ACT I
—Ivy —escuché mi nombre ser susurrado por la voz de mi hermana mayor.
Temblé temerosa de que nos escuchara hablar a tan altas horas de la noche.
Si ella se enteraba...
—Ivy —insistió por segunda vez, pero con más volumen, para que le prestaste atención.
Siseé, asustada y algo molesta con Ivonne, ella me observó desde su cama, que quedaba a un lado de la mía, al verme negó con un movimiento de cabeza.
Podía ser mi hermana mayor, pero se comportaba como una niña que quería meternos en problemas.
—Estate tranquila, no creo que se despierte —masculló muy tranquila para mi gusto—. Mañana es tu cumpleaños, ¿No? Hay que ir a celebrarlo en esa cafetería que tanto te gusta.
Fruncí el ceño al oírla.
¿De qué hablaba?
Muy pocas veces solíamos salir, por más que fuese mi cumpleaños, no creía que fuese buena idea ir a una cafetería.
Y sabía a cual se refería, era una pequeña cafetería que estaba ubicada en el centro de la ciudad, no era muy llamativa, pero vendían postres muy buenos y la dueña solía prestarme los libros que solía tener en el estante.
El olor a libros era lo que más me gustaba de ese lugar.
—No creo que sea buena idea, además, ¿Con qué dinero planeas ir? —pregunté suave, por lo bajo.
Ella se rió suavemente y sus ojos claros se fijaron en mí, tan tranquila como siempre.
Ivonne tenía 19 años, pero a veces solía pensar que se comportaba como si fuera menor, solía ser muy tranquila, y le gustaba estar conmigo todo el tiempo.
Pero solía meterse en muchos problemas, y eso a ella no le gustaba.
El ruido de las sirenas se escuchaban por toda la calle, pero el sonido para mis oidos parecía estar en un segundo plano, era como si estuviese debajo del agua y escuchaste todo y a la vez nada. Mis sentidos estaban embotados, solo podía estar con la mirada puesta sobre Ivonne.
Lo que quedaba de Ivonne.
Ambas estábamos en el suelo, mi pijama estaba arruinada, la tela la sentía pegada a mi piel por la sangre.
La sangre de mi hermana.
Ivonne estaba tirada de una mala forma sobre el suelo, su cabello largo y oscuro desperdigado por el suelo, ella estaba tan llena de sangre como yo por la gran herida que tenía en la garganta, tenía su boca entre abierta con la sangre saliendo hasta gotear en el suelo y sus ojos tan claros como el cristal me veían a la cara, apagados.
Ya hace minutos que había dejado de escucharla, mi mano estaba sobre su garganta, evitando que siguiera desangrándose, pero había sido imposible.
Ni siquiera había entendido que fué lo que intentó decirme, porque se ahogaba con su propia sangre.
Le dije.
Le dije que no la hiciera enojar.
Y lo hizo.
¿Por qué?
¿Por qué,
Ivonne
?








