🥀1
“Tarde llegué… y tarde sigo llegando.”
La lluvia no caía, pero el cielo lloraba sin escándalo.
Un gris eterno cubría la ciudad, como si Dios hubiera olvidado pintarla de nuevo.
Y dentro del transporte principal, con ventanales largos como pecados no confesados,
Jungkook iba sentado, en silencio.
Como siempre.
—Señor Jeon, —dijo su asistente sin levantar mucho la voz—, el Consejo notificó que los nuevos élites ya están siendo asignados. Hoy presentarán sus dotes.
Uno de ellos, bueno… destaca. Su compatibilidad con su guía es del 91%.
No hubo respuesta.
El vehículo vibró suavemente bajo los caminos de piedra reconstruida, avanzando hacia el centro de reunión de la Fortaleza N°.3.
Aquel lugar no era una simple sede.
Era la cuna de los caídos.
Jungkook mantenía los ojos fijos en el vidrio.
Sus pupilas parecían vacías, pero lo veían todo:
El reflejo de su propio rostro envejecido,
los fantasmas que se pegaban al cristal como recuerdos,
y su propio silencio que lo había acompañado durante diez años exactos.
—Se llama Jim-Zhu, —continuó el asistente, forzando la conversación—.
El chico tiene diecinueve. Lo entrenaron en el centro del norte.
Pero... lo interesante es que...
—Dilo. —La voz de Jungkook fue cortante como cuchilla sin filo, hecha para rasgar, no para herir.
—Es idéntico a… bueno, muchos han notado el parecido. Con Park Jimin.
La pausa que siguió fue un cementerio.
Jungkook no reaccionó.
Sólo respiró.
Lento.
Como si le costara seguir viviendo.
—No es él. —dijo, seco.
—Claro que no, señor. Pero los de tu rango deben aprobar su avance.
Hoy él estará en la sala común. Hará una demostración junto a su guía.
—¿Nombre del guía?
—Kim Taehyung. Graduado con honores hace tres años. Algo… territorial. Muy devoto.
—Mm. —Gruñó.
Su voz siempre parecía arrastrar piedras desde el fondo de una tumba.
Las personas ya no esperaban afecto de él. Ni siquiera cortesía.
Jungkook se había vuelto una estatua andante, con músculos aún duros, espalda aún recta, rostro aún joven por fuera…
pero con los ojos de alguien que había visto el amor morir entre sus brazos.
Cuando llegó al centro de mando, los superiores lo miraron como quien observa una figura sagrada.
Y lo era.
No por gloria, sino por tragedia.
Nadie osaba pronunciar el nombre de su guía delante de él.
Todos los que sabían, callaban.
Y los nuevos… bueno, aún no sabían lo que dolía estar cerca.
Caminaron hasta la Sala Común.
La presentación ya estaba en marcha.
Jim-Zhu estaba allí.
Su silueta, vestida de blanco, emanaba una energía aún sin refinar.
Y Jungkook…
Jungkook lo miró.
Y por un instante —uno cruel, breve, agónico—
el tiempo se burló de su corazón.
Porque ese chico...
tenía la forma de su Jimin.
El cuello delgado.
La sonrisa cansada.
Los ojos que parecían reír aunque no dijeran nada.
El lunar.
La curvatura exacta del labio inferior.
El mismo maldito latido.
Pero no era él.
No podía ser él.
Y aún así, Jungkook sintió que algo dentro de su pecho, que había permanecido muerto,
se atrevía a toser de nuevo.
—Líder Jeon, —dijo uno de los organizadores—, ¿quiere dar unas palabras antes de la evaluación?
Jungkook bajó la mirada. Dio un paso al frente.
Sus botas resonaron en el mármol como golpes secos de un juez a su propia condena.
Y cuando habló, todos sintieron que el aire se volvió espeso.
—No me importa cómo se llaman. No me interesa de dónde vienen.
Aquí no hay promesas.
Sólo pruebas.
La compatibilidad es basura si no pueden proteger con ella.
Si fallan, alguien muere.
Y si mueren... no serán recordados por su poder.
Sino por lo que no hicieron a tiempo.
Todos callaron.
Incluido Jim-Zhu.
Quien lo miró… y no supo por qué, pero ese hombre…
ese hombre lo dolía.
Como si al mirarlo, una parte de él se sintiera ausente.
Jungkook se giró. Caminó hacia la salida.
No quiso ver más.
—Señor… ¿no se quedará a observar el resto? —susurró su asistente, siguiéndolo.
—No necesito ver a los muertos dos veces.
Y se marchó.
Con el alma sangrando por dentro.
Como cada día desde hace diez años.
“Se parece… pero no es él.”
La llave giró en la cerradura con el sonido hueco del abandono.
Una habitación no es un hogar cuando no se espera a nadie.
Entré.
Sin encender la luz.
El silencio aquí no duele.
Aquí el silencio es mi huésped, mi espejo, mi única costumbre.
Dejé el abrigo colgado, pero el frío siguió adherido a mi pecho.
Porque hay cosas que no se sacuden.
Y Jimin…
Jimin no se va.
Caminé por el lugar donde nunca ocurre nada.
El sofá intacto.
Los libros donde los dejé hace meses.
Una taza vacía, con el fondo manchado de café viejo.
Y una foto volteada boca abajo.
Como todo lo que alguna vez me importó.
Me senté.
Me dejé caer, más bien.
Como cae el recuerdo cuando uno intenta olvidarlo.
El chico…
Jim-Zhu.
Dios mío, era como una burla hermosa y cruel.
Se parecía tanto.
Tanto que dolía en lugares que ya creía convertidos en piedra.
Tanto… que por un instante sentí a mi pecho traicionándome,
intentando latir.
Apreté los dientes.
Mis puños, contra mis muslos.
Mi respiración, como vidrio empañado.
> “Se parece… pero no es él.”
No tiene su voz.
No tiene su olor.
No tiene esa risa que me curaba sin pedir permiso.
Pero por un momento…
por un maldito instante...
me vi a mí mismo, diez años atrás,
mirándolo desde un pasillo.
Esperando a que volteara.
A que me dijera algo estúpido.
A que me llamara “Kookie” como si el mundo no se estuviera quemando.
El chico no es él.
Y aún así…
mi cuerpo quiso avanzar.
Mi garganta quiso nombrarlo.
Mi corazón... quiso fallarme.
Me quité los guantes.
Mis manos tiemblan solo cuando estoy solo.
Solo aquí.
Donde nadie puede ver lo poco que queda de mí.
> “¿Por qué te llevaste todo, Jimin?”
Te llevaste el tiempo.
Te llevaste la promesa de vivir tranquilo después de la guerra.
Te llevaste las mañanas con tu voz ronca.
Te llevaste hasta el color de los días.
Y dejaste… esto.
Este pellejo de hombre.
Este líder frío que todos temen.
Este monstruo hecho de remordimiento y control.
Yo debí haber llegado antes.
Debí haber corrido más.
Debí haber estado contigo en esa sala,
peleando a tu lado.
Muriendo si hacía falta.
Pero llegué tarde.
> “Y desde entonces, Jimin... sigo llegando tarde a todo.”
A la vida.
A la alegría.
A cualquier emoción que no huela a muerte.
Apoyé la cabeza contra la pared.
La madera crujió.
Mi espalda también.
El nombre del chico repiqueteaba como eco sucio en mi mente:
Jim-Zhu.
Jim.
Zhu.
No Jimin.
No mío.
Él tiene un guía.
Un vínculo.
No me necesita.
No me busca.
No soy su punto de origen.
Y aún así…
> “¿Qué clase de traición es esta, alma mía?”
¿Por qué lo miraste con ese temblor en la piel?
¿Por qué sentiste la necesidad de llamarlo… amor?”
Me levanté.
No por energía, sino por hábito.
Encendí la lámpara más tenue.
Miré las paredes.
Aún están sus dibujos colgados.
Mapas que hizo Jimin con los niños.
Rutas de poder.
Códigos pintados con risas.
No los quito.
Porque si los quito, no queda nada.
Y al menos… al menos esto sangra.
> “Él era mi guía.”
Y no en términos de compatibilidad.
Me guió hacia la única parte de mí que no era arma.
Hacia la ternura.
Hacia el descanso.
Ahora todo es cuchillo.
Y yo soy filo.
No sé qué haré con ese chico.
No sé si puedo verlo otra vez sin querer abrazarlo,
sin querer pedirle perdón
por no ser quien él cree que soy.
Y por no ser quien yo desearía que fuera.
> “Se parece… pero no es él.”
Y sin embargo, mi alma... se levantó a buscarlo.”
Apagué la luz.
Me acosté sobre la cama.
No duermo.
Yo ya no duermo.
Sólo cierro los ojos y escucho tu voz,
Jimin,
como si viniera desde una estrella rota.
Como si me dijeras: “Sigue.”
Pero ya no hay camino.
Sólo hay sombra.
Y ese chico…
ese chico se parece a ti.
Demasiado.
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