La Semilla Del Caos. by Mayra at Inkitt
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La semilla del caos.

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Summary

Nina ha pasado su vida huyendo. De su pasado. De los recuerdos. De sí misma. Lo que nunca imaginó es que también ha estado huyendo de la muerte… literalmente. Una noche, tras un ataque brutal en un callejón, su alma estuvo a punto de cruzar el umbral. Pero algo —o alguien— la detuvo. Liorian no es humano. No envejece. No siente. Solo cumple un propósito eterno: llevarse las almas cuando llega su hora. Pero desde el nacimiento de Nina, esa alma en particular se le ha escapado una y otra vez. Hasta ahora. Atrapada entre lo mundano y lo inexplicable, Nina deberá enfrentarse a fuerzas que no comprende y verdades que podrían quebrarla. Porque hay cosas que no deben romperse: el destino, la vida… y mucho menos las reglas de la muerte. Pero Liorian ha cometido un error. La ha salvado. Y ahora, todo lo que ambos conocen, podría desmoronarse.

Genre
Fantasy/Lgbtq
Author
Mayra
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1


Tamborileé los dedos sobre el sillón, esperando a que la doctora terminara de escribir.

—Nina, me alegra que hayas logrado tocar en Bellas Artes. Debe ser un gran honor.

La miré con una sonrisa leve. Asentí y solté un suspiro.

—Sí… lo es.

Ágatha había sido mi terapeuta durante el último año, desde que regresé a México tras graduarme del Conservatorio de París.

—Has avanzado mucho. Tienes nuevos amigos, nuevos recuerdos. Estoy orgullosa de ti.

La observé con cuidado. Era la tercera psicóloga que me atendía en los últimos ocho años.

—¿Entonces… estoy dada de alta? —entrecerré los ojos.

Ella ladeó la cabeza con suavidad, casi como una madre paciente.

—Querida, lo que yo hago es darte herramientas para enfrentar el mundo. Solo tú sabes si estás lista para dejar esto atrás... o no.

Salgo del consultorio y me encuentro con un cielo soleado. Agosto al fin parece recordarme que todavía existe el sol. Me alegra ver un poco de azul después de tantos días grises y lluviosos.

Mi celular vibra. Lo saco del bolso.

—¿Qué quieres, esperpento? —digo divertida.

Osvaldo suspira con exageración al otro lado.

—Eres una malagradecida.

—¿Y eso?

—Todavía que te llamo para preguntar si ya no estás tan loca... y me contestas así.

Suelto una carcajada, levantando el rostro hacia el cielo.

—Sigo igual de loca. Así que resígnate.

Osvaldo es mi mejor amigo y roomie desde hace años. Es el único que lo sabe todo. Lo bueno, lo malo… y lo que prefiero no recordar.

—Mmm, qué más da —dice él—. No tengo con quién más pagar la renta, así que... seguiré sufriendo.

—¡Exacto! Las rentas están carísimas. Además… ¿quién más te va a soportar, eh?

Suspiró del otro lado con toda la teatralidad que lo caracteriza.

—Descarada y perversa. Ese es mi diagnóstico, y eso que no soy psicólogo. Desgraciada.

Reí otra vez, negando con la cabeza.

—Voy a mi ensayo. Así que tienes unas horas solo en casa.

Ahora fue él quien soltó la risa.

—¿Y para qué? ¿Para ver K-dramas?

—Exactamente. Bueno, te dejo. Ya llegó mi taxi.

Colgué y subí al coche. Apoyé la cabeza en la ventana y respiré hondo, intentando empujar lejos los recuerdos que siempre estaban al acecho.

Llegué corriendo a Bellas Artes. Todos estaban ya listos para comenzar el ensayo; el concierto era en dos días.

—¡Vamos, Nina! ¡Llegas tarde! ¡Acomódate, por favor! —exclamó el maestro con impaciencia.

Me quité el bolso y la chamarra a toda prisa, y pasé junto a él con una sonrisa apenada.

—Lo siento… había mucho tráfico —murmuré.

Él solo tronó los dedos, sin mirarme, marcando el inicio. Subí al escenario y me senté frente al piano.

—Bien, empezamos —dijo, seco.

Aspiré hondo, y dejé que el mundo se desvaneciera.

Mis dedos comenzaron a deslizarse por las teclas, invocando una melodía de Tchaikovsky. La ligereza del piano, la textura del marfil, el peso exacto en cada nota… Todo me envolvía.

La música era mi refugio. Mi única certeza.

Recordé a mi madre en su estudio de ballet… la forma en que sonreía a sus pequeñas estudiantes, cómo les corregía con dulzura. Era la mujer más paciente y amorosa del mundo.

Terminé la última nota, y como siempre, no pude evitar que mis ojos se humedecieran.

El maestro Rodríguez aplaudió, y con una reverencia elegante, dijo:

—Eso estuvo maravilloso. Nina, eres una pianista magnífica. Pero si vuelves a llegar tarde… te saco.

Me levanté enseguida, sonrojada.

—Lo prometo, Maestro. No volverá a pasar. Y gracias.

Salí del teatro… solo para encontrarme con el cielo traicionándome otra vez. Llovía.

Detrás de mí, escuché una voz familiar:

—Vamos a tomar café, Nina. ¿Te apuntas?

Me giré y vi a Katherine, con dos chicas más del ensamble. Tenía esa sonrisa amable que siempre me costaba rechazar.

—Hoy no, lo siento. Quedé con Osvaldo para hacer nuestra rutina de skin care —dije con toda la seriedad del mundo.

Las tres estallaron en carcajadas.

—Está bien. No quiero que Osvaldo me vuelva a llamar roba-amigas. Ve con cuidado, Nina.

—Lo haré. Gracias.

Me despedí de ellas y crucé corriendo hacia la estación. Vivía a unas pocas estaciones de ahí. El metro era más rápido. Y definitivamente más barato que otro taxi.

Bajé los escalones del metro a toda prisa, sacudí la humedad del abrigo y me recargué en la pared. Me puse los audífonos, buscando desconectarme un poco mientras esperaba el tren.

Miré a mi alrededor.

La temperatura había bajado de golpe. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—Qué raro… —murmuré.

Fue entonces cuando lo noté.

Un chico, de pie demasiado cerca del borde del andén. Tenía esa mirada.

Esa mirada que conocía. La misma que yo había visto en el espejo… no hace tantos años.

Era la mirada de alguien que había perdido la pelea.

Apoyaba un pie sobre el otro, como si el mundo ya no lo retuviera. Y detrás de él, otro hombre.

Quieto. Inmóvil. Sosteniendo un periódico, aunque no leía. Lo observaba fijamente, como si esperara algo.

Era extraño.

Pelo negro hasta la barbilla, piel pálida, un abrigo largo que apenas se movía con la brisa subterránea.

Algo en él… me revolvió el estómago. Como si no perteneciera ahí. Como si supiera.

Volví mi atención al chico. El sonido del metro se acercaba. El rugido metálico comenzaba a llenar el túnel.

Él suspiró.

Y en ese instante, supe exactamente lo que haría.

Corrí.

Corrí con todo lo que tenía.

Cuando dio un paso al frente, lo empujé con fuerza hacia atrás, justo antes de que pudiera lanzarse.

Me incorporé lentamente, con un gemido ahogado al sentir un dolor punzante en el brazo.

—¿¡Qué te ocurre!? —gritó el chico, poniéndose de pie de golpe—. ¡No tenías derecho!

Sus palabras eran un latigazo, pero me obligué a mantener la calma.

—Escucha... —dije con la voz rota—. Imagino lo que sientes, lo comprendo. Pero por favor... solo te pido que te quedes hoy. Solo por hoy.

Él negó con la cabeza, furioso, pero sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. Un murmullo creció entre la gente alrededor, formando un círculo de ojos y susurros. El chico salió corriendo, empujando a varios a su paso.

Me quedé ahí, sola en medio de todos, mirando s. A un lado, las lámparas parpadearon. Un titileo breve, casi imperceptible, pero suficiente.

Bajé la mirada... y allí estaba.

El periódico, perfectamente doblado, yacía sobre el suelo, justo donde lo había visto al hombre antes.

No lo había imaginado.

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