REC REM

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Summary

Es un thriller psicológico y de ciencia ficción ambientado en los sueños de un hombre. Cada noche, un escuadrón armado aparece para grabar los recuerdos más importantes del Anfitrión. Pero estos soldados no son reales: son fragmentos de su mente, creados para proteger lo que queda de su memoria. Cuando una sombra comienza a llevarse a los grabadores, la misión ya no es grabar... sino sobrevivir dentro de una conciencia al borde del colapso.

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
16+

Soldados Rem

Capítulo I: “Soldados Rem”

—Bien, equipo, otra noche más. Solo grabemos el sueño y volvamos todos a salvo, ¿entendido?

La voz del Sargento retumbaba en la pequeña habitación. Las paredes, la mesa y los dos sillones eran de metal. En el techo, una luz blanca los iluminaba. En uno de los sillones estaba un soldado con su compañera; de frente, otro soldado más joven se frotaba las manos, nervioso. Tenía una videocámara sobre las piernas y, en la mesa frente a él, tres esferas de cristal vacías del tamaño de un puño.

Los cuatro soldados llevaban armaduras azules, que parecían estar pintadas sobre la piel. Aun así, eran muy resistentes. La única parte que no traían puesta era el casco.

El Sargento, de excesiva musculatura y de pie frente a su equipo, notó la ansiedad del nuevo grabador e intentó calmarlo mientras se pasaba una mano por su cabeza calva.

—Tranquilo, hijo, esto no es complicado. Te explico: Cerebro da la orden. En cuanto el Anfitrión esté en la fase REM, suena una alarma, la luz del cuarto se vuelve roja, nos preparamos y, en cuanto se abra la puerta, salimos.

Sue, la soldado de gran estatura, hizo un esfuerzo por inclinarse hacia adelante y le dijo al muchacho:

—Solo graba al Anfitrión. Nosotros te cubrimos las espaldas. -- Tomó su enorme ametralladora, demasiado grande para cualquiera, pero adecuada para su tamaño.

El otro soldado, Oveid, poco mayor que el grabador, con el cabello desaliñado pero gran confianza, no dejaba de mirar al nuevo integrante. Recostado en el sillón, comentó pensativo:

—Creo... que... como es el quinceavo grabador que tenemos, lo ideal sería llamarlo Remis. Ya saben, REM, 15, como una “i” y una “s”... ¿No?

Sue puso la mano en su cara, cansada de los chistes malos de Oveid, pero la idea no le pareció mala. Oveid continuó:

—A menos que quieras que te llamemos por tu nombre...

—No, ese me agrada. De hecho, no recuerdo mi nombre.

—Ya lo recordarás— dijo el Sargento tranquilizando al joven soldado.

—¿Quince? —preguntó preocupado Remis, mientras tomaba una esfera para la cámara y colocaba las otras en su antebrazo. Al hacerlo, estas se unían a la armadura, como si esta las absorbiera.

—No te preocupes, hijo— dijo el Sargento. —Vas a estar bien.

—Señor... —Remis hizo una sonrisa nerviosa. —¿Qué les pasó a los otros catorce grabadores?

—Hijo, cuando llegue el momento, lo sabrás. Ya casi es hora. ¿Tienes todo listo?

—Sí, señor. Todo listo. ¿Qué pasa cuando regresemos? Supongo que si regresamos... ¿no?

—Sí, no te preocupes. Cuando estemos de vuelta, volvemos a hibernación— dijo Oveid encogiéndose de hombros. —El Anfitrión duerme, nosotros aparecemos; él despierta, y nosotros dormimos... y así todos los días. Ese es nuestro trabajo.

—Calma, muchacho. Poco a poco estarás haciendo tu trabajo como todo un experto.

—Sobre eso... bien, bien. ¿Qué hago? —preguntó Remis. —Aparecí hoy con ustedes. No sé qué hacer.

—Nos mandaron un Diurno...— dijo pensativa Sue, mirando a Remis con los ojos entrecerrados.

—¿Por qué piensas que soy un Diurno?— preguntó Remis.

—Bueno, pues... los otros grabadores ya sabían qué hacer, fueron entrenados— contestó Sue. —Solo que tú no pareces saber mucho sobre...

Oveid se adelantó a lo que iba a decir el Sargento, callando también a Sue.

—Mira, en cuanto salgamos, buscamos al Anfitrión. Nunca nos dejan tan lejos de él. Cuando lo hallemos, tú comienzas a grabar: a él, al entorno, todo. Haz tomas magníficas.— Las manos de Oveid hicieron un cuadro como una pantalla, recorriéndolo por todos lados. —No te preocupes, él no puede vernos ni oírnos.

El Sargento retomó la palabra:

—Hijo, nuestro trabajo es muy importante. Tenemos que regresar con esas grabaciones. No debe faltar ni una sola, ni una noche. Con eso decodifican la memoria, y la memoria, hijo... es lo más importante que hay. Los recuerdos son todo en la vida. Son lo que les da personalidad. Sin ellos, no son nadie. No podemos permitirnos una desmemorización. ¿Entiendes? No te mentiré, también somos los que corremos más riesgos. Si no tenemos cuidado, puede que no volvamos a vernos.

—A menos que te quedes atrapado en un recurrente— mencionó Sue, señalando la puerta circular que los mantenía en la habitación.

—¿Qué es un recurrente?— preguntó Remis.

—También eso lo sabrás en su momento, hijo. Ahora solo concéntrate en grabar.

Oveid no terminó de explicar esa parte cuando una alarma empezó a sonar. Poco a poco subía de volumen, las luces blancas de la habitación cambiaron a rojas y la puerta circular de metal comenzó a abrirse como el diafragma de una cámara fotográfica.

—¿Señor? ¿Qué vamos a ver ahí?

Oveid, con una gran sonrisa, contestó:

—Nadie sabe. En serio, hasta que estás dentro, nadie lo sabe. Puede ser un bosque, un huracán, una chica linda o…

—O un chico guapo —sonrió Sue. Se levantó del sillón y, mirando hacia abajo, le guiñó un ojo a Oveid.

—Iba a decir que un dragón —contestó Oveid, intentando que la estatura de Sue no lo intimidara, alzando un poco la barbilla.

—Tranquilo, hijo. No te preocupes. Sea lo que sea, estamos juntos, ¿vale?

Remis asintió, tomó la cámara con una mano y la puso a la altura de su cara mientras veía la pequeña pantalla. El Sargento salió primero; su corpulencia ocupaba casi toda la puerta, tuvo que agacharse un poco. Remis fue tras él. Era la mitad del tamaño del Sargento, y como cualquier joven que hace algo por primera vez, estaba asustado y ansioso. Sue caminaba con firmeza, aunque por lo esbelta y alta que era, parecía lo contrario. Oveid, un poco más alto que Remis, no tan musculoso pero fuerte, entró al sueño con su clásica indiferencia, con la barbilla en alto, pero siempre concentrado.

El lugar al que entraron era un teatro. La puerta los había dejado en el escenario, con el telón rojo detrás de ellos. Desde ahí, vieron a muchas personas escondidas detrás de los asientos y en los palcos a los lados. Cincuenta filas los separaban de la única puerta de madera enorme al otro extremo. Todos miraban con expectación hacia esa puerta, apuntaban sus armas, un chico gritaba que no se movieran y que se prepararan para pelear. Otros alzaban sus armas y gritaban emocionados.

—Hijo, el Anfitrión —dijo el Sargento a Remis, señalando con los ojos.

—Sí, ya voy.

Remis siguió la dirección señalada y se acercó al Anfitrión. Lo miró y frunció el ceño.

—¿Qué pasa, hijo?

—Nada, Sargento.

El Anfitrión era un hombre joven, moreno, de pelo corto, delgado, unos treinta años. Traía una chamarra de piel café con una serpiente en la parte de atrás. Estaba armado con una escopeta y se notaba temeroso, ansioso. Remis oprimió el botón de su cámara y comenzó a grabar. La esfera de cristal instalada en la parte superior empezó a llenarse lentamente de una luz azul, lo que indicaba que el sueño se estaba registrando. Hizo tomas de la puerta, del Anfitrión, de frente, desde su hombro, desde todos los ángulos posibles. Se estaba divirtiendo hasta que escuchó golpes fuertes y gritos del otro lado de la gran puerta. Remis volteó asustado.

—Te apuesto a que son zombis —dijo Sue con una leve sonrisa, mirando de reojo a Oveid.

—¿Zombis? —preguntó Remis—. ¿Eso es real?

—En tu turno… no. Pero de noche... ¡sí! —exclamó emocionado Oveid mientras movía los hombros.

Sin hacer mucho caso a la conversación, el Sargento mencionó:

—Como ya te habrás dado cuenta, hijo, el Anfitrión no puede verte. Ni estas personas. Solo pueden verte —y hacerte daño— aquellas cosas, entes o personas que pongan en peligro al Anfitrión. En este caso, lo que golpea la puerta. Y no te preocupes por grabarnos; tu cámara no nos detecta.

Los golpes eran cada vez más fuertes. Poco a poco la puerta comenzó a ceder. Por los costados podían verse brazos que, con gran fuerza, intentaban entrar. Antes de que la puerta impactara el suelo, centenares de zombis ya habían penetrado el lugar.

—Qué bueno que no aposté —dijo Oveid, dando un paso atrás. Se quitó dos escopetas que traía en la espalda y apuntó con ambas a la puerta.

Pasó su mano por su oreja y el casco de la armadura apareció cubriendo su cabeza. Los demás hicieron lo mismo. Remis, imitándolos, se colocó el casco.

El Anfitrión y sus compañeros comenzaron a disparar, acertando a la mayoría de los zombis que, con gran agilidad, intentaban acercarse a él.

La voz del Sargento hizo que Sue y Oveid salieran de su asombro:

—¡Disparen al que se acerque a Remis!

Desenfundó sus revólveres y corrió hacia Remis. Sus pisadas eran tan fuertes que el piso temblaba.

El Anfitrión no fallaba un solo disparo. Sus balas eran infinitas. Sus compañeros comenzaron a caer; los zombis mordían y arrancaban miembros a las demás personas. Uno de ellos brincó y aterrizó casi al lado de Remis. Sue disparó varias veces de inmediato, y el zombi cayó al suelo.

—Gra... gracias.

—¡No te distraigas, chico! ¡Haz tu trabajo!

Una persona gritó que se retiraran, pero al voltear, un zombi le clavó los dientes en la cara. La puerta por la que habían entrado ya no estaba. El Anfitrión subió rápido al escenario. El comando Rem iba detrás de él, corriendo. Remis lo seguía sin dejar de grabar. El olor a pólvora y sangre lo asqueaba. Más disparos, más gritos. El Anfitrión, desde el escenario, lanzó dos granadas. Estas estallaron, dejando un pequeño hueco entre las personas y los zombis. Eso les dio tiempo para atravesar el telón.

Detrás del telón los esperaba una carretera... y nada más. No podían ver dónde terminaba o giraba. Cuando Sue volteó para ver si alguien los seguía, descubrió que no había teatro. Solo estaba el telón, suspendido en el aire, en medio de la nada. Se meneaba con el viento. El día estaba nublado y se escuchaban detonaciones y explosiones de una batalla a lo lejos.

El Anfitrión miró alrededor y gritó de alegría. Oveid también gritó:

—¡Es un tanque de guerra!

—Pobre, todavía se sorprende —mencionó Sue en tono de burla.

El Anfitrión entró al tanque, y cada uno del equipo se acomodó a un lado. Remis podía grabar desde arriba; la escotilla no estaba cerrada. No habían avanzado más de doscientos metros cuando una horda de zombis comenzó a salir de detrás del telón. Eran miles, corriendo y saltando hacia ellos. Los soldados comenzaron a disparar. Oveid y Sue lanzaron granadas: unas de fragmentación, otras eléctricas. Los detuvieron un poco, pero eran demasiados.

Para sorpresa del Sargento, la torreta del tanque comenzó a girar. Se agachó para no ser golpeado. El Anfitrión apuntaba a los zombis y disparó. El estruendo desequilibró a Remis, pero logró agarrarse bien mientras grababa. La bala salió del cañón y, a medio camino, se duplicó. Dos balas del mismo tamaño. Luego cuatro, y otra vez, y más, hasta que cientos de balas detonaron en la horda, derribando a todos los zombis.

Oveid gritó de alegría, pero el Sargento quedó asombrado al ver lo que venía frente a ellos. Solo alcanzó a decir:

—Muchachos...

Voltearon y vieron que, a unos trescientos metros, había otro tanque. Este era tres, tal vez cuatro veces más grande que el suyo, y apuntaba directamente hacia ellos.

Una enorme bala salió del inmenso cañón. El tiempo se ralentizó. Esto no afectaba a los soldados; seguían moviéndose con normalidad. Parecía que eran muy veloces. El Sargento volteó, vio cómo la bala giraba mientras se acercaba a ellos. Subió por la escotilla, tomó a Remis de la cintura, se giró y lo cubrió con todo su cuerpo. Sue y Oveid ya habían saltado del tanque. El tiempo volvió a la normalidad. El impacto no los tocó, pero el Sargento salió volando por la fuerza de la explosión. En el aire se volteó para que Remis cayera sobre él. El resto del equipo llegó a ayudarlos. Estaban preocupados, hasta que vieron que Remis estaba bien.

—¿Por qué no sacó al Anfitrión? —preguntó Remis, un poco molesto, haciendo que el casco desapareciera—. ¡Tenemos que ir por él! —gritó, señalando el tanque hecho pedazos. El fuego salía por la escotilla.

—Hijo, aquí el Anfitrión no es importante. Aquí, el valioso eres tú.

—Debiste haber saltado —dijo Sue, enfadada.

—Tranquila, Sue. Yo aguanto bastante. Una balita no es mucho. Las heridas se curan al entrar en hibernación, lo sabes.

—Sí, lo sé. Solo que... no quiero perder más gente. Y eres bastante pesado para cargarte —dijo, dándoles la espalda.

Oveid comentó, señalando a Remis, regañándolo:

—El Anfitrión no está en peligro aquí. Lo más seguro es que desapareciera antes de que la bala impactara.

—¿Desapareció?

—Así es, muchacho. Cuando el Anfitrión despierta o cambia de sueño, desaparece —continuó Oveid, tras un suspiro que lo tranquilizó un poco—. Así que, si ves que va cayendo de una nave, te avientas con él. Si tienes que entrar en un edificio en llamas, entras. Tú graba. No intentes protegerlo. Y relájate. Nosotros te cuidamos.

—Ok, entiendo. No necesito un sermón, ¿vale? —Remis se puso de pie y sacudió la tierra—. Miren, la puerta apareció. ¿Vamos?

—Vamos, hijo, vamos. Tenemos que aprovechar el residuo del sueño, o nos quedaremos aquí.

Todos corrieron a la puerta. Por el lado del sueño, esta tenía tres luces: verde, amarillo y rojo. Cuando cruzaron, la luz amarilla ya estaba encendida. Remis entró al final. La puerta se cerró. Remis dejó la videograbadora y la cápsula llena de luz azul so

bre la mesa junto con las otras vacías. Estas desaparecieron al instante. Remis preguntó:

—Entonces, ¿solo es un sueño? Pensé que tenían varios.

—Así es. Nosotros venimos por los importantes. Los demás son grabados con drones y pequeños robots —respondió Sue.

—Duerman bien, señores y... señorita. Buenas noches.

Y los soldados comenzaron a desvanecerse uno por uno.