Sombras del linaje || Eli Shane

Summary

Aviya Blayze no confía en nadie, su familia desapareció en cavernas donde nadie más se atreve a entrar, y sus habilidades, activadas por la energía de las babosas, son tan poderosas como inestables. Los secretos que porta no solo la aíslan... también la ponen en peligro. Pero cuando sus pasos la cruzan con Eli Shane, el joven heredero del legado Shane, algo cambia. Él representa todo lo que ella ha aprendido a evitar: luz, esperanza, confianza. Y sin embargo, sus caminos se entrelazan, no solo por un enemigo común, sino por un vínculo que ni la sombra más densa puede borrar. Mientras Aviya busca respuestas sobre la desaparición de su hermano y su tío, y Eli intenta mantener la paz en Bajoterra, ambos deberán enfrentar una amenaza antigua que despierta en las profundidades... En un mundo donde las babosas son más que armas, donde los clanes antiguos guardan pactos olvidados, la conexión entre la oscuridad y la luz podría ser la clave para salvarlo todo... o para destruirlos a ambos.

Genre
Fantasy
Author
Jen
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

El eco de pasos resonaba entre los riscos fragmentados de Sombraviva, una caverna tan antigua que la luz ya no se atrevía a reclamarla. Rocas ennegrecidas por siglos, raíces petrificadas que colgaban como garras, y un viento sordo que hablaba en lenguas olvidadas. Allí, donde la oscuridad tenía voluntad, Aviya Blayze aguardaba.

De pie sobre un pedestal erosionado por el tiempo, el viento agitaba su capa oscura, revelando destellos violáceos en las líneas que recorrían su piel: la marca de Umbra, dormida aún… pero vigilante.

En su lanzador, su babosa Umbra descansaba en aparente calma. Pero Aviya sabía mejor: la calma era solo preludio. Sombraviva estaba activa, y estaba al acecho.

—Llegas tarde, Black —dijo sin girarse, su voz baja, inquebrantable.

Una risa rasposa rompió la penumbra. Desde una grieta profunda emergió un duelista corpulento, sus pasos haciendo crujir el suelo inestable.

—¿Tienes miedo, Blayze? —bufó Black, mostrando un lanzador cargado con seis babosas que chispeaban con energía corrupta.

Aviya no respondió. Solo entornó los ojos. Sombraviva vibró, como si la tensión de sus presencias encendiera su pulso oculto.

Entonces, un ruido extraño rompió el aire: un zumbido mecánico… un susurro de motores y botas en piedra.

Y una voz, clara y demasiado humana para ese lugar:

—Hey… no interrumpimos nada, ¿verdad?

Aviya giró apenas. En lo alto del risco opuesto, rodeado de luces suaves y miradas inquisitivas, Eli Shane la observaba junto a Trixie, Kord y Pronto. Era como si la historia misma hubiera traído su interrupción en el momento más inadecuado.

Black gruñó.

Aviya solo alzó una ceja.

El destino, al parecer, aún no terminaba de jugar con sus sombras.

El silencio se tensó. Incluso las babosas parecían contener el aliento.

Eli descendió por la pendiente con seguridad, aún sin desenfundar su lanzador. Trixie grababa con avidez los símbolos antiguos que decoraban el pedestal. Kord murmuraba algo sobre energía residual. Y Pronto… cayó de bruces con un chillido seco.

—¿Quién eres tú? —soltó Aviya con voz afilada, apuntando su lanzador sin vacilar—. Esto no es terreno para turistas.

—Eli Shane —respondió él con calma medida—. Tal vez hayas oído hablar de mí.

Black soltó una carcajada hueca.

—El héroe de Bajoterra… justo lo que faltaba. ¡Fuera de aquí, Shane! Este duelo no te pertenece.

—No me gustan los cobardes que emboscan duelistas con babosas malvadas—replicó Eli, ahora sí bajando la voz—. Y menos en cavernas que pueden colapsar sobre nuestras cabezas.

Aviya bajó lentamente el lanzador. Pero no por deferencia. Solo medía. Evaluaba a todos, como predador que elige qué amenaza eliminar primero.

—No necesito que me defiendas, Shane —dijo, su voz cargada de una frialdad que no era hostilidad, sino hábito—. Esta es mi caverna. Mi duelo. Mi sombra.

Eli la miró fijamente. En esa voz había soledad forjada a fuego, no arrogancia. Y también algo más antiguo… algo que no entendía aún.

—Lo respeto —respondió con honestidad—. Pero si Black no juega limpio, no vamos a mirar en silencio.

Demasiado tarde.

Black ya disparaba.

Una ráfaga de babosas cayó como un aluvión eléctrico.

Aviya no se movió.

Solo disparó a Umbra, y todo cambió.

La babosa surcó el aire como un cometa sin luz. Al transformarse, se deshizo en humo, envolviendo el campo en una penumbra vibrante. Era como si la caverna respirara con ella.

—¿Qué… qué es eso? —balbuceó Kord.

—Una babosa de sombra… —susurró Trixie, apenas enfocando su cámara.

Black disparó una babosa de choque, pero la penumbra la absorbió como si se disolviera en vacío. Umbra reapareció a su espalda, flotando como una amenaza incorpórea.

Aviya caminó sin apuro. Las sombras la seguían como un manto viviente. Su marca de Umbra pulsaba bajo su piel como fuego violeta en calma contenida.

—Tus babosas… te amarran al mundo físico —dijo con tono implacable—. Las mías… te borran.

Disparó una babosa de energía.

La explosión fue silenciosa, pero demoledora: una onda de sombra y luz que derribó a Black como una marioneta cortada. Su lanzador voló entre piedras.

Eli dio un paso adelante. No por reflejo heroico, sino por asombro.

—Eso fue… impresionante.

—Eso fue advertencia —replicó ella, sin emoción.

Black se arrastró.

Pero Umbra flotó a su lado, como un espíritu vengativo.

—Me voy… ¡no vale la pena! —rugió Black, y huyó entre sombras que parecían cerrarse tras él.

Silencio.

Eli se acercó. Despacio. Sin levantar su lanzador. Fascinado.

—Nunca vi una babosa así. Ni un vínculo como ese.

Aviya recogió a Umbra. La babosa se acomodó en su palma, vibrando como un corazón oscuro.

—No es vínculo. Es comunión.

Eli iba a decir algo más. Pero ella ya se alejaba, girando hacia una grieta lateral, como si supiera exactamente a dónde iba.

—No me sigan. No necesito compañía. Ni cámaras. Ni salvadores.

Y sin más, se desvaneció entre sombras vivientes, como si la caverna misma la reclamara de vuelta.

El silencio que dejó Aviya fue espeso, como si la caverna respirara diferente tras su partida.

Eli no se movía. Seguía mirando hacia la grieta por donde ella desapareció, como si esperara que volviera a salir. Pero no lo haría.

—¿Quién diablos era esa chica? —murmuró Trixie, bajando por fin su cámara.

—Una duelista —dijo Kord, aún con los ojos clavados en las runas del pedestal—. Pero no como los demás.

Pronto se quitó el polvo, aun temblando.

—¡Yo dije que esta caverna tenía mal augurio! ¡Sombras, explosiones silenciosas! ¡Eso no es natural!

Eli solo murmuró:

—No... es más que natural. Es ancestral.

Y entonces, como si la caverna hubiera esperado el momento adecuado para hablar, el suelo tembló.

No como antes. Esta vez fue más profundo, más seco. Una grieta se abrió junto a donde Black había caído, tragándose parte de la plataforma de piedra.

Trixie tropezó.

Eli la sostuvo justo a tiempo.

—¡Esto no es por el duelo! —exclamó Kord, revisando su lector de energía—. La caverna entera está en colapso lento. Hay zonas donde la corteza subterránea se deshace por la presión. Esto es… una caverna enferma.

Eli asintió, mirando alrededor. La oscuridad ya no parecía solo una decoración tétrica. Era una advertencia.

—Ella lo sabía. Por eso estaba aquí. No era solo un duelo…

Sus ojos regresaron al pedestal. Allí, en la piedra aún tibia por el combate, se veían unas runas activas que no habían estado encendidas antes.

Eli se acercó.

—¿Pueden traducirse? —preguntó.

Kord se arrodilló y pasó los dedos por encima, sin tocar.

—Algo sobre “el velo entre las sombras” y “la sangre marcada”. Y esto… esto dice “La línea Blayze perdura donde la luz no alcanza”. No puedo leer mucho más.

Trixie entrecerró los ojos.

—¿Blayze? Creí que era solo una leyenda de las cavernas oscuras…

Eli se quedó quieto. Un pensamiento nuevo, repentino, se apoderó de él.

—No —dijo, casi para sí mismo—. No era un duelo. Era una prueba.

Miró de nuevo hacia donde Aviya se había ido, y esta vez, no con admiración. Sino con una pregunta creciente en la garganta.

—¿Quién eres… realmente?

El eco de sus pasos se fue apagando a medida que se adentraba en el pasadizo estrecho, donde ni siquiera la luz bioluminiscente de las raíces alcanzaba a tocar.

Allí, más allá de donde el mundo común podía respirar, Aviya se detuvo.

La caverna se abría hacia un domo natural, oculto entre formaciones cristalinas. Estalactitas negras colgaban como colmillos, y en el centro, un pequeño lago subterráneo pulsaba con un leve resplandor púrpura.

Era su refugio.

Un altar olvidado por todos, excepto por ella.

Aviya se dejó caer de rodillas junto al agua. El cansancio no era físico. Era algo más profundo: una fatiga que nacía de cargar secretos demasiado antiguos para alguien de 17 años.

Del compartimento de la lanzadora de su brazo, Umbra emergió con suavidad. Se deslizó por su piel como una sombra líquida y se posó frente a ella, latiendo suavemente.

—No deberíamos habernos mostrado tanto —murmuró, su voz apenas un roce contra la caverna—. No aún.

Umbra giró levemente, su energía resonando como un bajo susurro. Aviya asintió, como si entendiera sin necesidad de palabras.

Se quitó el guante izquierdo y observó las líneas violáceas que cruzaban su palma: la marca de Umbra pulsaba suavemente, como un corazón dormido.

—Black no fue un obstáculo. Fue un señuelo —dijo, más para sí misma—. Pero ellos... ellos no estaban en los planes.

La imagen del rostro de Eli, su postura protectora, su determinación, su mirada fija en la oscuridad… volvió a ella. No como una amenaza. Como una posibilidad.

—Eli Shane. El niño del legado. El que juega a héroe en un mundo que ya no cree en ellos.

Sus palabras llevaban sarcasmo. Pero sus ojos no.

Por un instante, se quedó en silencio. Luego, extendió la mano, y Umbra se posó en su palma.

—¿Crees que él lo sabe? —susurró—. ¿Que lo que busca... también está en las sombras?

Umbra vibró con un leve pulso.

—No confíes, lo sé —dijo Aviya, y por primera vez, sonrió. Una sonrisa triste, como un recuerdo que se resiste a morir—. Pero algo en su mirada... me recordó a Kaien.

Cerró los ojos.

Y por un instante, la oscuridad no fue enemiga.

Fue abrigo.