VALTRANA: La Máscara del Príncipe [1]

All Rights Reserved ©

Summary

Valtrana Aurión es un príncipe cuyas virtudes tan solo son una careta que se ve obligado a mostrar. Durante su noche de bodas, descubre que la persona con la que contrajo matrimonio en realidad es un hombre. Con el fin de evitar ser la burla del reino y de un castigo severo, ambos llegan al acuerdo de mantener el secreto por un tiempo. Para ello deberán embarcarse en una aventura por el mundo mágico de Alteria, donde juntos enfrentarán peligros, se encontrarán con oscuros secretos y se verán en medio de conflictos entre razas y reinos. Descubrirán un mundo en el cual todos usan máscaras para sobrevivir, donde los bondadosos no siempre sonríen y los infames lo hacen constantemente.

Status
Ongoing
Chapters
21
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

CAPÍTULO 1.- El primer latido

La mitad superior de su cuerpo estaba al descubierto, la modista le colocó la camisa blanca de mangas largas y acomodó los puños, luego lo cubrió con una prenda que llegaba hasta su torso y abrochó los botones uno por uno. Finalmente le colocó la chaqueta que cubría hasta sus rodillas. Le indicó al joven príncipe que se mirara en el largo espejo vertical y así lo hizo. Él se miraba en silencio, de frente y de lado, pero no emitía juicio alguno. El príncipe lucía inigualablemente atractivo, el novio más apuesto al que le había tocado diseñar un atuendo. Cada una de las prendas se ajustaba perfectamente a su figura, la combinación de colores claros y oscuros resaltaban su apariencia. Los ojos de distinto color del príncipe se entrecerraron casi imperceptiblemente, suspiró profundo y emitió un leve suspiro, sin encogerse de hombros ni perder su perfecta postura.

—¿Hay algo que no le agrade, su alteza? —preguntó la dama.

—¿No podría ser de un color más vivo, como el rojo? —mencionó el príncipe.

—Nunca he visto a un novio vestir de rojo en su boda —La dama sonrió ante sus palabras—. Aunque usted se vería apuesto con cualquier color.

—Concuerdo contigo, Anya. Quizá algún día se haga costumbre asistir a la ceremonia religiosa con colores más divertidos —expresó con un tono serio a la vez que se quitaba la chaqueta.

Se vistió con uno de sus usuales atuendos, una levita profunda de rojo puro, a la que acompañaba en ocasiones, con una capa de la misma tonalidad. Resaltaba en su atuendo los accesorios de oro y preciosas piedras azules, que combinaban armoniosamente con los colores de sus ojos. Se desplazó por los pasillos desde su habitación hasta su despacho, siempre manteniendo su perfecta postura, así como su cálida y deslumbrante sonrisa. Las doncellas se inclinaban ante su paso y suspiraban extasiadas a sus espaldas, era como mirar una obra de arte en movimiento, una suave brisa que acariciaba sus rostros y les hacía revolotear su interior. El príncipe cerró la puerta a sus espaldas, su semblante se relajó, similar a cuando una luz se apaga, mantener una perfecta fachada resultaba agotador. Caminó hasta su escritorio dentro de su despacho, donde lo esperaban papeles apilados, recorrió el desastre con la mirada, se detuvo frente al gran espejo que tenía a un lado para acomodar su cabello y cerciorarse de que su aspecto estuviera impecable. Las comisuras de sus labios se elevaron, pero sus ojos no reflejaban la misma emoción. Luego continuó hasta el balcón, reposó ambos brazos sobre la baranda y se inclinó un poco para mirar hacia abajo, luego hacia arriba. Cerró los ojos para sentir aún más la refrescante brisa como puntas de dedos pertenecientes a una dama de manos frías acariciando su rostro y entrelazándolos en su claro cabello. Los golpes que llamaban a su puerta alejaron los mimos de la celestial dama de viento. Se apresuró a su escritorio y se sentó de golpe en la silla de amplio respaldo, tomó algunos papeles sin darse cuenta que los sostenía al revés, acomodó de nuevo los mechones de su cabello y frunció leve el ceño para fingir que leía a la vez que daba la orden de que entraran.

—Buen día, alteza —escuchó una familiar voz grave que le hizo elevar la mirada y observar a un joven inclinado con la mano a la altura del corazón.

—Eres tú, Gilbert —respondió el príncipe al relajar su semblante y soltar los documentos—. ¿A qué se deben los formalismos?, capitán Gifford —empleó un tono sarcástico al final.

El joven de ojos rosáceos, cabello corto y oscuro se incorporó para acortar la distancia entre ambos. Poseía una estatura similar a la del príncipe, con piernas cuya longitud llegaba a la mitad de su cuerpo y un torso proporcionado. Así como una nariz perfilada y labios definidos. Portaba un uniforme con el emblema plateado del reino y su ser desprendía integridad moral.

—Pensé que como pronto tendrás esposa, quizá debería tratarte con más respeto —respondió el capitán.

—No me recuerdes mi casamiento —Se quejó al apoyar la espalda en el respaldo.

El príncipe hizo la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, su semblante, su postura desprendían agobio. El joven Gifford reflexionó sobre los preparativos para un casamiento podrían resultar agotadores para cualquiera. Elegir la fecha, enviar las invitaciones, organizar el menú, el papeleo general, incluso planificar el viaje posterior. Sin embargo, el joven de la levita roja era más que su mejor amigo, era el príncipe heredero y no debía preocuparse por nada de ello.

—Riveren es ampliamente reconocido por sus bellezas femeninas. Un buen ejemplo de ello es la segunda esposa de tu padre, además, escuché que tu prometida posee una extraordinaria belleza —señaló el joven Gifford.

—Indiscutiblemente, Elaine es una mujer hermosa, aunque a veces tengo la sensación que no le agrado. En cuanto a apariencia, supongo que la princesa Aurora es la mujer adecuada para mí —adoptó un gesto reflexivo.

Había visto en una sola ocasión a su prometida, una princesa de tez blanca, de ojos azules como el agua del lago más cristalino, larga cabellera rubia y visiblemente sedosa. Su encantadora apariencia cautivó la atención del príncipe y él aún más la de ella, pues en su reino nacían en mayoría mujeres, por lo que escaseaban los varones, todavía más los de buen ver. Le fue difícil apartar su mirada de él, sus ojos rebosaban fascinación y en sus labios se dibujaba una dulce sonrisa cuando él volteaba a verla. Conforme el afecto de ella crecía, el interés del príncipe se disipaba, pues no lograban mantener una conversación entretenida, sus temas eran limitados y sus gustos muy distintos.

—¿Qué pretendías?, ¿qué te contara chistes? —interrogó el capitán.

—Habría sido interesante, pero no me refería a eso. He leído que cuando estas enamorado sientes algo muy interesante, como un latido muy grande o un palpitar por dentro y yo no sentí nada —Se cruzó de brazos.

—Más que como un romántico suenas como un degenerado —señaló—. ¿Eso es lo que te ha estado molestando?

—Los preparativos avanzan y nuestra relación se encuentra en el punto de partida. No la he visto desde esa única vez, aunque siendo sincero tampoco tengo deseos de verla.

Valtrana poseía el aura más deslumbrante y efectiva de todas, un par de ojos de distinto color que maravillaron a todos en el reino de Erdine desde su nacimiento, considerándolo el hijo predilecto de los Dioses. Disfrutaba del lujo desmedido sin censura con un solo chasquido de sus dedos, por lo que desposar a una princesa del reino vecino, una unión por asuntos diplomáticos, estaba enraizado en su naturaleza de sucesor al trono. No existía otra opción, otro camino, debía cumplir con su deber y resignarse ante su inevitable enlace, el cual conllevaría a la expansión, convivencia y solidez de su reino.

A la ceremonia religiosa estaban convocadas las familias nobles más prestigiosas de ambos reinos. Desde el anuncio de su enlace, las cartas de docenas de damiselas comenzaron a ocupar espacio en el escritorio del príncipe, todas ellas rogándole que no lo hiciera. Dedicaba gran parte de su tiempo a leer cada una de las misivas, eludiendo así su verdadero trabajo. En sus labios se dibujaba una sonrisa que evidenciaba de triunfo, pues tenía en sus manos los corazones de todas ellas. No había mujer en todo el reino de Erdine, de Altera misma que se le resistiera. Aunque eso le satisfacía al mismo tiempo le resultaba aburrido.

Colocaron carteles con la gran noticia por toda la capital de Erdine, Caddos. Incluso las personas de clase más baja conocían sobre el tema, al menos las que podían leer.

«El honorable príncipe Valtrana Aurión pronto contraerá nupcias con la princesa Aurora De Malyns» —Leyó una figura encapuchada al ver el cartel recién colocado en el establecimiento de víveres. Después de atender sus asuntos en el centro de la ciudad, se dirigió a las afueras.

Cada vez que sus padres lo llamaban o veía algo relacionado con sus próximas nupcias, el príncipe sentía malestar en su estómago y le faltaba el aire. Ocultaba con habilidad su molestia, le faltaba valor para negarse a las imposiciones del rey, no desafiaba abiertamente su autoridad. Tenía varios días con problemas para dormir, no tenía apetito durante la cena y sus platillos favoritos perdieron el buen sabor, tan pronto sus padres pusieron el tema del matrimonio en la mesa. Desde los arreglos florales, la música de arpa hasta la tarta de boda, el príncipe mantuvo su agradable sonrisa en todo momento y de sus labios no escapó ni un quejido, aunque sus músculos se tensaban con cada apartado y su respiración se volvió irregular. Sabía que la ceremonia sería un solo día, pero su unión era para siempre, eso último fue lo que lo inquietó. Se levantó de la mesa antes de tiempo, con la excusa de que estaba bastante fatigado. Su pequeño hermano menor quiso hacer lo mismo para acompañarlo, pero su madre, la segunda esposa del rey se lo impidió hasta que terminara sus vegetales. El pequeño suspiró decaído, pero Valtrana posó la mano sobre su cabeza para animarlo con la promesa de jugar al día siguiente. Luego se dirigió deprisa hasta sus aposentos, las luces estaban encendidas, una jarra de agua en el mueble al lado de su cama, la cual estaba preparada para dormir. Un exquisito aroma a rosas púrpuras impregnaba cada rincón de la habitación, la esencia favorita del príncipe desde que tenía memoria. En su mano traía moras azules envueltas en una servilleta, que sustrajo hábilmente durante la cena. Se acercó al mueble del otro lado de la cama, donde se encontraba una pequeña jaula de madera y las introduzco dentro. Podía advertirse una tenue luz del interior y se escuchaban pequeños mordiscos.

La luz del sol seguía iluminando el horizonte, como si se negara a dar paso a la noche, así como él se oponía por dentro a su enlace nupcial. Experimentaba una gran inquietud alimentada por las constantes imágenes que invadían su cabeza, donde se veía al lado de esa joven, fingiendo por el resto de su vida, escenarios nada gratos para el príncipe. Más que caminar o correr, quería volar, fue de inmediato hasta el balcón, puso sus dedos a la altura de sus labios y sopló, emitió un sonido agudo que atrajo a su Pegaso, el cual relinchó tan pronto lo vio. El príncipe montó su espalda, tomó las riendas para alejarse de ahí. La criatura agitó sus alas con fuerza y se impulsó con los músculos de su cuerpo.

Se sentía libre al igual que un pájaro, mientras el viento rozaba fuerte su cuerpo. La sensación de sus piernas al vacío, sobre varias construcciones que luego se convirtieron en vastos campos verdes. Se trasladó de un lugar a otro en el viento, impulsado por la fuerza de su majestuoso Pegaso. Experimentaba una extraordinaria sensación de paz, de libertad, una felicidad en su máximo esplendor libre de ataduras y de miedos absurdos. No quería dar fin a esa emoción, pero el día estaba cediendo a la noche y debía regresar antes de que advirtieran su ausencia. Antes hizo un descenso firme en un bosque que tenía un lago para que su Pegaso bebiera agua. Una vez ahí, decidió salir de la zona boscosa por su propio pie, una excusa para alargar su salida. Sin embargo, el bosque parecía no tener fin, además, Valtrana tenía el antecedente de perderse en lugares así.

Su Pegaso se detuvo, sus ojos se agrandaron de más al estirar su cuello, pateó el suelo y se sacudió de forma intensa. Valtrana trató de contenerlo sujetándolo de las riendas, pues no entendía el motivo de su comportamiento. De entre las sombras emergieron unas figuras masculinas en cuyas vestimentas abundaban los colores marrones y opacos, camisolas percudidas y cuero endurecido impregnadas del olor a polvo combinado con sangre, de aspecto violento y armados. A diferencia de su Pegaso que trataba de huir con fuerza, el príncipe se había congelado. Ellos se acercaron motivados por el aseado aspecto del joven, los colores vivos de su atuendo y las brillantes joyas que portaba. En un momento de lucidez, Valtrana cubrió con el cabello su ojo izquierdo, puesto que los ojos dorados eran un rasgo distintivo de la familia real.

Los bandidos se burlaban de su frágil aspecto, aunque el príncipe poseía una prominente estatura y complexión mediana, para esos hombres toscos y de gran musculatura, lucía como un enclenque. Pretendían tomar su Pegaso, su levita roja y las joyas que portaba, pero la criatura forcejó para intentar elevarse. En ese instante de distracción, se escuchó un sonido sordo y Valtrana se volteó para encontrarse con dos de los bandidos tendidos en el suelo inconscientes. El tercero también se dio la vuelta, desconcertado por lo sucedido, su asombro aumentó al observar una oscura y sigilosa presencia que mantenía la cabeza cubierta con una capa, responsable de haber golpeado a sus compañeros por la espalda. El sujeto bajó la mirada al arma en su mano, un hacha tosca de mango largo y filo desgastado. Tragó saliva con fuerza al pensar que los había asesinado, pero no había manchas de sangre en la cabeza del arma, tampoco en el suelo ni en la vestimenta de sus compañeros. Equiparable a un volcán en erupción, el sujeto se abalanzó con su mazo sobre la extraña figura que tenía la osadía de hacerle frente a pesar de tener una complexión más delgada y pequeña, incluso que la del príncipe.

La misteriosa figura soltó el hacha, bajó ligeramente la barbilla al igual que los codos, mantuvo las rodillas flexionadas con la mirada en el centro de su oponente. Se balanceó a un lado de tal modo que el golpe del sujeto pasó de largo y lo desequilibró, aprovechó ese instante para golpear con la palma de su mano justo debajo del mentón, ese impacto sacudió hacia atrás la cabeza del sujeto, soltó su mazo y se desplomó en el suelo sin conocimiento. La velocidad de los movimientos hizo que la capa que cubría su cabeza cayera.

Hacía rato que la fuerza en las piernas del príncipe lo abandonaron y permanecía de rodillas en el suelo, con los ojos muy abiertos y la mirada fija en todo lo sucedido. Tenía la respiración pesada, incapaz de moverse de ese sitio, su corazón pareció detenerse cuando la persona que lo había salvado de esos bandidos se acercó a él, pues desconocía sus intenciones. El príncipe cerró los ojos, tras un momento de silencio, los abrió de nuevo para encontrarse con una mano extendida hacia él. Valtrana elevó la mirada hasta el rostro de esa persona, la cual poseía un largo cabello negro similar al oscuro cielo nocturno, la escasa luz no le permitió contemplar a detalle ese rostro, pero su atención se quedó clavada en sus ojos grises, pues era como mirar un par de perlas en el mar profundo. Aquel corazón que parecía haberse detenido, dio un vuelco, embelesado por esa celestial presencia. Tomó su mano sin apartar la mirada, una sensación electrizante recorrió su cuerpo desde la palma. Percibía la dulce fragancia de un lirio blanco, tan cautivante al olfato. Todos sus sentidos se encontraban completamente seducidos.

—Eres la más hermosa —Dejó salir sus pensamientos por la boca.

La misteriosa figura contrajo su mano y sus músculos se tensaron. Las cejas de ese bello rostro se contrajeron, apretó los labios y empujó al príncipe de nuevo al suelo.

—Lo siento, ¿dije algo que la ofendiera? —preguntó al aclarar su garganta con delicadeza.

La molestia en su rostro no hizo sino acentuarse, le dio la espalda para recoger su hacha, pateó con fuerza los cuerpos que se encontraban a su paso. Se alejaba cada vez más, hasta que su figura se mezcló con la oscuridad del bosque.El corazón del príncipe latía con mayor fuerza, la pesadez que sentía se fue desvaneciendo hasta convertirse en una pluma. El ambiente se tornó de colores cálidos y en sus labios se formó una sonrisa al mirar la palma de su mano para luego llevarla hasta su nariz.

En ese instante, su mente se llenó de preguntas, la más importante de todas: ¿por qué se alejó y no cayó enamorada de mí al verme?, ya que para él eso no tenía sentido, ninguna mujer se había atrevido a rechazarlo. Montó su Pegaso para ver desde las alturas, pero no había rastro de esa joven, así que regresó al castillo. Se dejó llevar por la emoción que provocó en su interior en el instante que sus miradas se cruzaron, recordar ese momento hacía latir con fuerza su corazón, aquel que no había notado que existía.