Chapter 1
Nada ha cambiado. Pero todo está distinto.
Bajé del ferry con los auriculares puestos, aunque no estuviera escuchando nada. El cable colgaba suelto por el cuello de mi camiseta y ni siquiera tenía batería en el móvil. Pero no importaba. A veces no hace falta música para callar el mundo. Solo algo que diga “no hablo, no escucho, no estoy”.
La isla apareció frente a mí como una postal que alguien dejó olvidada en un cajón. El muelle, el color del cielo, el olor a mar en el aire… todo seguía ahí, esperándome. Y al mismo tiempo, todo parecía nuevo. O quizás era yo la que no encajaba del todo.
El aire me golpeó en la cara con esa mezcla de calor y sal que solo existe aquí. Como una bofetada suave. Como si el lugar me reprochara haberme ido.
Y tenía razón.
Un año.
Doce meses fuera.
Cuatro estaciones intentando construir una versión de mí que no tuviera nostalgia en cada esquina.
Mentí muchas veces. A los demás. A mí.
“Estoy bien.”
“Lo estoy pasando genial.”
“Es bueno alejarse.”
Mentiras.
Porque en el fondo, sí que lo extrañaba. A veces, hasta dolía respirar.
Vi a mi madre desde lejos, parada junto al coche blanco de siempre, ese que huele a lavanda y gasolina. Llevaba gafas de sol y me saludaba con una mano en alto, la otra apoyada en la cadera como si estuviera evaluando mi regreso.
Cuando me acerqué, abrió los brazos y me apretó fuerte. Olía igual que siempre: a protector solar, a ropa recién lavada, a casa.
—Estás más flaca —me soltó, sin anestesia, mientras me tocaba el brazo—. ¿No estás comiendo bien allá?
Mentí con una sonrisa.
—Sí, mamá, todo bien. Como de todo. Hasta verdura.
Ella frunció el ceño, pero no dijo nada. Subimos al coche, y el motor rugió como si protestara por estar vivo.
Mientras conducía, hablaba sin parar. De los vecinos. De que había que cambiar el colchón de mi cama. De que se había roto la cafetera. Y yo solo miraba por la ventana, viendo cómo los paisajes que una vez fueron mi rutina volvían a pasar delante de mí como escenas viejas que ya no sabía si eran reales.
La carretera serpenteaba entre campos secos y casas encaladas, y en algún momento, sin saber cómo, empecé a respirar más despacio. Como si solo el hecho de estar aquí me bajara las pulsaciones.
Pero también me apretaba el pecho.
Una parte de mí quería estar feliz de volver. Otra, solo quería esconderse.
La casa seguía igual. Hasta los fallos.
La terraza llena de macetas secas.
La hamaca que siempre chirriaba cuando te subías.
Las manchas de humedad como tatuajes en las paredes.
Nada había cambiado. Pero todo estaba distinto.
Subí a mi cuarto sin decir mucho. Dejé la mochila en una esquina y abrí la ventana. El sol entró como si nada, empujando el aire caliente de la tarde, y de fondo se escuchaban los mismos sonidos de siempre: los grillos, una moto lejana, el mar golpeando la costa.
Me tumbé en la cama sin deshacer la maleta. No podía.
Había algo en este regreso que no era definitivo.
Como si este cuarto, esta isla, esta vida, ya no fueran del todo mías.
Como si no quisiera volver a enredarme con todo lo que dejé a medias.
—Esta noche vamos a casa de Martina —me gritó mi madre desde la cocina—. ¡Dice que quiere verte!
Me quedé un rato en silencio.
Martina.
Mi mejor amiga desde los seis años.
Mi hermana sin sangre.
O… lo era. Ahora no estaba tan segura.
Las últimas veces que hablamos fueron con voz fingida. Empezamos con videollamadas de una hora. Luego audios eternos. Luego mensajes sueltos. Luego emojis.
Y después… silencio.
Me duché con agua tibia y me puse un vestido blanco que me llegaba a los tobillos. Ligero, sin forma, de esos que te hacen sentir que flotas. Me dejé el pelo suelto, largo y desordenado. No me arreglé demasiado. No era vanidad. Era una defensa. Si me veían distinta, tal vez no se darían cuenta de cuánto dolía volver.
La casa de Martina estaba igual de caótica que siempre.
Luces de colores colgadas sin orden.
Reguetón bajito saliendo de un altavoz.
Su madre gritando desde la cocina que no dejáramos la puerta del patio abierta porque “los gatos se escapan y no pienso correr detrás de ellos otra vez, ¿eh?”
Martina salió corriendo a abrazarme, y por un momento, todo fue como antes.
Ella olía a vainilla y a champú de coco. Siempre olía así.
—¡Tíaaaaa! Estás guapísima, joder.
—Tú estás igual. O más guapa aún.
Nos reímos. Pero era una risa rara. Como la de dos personas que se conocen demasiado… pero que se han olvidado de cómo hablarse.
Nos sentamos en la terraza. Había una bandeja con patatas fritas, vasos de plástico y una botella de tinto de verano medio vacía.
—El resto llega ahora. Te van a flipar los cambios. Joel viene también, ¿eh? —dijo, mirándome de reojo como si esperara que se me notara algo en la cara.
Pero no se me notó nada.
Por fuera.
Por dentro… otra historia.
Joel.
Él.
Él, que había sido mi casi todo.
Mi casi algo.
El que casi me dijo que me quería antes de que me fuera.
El que no me escribió después.
Y entonces, como si el universo tuviera un humor muy jodido, apareció.
Una hora después, caminando hacia nosotros con esa tranquilidad que siempre tuvo, como si el mundo fuera suyo.
Misma camiseta negra.
Guitarra a la espalda.
Y una chica de la mano.
Una rubia guapísima, de esas que parecen sacadas de una revista. Vestido ajustado. Labios rojos.
Sonrisa afilada.
—¡Ainhoa! —dijo Joel, soltando a la chica para abrazarme.
Y yo, que pensaba que había construido un muro alrededor del corazón, sentí cómo todo temblaba.
—Hola, Joel.
Su olor seguía siendo el mismo. A mar, a césped recién cortado, a verano. A mí.
Me solté rápido.
—Ella es Carla —dijo él, señalándola.
Ella apenas me miró.
—Encantada —le sonreí.
Sabía quién era.
Había visto sus fotos en Instagram. Siempre con frases en inglés, filtros naranjas y pies en la arena.
—¿Y tú qué? ¿Ya no eres peninsular? —bromeó Joel.
—Estoy de vuelta. Pero solo por el verano.
—Ya… —respondió. Y su tono cambió. Como si no supiera si alegrarse o no. Como si no supiera si me esperaba… o si ya no importaba.
El resto fue llegando.
Darío, con un bigote ridículo.
Alba, con el pelo teñido de azul eléctrico.
Y un chico nuevo.
—Él es Nico —dijo Martina—. Está pasando el verano aquí con su abuela. Acaba de llegar de Madrid.
Nos dimos dos besos.
Y entonces, él me miró.
Fue una mirada larga. Tranquila.
Como si pudiera leerme.
—Tú eres la famosa Ainhoa, ¿no? La que se fugó a la península.
—Más que fugarme, me fui a estudiar.
—Eso dicen todos los que huyen —dijo, con media sonrisa.
Me gustó que no se cortara.
Me gustó más de lo que debería.
La noche cayó despacio, como siempre pasa en la isla.
Las luces de la terraza daban un brillo cálido a todo.
Joel tocó su guitarra. Carla le grababa con el móvil, riendo como si cada nota fuera un chiste privado.
Y yo fingía mirar al mar.
Pero escuchaba cada acorde como si me hablara solo a mí.
—¿Estás bien? —preguntó Nico, acercándose.
—Sí. Solo que… todo me suena a antes.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Depende de lo que venga después.
Él no apartó la mirada.
Y en sus ojos no había juicio. Solo una pregunta muda. Curiosidad limpia.
—¿Y si lo descubrimos juntos?
No supe qué responder.
Pero por primera vez en mucho tiempo, no me dio miedo no tener la respuesta.
Nos quedamos ahí, en silencio.
Y fue un silencio bonito.
De esos que no incomodan.
De esos que no exigen nada.
Esa noche, cuando volví a casa, el aire estaba denso y cálido. Me tumbé en la cama sin apagar el ventilador. El techo giraba lento. Como mis pensamientos.
Joel había cantado la misma canción que aquel verano.
La misma que me dedicó en su habitación, la noche antes de irme.
Y ahora no sabía si esa canción seguía siendo para mí… o si nunca lo fue.
Cerré los ojos.
El verano acababa de empezar.
Y ya sentía que algo estaba a punto de romperse.
O de empezar.