estás aquí para responder algunas preguntas.
Johan Hace una pausa breve—. El sacerdote, según me informaron, habló contigo.
—Sí. Me pidió que colaborará con usted.
Palanchi esboza una leve sonrisa.
—Ese fue un buen consejo, muchacho.
Johan saca una libreta del bolsillo del abrigo. Revisa unas notas sin apuro.
—Según esto, eres monaguillo. Aquel que asiste al sacerdote.
—Sí, señor. El padre Marcos es el encargado. Soy uno de los monaguillos, el que más coopera. Los demás solo vienen los domingos.
—¿Quieres seguir los pasos del sacerdote?
Daniel sonríe con timidez.
—No lo sé. Me gusta ayudar. Pero en cuanto a la religión… todavía tengo mucho que aprender.
Palanchi se inclina ligeramente hacia él.
—Un muchacho que vive en la iglesia debe tener sus razones. ¿No te importa tu juventud, las fiestas, las chicas?
Daniel duda.
—Me considero un joven normal.
—Eso no dicen tus compañeros de clase. Ni los chicos de tu edad.
—¿Cómo sabe eso?
—Lo acabas de confirmar tú solo —responde Johan, sin cambiar el tono—. Es mi trabajo descubrir lo que callas.
Daniel baja la mirada. Hay algo de confusión en sus ojos.
—¿Está seguro de que no estoy en problemas?
No obtiene respuesta. El oficial cambia de tema.
—¿Eres el preferido entre los monaguillos?
—No lo sé. El sacerdote confía en mí. Nunca le he fallado. Soy el que se queda más tarde, si es necesario.
Johan lo observa en silencio unos segundos.
—Y esa lealtad te llevó a asistir a un exorcismo.
Daniel se tensa de inmediato. Su espalda se endereza.
—Usualmente el padre va con alguien de su nivel. Otro sacerdote. Pero esa noche fue distinta. Pasó por mi casa, dijo que necesitaba mi ayuda. Mis padres me dejaron ir. Ya de camino supe que íbamos a la casa de los Valencias.
—¿Los conoces?
—Sí. Familia devota. Nunca faltan a misa. Siempre están presentes.
—¿Algo raro en ellos?
Daniel recuerda, la imagen aparece clara en su mente: ojos marrones, piel blanca, vestido modesto. Una presencia que lo inquietaba sin saber por qué. Una chica que le llama la atención.
—Nada raro. Una familia normal.
Johan entorna los ojos.
—Vamos, Daniel. Tus ojos dicen que estás enamorado.
El joven se incomoda. No responde.
—Esa noche —continúa el oficial— tú y el sacerdote fueron a la casa. Él entró al cuarto de la chica, la que supuestamente estaba poseída. Los padres estaban en la sala. Los hermanos en sus cuartos.
—Solo le ayudé a llevar unas cosas. Luego me quedé en la puerta. Me senté en el piso. Esperé como una hora.
—¿Viste lo que pasó?
—La joven dormía boca arriba. Muy pálida. Pero el padre no me dejó quedarme. Me mandó afuera.
—¿Y durante esa hora?
—Escuchaba al padre rezar… luego gritos de la chica. Pero no como si la estuvieran hiriendo.
—¿Estaba triste?
—Más bien parecía que la consolaban.
Palanchi frunce el ceño.
—En un exorcismo real, las luces parpadean. Las puertas tiemblan. Hay olor a azufre. Se escuchan chillidos. Cosas sobrenaturales.
—Le aseguro que nada de eso pasó.
El hombre se pone de pie. Camina despacio alrededor de la mesa. Se detiene frente a Daniel.
—La chica asesinó a sus padres.
El muchacho se queda helado.
—El vecino logró entrar. La encontró con un cuchillo. El mismo que usó para degollar a sus padres y hermanos. Él la persiguió con su escopeta. Ella corrió hasta el arroyo.Le disparó por la espalda. Según el vecino, la chica cayó al agua, y el arroyo se la llevó.
El silencio se instala como una piedra. Johan continua.
—Encontramos varios cuerpos río abajo. Uno podría ser el de ella. Pero estaban irreconocibles. Algo en ese arroyo devora cuerpos.
Daniel está pálido. Apenas puede sostenerle la mirada.
—¿Tenías contacto con ella? ¿Algún intercambio? ¿Algo que debamos saber?
—No… nada. Solo la miraba en misa.—. ¿Usted cree que ella hizo todo eso?.
—Se está investigando.
El hombre guarda la libreta en el abrigo y se dirige hacia la puerta.
—Te puedes ir.
Daniel camina solo.
La ciudad sigue con su caos: vendedores, claxon de autos, voces lejanas.
Pero él ya no es el mismo.
Unos años después……
Un autobús avanzaba por una carretera solitaria. El paisaje ya no mostraba ciudades, solo colinas secas, matorrales esqueléticos y árboles muertos. El calor se sentía como una manta sofocante que cubría todo.
Dentro del autobús, casi vacío, Daniel Crisco, de unos 25 años, observaba el mundo desde la ventana. Llevaba puesta una camisa blanca de manga larga, pantalones de tela negra y unos zapatos marrones gastados. Su rostro, limpio y tranquilo, apenas se inmutaba. Se secaba el sudor con un pañuelo mientras miraba el horizonte.
El autobús se detuvo en una pequeña ciudad. Los pocos pasajeros que quedaban bajaron en silencio. Solo Daniel permaneció en su asiento.
—Amigo —dijo el chofer, alzando la voz desde su asiento, mirándolo por el retrovisor—. Después de aquí no hay nada. Solo un pueblo en plena construcción. ¿Está seguro de que no se ha perdido?
Daniel saca un papel doblado del bolsillo, lo leyó y respondió sin levantar mucho la voz:
—Mármol. Me dijeron que este bus iba para allá.
—Sí, Mármol es la última parada —asintió el chofer.
—¿Conoce el pueblo?. Pregunta Daniel.
—De paso nada más. Si llego de noche, me quedo hasta el amanecer. Es un lugar que intenta crecer, pero siempre va atrasado.
—¿Un pueblo en construcción?
—Así es. Hace unos días instalaron un destacamento de policía, pero seguro está vacío como el resto del pueblo. ¿Acaso usted es policía?
Daniel negó con una leve sonrisa.
—No, para nada. Estoy de paso, tengo conmigo unas donaciones para la iglesia.
El chofer lo mira desde el retrovisor con media sonrisa burlona.
—El gobierno no tiene cómo mandar una iglesia católica, en vez de mandarlo a usted hermano. Así que mandan lo que pueden.
El Chofer suelta una carcajada sonora que retumbó en el bus vacío.
—Faltan unos veinte minutos. Le deseo suerte… aunque ustedes los cristianos no le temen al peligro, ¿verdad?
Daniel apenas sonrió. Como si le costara.
Unos treinta minutos después, el autobús se detuvo frente a un banco de madera desvencijado. No había cartel, ni gente, ni sombra. Solo polvo y sol..Daniel baja del autobús con su maleta, pequeña, negra, algo desgastada. Observa el lugar. Todo parecía dormido. Comercios cerrados, estructuras de madera una al lado de la otra, separadas por un camino de tierra.
El chofer grita desde el autobús.
—¡No te dejes engañar por la primera impresión! Te dije que la ciudad está en construcción. No por falta de materiales, sino por falta de gente.
—¿Entonces, existe una buena cantidad de personas?
—¡Claro! Pero eso no significa que te estuvieran esperando —respondió entre risas.
El motor rugió, y el autobús se alejó levantando una nube de polvo. Daniel se quedó solo. Camina por el pueblo, pasando junto a letreros desteñidos: “Joyería”, “Tapicería”, “Zapatero”, “Mueblería”, “Cafetería”, “Bar”, Hotel. Al otro lado de la calle, algunos locales ni siquiera tenían nombre.
Volvió a sacar el papel del bolsillo y lo revisó mientras andaba. Alzó la mirada y notó que la ciudad terminaba en apenas unos metros, aunque la carretera seguía más allá. Doblando hacia la derecha, pasó detrás de los negocios hasta que la encontró: una casa de dos plantas hecha completamente de madera. La fachada era azul, con persianas blancas. La pintura parecía fresca, como si alguien hubiera querido darle una nueva vida. A un lado, un pozo cubierto por una tapa redonda. El nota un pequeño cuarto de madera a una distancia, un letrero guindando donde dice “Letrina”. Daniel presta atención a la casa, la puerta estaba entreabierta. Daniel abre la puerta y entra a la casa.
El nota seis bancos, tres a cada lado de un pasillo central que conducía a una pequeña plataforma con tres escalones. Daniel camina y sube con calma a la plataforma, recorre el lugar con la mirada. Una sonrisa se le puede notar, dejando saber que todo está perfecto. Detrás de la plataforma encontró una puerta. La abrió y descubrió unos estrechos escalones de madera, Daniel al segundo piso.El cuarto es modesto. Una cama de madera sin sábanas, sin almohadas. Una silla junto a una mesa simple. En la pared, una ventana redonda dejaba entrar la luz tibia del atardecer. Daniel dejó su maleta sobre la cama. No la abrió, se recostó y usó la maleta como almohada. Cerró los ojos, como quien por fin llega a casa.
Daniel baja las escaleras en silencio. El eco de sus pasos resuena en la nave vacía de la iglesia. Al llegar al pasillo principal, nota a una mujer sentada en uno de los bancos. Es blanca, mayor, de unos sesenta años. Lleva un velo negro sobre la cabeza, una blusa blanca muy almidonada, y una falda negra que le cubre hasta las rodillas. Sus zapatos, bajos y lustrados, no emiten sonido alguno. Observa a Daniel fijamente, como si ya lo conociera.
Daniel se detiene un momento. Luego camina hacia ella con cautela, como si se acercara a una figura de autoridad.
—Buenas tardes, señora. Usted debe de ser Martha.
Ella no responde al instante. Lo examina de arriba abajo, con una expresión impasible.
—¿Usted tiene un saco?
Él frunce el ceño, sorprendido.
—¿Perdón?
—Un saco de vestir. Necesita uno. No se preocupe por la corbata, pero aquí tenemos nuestras costumbres, y todo aquel que quiera ser parte de este pueblo debe seguir las reglas.
Daniel parpadea, incómodo. Mira sus propias ropas con cierto desconcierto.
—Disculpe… Gerónimo no mencionó nada parecido.
—Me sorprende. Él conoce bien nuestras reglas. Pero no se preocupe, cuando regrese volveremos a hablar del tema. Gerónimo es un hombre recto. En este momento no está aquí; sigue buscando negocios para sacar adelante al pueblo.
—¿No sabe cuánto tardará?
Martha lo mira con dureza. Su paciencia parece tener límites.
—Esos son sus asuntos. Llegará cuando tenga que llegar.
—Disculpe, claro… tiene razón.
Ella asiente, apenas.
—Según entiendo, necesita algunas cosas. Estoy aquí para servirle.
Daniel intenta sonreír para aliviar la tensión.
—Ah, sí… Dejé las donaciones en el cuarto. El padre Marcos le desea todo lo mejor a este nuevo templo de Dios.
Martha esboza una sonrisa breve, casi automática.
—Gracias. Estamos agradecidos de que el padre Marcos quiera aportar a este pueblo en crecimiento.
Daniel saca un pequeño reloj de bolsillo, lo abre y lo observa.
—Bueno, señora, encantado. Ya mi autobús debe de estar por llegar.
Martha alza una ceja, sorprendida.
—¿Usted para dónde va?
—Voy de regreso a casa. Ya cumplí con mi parte del trabajo.
Ella lo mira con suspicacia.
—Gerónimo dijo que se quedaría algunos días. Según él, no está trabajando y tiene tiempo libre.
Daniel baja la mirada, confundido.
—Tiene razón, la fábrica donde trabajaba cerró… pero tengo mis planes, mi vida en la ciudad, y debo regresar. Además, el padre Marcos no me mencionó nada sobre quedarme más tiempo.
Una puerta al fondo se abre con un chirrido. Un hombre alto entra. Tiene barba negra, no lleva bigote. Su saco oscuro y su sombrero lo hacen parecer salido de otra época. Sus ojos son penetrantes, pero amables.
—Saludos. Usted debe de ser Daniel. Marcos habla muy bien de usted. Se podría decir que es su profeta.
Se acercan y se dan un apretón de manos firme.
—El padre Marcos también habla muy bien de usted.
—Claro, es mi tío.
Antes de que puedan continuar, Martha se adelanta, con los brazos cruzados.
—El joven ya está en camino de vuelta Gerónimo.
—¿Pero acabas de llegar hijo mío?
—Le estoy explicando que según el padre, el joven debía quedarse unos días.
—Sí, claro… Me sorprende. A menos que hayas cambiado de opinión al ver cómo es nuestro pueblo.
Daniel se siente expuesto. Mira al suelo, luego a Gerónimo.
—No, para nada. No diga eso. Su pueblo se ve lleno de potencial, no lo tome a mal. Solo que… no sabía nada al respecto.
Gerónimo mete la mano en el bolsillo de su saco y saca una carta doblada.
—Esta carta la envió Marcos. Dice que eres un muchacho de mucha fe y muy servicial, y que estarías de acuerdo en quedarte unos días para ayudarnos.
Daniel toma la carta y la lee en silencio. La expresión en su rostro cambia. Sus labios se tensan. Finalmente, se la devuelve a Gerónimo.
—Claro, sí… sería un placer quedarme unos días.
Gerónimo sonríe con satisfacción y alza los brazos como si recibiera una bendición.
—¡Alabado sea nuestro Creador! Vamos, muchacho, necesitas un recorrido por Mármol. Créeme, esta es una buena decisión.
Ambos salen al exterior. El sol brilla con fuerza. El terreno es seco, el polvo se levanta bajo sus pasos. Daniel nota las botas altas de Gerónimo.
—Como puedes ver, aún seguimos las tradiciones amish. Cada persona vive separada, con sus granjas y su espacio. Nosotros decidimos negociar con el gobierno para crear un pueblo comercial, con mercados y todo lo necesario para crecer. Nosotros lo administramos. El gobierno, por su parte, solo facilita la infraestructura y el reconocimiento legal. Existen reglas que todos deben seguir, incluidos nosotros.
Geronimo se detiene y señala una colina a lo lejos.
—Allí es donde residimos nosotros. Y si miras hacia la derecha, detrás de aquella otra colina, está el proyecto humanitario.
Daniel observa con atención. Sus ojos recorren el paisaje con interés.
—¿Me quiere decir que ustedes son los dueños de un pueblo… donde existe todo aquello que ustedes normalmente rechazan?
Gerónimo ríe, pero no responde de inmediato.
—Muchacho, el mundo está cambiando. Muchos de los míos no aceptan esta idea. Pero mi familia sí. Este proyecto busca un equilibrio. El problema es que nadie quiere venir aquí a empezar de nuevo. Pero eso no significa que vamos a rendirnos.
—Entonces, ¿se podría decir que ustedes quieren controlar el movimiento de una ciudad… para su propio beneficio?
—El plan es que nos paguen a nosotros en lugar de al gobierno. Claro, el gobierno recibe su parte.
—¿Y cómo piensa atraer a tantas personas?
Gerónimo se adelanta y hace un gesto para que lo siga. Suben por una colina empinada. Desde arriba se ven casas en construcción, obreros amish trabajando la madera.
—La clave es el cambio: vivir sin pagar renta.
Daniel respira hondo. Mira la pequeña ciudad más abajo, junto a la carretera.
—Ahora lo entiendo… La ciudad y la carretera dividen los dos mundos. De un lado están ustedes detrás de esta colina a la derecha ; del otro, los que vendrán a convertir esto en una ciudad comercial, están en la otra colina a la izquierda
Gerónimo le da una palmada en la espalda.
—Exactamente muchacho. Entiendes el proyecto.
—Veo que casi todo es nuevo, pero no todos. Este pueblo… ¿ya existía?
—Sí, era un pueblo abandonado. Hicimos una buena oferta al gobierno. La gente no podía vivir en paz, había muchos conflictos. También estaban los indios que rondaban esta zona.
Daniel frunce el ceño, nervioso. Mira a su alrededor con cierta inquietud.
—No te preocupes. Los tiempos han cambiado. Ya no es el viejo oeste.
Geronimo ríe con fuerza. Daniel le devuelve la risa, aunque forzada.
—¿Y cómo puedo ayudar durante estos días?
Gerónimo se detiene. Se quita el sombrero, lo sostiene bajo el brazo y saca un aro de llaves de su bolsillo.
—Con tantos negocios y proyectos, he descuidado mi papel como líder. Debo atender algunas quejas de mi gente. Estaré en mi territorio varios días. Vendrán algunos visitantes. Quiero que tú los recibas. Si representan comercio, les das una casa vacía. ¿Entiendes el procedimiento?
Daniel toma las llaves, las observa con cierta duda, pero asiente.
—Cualquier asunto, quédate en la colina hasta que alguien te llame. No puedes venir a buscarme. Hablaré con mi gente para ver si puedes ser bienvenido. No tenemos nada contra ti, pero respetamos nuestras tradiciones, y la visita de un forastero no es algo común.
—Entiendo…
—Martha pasará todos los días por la ciudad. Te llevará comida. Puedes quedarte en la casa de fe. Nosotros ya tenemos una nueva en mi territorio.
Gerónimo lo abraza de forma rápida, y luego se marcha colina arriba. Daniel se queda solo. Mira las llaves en su mano, luego levanta la vista hacia el cielo. No hay respuestas.
La noche había caído y el calor era denso y pegajoso. Daniel permanecía junto a la ventana de la pequeña iglesia, observando la quietud del campo. Las estrellas brillaban con nitidez sobre un cielo claro. Desde allí podía ver las dos colinas: la de los amish, donde aún se notaban luces tenues, y la otra de las viviendas, sumida en una oscuridad espesa.
En la oscuridad un caballo descendía lentamente por el sendero. Una lámpara colgaba del costado de un carruaje de madera. Daniel se apartó de la ventana y bajó al primer piso con pasos acelerados. El sonido se detuvo frente al templo. Alcanzó a oír voces afuera, y reconoció la voz de Martha, dando indicaciones con su tono áspero.
La puerta chirrió al abrirse. Ella nota a Daniel parado en la plataforma
—¿Vas a predicar o me vas a ayudar? —preguntó Martha, entrando con el ceño fruncido.
Daniel reaccionó de inmediato. Corrió hacia el banco más cercano, tomó una paila y una funda, y los acomodó con torpeza. Luego se quedó de pie esperando.
—Eres un joven extraño —dijo ella mientras lo observaba de arriba abajo—. Pero Marcos habla bien de ti… ¿Hay algo que debamos saber?
Él se quedó inmóvil, bajando la mirada.
—Disculpe usted… no soy bueno con las personas. Me pongo nervioso… siento que voy a hacer todo mal.
Martha lo analiza, sin suavizar su expresión.
—Según Marcos, trabajas en la fábrica. También eres buen hijo, eres servicial, con poca vida social. Eso ya te hace parte de esta comunidad. A veces es mejor ser único que igual a todos.
Daniel sonrió con timidez, pero al notar que ella no cambiaba el gesto, borró la sonrisa y volvió a adoptar una expresión seria.
—¿Te dejaron caer cuando naciste? —disparó de pronto Martha.
—¿Eso lo escribió el padre Marcos?...Pregunta Daniel.
La mujer soltó una carcajada que retumbó en las paredes, aunque fue interrumpida por una tos seca. Se llevó la mano al pecho.
—Olvídalo. Quédate en tu mundo. Pero escucha bien. En esa esquina hay sopa y pan. Y un saco de vestir. Era de uno de los chicos, pero te lo puedes quedar. Afuera hay un tanque con agua para que te laves.
—Gracias señora Martha. De verdad… Tal vez mañana ya me vaya. No traigo casi nada. No tengo ropa, ni mis libros…
Ella levantó una ceja.
—Espero que sea así. Porque me da la impresión de que quieres salir corriendo de aquí.
—Perdón, pero tengo algunos asuntos que atender…
—¿Alguna chica?
—No, señora.
—¿Hijos?
Daniel se tensó, nervioso.
—Todavía no…
—¿Trabajo pendiente? ¿Alguien enfermo? ¿Debes dinero? ¿Te busca la policía? ¿Mascota que cuidar?
El joven tragó saliva y negó con la cabeza.
—No, señora.
Martha lo observó con un gesto que mezclaba dureza y algo de lástima.
—Entonces un poco de aire fresco no te va a hacer daño. Mírate… pareces harina con sudor. Pálido, y sin motivos para vivir.
Él bajó la vista. No tenía una respuesta.
—Eso también lo dijo Marcos.
Daniel alzó la mirada, confundido.
—Oh… ya veo.
Afuera, alguien caminaba de un lado a otro, impaciente. Martha lo notó.
—Ese es Palermo —comentó señalando hacia la sombra de un joven bajo y robusto sentado en la tierra—. Podría decirse que es como tú..
Daniel frunció el entrecejo, intentando mirar mejor.
—¿Lo dice por lo reservado? ¿O por respeto, como decía la carta?
Martha lo miró sin rodeos.
—Palermo es retrasado mental.
Daniel se sobresaltó. Se acercó a la ventana con disimulo. El muchacho afuera jugaba con una ramita en la tierra, completamente ajeno a lo que se decía de él.
—Yo… ¿Está usted segura?
—Mañana tienes trabajo. Estarás atento a los visitantes. Cierra bien la puerta. No vaya a ser que te roben —dijo Martha, girando sobre sus talones.
—Preferiría quedarme con alguien —dijo él, casi en susurro—. Por si llega alguna visita no deseada?.
Martha se detuvo en seco. Giró lentamente.
—¿Gerónimo te habló de los indios?
Daniel en silencio.
—Créeme, hay cosas peores muchacho.
Cuando ella intentó salir, él se interpuso en la puerta, nervioso, las manos temblorosas.
—¿Qué cosas? ¿Qué puede ser peor que… los salvajes?
Martha lo miró fijamente, sorprendida por el término.
—Ustedes… los de tu tipo —respondió con frialdad—. Usan palabras como “salvajes” sin saber. Este lugar les pertenece a ellos. Ustedes se esconden en las letras de los periódicos para acusar a los que no entienden. Ahora, quítate de la puerta. No quiero que Palermo te tienda como ropa mojada.
Martha sale al aire caliente de la noche. Daniel cerró la puerta de golpe al notar la figura de un hombre gordo y alto que lo observaba fijamente desde la distancia.
El calor despierta a Daniel Crisco de golpe. Se incorpora de la cama como si alguien lo hubiera espantado. Mira el catre donde duerme, aún sin colchón. La sábana blanca que Martha le envió está empapada de sudor. Está sin camisa, en calzoncillos, incómodo, como si el sudor le diera asco.
Se pone de pie, se estira con pereza, y baja a la planta baja. Sobre unos de los bancos, aún quedan sobras de la cena del día anterior. Las come sin mucho entusiasmo, en silencio. Luego se pone un pantalón y se acerca a la puerta. La abre con cautela, echando un vistazo hacia fuera como si esperara encontrarse con alguien.
El sol golpea con fuerza. El cielo está limpio, radiante, como si no hubiera anochecido. Daniel camina hasta el tanque de agua, se inclina y comienza a lavarse la cara y el torso con desesperación. Su respiración es rápida; el calor es sofocante. Mira de un lado a otro. Todo parece en calma, como siempre.
Está a punto de regresar a la casa cuando un sonido distinto le llama la atención. Gira el cuello rápidamente hacia la colina de las viviendas. Una nube de polvo lo confirma, un grupo de jinetes se acerca con velocidad. Ya no hay tiempo de entrar, lo han visto. Decide quedarse junto al tanque, esperando.
Diez hombres a caballo se detienen frente a él. Algunos se desmontan para beber del tanque. Llevan chalecos con placas, botas altas, sombreros de ala ancha y armas visibles. Uno de ellos se adelanta con paso firme, un hombre blanco, robusto, de unos cincuenta años. Viste camisa roja sucia y un chaleco negro. Su rostro está curtido por el sol, con una barba canosa a medio crecer. Escupe tabaco al suelo y lo mira sin expresión.
—Disculpen… —dice Daniel con voz tensa— pero me acabo de lavar con esa agua que están tomando.
Los hombres guardan silencio por un instante. Luego estallan en carcajadas. Uno de ellos incluso se sujeta el estómago.
El del chaleco negro finalmente sonríe. Sus ojos fríos no dejan de observarlo.
Daniel traga saliva, da un paso al frente.
—Me llamo Daniel Crisco. Soy nuevo por estos lados.
El hombre lo escudriña de arriba abajo, como evaluándolo. Luego gira la cabeza hacia sus compañeros y vuelve a mirarlo.
—Puedes llamarme Polak —dice al fin—. Soy el sheriff de estas tierras. Estoy buscando a Gerónimo.
Daniel señala con la cabeza hacia la colina.
—Gerónimo debe estar por allá con su gente. Si quiere, puedo subir y quedarme parado en la colina, para que sepan que usted necesita hablar con él. No se permite entrar a ese territorio sin aviso.
Varios de los jinetes sueltan una carcajada. Incluso Polak sonríe con burla.
—Créeme muchacho. Somos bienvenidos donde sea. Gerónimo tenía razón… la carta te describe como otro Palermo.
El rostro de Daniel se tensa.
—¿Usted leyó la carta?
Polak escupe de nuevo, esta vez más cerca de sus botas.
—Gerónimo me habló de un chico de ciudad que iba a llegar. Si no me lo hubiera dicho, te habría disparado al verte. Aquí no confiamos en extraños.
El sheriff se coloca de nuevo el sombrero y le lanza una última mirada antes de montar su caballo. Los jinetes giran dirección a las colinas de los Amish y se alejan.
Daniel suspira aliviado. Justo cuando da un paso para entrar a la casa, nota a lo lejos un carruaje detenido en medio de la calle. Dos personas están de pie, mirando el entorno con cierta confusión. Se apresura, entra, busca una camisa, se la pone rápidamente, y corre hacia ellos.
Frente al carruaje, un hombre gordo y calvo intenta bajar una caja de madera. Tiene un bigote largo que baja más allá de la boca, una camisa blanca sucia con tirantes que apenas sostienen su enorme barriga, y pantalones negros arrugados. A su lado, una mujer de unos sesenta años, blanca, con el cabello corto y canoso, lleva un vestido largo de tono crema. Tiene un lunar oscuro justo al lado de la nariz. Ambos lo ven acercarse corriendo.
La mujer sonríe, vuelve la mirada hacia su esposo.
Marla (con voz divertida):
—Mira, Paul… este debe ser el antisocial que Gerónimo mencionó en su carta.
Daniel trata de hablar, pero aún recupera el aliento.
El hombre lo examina con curiosidad de arriba abajo.
Paul:
—…
Marla lo observa unos segundos más, pensativa.
—No lo mires tanto, claro que es él.
Hace una pausa, como si intentara recordar algo, y de pronto su rostro se ilumina.
—¡Eres Daniel! Daniel, el monaguillo, ¿verdad?
Daniel asiente, respirando con más calma.
—Soy Daniel, sí… pero ya no soy monaguillo. A veces ayudo en la iglesia, pero no como antes, cuando era niño.
Marla se acerca a Paul y le murmura, intentando que Daniel no escuche.
—Dios santo, Paul… Está tan grave como pensé. Describe lo que es un monaguillo, pero se niega a admitirlo.
Marla sonríe de nuevo, se vuelve hacia él.
—Yo soy Marla Terries, y este es mi esposo, Paul. Nos encargamos de la cafetería. Tenemos dos restaurantes en la ciudad. Gerónimo nos invitó a venir a abrir uno aquí.
Daniel mete la mano al bolsillo.
—Sí, claro. Tengo las llaves.
Daniel saca las llaves, pero Paul se las arrebata sin decir una palabra y comienza a caminar hacia el edificio.
Marla, incómoda, lo sigue con la vista.
—No te lo tomes a mal —dice, mientras camina a su lado—. A mi esposo no le gusta que le hagan perder el tiempo.
Daniel se confunde , se siente molesto. Marla se da cuenta y cambia el tono.
—Perdón, no quise ofenderte. Sabemos que tienes potencial. Estoy segura de que vas a hacerlo bien. Es solo que él… prefiere hacer las cosas a su manera.
Llegan a la entrada de la cafetería. Daniel los sigue, con una pregunta en la mente.
—Disculpe… ¿qué fue exactamente lo que Gerónimo dijo sobre mí en esa carta?
Marla se adelanta con una sonrisa fingida.
—Seguro tienes hambre. No te preocupes. Cuando terminemos aquí, vamos a hacer un buen guiso.
Él asiente con una sonrisa leve. Observa a Paul bajando cajas del carruaje. Corre a ayudar, pero apenas logra mover una.
—¿Qué tienen dentro? —pregunta jadeando.
Paul lo mira serio, con expresión de fastidio.
—Frutas y vegetales.
Daniel se sorprende y lo intenta otra vez. No logra levantarla. Marla lo anima desde un lado.
—Vamos Daniel. Estás creciendo. Esto es para hombres. Cuando madures, serás fuerte como un roble. Debes tener… ¿quince años?
—Tengo veintiséis.
Paul y Marla se miran, sorprendidos.
Paul se acerca a su esposa y murmura:
—¿Espero que se desmaye intentando levantar la caja o le hago un entierro verbal?
Ella lo ignora. De pronto, nota un grupo acercándose.
—¡Daniel! Mira, Gerónimo viene con los jinetes. Parece que te está buscando. Ve, hijo, apúrate.
Daniel mira hacia la colina. Gerónimo está hablando con los hombres.
—No creo que me esté buscando, señora Marla…
Marla pierde la paciencia.
—¡Lárgate por Dios…!
Marla se detiene de golpe, nota el tono que usó, y suaviza la voz con una sonrisa forzada.
—Digo… ve tranquilo. Nosotros te buscaremos cuando esté la comida.
El sol caía sobre el campo abierto. Gerónimo y Polak conversaban en medio del terreno seco, mientras los hombres del sheriff se mantenían cerca vigilando. A lo lejos, uno de ellos nota a Daniel Crisco acercándose.
—Daniel, hijo mío —dijo Gerónimo, extendiendo los brazos—. Ven, únete a nosotros.
Daniel se acercó con cierta timidez. Gerónimo lo abrazó con fuerza, y él sonrió apenas, incómodo bajo tantas miradas.
—Este es el sheriff Polak —continuó—. El sheriff dice que debo cambiar el letrero donde dice “Policía”, porque según él, eso solo aplica a las ciudades.
Polak entrecerró los ojos, con el sombrero bajo y la mandíbula tensa.
—Usted conoce muy bien las reglas del oeste, señor Gerónimo. Ese proyecto suyo de traer una ciudad aquí… es una batalla perdida.
Gerónimo soltó una risa suave y le hizo un gesto cordial.
—Pues que sea a su manera. Daniel, te presento oficialmente a nuestra autoridad. El sheriff Polak es el encargado de la seguridad de este lugar que llamamos Gastón.
Polak mira a Daniel con frialdad, apenas moviendo la cabeza en señal de saludo.
—Sí, claro… —respondió Daniel—. Ya hablamos un poco esta mañana.
—Bien… —empezó Gerónimo, pero Polak lo interrumpió sin miramientos.
—¿Cómo puede mantener riquezas en un lugar que todavía no tiene ni población?
Gerónimo se acomoda el sombrero, sin perder la sonrisa.
—Este humilde servidor de Dios tuvo un sueño. Un día, esta ciudad será recordada como la que nació con el sudor de quienes creyeron. Es herencia para los míos.
Polak tomó una rama seca y empezó a limpiarse los dientes, distraído.
—¿Sabe qué? Tiene razón —murmuró con tono burlón—. Todo esto es su legado… Sabía usted que, según los indios, existió un guerrero llamado Gerónimo. ¿Está seguro de que no era su padre?
Una sonrisa irónica le cruzó el rostro. Gerónimo dio un paso al frente, los hombres de Polak se tensaron al notar el movimiento.
—A usted y a sus hombres no les faltará su salario —dijo con voz firme—. Pero al menos respéteme como hombre de negocios, si no puede respetar mis sueños.
Por primera vez, Polak le prestó atención de verdad. Caminó unos pasos y se quedó frente a él.
—Entonces aprenda de mí. Deje los sueños para cuando duerma. Usted se ve más como comerciante. Todo aquel que brilla por dinero merece respeto. ¿Sabe cuántos soñadores he matado Gerónimo?
Polak toca el ala del sombrero a modo de despedida y giró sobre sus talones. Sus hombres lo siguieron sin decir palabra, alejándose lentamente entre el polvo.
Daniel rompió el silencio.
—La señora Marla y el señor Paul acaban de llegar. Están arreglando la cafetería.
Gerónimo lo miró, esta vez con un brillo de alegría en los ojos.
—Bien. Esa es una buena noticia. Martha mandó algo de comida y ropa, te lo dejé en tu casa. No dejes que se enfríe. Yo me encargaré de darles la bienvenida a los Terries.
Gerónimo se alejó sin más que decir. Daniel lo miró con inquietud y trotó tras él.
—La ropa no es necesaria… Recuerde que estoy solo de paso.
Pero Gerónimo no respondió. Siguió su camino sin detenerse.
Daniel volvió a su cuarto. Sobre la cama lo esperaban dos cambios de ropa, dos sacos negros, dos camisas blancas y un pantalón también negro. Sobre uno de los bancos, una sopa humeante soltaba un aroma intenso. Tomó un pedazo de pan y comenzó a comer con cautela.
El sonido de la puerta le erizó los brazos.Giró la cabeza. Alguien la abría lentamente.
Una figura entró en silencio, un joven obeso, con un saco negro y una camisa amarilla sucia. Sus pantalones eran del mismo color oscuro. Tenía el cabello rubio, largo, que casi le cubría los ojos. Sus mejillas rojizas por el calor ocultaban en parte su mirada.
Daniel dejó el pan, se levantó despacio y se acercó con precaución.
—¿Palermo?
El joven no respondió. Miraba hacia todos lados, menos a Daniel. Respiraba con cierta dificultad. Tras unos segundos de tensión, su voz áspera rompió el silencio:
—Necesito llevarme los platos. Tengo que lavarlos.
Daniel miró la comida aún caliente.
—Pero… si no me equivoco, acaban de dejarla.
Palermo seguía evitando el contacto visual.
—Necesito llevarme los platos. Tengo que lavarlos.
Daniel se quedó quieto, frustrado. Intentó explicarle:
—Gerónimo acaba de llegar. Hace pocos minutos me dijo: “comida en casa, camina antes de que se enfríe.”
Daniel espera una reacción, pero Palermo seguía sin mirarlo.
—Necesito llevarme los platos. Tengo que lavarlos.
La paciencia de Daniel se agotaba. Ya no sabía qué decir. Tras pensarlo unos segundos, decidió ignorarlo. Se sentó de nuevo y comenzó a comer sin prestarle atención. Sabía que el joven tenía algún tipo de problema, y que discutir con él era inútil. Palermo se mantuvo de pie, escaneando la habitación con la mirada, siempre evitando los ojos de Daniel. Pasaron unos minutos así, hasta que el joven se dio la vuelta y salió, dejando la puerta abierta.
Daniel lo siguió con la vista, luego sonrió con orgullo. Ignorarlo fue la mejor estrategia, pensó. Tres minutos después, la puerta volvió a abrirse.Esta vez, Palermo entró con un palo de escoba en la mano.
Daniel se congeló, dejó de masticar.
—¿Palermo?
El joven lo miró por primera vez. Luego miró el palo. Y luego volvió a mirarlo a él, achicando los ojos, como calculando algo.
—No sé cómo cortarme este palo para que le quepa en su trasero.
Daniel se quedó mudo. Daniel desaparece de la primera planta. Palermo recogió todos los platos y salió abrazado a ellos, rumbo a la colina de los Amish.Desde la segunda planta, Daniel lo observó alejarse, atónito. Sentía una mezcla de susto y desconcierto. El comentario había sido tan inesperado como perturbador.
Unos minutos después, Daniel entra en la cafetería de los Terries, respirando agitado. Sus ojos recorrieron el lugar, cuatro mesas con sus respectivas sillas, un desayunador al fondo y una pequeña cocina escondida tras una cortina.
Paul salie secándose las manos con un trapo. Marla lo sigue atenta.
—Este chamaco me recuerda a mi tío —dijo Paul, sin dejar de mirar al recién llegado.
—¿Al de la joroba que baila? —preguntó Marla, alzando una ceja.
—No.
—¿El que chupa la comida y la escupe?
—Tampoco.
—¿El homosexual que se vende?
—¡No! Al que fuimos a ver en el festival.
Marla se quedó pensativa unos segundos.
—Ah… el que es alérgico a la tierra.
—Ese mismo —asintió Paul, muy serio.
Daniel tiene una duda, intenta sumarse a la conversación.
—¿Tiene un tío con una joroba que baila?
Ambos lo miraron con extrañeza, entrecerrando los ojos. Ellos esperan algo más de Daniel.
—Disculpen… quería preguntarles cuándo pasa el autobús. No recuerdo el horario. Debí irme ayer.
Marla se le acercó con un tono más cálido.
—Tranquilo, muchacho… pareces como si hubieras visto un fantasma.
Daniel bajó la mirada, aún recordando el comentario de Palermo.
—Solo necesito saber eso. Incluso puedo ayudar. No me molesta dormir aquí. El piso es mi mejor amigo.
Marla se voltea hacia Paul, murmurando con tono de sospecha.
—Tiene síntomas de mamitis aguda… como aquel tío tuyo que dormía con su madre desnudo.
—Prefiero a mi tío —respondió Paul—. Este seguro tiene garrapatas.
Daniel levantó la voz.
—Disculpen… puedo escucharlos.
Marla cambió el tono de inmediato. Ella se dirige a Daniel con ternura.
—Ok, rarito.
—¿Rarito? —repitió Daniel, curioso.
—Ella quiere decir psicópatico —intervino Paul.
—¡Dije amiguito! —aclaró Marla, nerviosa.
Daniel intenta hablar, pero ella lo interrumpe otra vez.
—El próximo bus sale por la mañana, y no te puedes quedar aquí. Somos dos personas casadas que necesitamos nuestro espacio… para reencontrar la llama perdida.
Paul traga fuerte.. Ella le devolvió una sonrisa traviesa.
—Voy a buscarte una sábana, así estarás más cómodo muchacho. —dijo él, antes de dar media vuelta.Marla lo detuvo con una mirada, pero en ese instante algo llamó su atención por la ventana.
—¡Daniel! Acaba de pasar un hombre por la calle. ¡Seguro es otro visitante! Apresúrate, sal a ver.
Daniel se giró rápidamente y salió de la cafetería. Marla fue tras él y cerró con seguro la puerta, por si regresaba.
En la calle, el calor se sentía más denso. Daniel mira hacia los lados hasta que vio a un hombre delgado caminando con elegancia: chaleco marrón, camisa negra, maletín de cuero y un sombrero de ala redonda. Su pelo era corto y canoso, con bigote perfectamente recortado.
Daniel se acerca con cautela.
—Saludos señor. Soy Daniel Crisco. Estoy de paso por aquí.
El hombre se quitó el sombrero con respeto.
—Mario Barner. A su servicio, joven Crisco.
Mario miró a su alrededor, luego a Daniel.
—Disculpa, el aire aquí es espeso. Vine todo el camino en mi carro, pero siento que el sudor me viene más de caminar que de conducir.
Daniel notó un auto estacionado a la distancia.
—¿Ese es suyo?
—Un Benz Pareifal. Una magnífica invención del año 1902.
—Debe usted tener bastante dinero.
Mario soltó una risa seca..
—No puedo asumir dinero que no tengo. Pero digamos que estoy involucrado en el movimiento de la clase alta. Un hombre digno de crecer con su nación. Esta tierra que ves… algún día será puro asfalto y edificios. La tecnología avanza, y como mi piel… no espera por nadie.
Daniel sonrie, aunque no entendía del todo.
—Usted debe de venir de buena familia.
Mario le ofreció la mano.
—Doctor Barnes. Mario Barnes. A tu servicio.
Al estrecharla, Daniel notó la suavidad de su piel. Se la frotó, extrañado.
—Sus manos… son suaves. Como telas caras de seda.
Mario soltó otra carcajada seca. Mira sus manos como si contaran su historia.
—Estas son las manos de un hombre nacido en cuna de oro. Mis padres fueron doctores. Mi abuelo, arquitecto de una gran ciudad. Un idealista, con la capacidad de ser presidente.
Mario se inclina un poco, como si compartiera un secreto.
—Después fue gobernador, luego senador, y por último… la mano derecha del vicepresidente. El nombre… te lo dejo de tarea.
Daniel intenta seguir el hilo.
—Después de las matemáticas… la rama de historia, no era mi fuerte.
Mario lo mira con una mezcla de compasión.
—Ah… sin ideas, iluso, perdido. La carta de Gerónimo no mentía.
Daniel se sorprende.
—¿En serio?
Mario ignora y señala un edificio al otro lado de la calle.
—Allí está mi consultorio.
Mario cruza la calle y llama a Daniel con un buen gesto.
—Ven, joven Crisco.
Caminaron juntos hasta un local con un cartel colgado sobre la puerta que dice “Doctoria”.
—No existe palabra más fallida que esa. “Doctoria”… debería quitarla de una vez, trate de nuevo, use su cabeza Joven Crisco.
Mario lo mira, como si no espera mucho de él.
—¿Cree que fui yo quien escribió eso? —preguntó Daniel, sobresaltado.
Mario no le respondió directamente.
—Tranquilo. No discrimino la ignorancia ajena.
Daniel saca una llave, el abre el consultorio .. Daniel echa para atrás, mirando de nuevo el cartel. El mira hacia la dirección de los amish, pensando que fue Palermo el autor del letrero.
Daniel entró a la casa con el ceño fruncido. Iba y venía por la planta baja como un animal enjaulado. Gerónimo había ventilado detalles de su vida que él prefería mantener enterrados. Se detuvo frente a la ventana. Vio el carro del doctor Barnes estacionado al lado de la oficina.
La puerta se abre. Martha aparece, cargando su gesto habitual: seco y sin paciencia.
—Buenas tardes, señora Martha —saludó Daniel, disimulando su rabia con cortesía—. Espero que su día haya sido agradable.
Martha lo miró con frialdad.
—Hablé con los Ferries. Te van a dar de comer Daniel. Solo por ahora. Luego, cuando cobres, les pagas lo que es justo.
—Eso no será necesario —respondió él, con un tono cortante—. Mañana me voy.
Martha lo mira con extrañeza. Notó lo brusco del comentario.
—¿Y a ti qué pájaro te picó hoy muchacho? Estás insoportable.
Daniel respiró hondo, intentando no contestar mal, pero Martha no le dio tiempo.
—Además —agregó ella—, según me dijo Gerónimo, tú eres quien se queda a cargo del pueblo mientras él no está. Mucha carga para un joven como tú, ¿no crees?
Daniel se quedó en silencio. No quiso dar pie a más discusión. Entonces Martha cambió de tono.
—Tienes todo el derecho de irte Daniel. Nadie te va a retener. Incluso, si quieres, hablo con Gerónimo. Seguro que entenderá… que saliste bien malagradecido.
Él levantó la mirada. Martha baja un poco la guardia.
—Lo que quiero decir, es que valoramos que estés aquí. Eres un buen muchacho. No como dice esa carta.
Daniel se molesta.
—Señora Martha… ¿acaso todo el pueblo leyó esa carta del padre Marcos?
Ella lo miró, curiosa.
—¿Por qué preguntas eso, Daniel?
—Porque todos hablan como si me conocieran de toda la vida. Y siempre terminan culpando a la carta. Incluso el doctor Barnes me lo dijo hace unos momentos.
Martha levanta las cejas con sorpresa.
—¿El doctor Barnes está aquí? ¡Qué bueno! Tengo que avisarle a Gerónimo, es una visita esperada.
Martha se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir, se volvió.
—Ah, se me olvidaba. Palermo te está esperando afuera Daniel. Dice que necesita tu ayuda.
El calor afuera era implacable. Daniel salió con paso lento. Vio a Palermo parado frente a la casa, con la mirada perdida en el cielo, como si esperara algo divino que no llegaba. Martha se le acercó, le dijo algo, y Palermo asintió en silencio. Luego, ella se marchó.
Cuando Daniel se acercó, Palermo habló sin mirarlo.
—La puta tiene agua.
—¿Qué dijiste? —preguntó Daniel, confundido.
—Que la puta tiene agua —repitió Palermo, ahora dándole apenas una mirada.
—No entiendo Palermo. ¿De qué hablas?
—Vamos. La puta del agua está por allá.
Palermo comenzó a caminar sin dar más explicaciones. Daniel lo siguió, todavía desorientado.
—¿A dónde vamos Palermo?
—¡La puta tiene aguaaaa! —gritándole a Daniel, como si fuera obvio.
Siguieron caminando hasta llegar a la cima de una colina. Desde allí se veía la zona en construcción.
—¿Entonces… ¿Hay una mujer de la vida que necesita agua? —preguntó Daniel, intentando descifrar la metáfora.
Palermo se detuvo de golpe y se volvió hacia él.
—¡La! ¡Puta! ¡Tiene! ¡Agua! —repitió, cada palabra como un martillazo—. Eres un idiota enorme.
Daniel retrocedió un paso, incómodo por el tono. Pero decidió callar y seguirlo.En pocos minutos, llegaron a un pequeño bosque. Más adelante, el arroyo estaba cubierto de basura. El agua era espesa, inmóvil, con mal olor. A lo lejos, un río alimentaba ese arroyo, aunque alguien había excavado una zanja para desviar el flujo.
—Mira —dijo Palermo, señalando el arroyo—. La puta tiene agua.
Daniel observó la escena, ahora comprendiendo.
—Ya veo. Quieres que limpiemos esto para que el agua corra, la puta agua, ¿verdad?.
—Si. ¿Problema?
—No. Pero vamos a necesitar herramientas. Una pala mecánica, sacos, alguien que recoja la basura… Si logramos limpiar, el agua llegará hasta las casas. Hasta podrían agradecernos.
Daniel se animó y sonrió.
—Y a ti también, Palermo. Dirán que me ayudaste. Vamos a avisarle a Gerónimo, además…
Un chapoteo lo interrumpió. Cuando volteó, vio a Palermo dentro del agua sucia, sumergiéndose.
—¡Palermo! ¡Sal de ahí! ¡No es momento de jugar!.
Sube su cabeza de la superficie lentamente, apuntando hacia unas fundas negras flotando entre los desperdicios.
—Una funda… culo tuyo —dijo con voz calmada.
—¿Estás diciendo que huele como mi…? —Daniel hizo una mueca, sin saber si reír o molestarse.
Palermo soltó una carcajada, pero al hacerlo tragó agua y comenzó a toser.
—Eso te pasa por burlón —le dijo Daniel, sacando la funda del agua con asco.
Palermo no paró.
—¡Funda a la puta agua! ¡Tu madre está aquí abajo! ¡Ábrela!
—Vamos a dejar los insultos Palermo —resopló Daniel, aguantando la paciencia—. Te abro la funda para que tires la basura, pero sin tus malditos comentarios.
Palermo empezó a lanzar desperdicios hacia la funda. Pero casi nada caía dentro: zapatos, comida podrida, ramas, barro… todo terminaba golpeando a Daniel, que apenas podía cubrirse. Entonces, una cabra muerta salió volando del agua y le cayó encima.
—¡Aaahhh! ¡Dios! —gritó Daniel, empujando el cadáver fuera de él.
Daniel se levantó, cubierto de basura y lodo. Palermo lo miraba, de una manera como si le hubiese advertido a Daniel
—Tu madre… aquí abajo —dijo, señalando la cabra.
Daniel entra furioso a su casa. Estaba cubierto de polvo y sudor, y murmuraba solo mientras caminaba por el pasillo.
—¡Estúpido Palermo! No se parece en nada a mí… Un día me las va a pagar —dijo entre dientes.
Salió al patio trasero, se quitó la camisa y el saco, y comenzó a limpiarse con el agua del pozo. A lo lejos escuchó el trote de un caballo. Al alzar la vista, vio al sheriff Polak acercarse montado. Daniel se irguió de inmediato.
Polak se detuvo a unos metros, sin bajarse del caballo, y dijo con tono seco:
—Ustedes dos… la pareja ideal. No sé cuál de los dos tiene más tornillos sueltos. Le prendieron fuego a todo lo que había en ese canal. Arreglaron una cosa y arruinaron otra.
—Fue Palermo quien lo incendió —respondió Daniel con la voz aún agitada—. Pero era lo correcto… Había demasiados animales muertos allí señor.
—Un día de estos, ustedes dos van a terminar flotando en ese canal. El fuego llama la atención muchacho. Y los indios… adoran el fuego. Están en alerta, y ustedes hacen que mi trabajo sea un desastre —dijo Polak sin mirarlo más, antes de dar la vuelta y alejarse.
Daniel bajó la cabeza, avergonzado. Murmuró:
—Indios… Te odio, Palermo. Ahora vendrán por mí.
Después de subir a la segunda planta y recoger sus pertenencias, Daniel se dirigió hacia la parada del autobús. Esperó en silencio hasta que vio a lo lejos, un grupo de Amish acercándose por el camino. Se detuvieron frente a la oficina del doctor.
Una mujer joven, de piel blanca, con velo en la cabeza y un rostro sereno con algunas pecas miraba la oficina cerrada. Llevaba una falda hasta las rodillas, medias crema y zapatos negros. Iba con tres niños. Al ver a Daniel, le hizo una seña para que se acercara. Daniel camina sin prisa hacia ella.
—Hola, joven —dijo con una voz suave—. Soy Laura Bechinek. Ellos son mis hermanos. Debes de ser Daniel, si no me equivoco.
Daniel forzó una sonrisa y asintió.
—Sí, soy Daniel… pero no es verdad lo que dicen de mí en la carta.
Laura confusa.
—¿Qué carta?
Daniel notó que ella no sabía de qué hablaba. Se apresuró a cambiar de tema.
—El doctor no está. Su carro siempre está parqueado aquí… debió salir.
—¿No sabes cuándo regresa?. Exclama Laura.
—No estoy seguro, pero no debe tardar. Siempre vuelve pronto.
Laura mira la oficina, y luego gira la cabeza hacia la colina. Su expresión era de preocupación.
—Será mejor que regreses más tarde —dijo Daniel—. De seguro estará aquí pronto.
Ella no respondió. Se quedó mirando la puerta, distraída. Daniel curioso, no pudo evitar preguntarle:
—¿Estás bien? Te noto preocupada.
—A veces es bueno tomar aire fresco —respondió ella, sin dejar de mirar hacia la colina—. Ver cosas diferentes. Esta es una de esas oportunidades. La visita al doctor suele ser con mi padre o mi madre, pero hoy están ocupados con cosas importantes. Por primera vez estoy sola… y es algo bueno. No te preocupes si no lo entiendes.
Daniel la mira con sorpresa y admiración.
—Creo que sí lo entiendo. Quizás no quieras regresar tan pronto… y quieras quedarte un poco más en este momento.
Laura lo miró, sonrió con dulzura y dijo:
—Perdón, estaba equivocada. Entiendes perfectamente.
Laura y sus hermanos comienzan a caminar a casa, Daniel camina con ellos.Daniel bajó la vista, tímido. Luego se rascó la cabeza y dijo:
—Disculpa. No me presenté bien. Soy Daniel Crisco. Soy de la ciudad, pero estoy aquí de paso.
Laura asintió y sonrió.
—Ya lo sé. Eres el primer ciudadano en Gastón. Se hablará de ti para siempre, Daniel de Gastón.Daniel sintió un calor en el pecho. Ese comentario le dio vida a un día que había sido difícil. Miró a Laura con renovada simpatía y preguntó:
—¿Te gusta leer?
Laura abrió la boca para responder, pero dudó un momento antes de decir:
—Sí. La verdad es muy importante para nosotros. Dice Laura.
— Las historias ayudan a salir de la rutina. te conectas con ellas.
Ella mira a Daniel con una conservada emoción.
—Cuando duermo y tengo la dicha de soñar con algo propio.Daniel sonrió.
—Eso es genial. Tienes razón… Es un mundo donde nadie puede mandar.
—Es una buena descripción. Tienes razón —dijo ella, pensativa.
Al acercarse a la casa de Daniel, él señaló hacia la entrada y comentó:
—Allí vivo. Tengo un libro… Tal vez no lo has leído . Se llama La Tierra de Diamantes.
Laura lo mira con atención.
—No te lleves. No tiene nada que ver con diamantes. Pero de seguro ya lo has leído. Daniel esta curioso.
—Todos los libros que me vas a mencionar… nunca los he leído —respondió Laura con sinceridad—. Nosotros acostumbramos a leer libros religiosos, que van con nuestra cultura. Incluso, no necesito leerlos… los tengo archivados en mi cabeza.
Daniel se quedó sin saber qué decir.
—Disculpa —agregó ella de inmediato—. No sabía. No fue mi intención sonar distante. Sé que ustedes tienen reglas distintas.
Ella mira su alrededor, y al ver el tanque de agua y la ropa sucia de Daniel, le dijo a sus hermanos:
—Chicos, vamos a ayudar a este hombre. Palermo está ocupado. Vamos a ver si tiene suficiente agua. Tal vez necesite lavar su ropa.
Caminaron hacia la casa. Al entrar, los niños miraban alrededor con asombro.
—Cuando era pequeña —dijo Laura—, yo aprovechaba cuando estaba vacío y jugaba por todos estos rincones. ¿Quieren?
Los chicos corrieron y comenzaron a reír. Laura miró a Daniel.
—Si quieres, me puedes enseñar tu libro.
Daniel sonríe y sube rápidamente, el baja con él libro entre las manos. Laura lo tomó con delicadeza, acaricia la portada y se sentó en uno de los bancos. Daniel se sentó a una distancia prudente, observando.
Los ruidos de los niños jugando en la planta de arriba no lograba distraerla. Leía como si cada palabra fuera un secreto revelado. Cada tanto sonreía, sorprendida, emocionada. Un mechón de cabello caía sobre su frente, y tras acomodarlo un par de veces, lo dejó colgando como si ya no le importara.Daniel la observaba fascinado, sin interrumpirla.
Pasó una hora. En un momento, Laura bajó el libro a su regazo, cerró los ojos y sonrió, como agradeciendo en silencio lo que acababa de leer. Luego, volvió a concentrarse. De pronto se tapó la boca, sorprendida por algo que leyó. Sus mejillas se encendieron. Miró hacia los lados, asegurándose de que nadie la viera, y luego volvió a mirar hacia arriba, donde sus hermanos seguían haciendo ruido.
Finalmente, dejó de leer. Bajó la mirada, y dijo en voz baja:
—Madre mía… es tarde. No me di cuenta.
Salió corriendo de la casa. Afuera, vio que el auto del doctor no había regresado. Se tapó la boca, nerviosa, al borde del llanto. Daniel la siguió.
—Tranquila. De seguro llegará más tarde.
—Ese no es el problema —dijo Laura—. No puedo ir y mentirles a mis padres diciendo que estuve todo este tiempo aquí.
Miró a sus hermanos, luego a Daniel.
—Además, ellos van a decir la verdad.
—Entonces… podrías decirles que estabas lavando mi ropa —sugirió él.
Laura lo miró con incredulidad.
—No soy mentirosa. Eso nunca lo he hecho. No soy parte de tu mundo. Ustedes están acostumbrados a eso.
Daniel se sintió herido. Iba a disculparse, pero ella lo detuvo con un gesto.
—Perdón. No fue mi intención. Ustedes no entienden nuestras costumbres.
—Lo siento —respondió Daniel—. No quise poner esas palabras en tu boca. Pero… estoy seguro de que ellos entenderán que te quedaste leyendo un libro.
Laura suspiró. Bajó la vista.
—Tengo prohibido leer libros que no sean de valor espiritual. No debí hacerlo… soy pecadora. He traicionado las costumbres de los míos.
Daniel no supo qué decir. Miró a los niños jugando, luego a ella.
—Disculpa, pero… yo vi en tus ojos cómo tu inocencia se transformó en belleza. No hubo maldad en eso. Fue hermoso. Imagino que tú también lo sentiste así.
Laura lo miró sorprendida. Su rostro se endureció. Llamó a sus hermanos. Caminaron hacia la colina sin decir palabra. Daniel los observó alejarse. Antes de cruzar la cima, Laura miró hacia atrás. Daniel levantó la mano en un gesto suave, pero ella giró la cabeza y desapareció colina abajo.
Daniel se había pasado toda la tarde preocupado. Le angustiaba que su nueva amiga enfrentara consecuencias por romper las reglas de su cultura. Esperaba que alguien viniera a reprocharle el haberle mostrado el libro a la joven. Tenía varios discursos preparados, pero ninguno parecía útil. En el fondo, creía que ese día sería su final y que lo enviarían a la ciudad.
Caminaba de un lado a otro en la segunda planta, mirando por la ventana con desesperación. Ya entrada la noche, el hambre lo atacó, así que comenzó a bajar hacia la cafetería.
Al entrar, notó a algunos jinetes desconocidos sentados. Marla servía la mesa, mientras Paul estaba en la cocina. Daniel se sentó solo, en una mesa con dos sillas vacías. Marla se acercó, le puso un plato delante y se sentó a su lado. Se secó el sudor con un paño.
—¿Dónde te metiste muchacho? Siempre estás haciendo algo —le dijo ella.
Daniel hizo una pausa para tragar su comida.
—Estaba en casa, tenía cosas que hacer.
Marla acercó su silla, bajando la voz como si no quisiera que nadie más la oyera.
—No me trates como boba. Te vi caminando con esa chica, y luego entraron a tu casa. ¿Estás loco? Te pueden matar.
Daniel dejó de comer. Miró a Marla con decepción, pero algo lo empujaba a hablar.
—Estoy preocupado. No sé si la castigaron. Todo por mi culpa... Usted tal vez podría averiguar por mí.
Ella lo miró, disgustada.
—Esa gente no te culpará a ti, culparán a ella. La pueden condenar. Aunque, claro, la muchacha también tiene la culpa. No debió entrar. Pensé que iba por ropa o algo, pero la vi salir tarde de tu casa.
—Se entretuvo con un libro —respondió Daniel.
—Ah, claro. Esos son guiados por las bibliotecas, se la pasan leyendo. Seguro te estaba leyendo la palabra de Dios.
Daniel guardó silencio. Marla lo observó, sospechando algo.
—¿Verdad?
—El libro es mío. Es una historia —confesó Daniel.
Marla se tapó la boca.
—¡Es como mirar esos carteles con fotos de mujeres de la vida! Pero la culpa sigue siendo de ella. Y tú... tú eres un idiota Daniel. Seguro vendrá una multitud a quemarte.
—¿Tanto así?
—Paul una vez me dijo que esta gente es más severa que las leyes de Moisés.
—Es mi culpa... Será mejor que me vaya. Mañana temprano me iré de aquí.
—Eso sería buena señal... si logras irte sin castigo.
—Bueno... que así sea.
Daniel observó a las personas entrar y salir. Marla se dio cuenta.
—Están llegando de los ranchos de los alrededores. Aprovechan para comer y luego seguir con sus deberes. Por lo que veo, Paul tenía razón.
—¿Algún Amish? —preguntó Daniel.
—Por ahora no, pero el consultorio del doctor atraerá a varios. Como tu amiga.
Daniel terminó de comer y se levantó. Marla lo mira seria.
—Un consejo Daniel: no te pierdas en tus sueños. A veces nos atrapan, el tiempo pasa, y quedamos en una situación que ya es muy tarde para cambiar.
Daniel le sonrió con frialdad y salió de la cafetería. Al llegar a su casa, notó que había luz encendida. Se sintió decepcionado y asustado. Comenzó a caminar con la mente llena de argumentos para defenderse.
Al entrar, vio a Palermo sentado en la plataforma con un libro negro en las manos.
—Tú... ¿qué haces aquí, bestia salvaje? —exclamó Daniel,
Palermo estaba sorprendido. Miraba hacia todos lados menos a Daniel.
Daniel se acercó.
—Todavía tengo el apeste de todo lo que tiraste. Incluso, tengo el mal sabor en la boca.
—¡El libro! Toma. Tu libro negro. Acusan. —dijo Palermo.
Daniel, furioso, le arrebató el libro y lo miró. Luego se lo devolvió.
—Este libro no es mío. No me interesa. Tengo mi propia Biblia.
Daniel se aleja, pero Palermo lo sigue, desesperado, empujándole el libro en la espalda.
—¡Libro! Toma libro negro.
Daniel se giró, sorprendido.
—Palermo, una vez más, ese libro no es mío. Devuélvelo a su dueño.
Palermo comenzó a dar saltos rebeldes detrás de él. El sonido de los golpes se sentía en el suelo. Daniel se sujetó de uno de los bancos.
—¡Libroo, toma libro! ¡Pedazo de idiota!
Daniel abrió los ojos, impactado por el insulto. Se acercó.
—Escúchame, terremoto móvil.
Tomó su verdadero libro del banco y lo alzó.
—Este es mi libro.
Palermo lo miró como hipnotizado, con ternura. Extendió la mano, y Daniel se lo entregó. Palermo comenzó a acariciarlo como si fuera un gato.
—Sí, libro. Este es mi libro. Ahora entiendes... cerebro torcido.
Pero de pronto, Palermo empezó a llevárselo a la boca. Daniel, horrorizado, intentó quitárselo, pero Palermo comenzó a correr por los bancos mientras intentaba comérselo.
—¡Palermo! ¡Saca el libro, no es comida, idiota!
Daniel se le montó encima, intentando quitárselo. Palermo lo arrojó y el libro resbaló hasta quedar bajo los primeros bancos.
Daniel, furioso, buscó el otro libro y se lo puso en el pecho.
—Por última vez vaca sin frenos... este no es mi libro.
En ese momento, Gerónimo entra. Daniel se sorprende.
Gerónimo sonrió.
—¿Acaso estaban jugando? A Palermo le gustan los juegos... ¿verdad amigo?
Palermo no lo mira, pero se rie solo.
—Daniel, hijo, disculpa por venir a esta hora. Mi gente es muy cuidadosa. Mi vecino me dijo que su hija fue testigo de un libro antiguo de nuestra cultura que le mostraste.
Daniel abrió la boca para explicar, pero Gerónimo siguió hablando.
—Según el Padre Marcos, él te lo había entregado para que aprendieras nuestras enseñanzas. Su hija quedó encantada con el libro, y quiere saber si puede tomarlo prestado.
Daniel, confundido, reaccionó rápido. Le quitó el libro a Palermo.
—Sí, claro. Este es mi libro. Se aprende mucho... muy bueno.
Gerónimo lo toma, comenzó a hojearlo y sonrió.
—Por Dios, Daniel, este libro es antiguo. Estoy seguro de que tiene muchos años. Son de los sabios de antes. El Padre Marcos debió tenerlo guardado. Seguro era una sorpresa para mí.
Daniel se inventó algo al instante.
—Sí, era una sorpresa que quería enseñarte cuando tuviera tiempo. El padre lo tenía guardado para usted.
Gerónimo rió brevemente, aún asombrado.
—Gracias por prestármelo. No te prometo devolvértelo pronto. Mi gente adoran estas clases de sorpresas..
Geronimo Sale, y desde afuera llamó a Palermo.
—¡Vamos!
Palermo se quedó parado, mirando a Daniel como si no lo hubiesen llamado. Pasaron unos segundos, y por fin habló:
—¿Tu libro?
—Sí, mi libro —respondió Daniel sin pensarlo y con vergüenza.
—Pedazo de idiota. Palermo le dice.
Palermo salió corriendo tras Gerónimo, con pasos desordenados.